24 de noviembre de 2015

CARTA ABIERTA al autodenominado "artista" Abel Azcona, sacrílego profanador del Cuerpo de Cristo y parásito del "arte" oficialista español (anti-español)

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Cortesía de www.youtube.com



Sr. Abel Azcona (lo de Sr. es un decir, léalo como SeRpiente):

Cuando un católico topa con un reptil de su pelaje (con perdón de los reptiles), lo mejor que puede (y debería) hacer, es detener el paso, santiguarse y proclamar a voz en grito: ¡VIVA CRISTO REY! 

Abel Azcona, usted no es un artista: usted es NADA. No gaste pues tanta saliva en hacerse llamar "artista": lo que usted supone, lisa y llanamente, es una infecta y apestosa excrecencia más de la España progre, izquierdista y proetarra; la España laicista y atea de Rodríguez Zapatero y sus secuaces; la España de la ideología de género y el movimiento animalista; la España de la cristianofobia institucionalizada, enemiga de Cristo y de la Santa Iglesia Católica; la España pútrida y satánica que hoy sufrimos, mixtura de mierda y retórica babosa, de la que usted, triste larva, no es sino pieza blanda e intercambiable.

Al agraviar a Jesús Sacramentado, al injuriarnos con tamaño acto de vileza a nosotros, los católicos, usted (flanqueado por el impresentable Ayuntamiento de Pamplona) ha incurrido en un delito reiterado de profanación y un delito contra los sentimientos religiosos. Las consecuencias de su acción criminal, téngalo bien presente, no quedarán impunes (sí acaso queden libres de aplicación penal aquí en esta vida terrena y miserable, mas no así en la Otra, en la que usted sin duda no debe creer, pero de la que no podrá escapar).

Sepa, Abel Azcona, que su presunta "originalidad" como "artista" no es tal. Agotadas las tentativas del arte conceptual más burdo, el advenimiento del "todo vale", del relativismo en una palabra, ha terminado por sumir su seudo-discurso (como el de tantos otros fatuos pintamonas y mamarrachos del mal llamado arte posmoderno) en una cháchara insignificante y abyecta, de la que el primero en envilecerse es usted mismo. 

Usted no crea, meramente empuerca con su presencia un mundo ya de por sí muy puerco. 

Lo que usted necesita, al fin y al cabo, es una buena serie de exorcismos. Satanás está dentro de usted, ¿le resulta divertido, eh? El Maligno goza haciendo el Mal. Los malvados se regodean en el mal, pues participan de éste; usted sólo es su vulgar instrumento. Siga pues sirviendo a su señor. Pero sepa que tiene todas las de perder, y que este ultraje, más pronto que tarde, será desagraviado. Rezaremos por usted.
   
24 de noviembre de 2015




Firmas:

DENUNCIA ANTE LA FISCALÍA EL MAYOR 
ATAQUE CONTRA LOS CATÓLICOS
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17 de noviembre de 2015

RESEÑA. "Hay un camino a la derecha" (2015), de Santiago Abascal & Kiko Méndez-Monasterio







En un subgénero tan efímero y poco estimulante como es el de los "libros de político", la aparición de este Hay un camino a la derecha merece cierta consideración. Si de algo carece la política española (al menos entre sus oligarcas y cabezas de lista), es de figuras carismáticas, capaces de articular (con las ideas) y defender (con los hechos) un ideario consistente y, ya de paso, llevarlo a cabo (no sólo con las "gestas" futuras, sino con el prosaico ejemplo del día a día). Abascal, hombre íntegro (por ahora y suponemos que por siempre), parece estar llamado a ser el político que llene este vacío humano.

Si la política española de nuestros días es un pozo sin fondo de corrupción y envilecimiento, si los sofistas y demagogos han pasado a ocupar el lugar de los verdaderos teóricos y los políticos, no deberíamos buscar las causas de este viraje en la mediocridad humana de nuestros líderes, sino en ese fracaso comprobado que ha supuesto la democracia española en sus cuatro décadas de recorrido; pero no, no prolongaremos este argumento abordado ad nauseam. El malestar de los españoles ante la mera realidad de su existencia, ese cabreo reprimido sustentado en la falta de valores firmes, en el auge de un relativismo de bazar indiscriminado, en el catastrófico influjo de la ideología de género a través de las instituciones, en una sarta de inconvenientes y despropósitos que no pretendemos aquí enumerar, han terminado por hacer de la vida del grueso de los españoles un espantoso tránsito material entre su existencia terrena (insegura, precaria e irreligiosa) y su muerte inminente o futura (fijada por la estadística de pasado mañana). En mitad de este panorama tan poco apetecible, la voz de un discurso político consecuente está ausente. Y los poderes fácticos no están por la labor de que dicha voz se deje oír en la vida española. 

