27 de octubre de 2015

RESEÑA. "A tiempo y a destiempo (Apostolado de la pluma)" (2000), del P. José Pascual (Benigno, O.S.B.) Benabarre Vigo





Escritor austero y preciso, poco amigo del ornato y sí de la Verdad, mas dueño de un estilo propio que ya quisieran para sí no pocos periodistas, el P. José Pascual Benabarre Vigo (Aler, 1915), que cumplió 100 años el pasado 23 de mayo, tiene en esta voluminosa obra que aquí traemos, una antología en toda regla de sus opúsculos como articulista católico en Puerto Rico; una labor prolífica y fructífera que desarrolló desde 1955, sobre todo, en dos valientes publicaciones del país: "El Visitante" y "El Oriental".

Antes que nada, conviene decir que A tiempo y a destiempo (Apostolado de la pluma) es toda una rareza bibliográfica, uno de esos tesoros literarios cada vez más anómalos que no ven la luz sino para unos pocos privilegiados. Al no gozar este título de una distribución normalizada (como sin duda alguna hubiera merecido), su difusión ha sido harto limitada, por no decir subterránea. Ello no obsta para vindicar los múltiples valores de un trabajo duradero y memorable, certero resumen de los años más intensos del autor como apologista católico y teólogo.

A tiempo y a destiempo, previa introducción, presenta una estructura tripartita, a lo largo de sus 370 páginas. 

La primera parte, "Artículos", supone el grueso del volumen y reúne un total de 150 piezas de diverso signo. La prosa del autor es viril y contundente, sin ornatos superfluos ni retóricas vanas. El P. Benabarre se mueve como pez en el agua en las más complejas cuestiones políticas, morales y religiosas. Sin titubeos ni ambigüedades, nuestro hombre va sembrando la Fe y la Verdad a manos llenas (con razón podemos hablar, tal y como reza el subtítulo de la obra, de un "apostolado de la pluma"). El contenido de los breves artículos es vario al tiempo que coherente: una sólida estructura invisible equilibra el conjunto, dotado de voz propia dentro de la más estricta ortodoxia. Entre los artículos, figuran, entre otros: "Del sacramentalismo a la vida sacramental", en dos entregas; "María: modelo de fe y madre de los creyentes"; "La Iglesia, la mujer y el hombre", en dos entregas; "Contra el cansancio espiritual"; "Cristo fundó una sola Iglesia"; "Vida Ascendente", en tres entregas; y "Vivir la fe".    

Mucho más breve, la segunda parte, "Cartas", recopila 18 cartas en las que el P. Benabarre, todo un "desfacedor de entuertos", se desahoga contra una serie de personalidades heterodoxas, entre ellas el polémico teólogo Hans Küng o el ex-presidente del gobierno español Felipe González. Como en los artículos, el estilo es vivo y combativo, sin sumisiones ni medias tintas.

La última parte, "Con pluma ajena", recoge 7 textos de autores diversos sobre el P. Benabarre. En ellos se pone de relieve su dimensión humana como sacerdote y misionero, su profundo conocimiento del alma humana y la Presencia de Cristo como horizonte del hombre. 

Una gran obra desconocida, en definitiva, que merecería gozar de amplia difusión, y que pone de manifiesto la calidad literaria de uno de los más sólidos escritores católicos aragoneses del último siglo: el Padre José Pascual Benabarre Vigo.

Zaragoza, 27 de octubre de 2015.

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7 de octubre de 2015

RESEÑA. "Historia de la literatura fascista española" (edición de 2008), de Julio Rodríguez Puértolas






Hay libros que, involuntariamente, descalifican a sus autores. Éste, sin ir más lejos, es uno de ellos.

El profesor Rodríguez Puértolas ha llevado a cabo un notable esfuerzo de investigación en su antología de los textos de una presunta literatura fascista española. No obstante, y pese a lo en apariencia elogiable del esfuerzo, Rodríguez Puértolas falla en la forma y fracasa estrepitosamente en el fondo.

