13 de septiembre de 2015

RESEÑA. "Las ruinas de Palmira" (1791), del Conde de Volney






Verboso a la manera gala, envarado en la exposición, dotado de una escritura elegante y acicalada, mas desprovista de cualesquiera estro auténtico, vigor y originalidad que contradiga la manera de la época, el libro del Conde de Volney que aquí traemos, el mentado Las ruinas de Palmira o meditaciones sobre las revoluciones de los imperios, es uno de esos presuntos "clásicos" que, si bien no han logrado entrar de lleno en el Canon Occidental de las Bellas Letras, ocupan no obstante un lugar privilegiado. Al margen de esta condición tan jugosa, la obra goza de una fama cierta, y las prensas no se cansarán de reeditar una y otra vez el tan conocido opúsculo, cuya fama de obra "ilustrada" es tan del gusto de nuestra época, prendada de todo aquello que provenga de la Francia de las Luces. 

No cuestionaremos los valores formales de la obra, evidentes. Y sí arremeteremos contra el tufo de falsedad, de equivocación, de error que domina gran parte del conjunto en su discurso. Resumiendo: el envoltorio formal tiene empaque y presenta buenas maneras, mas el contenido, ¿qué decir del contenido de una obra que ha perdido en nuestro tiempo cualquier rastro de clarividencia/vigencia, de mera actualidad o comunión de ideas con un espíritu consecuente, precisamente aquello que da vida a los clásicos universales e imperecederos, inmortales por la verdad o validez que su discurso esgrime? Nada de esto encontrará el lector atento en Las ruinas de Palmira, libro polvoriento y amazacotado, charlatán y optimista en el peor sentido de la palabra, plagado de falsedades y acusaciones que el autor vierte y remueve a placer, reescribiendo la Historia como en gana le viene, e incurriendo en unas simplificaciones peor que ambiguas, de puro drásticas. 

Estas Ruinas son ante todo un ataque a las religiones en general, y al cristianismo en particular (¡cómo no!). Y ése es su mayor inconveniente, hasta el punto de invalidar sus hipotéticos aciertos. Volney, educado en el ateísmo -de manos del Baron de Holbach-, y lector de los peores panfletos de un siglo descreído, acusa todos estos tics en su escrito. Al depositar todas sus esperanzas en el "tribunal de la Razón" (!), sucumbe en definitiva a la contradicción que late dentro de ella, con su germen de totalitarismo y destrucción. Por ende, la gran pregunta sería: ¿qué entiende Volney por "Razón"? Mucho nos tememos que esta pregunta debería hacerse al grueso de los literatos y pensadores de la Ilustración, y de nada nos servirá aquí hacernos ilusiones con aplicar la definición kantiana a tal respecto enmarcada hasta la saciedad. Volney, como Rousseau o Voltaire, como tantos otros ilustrados de segunda fila, acusa una tal petulancia en su "explicación" de los hechos que conforman la Historia, que no haremos mal en pensar que su enfoque es víctima larvada de un irracionalismo libresco y pedante, entre determinista y hostil al problema de la vida del Espíritu en su acepción religiosa, que en absoluto participa de sus inquietudes.   

Todo el libro emana un tufo dogmático contrario a las intenciones del autor, empezando por la forma. Tras las primeras páginas (acaso lo mejor de la obra, en las que Volney muestra cierta talla de narrador con la descripción del paisaje geográfico donde trascurrirá la inminente disertación), el recurso del genio surgido de la nada pronto malogra los pintorescos colores del comienzo. Contra todo pronóstico, la susodicha aparición espectral surgida en mitad de la noche y ante las ruinas de Palmira (un asunto con posibilidades), resulta un tanto desgastada, estando falta del misterio pretendido. Mas las parrafadas en forma de monólogo que esperan al lector de manos del aparecido, pronto terminan por estropear la empresa, saturando al más paciente de los mortales. Los clichés, las reiteraciones, el saqueo continuo de argumentos manidos y falaces del discurso filosófico, desde Hobbes hasta Rousseau, pasando por el querido Holbach, terminan por quebrar el panfleto a Volney, que para postre carece de la suficiente garra como para inquietar los ánimos del respetable al que se dirige. 

Obra de su tiempo, poco profunda y muy charlatana, Las ruinas no merecen la categoría de "clásico" de que gozan. Una lectura atenta y analítica nos confirmará con creces la obvia coyuntura de donde surgieron. Leídas en el siglo XXI, estas Ruinas apenas son otra cosa que unas ruinas literarias con prestigio, todavía más lastimosas que las de la Palmira original, asediadas en nuestros días por la barbarie monstruosa del terrorismo islámico. 

Zaragoza, 13 de septiembre, día de San Juan Crisóstomo.
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8 de septiembre de 2015

RESEÑA. "Los peligros de la Fe en los actuales tiempos" (1905), del P. Ramón Ruiz Amado

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En estos tiempos de podredumbre espiritual, laicismo sectario y bellaquería demagógica, de impiedad populista y atropello del catolicismo, de brutal heterodoxia e idolatría posmoderna, de sumisión a un materialismo determinista de garrafa, la lectura de las obras del benemérito jesuita P. Ramón Ruiz Amado (1861-1934) arraiga en nosotros cual proverbial tabla de salvación. Escritor prolífico, prosista apasionado y brillante, hábil divulgador del Dogma, el P. Ruiz acusa valores fundamentales por doquier, de los que esta época tan ayuna anda. Reivindicaremos aquí uno de sus libros más jugosos y notables, en verdad meritorio: el titulado Los peligros de la Fe en los actuales tiempos (1905), dinámica reunión de dieciséis conferencias, en las que el docto teólogo expone, con ánimo didáctico e iluminador, las verdades de la Fe católica. 

Libro audaz, sencillo y complejo a la par, de rabiosa actualidad, ejemplifica las dimensiones del problema actual referido en el título sin hacer concesiones a la tibieza y a la tolerancia barata que hoy nos inundan. Estos Peligros, en suma, suponen la respuesta, justa y preclara, al abyecto proyecto demoníaco de la Modernidad (y, por extensión, de la Posmodernidad). Frente a la secularización, el ateísmo, la soberbia luciferina que los panegiristas de la supuesta Razón imponen, el opúsculo del P. Ruiz ofrece las respuestas justas y diáfanas, directas y contundentes, sin rebajamientos ni concesiones. 


Descatalogado desde decenios del mercado editorial, no es libro fácil de encontrar, salvo en librerías de viejo o así. No es nuestro objeto acometer aquí síntesis de él alguna. Meramente recomendarlo encarecidamente a los católicos amigos de los buenos libros. Y también a todos aquellos ilusos indiferentes que, Dios mediante, no han cerrado todavía su vida y su razón a la Verdad. 


Zaragoza, 8 de septiembre, día de la Natividad de María

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