15 de diciembre de 2015

RESEÑA. "El demonio del mediodía. La acedia, el oscuro mal de nuestro tiempo" (2013), de Jean-Charles Nault

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Ed. BAC (2014), Estudios y ensayos (EE0167)
ISBN: 978-84-220-1756-1


La acedia: he aquí el concepto medular sobre el que se despliega este breve y brillante ensayo de investigación. Ensayo cuyo discurso en torno al concepto inmediatamente referido merece la más seria consideración, puesto que en nuestros días ha pasado a perder cualesquiera significación: la acedia, por así decir, no cuenta ya como problema espiritual en la existencia del cristiano (y ni siquiera figura como mero concepto en el grueso de los diccionarios manuales más completos).

Dom Jean-Charles Nault (1970), padre abad de Saint-Wandrille desde 2009, es el autor del opúsculo, ejemplar destilación y resumen de su tesis doctoral, La Saveur de Dieu (2005), que le hizo acreedor en su día del Premio Henri de Lubac.

Nault, prosista sin estro artístico perceptible (a juzgar al menos por la dinámica traducción de Julián Presa Prieto), no pretende en este ensayo sino poner en claro al lector no iniciado la realidad de un mal del que casi nadie nada sabe: ese mal demoníaco es la acedia, que como el título reza guarda una inequívoca relación con el llamado "demonio del mediodía", en tanto hace su aparición en las horas más intensas y luminosas del día (frente al lugar común que suele vincular los demonios con la noche). La acedia es ante todo un estado del espíritu, que si de ordinario se suele vincular con la pereza, el hastío, la apatía, el desánimo, la desesperanza, excede con mucho estos conceptos para abismarse de lleno en los más quebradizos terrenos metafísicos; en palabras del autor:

"La acedia está en el origen de la desesperación de nuestros contemporáneos, que consideran que sería mejor no existir: en verdad, ella es ese pecado contra el Espíritu Santo, por el que nos negamos a acoger el Amor y el perdón" (p. 80).

La acedia, pues, permanece activa: el gran grueso de la modernidad vive inmersa bajo los devastadores efectos de su brutal tiranía: la epidemia nihilista que asola Occidente, el relativismo consiguiente, el ateísmo bruto que todo lo pudre y anula, es la más evidente muestra del actual vigor del que ésta goza.

Nault, consciente de la dimensión histórica del problema, no olvida desarrollar en su libro una notable historia del concepto (y su consiguiente evolución a través de los tiempos); de los cuatro capítulos y la conclusión que conforman el contenido de éste, el autor dedica los dos primeros a presentar la historia de la acedia (akèdia) en el pensamiento de diversos autores; así, el primer capítulo se centra en la figura de Evagrio Póntico (y los Padres del desierto), mientras que el segundo hace lo propio con Santo Tomás de Aquino. Los dos capítulos finales no harán sino trasladar la realidad de dicho concepto al mundo actual, articulando el discurso desde presupuestos más prácticos.

Por lo demás, la obra es combativa: denuncia los errores en que incurrimos al tiempo que apunta remedios para aplacarlos. Su otro gran mérito estriba en haber devuelto a la olvidada acedia la actualidad que sin duda merece.


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11 de diciembre de 2015

CINÉMA BIS. Joe D'Amato (1936-1999)

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Realizador cinematográfico italiano, de nombre real Aristide Massaccesi. Fue el más prolífico destajista del cine italiano en el último cuarto del siglo XX, con alrededor de doscientos filmes como director en su haber; desempeñó asimismo cometidos de director de fotografía, guionista, montador, asistente de dirección y actor. La calidad cinematográfica fue ajena a sus intereses: indiferente al menor atisbo de puesta en escena, de posibilidad de estilo o de mera tentativa de factura industrial, D'Amato involucionó de un academicismo rutinario a las más profundas simas de abyección creativa, atrapado en sus últimos años en subproductos pornográficos destinados al vídeo. No obstante, una serie de singularidades, de aspectos insólitos y contraculturales, reivindican su figura entre algunos sectores de cinéfilos. 

Debuta como director en 1972. Su primera película destacable es La muerte sonríe al asesino (1973), dominada por la magnética presencia del gran actor Klaus Kinski. No obstante, tras este trabajo que apuntaba algunas maneras, D'Amato se hunde rápidamente en el cine de explotación más burdo. La flauta del éxito comercial le sonará con Emanuelle negra se va al Oriente (1976): se trata de la segunda entrega de una nueva serie en clave racial obviamente deudora de la execrable y germinal Emmanuelle de Jaeckin: la Emanuelle negra interpretada por Laura Gemser. Alentado por la buena acogida del filme, D'Amato volverá a la carga con un puñado de nuevas entregas sobre el personaje privadas del menor interés, con la excepción, quizá, de Emanuelle y los últimos caníbales (1977), imposible mixtura de erotismo y canibalismo, perpetrada con especial oportunismo tras el auge del subgénero "cine de caníbales". Su ritmo de trabajo se recrudece: en 1980 dirige nueve filmes. En consecuencia, la calidad de su cine sigue descendiendo. Y, contra todo pronóstico, la condición de "autor de culto" comienza a irrumpir entre los consumidores del vídeo: tras la sala de cine, sus películas parecen gozar de una "segunda vida" en los estantes del videoclub, auténticos balones de oxígeno del celuloide barato durante la década de 1980. Aunque suele firmar sus películas con seudónimos dispares, David Hills, Alexander Boroscky, James Burke, su no-estilo ya aparece plenamente codificado: realice un filme erótico del calibre de Calígula 3 o una seudo-fantasía heroica como Ator el poderoso (1982), el sello D'Amato persiste impasible: una absoluta incoherencia interna, un paupérrimo no-sentido del espacio fílmico, una perpetua sumisión a los golpes de efecto, sin mayor consistencia. Al igual que Lucio Fulci en sus inextricables filmes terroríficos rodados entre 1980 y 1982 (por lo demás los más valorados de su filmografía), la obra de Joe D'Amato gana en adeptos conforme sus resultados, en un sentido normativo, son cada vez más contrarios a la mera razón. 

La década de 1990, en fin, supone la apoteosis de todos estos tics: va abandonando poco a poco el cine hasta instalarse en el vídeo, lo que le permite acoplarse a unas condiciones bien peculiares de trabajo: rodajes relámpago, presupuestos mínimos, absoluto desprecio de las reglas escolares del cine; pasión, en definitiva, por filmar, por practicar un voyerismo narcotizador y turbio, meramente respaldado por el pretexto industrial. De aquí a su prematura muerte, la existencia de Joe D'Amato se limitará a grabar plano tras plano, película tras película: en 1996, 23 filmes; en 1997, 26; en 1998, 22. 


En Epdlp:

Joe D'Amato


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