El primer gran error de la voluminosa obra es el título, virtualmente indefendible. Pese a que el autor intente esclarecernos de las bases del mismo en la introducción, las razones de tal elección son tan amplias y abiertas como peregrinas, es decir, inconsistentes. Lo "fascista" deviene en manos del compilador mero adjetivo sin otra sustancia que la alineación epidérmica de un conjunto de obras literarias bajo unas directrices ideológicas más o menos definidas (que no definitivas): el tradicionalismo, el conservadurismo, la reacción, Falange, el franquismo y la derecha española surgida con la democracia, parecen ser, por así decir, las vías por las que transita esta "literatura fascista española". La cosa, como vemos, no parece muy rigurosa, de puro difusa.

La forma del texto, astuta en grado sumo, aboga por estructurar los opúsculos y sus autores por géneros (narrativa, poesía, ensayo, etc.), siguiendo una línea cronológica meramente escolar. Rodríguez Puértolas, que no ha dudado abrir la obra con una dedicatoria bastante explícita de su orientación ideológica, y tras los coyunturales prólogos explicativos de rigor, afronta el cuerpo del texto con una objetividad pretendida, aunque maliciosa. Su objetivo no es otro que hacer que los propios textos "fascistas" hablen por sí mismos. Y es aquí donde el profesor Rodríguez falla: su selección, basada por lo demás en el efectismo de unos contenidos sacados de contexto, apunta muy bajo: se diría que el compilador no más busca sonrojar, herir, inquietar, incluso hacer reír, al imprudente lector no prevenido. Por esta manera de proceder, la enorme antología de "piezas doradas" de la literatura "fascista" española aquí acopiada, carece, en última instancia, de verdadero rigor crítico-analítico. El enfoque, que se pretende objetivo, no es sino plano, incluso burdo. Los comentarios de Rodríguez Puértolas, por lo general "neutrales", apuntan todos hacia una dirección concreta: señalar a alguien. Todo el índice onomástico es una perfecta "lista negra" de los literatos españoles que en su día le bailaron el agua al "fascismo". ¡Tiemble quien en tal índice aparezca! Convertido en un trasunto de inquisidor "rojo", el hábil catedrático despliega sus listas a placer, sacando a colación títulos de obras y nombres de personas que en su día fueron, ¡ay!, artífices de "literatura fascista española": desde los inevitables José Antonio Primo de Rivera, Dionisio Ridruejo y Ernesto Giménez Caballero, hasta los "depurados" Pedro Laín Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester o Camilo José Cela, entre otros muchos, tienen cabida en la Historia. Y es aquí donde se entrevé con claridad plena el fondo de toda la cuestión, bien evidente en cualquier caso: en la inequívoca dimensión política de un entramado no tanto literario como ideológico. En cuanto a las apreciaciones estéticas sobre el valor de obras y autores, Rodríguez Puértolas se desentiende por completo.

Obra pues de resentido, Historia de la literatura fascista española no merece tamaño título. Mejor le hubiera ido, pensamos, el de Retazos de una literatura española con influjos fascistas. Mas dudamos que con un título así, una editorial tan tendenciosa como Akal -pese a sus muchos aciertos editoriales- hubiera accedido a darle vía libre en el asfixiante mercado del libro de nuestros días, dominado por el batiburrillo conceptual y la mediocridad estandarizada. 
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3 de octubre de 2015

EL ARTISTA DE SÍ MISMO (Apuntes del natural)

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EL ARTISTA 
DE SÍ MISMO
(Apuntes del natural)
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JOSÉ ANTONIO BIELSA ARBIOL

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NOTA PREVIA

Recupero este relato que en su día preferí dejar reposar en el cajón del escritorio. Todo él es un homenaje entre cariñoso y melancólico a la figura de mi finado paisano don F. P., con admiración y el mayor de los respetos. Era un hombre particular y memorable. Este relato meramente está inspirado en su espíritu. En lo demás, cuanto en él se dice compete al ámbito de la más estricta ficción. He dicho.

