19 de diciembre de 2014

“Un narrador en la sombra: Jorge Vargas Sanz” / “Poemas inéditos de juventud de Carlos Palma”, en 'Pluma libre y desigual', nº 110, Diciembre 2014, Zaragoza, pp. 4-5.




“Un narrador en la sombra: Jorge Vargas Sanz”

Bien vive quien bien sabe ocultarse: he aquí una dirección para la Vida, en todas sus dimensiones. Puro reflejo de tan acerada, acertada máxima, es la figura (y, por ende, la obra) de Jorge Vargas Sanz, un autor que de haberse vendido al comercio en sus años fuertes, bien sería hoy uno de esos popes impenitentes del mercado de las letras (talentos no le faltan -a Vargas, decimos-), pero que callado cual eremita, insobornable e insolente al tiempo, ha sabido vehicular su propio pensamiento por dos sendas bien poco transitadas en estos tiempos nuestros: me refiero a las sendas de la Integridad, la magnánima Integridad, y de la Moral por Estilo, esa senda por la cual transitaron tiempo ha plumas tan ínclitas como las de Graham Greene, Raymond Chandler o John Cheever, a quienes tanto admira.
            Para el narrador barcelonés, acaso uno de los más sutiles y ocultos de la generación de 1950, el único principio motriz de su sistema de escritura no es tanto un principio estilístico como una vertebración moral. Y así es: sus textos están atravesados, preñados (y ya se me perdonará tan manoseada palabra) de una tensión moral que los arrima irremediablemente a la vanguardia de su tiempo, que es el nuestro. No, Jorge Vargas no es filósofo con dotes de polemista, sino seráfico ilustrador de lo viviente concreto en su acepción más sutil y polícroma. Allí donde muchos no ven sino ladrillos, él intuye oquedades siniestras, túneles inenarrables, la posibilidad de abismos difusos que no terminan de redefinirse en lo obvio, sino que necesitan de la inestimable ayuda de la lente de aumento.
            El taller de Jorge Vargas no se ubica a las puertas del reino de la fantasía: su improvisada mesa de operaciones, cual galeno urbano, es la más prosaica realidad, una realidad que conoce y disecciona con fino escalpelo, mas nunca interroga ni cuestiona. No pretende emitir juicios de valor: él meramente pinta, y que cada cual interprete. ¿Haré mal en recordar que este narrador puntillista, alma torturada si las hubiera, es también un pintor frustrado? No es pues peregrino, por descontado, el manido paralelismo entre la pluma y el pincel. Y, con todo, Jorge Vargas es bien consciente de que ya no basta con el sólido talento, ni acaso con las luces potenciales del cada día más improbable genio (unas luces que la sociedad actual, con democrática cuchilla, se empeña en desmochar en sus infantes, desde la cuna hasta el sepulcro, pasando por los años de escuela, rumbo hacia la más implacable alienación), sino que aboga por el discurso contrario al discurso dominante de la época: el discurso del silencio, ¿del Pensamiento? Él crea, y luego inhuma. De la mesa de trabajo sus manuscritos pasan al cajón del juicio, donde reposarán por largo tiempo, para luego ver si superan la prueba legítima de la cata. Claro que Vargas sabe de vinos añejos, y de libros antiguos, nuevos o viejos. No se jacta de crítico, aunque su autocrítica es de ordinario despiadada. Conoce demasiado bien los terrenos por los que se desliza... El lector lo podrá comprobar: traemos aquí, en primicia y cual primer opúsculo suyo en esta publicación, uno de sus relatos breves, Metafísica de los libros, ejemplo de síntesis y sutileza, una pieza inquieta e inquietante, que dará a conocer, esperemos, sus valiosas y nutricias cualidades. 

“Poemas inéditos de juventud de Carlos Palma”

Lleva la poesía en la sangre: no por vocación, sino por herencia; no por vana presunción, sino por título. Sus orígenes andaluces y, sobre todo, murcianos, así lo confirman. Bastará con recordar que su más insigne, presente antepasado, es el poeta Vicente Medina (1866-1937), por lo demás el mejor lírico murciano de su siglo, cuyo timbre de gloria fuera aquella “Cansera”, pieza publicada en 1898, portaestandarte de la escuela regionalista, y que todavía hoy conserva intactas sus aromáticas propiedades; la traeremos aquí, ni que sea como excurso-homenaje no ya al Poeta, sino a su muy dotado descendiente, cuya estela de algún modo perpetúa:
               
¿Pa qué quiés que vaya? Pa ver cuatro espigas
arroyás y pegás a la tierra;
pa ver los sarmientos rüines y mustios
            y esnúas las cepas,
            sin un grano d'uva,
ni tampoco siquiá sombra de ella...
            Pa ver el barranco,
            Pa ver la laera
sin una matuja... ¡pa ver que se embisten,
            de pelás, las peñas!...
            Anda tú, si quieres,
            que a mi no me quea
            ni un soplo d'aliento,
            ni una onza de juerza,
            ni ganas de verme
ni de que me mienten siquiá la cosecha...
Anda tú, si quieres, que yo pué que nunca
            pise más la senda,
ni pué que la pase, si no es que entre cuatro,
            ya muerto, me llevan...
            Anda tú, si quieres...
No he d'ir por mi gusto, si en crus me lo ruegas,
por esa sendica por ande se jueron
pa no golver nunca, tantas cosas güenas...
Esperanzas, quereres, suores
            ¡to se jue por ella!...
Por esa sendica se marchó aquel hijo
            que murió en la guerra...
por esa sendica se jue la alegría...
¡por esa sendica vinieron las penas!...
No te canses, que no me remuevo;
anda tú, si quieres, y éjame que duerma,
¡a ver si es pa siempre!... ¡Si no me espertara!
            ¡Tengo una cansera!...

            Si algo define la poesía de Palma es, ante todo y sobre todo, su condición de tal, sin pretensiones: es Poesía, mejor o peor resuelta, feliz o menos feliz en sus resultados, así según la pericia vertida, pero poesía que al fin y al cabo deviene Poesía. En sus mejores momentos. Sin necesidad de intérpretes ni paliativos. Sin el apoyo de críticas interesadas ni el aplauso comprado de un nutrido coro destinado a entronizar la efímera celebridad del momento. Sí: Palma tiene don de poesía natural. ¡Dichoso don!
            En un siglo tan inhumano como el XXI, siglo abstracto e irrepresentable de puro impresentable, donde reina por doquier el pastiche, y en el que la cacografía y el neoclasicismo barato por bandera rigen el gusto de las masas, un poeta como Palma no puede ser sino un proscrito. Y eso le honra. ¿Debemos reiterarlo? En un siglo de manos que amanece peor que mal, digo y no he dicho Diego, la poesía de Carlos Palma, amparada por el espíritu de su tío-bisabuelo Vicente Medina, nos sabe al fin a Poesía. O cuando menos a algo que no nos la haga añorar con tanta melancolía. ¿Hipérbole? 
            Los quince tempranos y desiguales poemas de Palma que aquí presentamos no son sino piezas menores en el conjunto de su dispersa producción. Preludian y anticipan futuros logros, algunos de ellos ya conocidos por los lectores de este boletín. El quietista rezagado, el sibarita degustador de discreta poesía, sabrán juzgar. Nosotros sólo cumplimos con el deber que la recta estética nos ha impuesto: ser fieles custodios de la Llama, para que el mundo no quede en sombras. 

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