23 de febrero de 2016

"PUDRIDERO DE ALMAS - Prólogo para españoles”, de "EUROPA DESCRISTIANIZADA" (Ensayo)

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PUDRIDERO  DE   ALMAS
“Prólogo para españoles” de   EUROPA DESCRISTIANIZADA




IN MEMORIAM

JOSÉ ARBIOL SANZ (1926-1991)
En el 25 aniversario de su fallecimiento.


Presidente de Juventud de Acción Católica (Teruel)

Mayoral del Templo del Pilar de Calanda

Miembro de la Conferencia de San Vicente de Paúl

Miembro fundador de la Cofradía del Santo Ángel (Calanda)

Miembro de la Cofradía del Santísimo (Calanda)

Caballero de Nuestra Señora del Pilar

Organizador procesional de la Semana Santa de Calanda

Juez de paz

Conferenciante y apologista

Y, sobre todo y ante todo,
CATÓLICO APOSTÓLICO ROMANO
*
1991 - 2016





Protegeos con toda la armadura que habéis recibido de Dios, para que podáis manteneros firmes contra los engaños del diablo. Porque no estamos luchando contra gente de carne y hueso, sino contra malignas fuerzas espirituales de los cielos, que tienen mando, autoridad y dominio sobre este mundo lleno de oscuridad.

Ef 6.11-12
  

Corren tiempos propicios para Satanás. Sumida en bestial orgía de impiedad y soberbia, de lúbrico libertinaje y blasfema negación de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la humanidad descreída asiste a su propia e inminente ruina, plena en su levedad, con la indiferencia del insecto cegado por la luz abrasadora de la demoníaca llama. Es el signo de los tiempos: la Marca de la Bestia, la impronta del Maligno, suerte de alambre mortal que todo lo atraviesa, corrompe y malogra.
            El Padre Amorth así lo ha dicho: “En el mundo se está dando una lucha: la que el diablo está llevando contra Cristo”. Y hará ya un siglo, Léon Bloy, con clarividencia meridiana, dejó escrito: “La Fe yace tan yerta que cabe preguntarse si alguna vez la hubo, y que lo que hoy pasa por tal es tan necio y hediondo que la tumba es mil veces preferible”. Pero, ¿qué está ocurriendo en este mundo nuestro? ¿Qué bacilo aniquilador e invencible se obstina en viciar las aguas de las fuentes del Espíritu? ¿Qué lepra destructiva asola el cuerpo del ser, agonizante y contuso? Desengañémonos todos, cautivos en este espacio de miseria: estas inmundas pestilencias y emanaciones cadavéricas tan sólo preludian el Apocalipsis, a cuyas puertas estamos llamando. ¿Cuándo sonará la primera trompeta? Nadie lo sabe. Mas la realidad de que algún día advendrá el inminente tono es irrefutable. Los santos, los ascetas y los místicos, los no pocos hombres y mujeres de verdadera Fe que han pasado por este calvario de santificación, bien nos han dicho la Verdad una y otra vez en sus escritos y en sus sermones. Y la Verdad es sólo Una.
            El orbe en su profanada extensión ha devenido trampa y pudridero de almas, preparatorio adventicio del infierno ultraterreno, sepulcral tálamo de torturas de tantos y tantos negadores de Cristo: frívolos blasfemos, apostatas rabiosos, ateos por cuatro lecturas necias, sectarios de salón, comunistas “de la hoz y el Martini”, capitalistas conchabados con el crimen internacional, caricaturescos profesores de filosofía sin un átomo de pensamiento en la sesera, tarugos y cartománticos, una retahíla infame de charlatanes, de macacos y de profanadoras en cueros de capillas universitarias, larvas y gusanos generados por el laicismo y la democracia, laxas excrecencias de la Reforma, la Ilustración y las Revoluciones, seres dignos de toda lástima y sin otro destino potencial, acaso, que el Infierno... Santa Faustina Kowalska, en testimonio de sus visiones místicas, escribió: “He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe”. La santa lo ha escrito: ¿tendríamos nosotros, ciegos desvalidos, autoridad alguna para desmentirla? ¿Nosotros, que tan apegados estamos a la falacia de lo terreno? ¿Nosotros, que sin temor ni temblor arrastramos nuestras burdas osamentas viviendo en la Duda? ¿Nosotros, que cada día que acaba más alejados de Cristo y de nuestra Madre la Santísima Virgen María nos hallamos? ¿Alguien ríe? ¡Mejor haría en llorar!