3 de octubre MMXV




A la memoria de F. P.


Solía encontrármelo rebuscando por entre los contenedores de la basura. En aquellos días previos a su desaparición, ésa era su gran prioridad: hallar, seleccionar y, finalmente, aceptar cualesquiera objetos que bien pudieran servirle de alguna ayuda en su “proceso creativo definitivo”, como decía. Parecía que lo que tenía entre manos era algo de extrema importancia. Aunque, a decir verdad, mi desconocimiento sobre aquella empresa era absoluto. ¿Qué pensar? ¿Qué decir? ¿Qué escribir de todo aquello?
            La gente, embrutecida en su cotidiana vulgaridad, no miraba bien a mi amigo Paco Pallarés.
            - Está como un cencerro… -decía A.
            - Pero si tiene el síndrome de Diógenes… -añadía B.
            - …huele que apesta, hará años que no se lava el muy… -apostillaría un predecible C.
            Sin embargo, aquel hombre de ochenta y ocho marzos, más que un trastornado con demencia senil, más que un loco vulgar adicto a recolectar porquería, era lo que se dice un espíritu libre ebrio de tanta libertad como podía respirar. ¡Frasecitas! Este “sabio de la vida y más”, como solía definirse, era antes que nada un artista de sí mismo, un esteta de la mugre, un iluminado del fango, un genio entre cretinos. Sus enseñanzas, impartidas de ordinario junto a los contenedores de la basura, acostumbraban para las inteligencias cerradas ser extrañas en grado sumo:
            - Lo que hoy tires a la basura mañana lo recogerás -decía en una.
            Ó:
            - Hoy me miras feo… pero mañana te verán cadáver.
            El presente y el futuro, el hoy y el mañana, adquirían en sus alocuciones pertinente significado.
            - Yo no trabajo para el mañana, sino para el hoy que nunca llega a ser. Unos llenan su tiempo de minutos, yo lo lleno de paraguas.
            En efecto, había logrado almacenar en su vivienda más de un millar de paraguas, viejos y rotos, verdes y rojos, una legión de mil paraguas capaz de hacer frente a las redivivas legiones del mismísimo César.
            Este recolector de objetos encontrados, preferiblemente producidos en serie, este esteta de la cochambre menos refractaria, acostumbraba filosofar largo y tendido con un servidor de las más diversas y eruditas materias. Más que de un diálogo socrático, claro está, se trataba su divagación de un monólogo absoluto y absolutista, capaz de sumir a un tribunal de catedráticos de metafísica hegeliana en la más cruda ignorancia. La cosa, como botón de muestra, podría arrancar así:
            - ¡Qué tal! Ya te decía yo que… ¿Qué te decía yo? Más despreciable que la basura, muchacho, mucho más despreciable que ella, es el propio sujeto que la produce, que la arroja, que la expulsa, que la vierte, que la empaqueta, que la abotona, que la multiplica, que la trivializa, que la cosifica, que la edifica, que la decodifica, que la sacraliza... La basura de cada uno es la sombra de su ser y de su no ser. Por eso, cuando abro una bolsa, nunca sé lo que me voy a encontrar dentro. El aspecto externo en ocasiones da indicios de algo: si la bolsa chorrea, quiere decir que el alma que la produjo era muy líquida; si es seca, quiere decir que ya se le secó el alma… ¡El alma lo es todo! Lo que yo te diga. Pero ¡ojo!, si veo esa bolsa en manos de alguien, qué sé yo, de alguien como el Poncio el Picapedrero, bien sé que su basura no va a serme del todo desagradable, pues la basura del Poncio el Picapedrero, por ser de quien es, merece algo de respeto. ¡No es una mala basura! Mejor dicho, es una basura… con algo de alma, ¿me entiendes? Con alma de piedra. Pero no todas las basuras son del mismo tenor. No. Por regla general, la gente buena produce basuras buenas. Y la gente mala, por lógica matemática indestructible, produce unas basuras muy malas. Deja que te cuente… El otro día… ¿Qué pasó? Pues que me llevé tres bolsas de la basura que había tirado la Tomasa la Boticaria, ¿y qué te crees que me encontré dentro? Pues de todo y nada bueno. Por encontrarme, hasta me encontré una pata de gallina. ¡Así de sopetón! La gallina es mal bicho, pero la pata de gallina no es mala… es diabólica. Con una pata de gallina no se puede hacer un mal de ojo a tu vecino, pero sí con un huevo de gallina. ¡Qué extraño! El huevo lo produce la gallina. Y la basura la produce la Tomasa. ¿Entiendes algo de esto? ¡Pues yo sí!
