29 de junio de 2016

CINE. "El hotel de los fantasmas" (Neil Jordan, 1988)

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La década de 1980 marca el acta de defunción del Cine. Desde entonces, y salvo algunas honrosas excepciones (individualidades marginales con la suficiente personalidad como para no sucumbir a la insignificancia absoluta), esta industria envilecida se alimenta de sus propios despojos en un desesperado esfuerzo por seguir perdurando, cueste lo que cueste... Pues los grandes emporios industriales no se cuestionan a sí mismos: mientras la gente acuda en masa a ver espectáculos nauseabundos, el "cine" puede seguir "haciéndose" (es un decir). La clave de todo este espejismo, obviamente, no es la obra cinematográfica en sí, desde luego, sino el Gran Padre Marketing, ese carcinoma de la modernidad que todo lo pudre e instrumentaliza. 

No es sorprendente pues que un cineasta del talento de Neil Jordan, quien cuatro años antes había arrojado al mundo la excepcional En compañía de lobos, sucumbiera también al mal de la década con este infame Hotel de los fantasmas, una pieza por lo demás no del todo desechable, pues acumula un puñado de discretos aciertos (algunos detalles de puesta en escena, una entidad atmosférica que dota ciertos momentos de feliz gracia fantastique, el castillo donde se desarrolla la acción) que la redimen de la penosa condición de bodrio caro y "bien" filmado y montado.

El pretexto argumental tiene validez y denota audacia en el punto de arranque: el aristocrático/refinado propietario de un castillo/hotel irlandés al borde de la quiebra, idea, en un intento desesperado por salvar su fastuoso inmueble, el peculiar proyecto de hacer de él un hotel encantado, habitado por fantasmas (!). El reclamo publicitario surte efecto y acude a su llamada un pintoresco grupo de turistas norteamericanos, bastante impresentables en conjunto. Sobre este contraste entre lo irlandés (el castillo y sus moradores habituales) y lo useño (los turistas con su vulgaridad a cuestas) se funda el discurso que el filme articula. Mas por desgracia, a partir de la primera media hora, la narración se torna reiterativa y cansina, y lo que en principio bien podía sorprender al espectador atento, pronto degenera en un cúmulo de efectismos y subrayados exentos de cualquier interés real. Ni la interpretación en su conjunto (desmelenada y poco convincente, con una espectacular sobreactuación de Peter O'Toole, frente al inoperante Steve Guttenberg), ni lo grandilocuente del tono adoptado, consiguen sostener en pie un metraje dilatado en exceso, postizo y muy decepcionante. Y es una lástima, porque un trabajo de estas características (pese a la indeseable mixtura de géneros antitéticos en que se columpia), en manos del avezado Neil Jordan bien podría haber dado de sí algo más que tamaña retahíla de estupideces y despropósitos.
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