10 de septiembre de 2016

HISTORIA, MEMORIA Y FE COMO OBJETOS DE AGRAVIO CONSENTIDO

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Miguel Pellicer (1940)
por Mariano Benlliure
[foto del autor]





A más de un calandino devoto de su Virgen del Pilar le habrá producido cierto estupor ver publicada en el último “Kolenda” (nº 119, pp. 4-5) aquella viperina réplica (trufada además de improcedentes amenazas contra quien aquí escribe) intentando dinamitar ¡con elocuente torpeza! la autenticidad del Milagro de Pellicer (por la vía de unos presuntos hechos re-hechos y documentos re-interpretados a priori desde la perspectiva materialista dominante).
            Perpetrado el agravio, la redacción del “Kolenda” me advierte en un primer momento (y en presencia de tres testigos) que no admitirá de mi parte “contra-réplica” alguna… para luego, levantada la censura, desdecirse diciendo que sí podrá haber “contra-réplica” de mi parte (?); de esta maquiavélica ambivalencia en dos tiempos se infiere lo siguiente, a saber:
            1) que de la inicial advertencia es patente que la última palabra, la última y por tanto prevaleciente, iba a ser en un principio la de los “investigadores” en liza; y
   2) que de la postrera concesión hacia el “colaborador” traicionado se deduce que, a los ojos de “Kolenda”, un servidor es algo así como un autómata preparado para marcar el paso cuando le dicten los oligarcas de dicho boletín. Mas aquí erraron.
            El desagradable resultado es lo que todos (para condena de la mayoría y, ¡oh sorpresa!, regocijo de algunos) ya sabemos: que dos pretendidos “investigadores defensores de la Virgen” (¡guasa no les falta!), movidos por algún oscuro propósito, han tenido la osadía y desvergüenza de llamar a las puertas de “la muy noble, muy leal y fidelísima villa de Calanda” -a la que en su libro mancillan con prepotente saña- para difundir su intelectualoide mercancía y, ya de paso, ver si venden algún librico (dado el dudoso éxito crítico-comercial de su panfleto encubierto [que no dudan, ¡ay qué risa!, en tildar de trabajo “científico” -¡glup!: aquí se delatan-]).
            ¡Y vaya si se las han abierto! Las puertas, digo. “Kolenda” no sólo le ha abierto las puertas del corral al lobo, sino que realmente ha acatado sin el menor rubor su consigna como la última palabra al respecto, menoscabando de paso 376 años de tradición firme y continuada al abrigo de las generaciones; 376 años de la custodia local de un Hecho Extraordinario del que no somos dueños, sino meros usufructuarios; 376 años, en suma, cuestionados/devaluados a escala local de golpe y porrazo, y todo ello a remolque de un esnobismo sin ton ni son: “en democracia todos tienen voz”, argüirán si les conviene, ignorando de paso que hay bienes a preservar que están más allá de la opinión de unos u otros (así la virtud de la Fe como valor predemocrático, para póstumo escarnio de la docena de generaciones de barberos-cirujanos, analfabetos supersticiosos y falsarios de toda laya que nos han precedido desde aquel glorioso año de 1640, año clave en la historia de Calanda, el ridiculizado/demonizado pueblo que tal y como pretenden ciertas “mentes preclaras y racionales” vivió 376 años sumido en la mentira absoluta).
            No pretendo desenmascarar en esta ocasión a quienes prefabricaron el engendro aquel derramando su venenoso jarabe -con quienes vista su llamativa reacción e incapacidad de aceptar de buen grado una crítica nada cabe discutir-; tan sólo puedo deplorar la sumisa y ambigua condescendencia del “Kolenda” hacia los agraviadores, de todo punto insólita en un boletín cuyo principal interés, supuestamente, es la promoción de Calanda y su cultura (ya no digo “su Fe”).
            “Gracias” al “Kolenda”, el valor del Milagro auténtico (sí, auténtico) que da fama y nombradía internacional a nuestra villa, ha sufrido un daño considerable en su propio suelo, de puro pisoteado y envilecido por algunos de sus propios hijos, prestos a servirle en bandeja de plata el papel al incrédulo foráneo, para que éste se vaya de vuelta a su casa carcajeándose de nuestra Fe, nuestra Memoria y nuestra Historia. Lo dicho pues: ¡¡Gracias “Kolenda”!!


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