            Y así podía proseguir cuatro o cinco horas más. Sin decaer un ápice. Sin perder el sur ni el norte, ni el este ni el oeste, ni siquiera el centro. Se diría que aquel artista de sí mismo estaba tan enamorado de su propio pensamiento que intentaba, a toda costa, derramarlo a chorro libre por los cuatro puntos cardinales del orbe. Ni más ni menos. Con la increíble esperanza de calar hondo en las más variopintas conciencias. ¡Y vaya si lo lograba!
            - ¡Todo en la vida es música! Yo tenía tres hermanos. Los tres eran músicos y tocaban en su propio trío. El primero mantenía la melodía. El segundo mantenía la armonía. Y el tercero me mantenía a mí, que por entonces era un tocador de armónica, y como tal no daba pie con bolo, bola o bolón.
            Humor no le faltaba. Erudición, tampoco:
            - …siempre he estado en deuda con Diofanto. Viejo cabrón verbenero. La verdad que la problemática de las secciones cónicas me ha traído de cabeza desde que aprendí a desaprender. Esas secciones del cuerno le ponen a uno mal de cabeza. Llega un momento que uno, al final de la lección, no sabe absolutamente nada, de tanto como cree saber. Pero, mira tú las cosas, que lo de las secciones cónicas, eso, no se le olvida a uno con facilidad de la cabeza. Las secciones, ¿sabes?
            No obstante, Paco Pallarés era algo más que un orador ametrallador. Era capaz de inquietar a sus prójimos sin proponérselo. En una ocasión, me dijo:
            - Puedo asegurarte que lo mejor que he podido dilucidar a lo largo y ancho de toda mi existencia regalada es la absoluta inconsecuencia de cada uno de mis actos reflejos. Es un movimiento de tira y afloja, de mete y saca, de abre y cierra, de rompe y rasga, un movimiento así, que no conduce a lugar alguno. Mira la mano, ¿la ves? ¡Mírala bien! ¿La ves la mano que parece que se mueve como sin querer moverse? Los tecnócratas de la muerte lo llaman enfermedad de Parkinson. ¿Sabes tú quien era ese tal Parkinson? Un señorito con unos tembleques que daban miedo, sin duda. Metía miedo el tal Parkinson con sus movimientos. Se movía como si le movieran. ¿Un demonio? ¿Un espíritu? Es todo tan inefable, ¿no crees?
            Nada respondí. Aquello adquiría dimensiones más propias del Dante. Pero Pallarés aguantaba el tipo impasible, con temblores o sin ellos. En otra ocasión, mientras probaba un paraguas, me dijo:
            - La frase más sensata que he escuchado es ésta: “El que pueda entender, que entienda”. Pues eso. La dijo el Cristo. Y con ella está todo dicho. ¿Te has enterado? ¿Tú me entiendes? ¿A qué no me entiendes del todo? ¡Ya quisieras entenderme, granuja! Por la baba de tus muertos, te puedo asegurar que la baba de muerto es más nutritiva que la baba de caracol, ¡carajo! Yo no sé en qué tú no crees. Pero sin embargo te tienes en pie. Vives en un estado larvario, en un estado de indefinición más propio del triglifo que de la metopa. Como quien dice Diego, yo digo Higo. Lo digo así: H-i-g-o. ¿Me tiendes, hijo de mil perras sifilíticas? La gente dice alfa, yo digo beta, y el Filiberto el Mancebo pide urea. Lo importante, ¿me sigues?, lo importante es abolir el orden lógico del discurso. Mandarlo todo a cascarla. Refrotar la frasecita por las narices del oyente, metérsela hasta el fondo del gaznate, luego estrujarla, y hacer con sus tripas de cerdito capitalista un buen puré. Toma nota, ¿no tienes lápiz?
            Asentí.
            En otra ocasión, a las puertas de su casa (que más que casa parecía almacén de objetos empeñados), me mostró un curioso librito por él manuscrito e intitulado Quietista, sin más. Se lo pedí prestado, pues mi curiosidad era máxima ante todo cuanto provenía de él. Y así, pude trascribirlo de mi puño y letra.
            He aquí su extraño contenido:

