10 de marzo de 2016

CINE. "Perros callejeros" (José Antonio de la Loma, 1977)

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Tras unos comienzos más o menos prometedores, la ambigua filmografía de José Antonio de la Loma (1924-2004) se hundía en el pozo de las aberraciones insufribles con estos Perros callejeros. El autor de piezas otrora estimables como Las manos sucias o Vivir un largo invierno, entre otras, podía pues darse por perdido para el cinéfilo consecuente; pronóstico que, en ¿virtud? del enorme éxito comercial obtenido, se vería cumplido en años posteriores al reincidir en otras tantas entregas de parejos contenidos, incluyendo las dos secuelas -Perros callejeros II: Busca y captura (1979) y Los últimos golpes de "El Torete" (Perros callejeros III) (1980)- del filme que aquí reseñamos.

Más que una mala película (que lo es), Perros callejeros supone un pastiche sensacionalista de la peor estofa, un engendro con pretensiones sociológicas y hasta políticas, algo charlatán e incluso ofensivo para el espectador serio, por más de un concepto. Su estrepitoso fracaso artístico estriba básicamente en tres aspectos, en principio externos a sus valores técnico-cinematográficos, a saber:

1) Absoluta incoherencia ética/moral (por tanto ético-fílmica) en el punto de vista (nos encontramos en las antípodas de un filme como el notable Deprisa, deprisa [Carlos Saura, 1981]): se diría que, durante el grueso del cansino metraje, José Antonio de la Loma parece aplaudir lo que en un principio pretendía condenar (véase a este respecto el irrisorio prólogo, que para más inri está calcado del de la magistral Los olvidados [Luis Buñuel, 1950] aunque la comparación aquí resulta del todo desafortunada); efectismo tras efectismo, pirueta tras pirueta, exceso tras exceso, el personaje (convincentemente auto-interpretado) del Torete, pierde cualesquiera rasgo de humanidad para convertirse en un absurdo monigote en manos del deshonesto enfoque elegido por De la Loma.  

2) Sensacionalismo expositivo peor que ambiguo, con un gusto reiterativo por el trazo grueso y la crónica amarillista. O lo que es lo mismo, una perfecta recreación en los aspectos más truculentos y gratuitos de un conflicto, por ende, trivializado en aras de un espectáculo zafio y nada comprometido (con el problema social al que se aludía en el prólogo). Así, las secuencias se alargan innecesariamente, los detalles sórdidos pasan a ocupar un primer plano en el relato (p. ej. la escena de la violación en Montjuic), descompensando una narración incapaz de aunar desarrollo con elipsis, profundidad y síntesis.  

3) Nula progresión dramática de los sujetos en conflicto: el Torete del final del filme -obviamente antes de su muerte en el aparatoso accidente automovilístico que cierra el filme-, es prácticamente el mismo que el del comienzo, aunque más brutalizado si cabe: un monigote, decimos, sin entidad humana. De la Loma no profundiza en el alma de sus personajes, de aquí su absoluta indiferencia al trazado psicológico que los debería vertebrar como tales: más que personajes, pues, habría que hablar de arquetipos rudimentarios, propios acaso de un anuncio televisivo, pero no de una película medianamente elaborada.  

Técnicamente anónima, Perros callejeros, pese a su feísmo visual característico, abunda en secuencias trepidantes y dinámicas, pero que nada añaden al curso del relato: en especial, esas persecuciones automovilísticas que debieron de llamar la atención del público español de entonces, pero que es más que probable que hicieran sonreír a un William Friedkin o un Peter Yates. Mas por encima de todo, descuella alarmante la violencia sucia de algunas escenas, virtualmente indefendible una de ellas (me refiero a la de la mutilación del protagonista a manos del patriarca gitano del clan...).

Entre tanto exceso gratuito y tanta grisura narrativa, ¿qué queda en pie de estos Perros callejeros? A lo sumo, la triste confirmación de cuán poco podía dar de sí un subgénero muerto apenas nacer: el llamado "cine quinqui".

Zaragoza, 10 de marzo de 2016