I
El Crucifijo arrojado

De su vista lo han apartado, tirándolo al fango, cremándolo en lo más profundo de su prepotente ser, cual vil maderilla absurda. El demonizado Crucifijo ya no cuelga en las paredes de las escuelas laicas ni en el enorme grueso de los hogares modernos. ¿Habrán dejado las escuelas de ser escuelas, y los hogares, hogares? Si algo son, ¿no serán a lo sumo ambiguas guaridas, templos de impiedad, blasfemos tabernáculos del Maligno, y nada más? Ésa y no otra ha sido la gran conquista del laicismo: fundar, e institucionalizar, una sociedad de lisiados espirituales, de víctimas cegadas por su propia soberbia, ahogadas en el caldo de su corrupción pecaminosa. No lo negaremos: el laicismo no es mera conquista de la democracia (toda ella en sí misma [la democracia] no es nada), sino perfecto y operativo éxito terreno-temporal de Satanás (qué sí es algo, aunque maléfico y terrible), puesto que al fin y al cabo, el laicismo es sólo una de las muchas herramientas de que se sirve el Malo para llevar a cabo sus perversos proyectos en el mundo. Mas el moderno, henchido de papanatismo y retórica pragmática, discrepa de su existencia, la niega categóricamente; dice: “¿El diablo? ¿Quién demonios puede creer “en pleno siglo XXI” en él? El diablo no es más que un cuento para viejas”. Y dicho esto, se quedará tan ancho. ¡Qué abyección invade al mundo!
            Puesto que siempre apunta muy bajo, el diablo -espíritu puro- entrará por los subterráneos de la sociedad: por las rendijas olvidadas, por los resquicios desapercibidos, por las alcantarillas del alma. Y qué mejor acceso puede tener en la modernidad que hacer lo propio colándose por las escuelas laicas del Estado, por esas granjas de adoctrinamiento y alienación mental de cuyos tabiques fueron arrancados todos los crucifijos otrora reinantes en tiempos remotos. Son los niños, los débiles, los fáciles de manipular, los inocentes recién llegados a quienes, a falta de formación y conocimiento, y en ausencia de buenos guías preparados, se les niega el Pan que dará sustancia y sentido a sus vidas -y no ya en la hora postrera, sino en el prosaico día a día-. ¡El Pan de la Vida y del Amor! Ya desde la más tierna edad, privados muchos de esos niños del sacramento del bautismo, se les arranca de sus ojos la posibilidad de contemplar la imagen del Crucificado, la Imagen. Nada. Ni una mención a Cristo. Nada de Religión católica, si es posible sólo “Ciudadanía” (sic) y, para variar, algo de filosofía budista embadurnada de humanismo para emprendedores, cuando no de historia de las religiones pasada por el filtro cínico de un Volney. Pueden cumplir los cuatro, los ocho, los doce años de edad… sin haber oído pronunciar de unos labios el glorioso nombre de Jesús. Nada, ni una migaja reseca. El Pan del Amor no es para ellos. Crecerán, se embrutecerán y se pudrirán en la mundanal escoria, y no llegarán a conocer a Jesús, aunque entre tanto sí hallarán fácil refugio en el satanismo importado de los Estados Unidos y sus satélites, aferrándose a fetiches de la vileza de la Coca-Cola, el Internet, el Fútbol, los Video-juegos, la Pornografía encubierta, la Violencia televisada, el Cantante de moda, la Cultura para los más “listillos” e, incluso para algunos pocos de ellos, el festín del Lujo, del Dinero a chorro libre: el Yate, el Golf, la Equitación, el Picasso… Su alimento, para todos en cualquier caso, será el pan de la Idolatría: el alimento putrefacto que suministra Satanás a sus feligreses, ciegos los más, tuertos los menos. Y todo ello viene acaeciendo más y más desde el día en que a esos niños sin educar se les privó de la gloriosa contemplación del Crucifijo. ¡Funesta privación!    