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Certeza. He aquí la Palabra, diáfana y consabida, mas de puro manoseada, tergiversada con intención:
            Certeza de un Error.
            De un Delito.
            De una Omisión imperdonable.
            De una dirección moral abocada al fracaso inminente. Certeza de lo que ha usted(es) se le(s) antoje. Pero de una cosa, ante todo:
            certeza
                        de (ausencia de)
                        QUIETUD.

            LA ABOLICIÓN (DEL ORDEN) DEL DISCURSO, ese mal endémico de nuestro tiempo, conlleva implícita una caída en el
                 a
                 b
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                 s
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                            Esta caída
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            no es nueva; ha tenido soterrados panegiristas, Nietzsche, Blanchot, mi primo el Flaco de Mendoza, todos ellos ya muer-
                      tos.
            Mas no obstante
                                      No
            es sino la huida del ser lo que aquí postulo, traigo a las mientes de

U-s-t-e-d*,

* Sujeto fragmentado...

inaprensible lector, me digo a mí mismo.

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PARERGON I

Hoy, lo que humaniza al Hombre no es el hombre (el Otro), sino las estancias vacías, los claustros desiertos, los libros llenos de polvo y silencio, olvidados en los enmohecidos estantes de las bibliotecas de nuestros muertos.

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Siglo de manos, acuñó Rimbaud a su siglo. Un siglo-juguete comparado al ¿nuestro? Pero, ¿es acaso nuestro?
                        pues nos han robado:
                                      hasta el Ser.
            Cierta obra de Miguel de Molinos -que sí viene al caso, pero que me ahorraré divulgar de puro consabida- ahonda en esta cuestión con peculiar gracia. ¿Y?
            - Oiga, ¿me permite que le robe unos minutos?
            - ¡Está de guasa! ¿Qué demonios pretende hacer usted con mi tiempo, mi mío tiempo? ¡Es precisamente lo que más me falta! Y tiene usted la desvergüenza de venir ¡a “robármelo”!

                Sin du-
                da que us-
                ted y la miel
                (da)                 TIEMPO (AL TIEMPO)
                forman una
                pareja desa-
                brida

            El tiempo que me agujerea(ba) el ser, decía cierta niña-anciana cuya muerte-vida de perpetuo trajín se había dado de bruces contra el frío poyo-cojín de la ermita de San Blas (lo concreto local). Allí serás abandonado.
            1) Es la ausencia de QUIETUD, esa ausencia ajena a lo Otro, lo que:
            a) Nos hace estar en mitad de un mundo en continuo movimiento movimiento vimiento miento viento iento vimi ento to to;