Hay un camino a la derecha asume la forma de una conversación entre gente civilizada, sin complejos: de una parte y como hábil "preguntador", Kiko Méndez-Monasterio; y de la otra, Santiago Abascal, presidente del partido Vox y ex-militante del PP. Como no podía ser de otro modo, el enfoque es positivo y electoralista. Pero, ¡ojo!, también sensato. Abascal, que como pensador político carece de originalidad (ni falta le hace), acusa empero una honradez (su biografía es ejemplar a este respecto) y un sentido común (en el discurso) insólitos en un político español de nuestros días. A diferencia de muchos estómagos agradecidos, Abascal no vende humo al hipotético votante de su partido, sino posibilidades bien razonables en un contexto que se ha tornado insensato e irracional.

El punto de partida del libro es simple: ¿dónde está la derecha en España? ¿Qué ha sido de ella? Abascal, sustentado en los hechos y el sentido común, es claro: la derecha no goza (en 2015) de representación en la Cámara Baja. Y la razón de ello es que el supuesto gran representante de ésta, es decir el PP, ha dejado de ser un partido de derechas (pp. 55-56): 

¿El PP es hoy un partido de izquierdas?

Indudablemente. Pero da igual, para mucha gente no es creíble esta afirmación. Hagamos la pregunta al revés. ¿Cuánto de derechas, conservador, liberal y nacional es el PP? ¿Cuánto si no defiende la unidad nacional y la aplicación de la Constitución en Cataluña? ¿Cuánto si dejan intacta la legislación abortista de los socialistas? ¿Cuánto si su ministro de Hacienda sube impuestos por encima de los deseos -expresados electoralmente- de los comunistas de IU? ¿Cuánto si no persigue (la) ilegalización de Bildu? ¿Cuánto si acepta la nociva y antipatriótica Ley de Memoria Histórica que consagra por ley la idea maniquea de derecha mala e izquierda buena? ¿Cuánto? Nada. Cero. El PP de Rajoy es la nada, es ideológicamente amorfo. En eso no se distingue de Ciudadanos, por ejemplo. 

La abdicación del PP con respecto a su ideario primitivo es uno de esos fenómenos que Abascal, con implacable precisión, confirma al lector no esclarecido. Ese desplazamiento hacia la izquierda, en cualquier caso, afecta a todas las formaciones políticas españolas. El PP de hoy, por así decir, ha pasado a ocupar en el mapa ideológico el lugar antaño ocupado por el PSOE. Éste, a su vez, se ha radicalizado, aproximándose a las posiciones de IU. La estruendosa irrupción de una formación antisistema como Podemos ilustra este recrudecimiento de la izquierda radical. Ubicado el PP en un anodino centro-izquierda del mapa ideológico español, la derecha por así decir queda huérfana y/o ausente, sin representación. En consecuencia, no hay derecha, en tanto que no hay nada con representación a la derecha del PP, que ya no es "la derecha".

Vox, "la (genuina) derecha", vendría pues a llenar este vacío. Y Hay un camino a la derecha, libro ameno y sin irritantes incoherencias, no aspira sino a ponernos en claro las claves de este proyecto que merece todo nuestro apoyo. Les deseamos la suerte que sin duda se merecen, léase lograr algunos escaños en las próximas Elecciones generales para así, y desde sus futuros sillones en la Cámara Baja, dar voz a los españoles sin voz.
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13 de noviembre de 2015

URBS CAESARAUGUSTA, CIRCA MMXV

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 Al recuerdo de la Zaragoza histórica, pilarista y castiza, baluarte de la Hispanidad y Santuario de la Raza. 