II
La Capilla profanada

Sin perder la justa tesitura, con tono encendido y hasta panfletario, mas dejando todo en manos de Dios, exclamamos al tiempo que condenamos: “¡Han profanado la capilla!”. Sí, la han profanado con la más inaudita y blasfema de las desvergüenzas. Lo hemos visto en los últimos tiempos; nos ahorraremos los detalles, de sobra conocidos por los católicos de esta España de apóstatas y resentidos. La historia no dejará de repetirse hasta el fin de los tiempos. Y los profanadores, sean jovenzuelas burguesas bien alimentadas o monstruosos terroristas islámicos aficionados a martirizar cristianos -y no cristianos-, volverán una y otra vez a ejercer su abyecto cometido: ¡profanar suelo sagrado!
            La profanación, más allá del hecho impío que supone, significa la consumación más atroz del proyecto demoníaco: instaurar el reinado de la barbarie y del odio sobre las bases de la intolerancia religiosa.
            No nos engañemos: la única solución ética al problema del relativismo de la modernidad es la moral cristiana. ¡Y qué gran moral! Nunca será superada, de puro consecuente y abierta en su ascendente visión del hombre y del mundo.
            Podemos comprender, por proceder de la hipnótica y oscurantista cultura de la que proceden, que los mahometanos, narcotizados en la barbarie del Corán -libro contrario a la razón donde los hubiera, tan antitético de la Biblia-, no tengan otros puntos donde apoyarse: han nacido con ese sino, y su fanatismo dogmático les incapacita en principio para abrazar la verdad cristiana, contra la que combaten… pese a las excepciones -no nos duelan prendas decirlo: ¡dichosos los conversos musulmanes!, pues ellos sí han sido receptivos a la Llamada; ello les honra-. Lo que no alcanzamos a comprender, ni de lejos, es cómo esas juventudes modernas españolas -las mismas que profanaron la capilla y las que les suceden-, educadas bajo el abrigo de la Tradición cristiana, a la que todo deben, renieguen con tan poco criterio de sus raíces católicas y hasta españolas, alzando el estandarte de la blasfemia y el antipatriotismo, y acometiendo de paso actos tan nefandos como la profanación de aquella capilla universitaria de cuyo nombre no quiero acordarme. Jóvenes y no tan jóvenes, estos grupúsculos humanos difusos suelen caminar bajo algún emblema o bandera, bajo alguna corriente genérica más o menos ambigua, más o menos contraria a la Iglesia y a la razón: ateísmo, anarquismo, marxismo-leninismo, socialismo, agnosticismo, feminismo(s),  etc. Nada más alejada de la sana rebeldía, la suya es un batalla impía y absurda contra la Tradición, de la que reniegan sin ofrecer a cambio alguna alternativa mínimamente consistente y digna: agresividad, anticlericalismo, “amor libre”, drogas, linchamiento del clero, eutanasia para todos, negación del alma, un odio cerval a Cristo, son, por así decir, sus señas de identidad características. Predican la libertad, el desenfreno, la igualdad, el odio, la gratuidad, el libertinaje, la fraternidad, el homosexualismo agresivo, las relaciones sexuales fuera del matrimonio,  un vida sumida en el bestialismo y la pornografía, en la contemplación perpetua del vómito y los detritos, al tiempo que practican el narcisismo, la delación, el amiguismo, la traición, el linchamiento verbal, gestual y hasta físico contra todo aquel que no sea de su pelaje. Basta con leerles en la fisonomía su total ausencia de espíritu positivo. Inútil pretender hallar en sus testas residuos de una hipotética bondad primitiva: en lo más profundo de sus cerebros, el lagarto triunfante se agita. ¿Apreciación subjetiva? ¡Dejémoslo en pura evidencia y nada más! Pues sus actos no contradicen en absoluto la mezquina apariencia que difunden por las tribunas públicas y los tugurios más sórdidos, por los que de ordinario pululan, espacios que van de la cátedra universitaria a la Cámara Baja, pasando por el seminario de filosofía feminista o la asociación vecinal laica de turno, haciendo escala de paso en las luciferinas garitas de los pintamonas del Charlie Hebdo y demás excrecencias defecadas por el llamado Estado de bienestar. Pero, ¿de quién estamos hablando? Obviamente, de los sin Dios. 

