2 de enero de 2015

LITERATURA ARAGONESA. Un erudito calandino decimonónico. Noticia sobre Mariano Valimaña y Abella (1784-1864)




La figura del erudito local supone uno los elementos característicos de la España intelectual de los tres últimos siglos, acentuándose sobremanera durante el siglo XIX, es decir, en un momento de acusada decadencia en el que la nación, lejanos ya los fastos de su glorioso pasado, permanece relativamente aislada del resto del orbe. Tras los desastres de la guerra napoleónica y la pérdida progresiva de sus colonias de ultramar, tras el nefasto absolutismo de Fernando VII y la consiguiente guerra civil desatada por los carlistas, el país aparece sumido en un caos que en la arena política se traduce en indiferencia, corrupción y anarquía, tanto por parte de reaccionarios como de liberales; no obstante, este malestar infestará las restantes parcelas de la vida española, contagiándose a los más diversos ámbitos. Como para preservar de la dejadez y del olvido los frutos granados de la cultura española, la figura solitaria del erudito local cobra renovada significación. Al lado de los grandes polígrafos e intelectuales decimonónicos -de los que el más sobresaliente y vigoroso de todos ellos, recordémoslo, fue Marcelino Menéndez y Pelayo-, y de las grandes empresas colectivas del siglo -como el monumental diccionario de Madoz-, los eruditos locales de España, valiéndose de sus precarias herramientas y rodeados de la apatía general, cumplen un papel discreto, mas valioso: investigar archivos, descifrar documentos, acopiar informaciones y conservar bibliotecas, entre otros cometidos. Estos viejos eruditos, en su mayoría abades y notarios, pero también curas de pueblo y diletantes, hicieron en su conjunto un esfuerzo impagable: relatar, si no sistemáticamente, sí al menos con cierta pericia artesana, el grueso de las historias locales -y personales- de los pueblos -y las generaciones- del país. Gracias al esfuerzo de estos pequeños nietos de Heródoto, una parte considerable de nuestro reciente pasado permanece más o menos visible, testimoniado.
            Así, si el erudito local por antonomasia de la Calanda del siglo XX es Mosén Vicente Allanegui y Lusarreta, su análogo del siglo XIX fue sin duda Mosén Mariano Valimaña y Abella. Pero a diferencia del diletante Allanegui, que laboró y falleció en su villa natal, el también calandino Valimaña terminó por radicarse, y arraigar, en la zaragozana localidad de Caspe. En consecuencia, podemos preguntarnos: ¿dejó acaso perder Calanda al que bien podría haber sido su mejor historiador del siglo XIX? O, por el contario, ¿fue su destino caspolino mero accidente, producto de unas circunstancias personales no por irrelevantes -para con la posteridad- menos obvias? Todo apunta, como en tantas otras ocasiones, a la segunda opción: será su vocación (religiosa, en este caso) la que así lo determine.
            Procedente de una familia de noble alcurnia, Mariano Valimaña y Abella nació en Calanda un día inconcreto de octubre de 1784, siendo bautizado el día 19 del mismo mes, tal y como acredita la partida bautismal conservada en los libros parroquiales. La acomodada situación familiar le permitirá marchar a Madrid para cursar con provecho estudios eclesiásticos. Nombrado sacerdote, celebrará su primera misa en la capital española. Hacia 1809, será enviado a Caspe; frisa entonces el calandino los 25 años de edad. Será con toda probabilidad esta población, a juicio del investigador Alberto Serrano Dolader, “el primer y único destino de su carrera sacerdotal” (1988). A partir de aquí, la biografía de Valimaña no presenta grandes incidentes; su existencia, ejemplar y austera, se plegará al devenir local, con ciertas incursiones en la vida espiritual de Caspe: Serrano Dolader nos recuerda que en 1829 establecerá la práctica religiosa denominada “de la