A esa Gran Urbe que fue y que empero ya no es sino pútrido despojo agonizante, devorado por los necrófagos de la impiedad, el laicismo y los tubos de escape.



Monstruo de obscenidad,
Enclave demoníaco, hollín
De nuestro espíritu, luto
Perpetuo y enquistado, vil
Disparo en el alma, exangüe.

Callejeo por tus inmundos
Intestinos, siempre reo,
Cual hostigado instrumento
De tu brutal trato, perdido
Entre la burocracia y el pánico.

El miedo, la codicia y el Horror
Riegan tus sacrílegos glóbulos,
Al tiempo que un hedor de
Muerte, harta nuestro apetito
Pragmático, irrecuperable.

Todo en este industrial osario
Está atravesado: del recién
Abortado al moribundo,
Del politicón al meteco, todo
Supura vergonzante eficiencia.

El alambre que tanto atraviesa
Es la lepra de hoy ayer inoculada;
Su composición, simple: soberbia
E imbecilidad, narcisismo y colorete,
Satisfacción, dúplex y Progreso.

Todo en este fúnebre nicho
Debe ser computado; la muerte
Y el muerto, la vida arrancada,
La risa canalla, el oro y la médula,
Aplastados los cuerpos, ¡clavos!

Cae una lágrima. Tiembla la bolsa.
Un magnate se agita. Escupen humo
Cien mil ciento trece chimeneas
Sobre la crin de mi caballo rojo.
Guarde Dios a las escolopendras. 


15 de marzo de 2015

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8 de noviembre de 2015

CINE. "Calanda" (Juan Luis Buñuel, 1966)

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Entre 1973 y 1975, el nombre de Juan Luis Buñuel generó ciertas expectativas entre la crítica cinematográfica gracias a la aparición, sucesiva, de tres largos "llamativos" como unos fuegos de artificio: Cita con la muerte alegre (1973), La mujer con botas rojas (1974) y Leonor (1975). 

Otro hecho, más bien accidental, resaltaba la personalidad de esta incipiente promesa: el firmante de aquellas piezas afectadas y pretenciosas era hijo del mismísimo don Luis Buñuel, el denominado "genio de Calanda". Apuntalada la continuidad del rizoma genético, se preguntaron algunos, ¿perpetuaría acaso el nuevo valor la genialidad del progenitor?

La pregunta previamente formulada resultaría hoy risible si el nombre de Juan Luis Buñuel evocara en la memoria de algún cinéfilo recuerdo alguno. Mas Juan Luis es un completo desconocido, incluso para los más incombustibles arqueólogos del cinema. Hará unos años, en nuestra breve entrada escrita para El poder de la palabra (http://www.epdlp.com), resumimos su biografía en estos términos:

Director de cine francés. Iniciado en el cine de la mano de su padre, Luis Buñuel, como ayudante de dirección de algunos de los filmes de éste, como ‘La joven’ (1960) o ‘Viridiana’ (1961), y de algunos otros de Louis Malle, pronto afrontaría la dirección, logrando su primer trabajo importante con el cortometraje ‘Calanda’ (1966), impresionante documental sobre la Semana Santa de Calanda (Teruel), pueblo natal de su padre, que debe contarse entre lo mejor de su producción. Los comienzos de los años 70 suponen su gran momento como director, con la realización de tres largometrajes. ‘Cita con la muerte alegre’ (1973), el primero de ellos, es el mejor apreciado por crítica y público, consiguiendo en el Festival de Cine de Sitges la medalla de oro al mejor director; pero ni ‘La mujer con botas rojas’ (1974) ni ‘Leonor’ (1975), obras desiguales y olvidadas en las que la influencia del padre es notoria, consiguen prolongar su nombradía como director, lo que le llevará a refugiarse a continuación en la televisión, como bien ponen de manifiesto sus trabajos posteriores, circunscritos a este ámbito. 

Es un texto timorato, que intenta "salvar del fuego" lo mejor de su artífice. Y lo mejor que Juan Luis filmó en toda su vida no fue otra cosa que esa Calanda de 1966 que el texto tanto enfatiza. [Ni que decir tiene que Calanda, villa natal del padre del realizador, se ofrecía más pronto que tarde a un trabajo de estas características].