III
Los sin Dios

Vienen en manada, por la calle de la Amargura y del Pecado, arrastrando su lepra inmunda. Vienen encadenados, blasfemando, escupiendo sobre la Sagrada Forma. Son los testaferros de Lucifer. Y son manada.
            Abrid los ojos y mirad a vuestro rededor. ¿Qué veis en este Occidente diezmado por la especulación y el consumismo, por el negocio de la guerra y la codicia de las mafias farmacéuticas? Todo lo más una horda indiferente de gentes que renegaron del Cristianismo, violentamente hostiles a la Iglesia y a todo aquello que les recuerde a Cristo. Son los más. Y lo proclaman sin ningún rubor: “¡Somos los sin Dios!”, braman sin hipérboles a mandíbula batiente, al tiempo que agitan las banderas de la desvergüenza befándose en el Sagrado Nombre del Señor y de su Santísima Madre la Virgen María.
            Los sin Dios están en alza; reinan en el mundo como dueños y señores de su destino. ¡Y viven!
            Viven de espaldas a la Verdad, y como su mundo está cimentado sobre la más monstruosa de las mentiras, que es el fácil culto al propio ego, su poder de propagación es amplísimo.
            Viven de espaldas al Dolor, puesto que su mentira está fundada sobre la moral hedonista más burda, y esa moral no es otra que el culto al propio bienestar, al goce desenfrenado, al placer desinhibido.
            Viven de espaldas a Roma, ya que prefieren abrazar otras falsas creencias o filosofías que satisfagan sus mezquinas ansías de satisfacción personal, lo que les conduce cual meros turistas sin posibles al budismo o al hinduismo, cuando no se hunden en el peligroso fraude de las sectas, del arco que va del manual de autoayuda “Nueva Era” a un satanismo lúdico y mamarracho. No, su horizonte vital no culmina en Roma, sino en Silicon Valley. 
            Viven, en definitiva, de espaldas a Dios Trino, al que niegan, cuestionan o trivializan con inaudita desfachatez y simplonería, fundando sus argumentos en creencias tan catastróficas y necias como ese ateísmo de andar por casa, que inunda nuestra miserable época de una montaña de libros fétidos y sectarios, apestosos engendros excretados por la canalla seudo-intelectual que domina en nuestros días -canalla que, tan pronto como hubo de llegar, será barrida en breve por el lodo del tiempo-: Richard Dawkins, Michel Onfray, Fernando Savater y un largo y tedioso etcétera de sumos sacerdotes de la Nada: los sin Dios, como decimos.