                - ¡Totó!
                               Totó                                  (bis)
                               Totó el reaccionario
                               Tenía un abecedario
                               Donde desaprendía
                               Lo que le ensañaban                                                                             cada día

            b) Nos des-hace el ser en la esquina de un mutismo indiferente.

y
MICRO-ENSAYO
EN TORNO AL PROBLEMA CAPITAL DE LA “FRICCIÓN” DEL HOMBRE ENTENDIDA COMO UNA DE LAS CAUSAS PRIMERAS DE SU ERROR CONSUSTANCIAL

Dice el dicho que cuando uno nace ya es lo suficientemente viejo para morir. Dice el dicho, y dice bien. Y dice el bicho también:
            - Si me vas a aplastar contra tu suela, no ignores que otra Suela… hará lo propio contigo, verdugo de cuca-charas.

He aquí la cuestión, llamémosla Moraleja, para que les llegué a las demás orejas:
            - Si te puedes estar quieto, ¿pa qué te mueves, Paquete?

Este ensayo, primera y última obra producida por un ágrafo incontinente cuyo nombre ya no amarcord, le fue remitido a:

NELSON ROCKAFEYER III
(Potentado Opulento & Ricacho$)

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PARERGON II

La economía ha terminado por determinarlo todo. Hasta la estadística de suicidios en los países desarrollados.

Suiza y sus paraísos: paraíso fiscal, paraíso del suicidio asistido, paraíso de la fondue de queso.

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EXCURS(I)O(N)
Tres Monólogos 3 Monólogos Tres

nº 1
 - ¡Cuán miserable he de sentirme esta mañana de indescriptible, bruta felicidad!
nº 2
- En este país que llamamos Añapes (o lo que queda de él), la mayoría de la gente no es corrupta… porque no tiene la posibilidad de serlo.
nº 3
- ¿Qué esperar? ¿El triunfo apoteósico? ¿Los laureles reverdecidos? ¿Cien años de vida creadora y doce siglos de pétrea posteridad? A lo sumo un anónimo edema pulmonar. Y gracias.

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PARERGON III

Un átomo, dos manos, tres nóminas… diez cuchillos, once canas, doce cerdos… Como bien pueden ustedes comprobar, todo en este mundo se puede computar.

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Una cosa nos enseña la Vida, y es que no hay nada que hacer. Nada. Absolutamente Nada. Pues, TODO ESTÁ PERDIDO DE ANTEMANO.
            …las muchedumbres se menean como larvas sobre pedazo de materia podrida…
            …pero, ¿saben ellas qué cosa las mueve?
            Vayamos al Extremo Oriente. La India. La China. Kong-Hong. Mucha filosofía budista, sí. Y la presión demográfica más atroz del globo, también.
            Si de verdad…

(INTERRUMPIMOS NUESTRA EMISIÓN:
Va a intervenir un Poeta Vagabundo)

- Le escuchamos…                       (risas)
- Tanta muerte me sofoca.
            Tanta vida me deprime.
            Me conformo con este hastío lastimoso. Y de vez en cuando alguna carcajada, algún narcótico bueno.
- Pues a mí me basta con ir enb

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Y hasta aquí el inenarrable escrito, verdadera quizá-síntesis del quizá-pensamiento de don Paco, abrupto e inconexo. ¿Qué conclusiones extraer de él (del texto) tras su desaparición (de don Paco)? Mucho me temo que el esfuerzo por descifrarlo resulte baldío o meramente insensato, una payasada absurda. Lo que parece quedar más que claro es que aquel hombre difería profundamente de sus coetáneos. Sus coetáneos carecían no ya de filosofía, sino de discurso. Sus coetáneos, cual bípedos educados, se desplazaban por los espacios abiertos. Él, a cambio de basura, ofrecía uno (un discurso): el de la abolición del discurso. En ese sentido, era un profeta de nuestro tiempo. Carente de originalidad, sí. Pero no de armas (ni de paraguas). Un profeta, sí, era este artista de sí mismo.

            Q. E. P. D.

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