Pero apuntemos algo más, ni que sea brevemente, sobre la obra de este realizador sin numen cuya mayor desgracia de cara a la galería (¡paradojas de la vida!) no fue otra que la de ser hijo de un genio auténtico. 

Si algo caracteriza la filmografía de Juan Luis Buñuel es su absoluta inconsistencia y mediocridad. Un atento estudio de su puesta en escena confirma la irritante torpeza del realizador por imponerse como "autor". El ejemplo paradigmático de todo esto es Leonor, o de cómo una película de vampiros que hubiera merecido la dirección de un Mario Bava, en manos de Buñuel Jr. deviene vergonzante ejercicio de auto-justificación autoral. El desprecio por el género terrorífico y el perpetuo chantaje cultural afloran a lo largo de un metraje cansino e invertebrado, falto del menor talento narrativo. Era previsible: en sus días de presunto apogeo, Juan Luis Buñuel nunca se consideró un funcional artesano, sino un AUTOR "con voz propia". Cometió el error de sobrevalorar sus aptitudes, en verdad limitadas.    

Es comprensible que tras este fiasco, Juan Luis no reincidiera en el cine de distribución normalizada. Atrapado entre la televisión y el vídeo, se hundiría lentamente en un ostracismo comercial que en nada habría de recordar los años postreros de su genial padre.

Su obra maestra, como ya hemos dejado claro, es su segundo corto: Calanda supone una pieza sin grandes pretensiones, similar en espíritu a otro documental del padre, el alucinado Tierra sin pan (1932). Pero si aquel viaje a las Hurdes retrataba una realidad sublimada por un surrealismo combativo (lo que terminaba por hacer de la pieza un "falso documental" en toda regla), Juan Luis, mucho menos imaginativo que su padre, se contenta con filmar lo que ve (casi a la manera de un Jean Rouch): así, en Calanda, de algún modo, antropología y cine directo se dan la mano.

No obstante, el corto no es tan simple como a primera vista podría parecer. A lo largo de sus 21 minutos de duración, su clásica estructura acusa tres partes claramente diferenciadas, a saber:

1) Prólogo: tras los títulos de crédito, el objeto "Calanda" es presentado al público en su dimensión social, cultural y económica. Lo que vemos son unas pinceladas ilustrativas de escasa fuerza, cuya única razón de ser es preparar el cuerpo del filme.

2) Cuerpo: en el que se desarrolla todo lo relacionado con la Semana Santa de Calanda: oficios, procesiones, el momento clave de "Romper la Hora"; sin hacer omisiones a lo pintoresco, allí donde la observación y el gusto por lo costumbrista irrumpen. Cohesionadas estas dos vertientes (la Global-Universal, por un lado, y la Anecdótica-Particular, por el otro), lo filmado adquiere un sabor muy especial.   

3) Coda: la coda, breve como un suspiro, cierra de modo abrupto el documental, informando sobre la prohibición de tocar el tambor más allá de la hora fijada...  

Lo que en su rústica simplicidad difunde esta Calanda es una tremenda autenticidad. El arraigo a la Tradición y lo castizo, la Fuerza suprema del Catolicismo Romano a través del Acto (que el autor, por momentos, se diría intenta parodiar -la aparición de los vehículos en plena tamborrada-... aunque en ningún momento lo consiga), llenan de vida las imágenes de un documento único y excepcional. 

Como para confirmar lo dicho, cuatro décadas después Juan Luis Buñuel volvería a la carga con una nueva entrega sobre el mismo asunto, bajo el título de Calanda, 40 años después (2007). Nada que ver con la pieza anterior (de la que rescata varios planos). El resultado es muy mediocre, casi televisivo en su factura. Mal montada y peor filmada, carece del menor encanto. Visualmente nula, trivial en el contenido y adocenada en la exposición, ratifica a partes iguales una hipotética degradación de la Semana Santa de Calanda y el mal oficio de Juan Luis Buñuel tras la cámara (y ante ella, en cuanto participa como principal actor-narrador...). Lo que sí resulta evidente es que durante el rodaje de esta innecesaria segunda entrega don Luis Buñuel no se paseó por entre el equipo. Ni su espíritu asistió a su hijo, más perdido que nunca. 


Zaragoza, 8 de noviembre de 2015
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