EXCURSO
Los cuerpos pulverizados

De modo alarmante en nuestro decadente presente, ebrio de laicismo y secularización, la inhumación de los cuerpos de los difuntos -y con ella el misericordioso hecho de la cristiana sepultura que toda humana criatura merece- está dejando predominante paso a la bárbara moda de la incineración industrial. Así, tras “prenderle fuego” (y nunca mejor dicho) al difunto en un siniestro horno crematorio, la cosa será reducir a cenizas dicho cuerpo previa inyección de minutos de calorífica destrucción: he aquí el resultado, drásticamente resumido.
            Pensemos, mortales como somos, pensemos en el cuerpo muerto de nuestro difunto amigo o pariente. Imaginemos lo que la incineración supondría con respecto a éste, y en un ligero esfuerzo, con respecto a nuestro propio cuerpo: el ejercicio de la violencia sobre el tan depreciado (por el moderno) cadáver, vía la agresión del fuego, “el fuego purificador”, como dicen todavía ciertos materialistas melifluos. Objetarán algunos melindrosos que esta práctica resulta preferible al horror de la putrefacción, puesto que así se evita la proliferación de insectos cadavéricos, de efluvios sepulcrales hediondos, así como la sórdida licuefacción del humano despojo. Y eso sin contar el alarmante problema de la presión demográfica en ciertos lugares del globo, todavía sin evangelizar apenas (como la atea China o la astrosa India): en un planeta con más de siete mil doscientos millones de almas (!) la cuestión del espacio no es cosa baladí: los cementerios, literalmente, están a rebosar. Mas esos pocos burócratas de la muerte ajena parecen olvidar que, en efecto, algunos cuerpos de santos, como los gloriosos restos de San Juan Bosco, Santa Catalina de Bolonia, Santa Clara de Asís o San Vicente de Paúl, tales cuerpos, decimos, han permanecido incorruptos, magníficos y magnéticos en su poderosa presencia física. De haber cremado a estos santos, no conservaríamos sus envoltorios carnales, otrora templos vivos del Espíritu Santo, ni mucho menos nadie acudiría a venerarlos, como en justicia se hace. Frente a esta argumentación nuestra que algún necio mequetrefe no dudará en calificar de “impresentable y pueblerina”, el laico cosmopolita embebido de seudo-ciencia y humanismo tolerante, amigo de las carillas dentales y la limpieza de cutis, alegará que la existencia de dichos cuerpos incorruptos no requiere de intervención divina alguna, sino de unas condiciones ambientales peculiares que así lo posibiliten. ¡Valiente explicación!
            Hasta el 5 de julio de 1963, la Iglesia era clara y preclara en esta materia: la cremación presuponía la negación de las Exequias para aquellos fieles que abogasen por el hecho violento con respecto a su cuerpo. Mas desde el Concilio Vaticano II, esta perspectiva se trocó, tornándose ambigua o meramente difusa, tal y como puede comprobarse en el Código de Derecho Canónico (canon 1176 § 3), al no prohibirse ya dicha costumbre, tan contraria como en el fondo debería ser a la doctrina cristiana. ¿Una concesión más de la Iglesia a los tiempos actuales?
            En cuanto al hecho mismo de la futura Resurrección de los cuerpos (a la espera de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo), la cremación no es aquí tema pertinente, de puro inocuo en sí mismo: el “esfuerzo” que a Dios le supone resucitar un cuerpo a partir de una partícula de ceniza o de un omoplato abandonado en un osario es el mismo: ¿qué puede haber realmente difícil para Dios? Toda esta cuestión debe pues entenderse como un viraje con respecto a la Tradición, y por ser la cremación contraria como es a la Tradición, está de moda (la cremación): es chic. Y la modernidad, no lo olvidemos, es un perpetuo ataque a la Tradición, y por tanto a la inhumación, que ya no es vista como mera obra de misericordia hacia el reverenciado cuerpo del difunto, sino como necrófila perversidad antihigiénica propia de supersticiosos e ignorantes; así lo veía -ante el cadáver (que por supuesto fue debidamente incinerado) de su impía “Señora Madre”- un ateo auténtico tan digno de lástima como el suicida Albert Caraco, escritor por lo demás considerable, cuyo nihilismo bruto, por su sinceridad, nunca dejará de estremecernos.
            No creen los modernos relativistas en resurrección alguna, de puro alienados como están en la ruda materia que rige sus eones; para ellos las basuras y los cadáveres son una y la misma cosa: material de desecho. ¿Y qué podrían creer ellos, los relativistas modernos, que ubican el alma en alguna región localizada del cerebro? Nosotros les refutamos: la resurrección no es hipótesis peregrina, sino Verdad Una: la Historia nos ofrece algunos ejemplos implacablemente documentados, de puro flagrantes ya incontestables: sirva como botón de muestra la resurrección -por intercesión de la Virgen del Pilar- de la pierna muerta y enterrada de Miguel Pellicer, acaecido en Calanda el año de 1640, extraordinario hecho que bien nos puede servir como precedente de lo que habrá de ocurrir el día del Juicio. Aunque no es lo que resucita aquí la persona tal cual, sino una parte de ella, concretamente una porción muy considerable de su pierna amputada años ha, rodilla abajo.
            Incinerar a los muertos -salvo en ocasiones de excepción en que la coyuntura bien lo requiera: epidemias, contagios, etc.- no es sino bárbara brutalidad, más propia de los antiguos paganos y de los demacrados gentiles del Indostán que de los occidentales tibios y mediocres de nuestros días. A fin de cuentas, el fin último de la incineración en el mundo moderno, como escribimos en otra parte, no consiste sino en “borrar cualquier huella de algo que fue alguien”. ¡Borrar! Y a otra cosa.