agonía”, y al año siguiente fundará una cofradía, la de Santa Teresa de Jesús. En cuanto al carácter de la persona, el escritor caspolino Luis Rais Gros lo describe como hombre “afable, humilde, caritativo” (1909). Mayor interés para con nuestra aproximación presenta el testimonio indirecto de Mosén Antonio del Cacho y Tiestos, finado en 1955, quien lo describe en estos términos: “No perdía nada de tiempo nunca; ni cazar; ni pescar; ni visitas; ni jugar; solamente escribir y escribir sin cesar”. No cuesta entrever tras esta asombrada información al humanista, al erudito, al prolífico y gris escritor que fue Mosén Mariano. Pero, ¿qué queda en pie de todo este esfuerzo? Muy poco, a decir verdad.
            Puestos a clasificar los frutos de su trabajo, podemos presentar el catálogo de Valimaña en tres secciones, a saber: 
1) obra histórica; 
2) obra pedagógica; y 
3) obra musical.
            A la primera sección corresponde el único título que reivindica hoy el nombre de Mariano Valimaña: se trata de un texto histórico de inestimable valor para la Ciudad del Compromiso: nos referimos a los Anales de Caspe antiguos y modernos (interrumpida su redacción hacia 1851, tras dos décadas de trabajo), que su autor dejó manuscritos en tres tomos, y que -como en el caso de los Apuntes de Allanegui- no verían la luz hasta muchos años después, concretamente en 1971. 
            No prometen gran interés las cuatro entregas de su obra pedagógica, de limitadísima difusión, y con títulos tan reveladores de su contenido como un Arte de escribir correctamente por reglas y principios, editado en 1843.
            Pero la sección más singular de su producción (y acaso inesperada, mas no sorprendente: conviene recordar que Valimaña fue asimismo director de coro) es sin duda su obra musical, circunscrita toda ella a la música vocal religiosa; este hecho relaciona, inevitablemente, el nombre de Mosén Mariano a los de dos calandinos que legaron a la música clásica obras capitales y duraderas o, en su defecto, meramente estimables: nos referimos, obviamente, a Gaspar Sanz y a Juan de Sesé. Pero el (re)conocimiento de la obra musical de Valimaña se encuentra a años luz de la recepción lograda por los opúsculos de estos dos creadores, pese a su diferente talla (Sanz, ingenio mayor y conocido; Sesé, maestro menor y casi desconocido). La razón es simple: la práctica totalidad de esta producción (la de Valimaña, decimos), desgraciadamente permanece ignota, incluyendo su catálogo media docena de misas -entre ellas una Misa de Réquiem y una Misa del Señor-, novenas -su Novena a la Vera Cruz fue publicada en 1851-, letanías, gozos, Ave Marías, villancicos, etc. Imposible, en consecuencia, emitir juicio crítico alguno sobre su estética, sobre su entidad musical en una época de grandes crisis en la que la llamada “música clásica” española -harto maltratada- ha dado nombres, pese a ello, tan prominentes como los de Fernando Sor, Juan Crisóstomo de Arriaga o Francisco Asenjo Barbieri, entre otros. Pese a ello, sí podemos especular -acaso un tanto apresuradamente- a tenor de algunas notas suscritas por el propio Valimaña, sobre su manera compositiva: en ellas se puede leer entre líneas, sin mucho esfuerzo, su conservadurismo formal, sus gustos trasnochados próximos al canto llano, sustentados en la “melodía popular”, fácilmente asimilable para el pueblo y, por ello mismo, exenta en principio de cualesquiera virtuosismo técnico que pudiera significar una música de cierta envergadura. Empero, sencillez compositiva y facilidad melódica no deberían traducirse necesariamente como mediocridad artística.
            La industriosa existencia de Valimaña y Abella concluyó el 6 de agosto de 1864, a la edad de 79 años. Hacia la década de 1940, todavía se cantaban en Caspe algunos de sus gozos.


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