IV
El Orbe devastado

Han deyectado sobre las aguas cristalinas. Han vomitado esputos sacrílegos en el manantial inmaculado. Lo han emporcado todo, no dejando partícula ínfima intacta. Todo, el Orbe todo, devastado.
            Las heridas de la Tierra son ya incurables: un cáncer galopante la está matando. ¡Que el Señor nos asista! Afrentada vilmente, la maravillosa Creación de Dios agoniza expoliada por desvergonzadas sagas de industriales corrompidos y multinacionales del Mal, al tiempo que caravanas de turistas y turbas enteras de negociantes sin escrúpulos se disponen a hacerse con el espacio del Globo. Ante nosotros se alzan las grandes chimeneas escupiendo a los cielos, antaño azules, humaredas tóxicas y pestilentes. Los hipócritamente cuestionados reactores nucleares se afanan en hacer del monopolio del átomo su única moneda de cambio, cueste lo que cueste: el negocio del átomo bien compensa un Chernobil o un Fukushima, piensan los magnates de la Muerte seca. Las aguas inmundas de los ríos a su paso por las  inhabitables grandes ciudades, los cementerios ardientes de neumáticos humeantes y chatarras oxidadas, las playas profanadas por la basura nuclear en la apaleada Somalia son, no ya desprecio del hombre hacia el hombre, sino afrenta blasfema del género humano a la Gran Creación de Dios.
            Cada inútil esfuerzo que el hombre hace por controlar el código indescifrable de la naturaleza, cada bellaco proyecto de edificación masiva, cada perversa tentativa de consolidar un nuevo paradigma presto a impulsar el Progreso aciago y dudoso, no se salda sino con el resultado de prever: la realidad de un Paraíso Infernal.
            Los frutos exprimidos de la Razón nos han dado al fin el pútrido zumo de la vergüenza. ¡Que aproveche!

V
Del advenimiento del Anticristo al grito del simio

Ya era hora de decir algo sobre Él, el Anticristo. Muchos me han precedido, como el anglicano converso al catolicismo Robert Hugh Benson, en cuya eficaz distopía Señor del mundo bosquejó con perfección maestra los rasgos del Anticristo, personificado en la figura del diabólico Julian Felsenburgh, especie de superhombre y Salvador negativo que profesaba un culto panteísta peor que ambiguo. Remito a cualesquiera interesado necesitado de una funcional ilustración del Anticristo que se aproxime a esta novela, cuyas páginas encierran párrafos de gran verdad; no nos sorprenden nada por otra parte las reivindicaciones que en los últimos tiempos el Papa Francisco ha hecho sobre esta obra, estéticamente mediana y hasta hace poco tiempo bastante olvidada.
            Más que hipótesis peregrina, la realidad del advenimiento del Anticristo no debería subestimarse, sino tomarse como asunto serio. Mientras los candidatos no dejan de sucederse, mientras el mundo laicista ve frustradas sus tentativas de deificar al Fulano Definitivo, fracaso tras fracaso, los tecnócratas de la muerte van generando, paso a paso, modelos políticos cada vez más persuasivos y atrayentes para las multitudes enajenadas que esperan el Consuelo, no en el Cuerpo de Cristo, sino por medio de un hombre de carne y hueso como ellos al que adorar cual becerro de oro.
            Y entre tanto, el animal se afianza. El hombre, cada día menos religioso, cada día menos hombre, se aproxima a paso de gigante a la cueva del simio. Y el simio emerge, a cada bostezo de alma que abdica, emerge con lubricidad simiesca renovada. 
            Un simio late dentro de cada hombre. En lo más profundo de su corazón, el hombre moderno alberga a un simio retozante que reclama sus derechos bestiales: desenfreno, lujuria y avasallamiento. Y esto, hermanos, ¿adónde conduce? A una Caída, a la más terrible de las caídas.

VI
La Caída en el Abismo

¡Se matan! ¡Se están matando! ¡Cantan vivas a la muerte! En la cultura de la muerte, donde la ansiada legalización global de la eutanasia es realidad inminente, el suicidio espiritual ha iniciado su carrera rumbo al gran colapso. ¡El suicidio espiritual! Un suicidio “a la altura de los tiempos”.
            Mas no bastará con el suicidio. Muertos vivientes pululan por la superficie del orbe, arrastrándose cual larvas angustiadas. Un miedo indescriptible cohabita en el corazón del moderno. Algo intuye más allá de su epidermis. A lo lejos, acaso, divisa el Horror Sumo. ¡La Caída!, grita, ¡la Caída! 
            En efecto, la noche de la postrera Caída, la que seguro habrá de llegar, un silencio eterno romperá en dos la porcelana de la Mentira. Esa noche será privada de toda oscuridad, de todo atisbo de luz estelar, por el fuego sublime de lo divino: una inmensa bola de fuego, enorme y magnificente cual mil millones de soles, abrasará el reino de la Mentira, hundiendo en la Nada absoluta la vacuidad del mundo terreno. Nada quedará en pie. Todo perecerá reducido no a cenizas, ni a polvo cósmico, sino a sombra de nada. La catástrofe será irremediable, indolora e inefable. Los cuerpos despedazados, las grandes obras maestras arrojadas por la humanidad al silencio de los siglos, toda la ilusión vana, toda la visión ilusa, se hundirá por igual en medio del lodo amorfo de la indiferencia cósmica. Todo sucumbirá en una masa de perdición y despropósito. Tan sólo las almas de aquellos que optaron por Cristo verán la Luz. Son muchas: serán miles, millones de almas; mas tendrán las Puertas abiertas. Podrán acceder, más allá del Espacio y del Tiempo, a la Jerusalén Celeste, previo momento a la Resurrección de sus cuerpos, anheladísimo hecho que consumará la Historia y que nosotros, pobres infelices, deseamos con vivo gozo. Pues Cristo habrá de venir para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Sea así, por los siglos de los siglos.


El ángel me mostró un río limpio, de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad y a cada lado del río crecía el árbol de la vida, que da fruto cada mes, es decir, doce veces al año; y las hojas del árbol sirven para sanar a las naciones. Ya no habrá allí nada puesto bajo maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad. Sus siervos le adorarán, le verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. No habrá noche en la ciudad; los que en ella vivan no necesitarán luz de lámpara ni luz del sol, porque Dios el Señor les dará su luz, y reinarán por todos los siglos.

Ap 22.1-5

AW

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