25 de diciembre de 2014

[Texto] - La agresión encubierta (1ª versión)

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Masaccio
Natividad (c. 1428)

         Ya pasó la época en la que uno, al tomar un lápiz y arrojar sobre el pliego inmaculado un puñado de palabras trémulas, se hacía responsable del destino de muchos.
            Ya pasó la época de los grandes relatos, y también la de los pequeños. Se diría, incluso, que ya pasó la propia Historia: por encima de nosotros y de este presente inmundo, donde la insatisfacción y el tedio cohabitan en el mismo lecho; ya pasó de largo, sin duda.
            Ya pasó Todo... Y no llegó Nada. Pero aquí abajo, donde nadie es nadie y el gusano se agita, el Horror absoluto persiste, mantiene idéntica su vil cadencia dentada: ¿no escucháis los gritos de las víctimas sin nombre, la sangre pisoteada en los pavimentos de las desiertas plazas, un pestilente cúmulo de úlceras sobre un pobre cuerpo humano destrozado? Ése ha sido el precio a pagar por la avaricia y la perversidad de unos pocos. El precio de una vida. El precio de millones de vidas. ¡Qué más da! Y cada día se repite, cual si estuviera guiado por una invisible mano, así se repite: una multitud de millones se retuerce de dolor para que unos pocos, los poderosos auténticos, los menos, puedan darse en los paraísos prohibidos del orbe su atracón de lujuria sublime, su baño de orgullo satánico. Y, sin embargo, todos estamos bajo el mismo cielo… aunque sea rojo y ensangrentado.
            Ya pasó. Y con todo, no nos queda a nosotros, los próximos en la lista, sino aborrecer todo aquello cuanto ellos (los innombrables, inaprensibles e intocables otros) nos han impuesto.
            Nos han impuesto una vida de mentira y muerte. Una vida sembrada de hermanos muertos, coartada por idénticas cuchillas: las cuchillas de la sumisión, de la humillación y de la muerte.
            En estas sociedades de mentira y vaho fúnebre, en estos sumideros de materialismo y mala fe, se habla siempre de “libertades”, de “derechos”, a ser posible inalienables. Se habla de “progreso” y de “conquistas”, de “democracia” y de “igualdad”. Se habla mucho más de lo que se escucha, al tiempo que se profanan las más temibles palabras… para tergiversar y acicalar un discurso falaz. Fuera de las iglesias y los claustros, la mentira nos rodea, nos engulle: desde los siniestros televisores nos compelen a aceptar con estoicismo un presente inaceptable; de los fríos pasillos de la administración, rostros cadavéricos salen como en busca de su mortaja; los escolares digieren con inaudita paciencia su burda alienación, al tiempo que los hornos crematorios borran la huella nimia de los últimos fallecidos. Y la rueda gira.
            Una jerarquía abstracta y brutal se reparte el pastel. Una élite del Poder cuya única ética es el raudo enriquecimiento a toda costa. Son unos pocos, sí, pero mueven a miles de millones. Sus más fútiles inmundicias determinan nuestros hábitos de vida inveterados. Los pasillos de la biblioteca de su cerebro más se parecen a pútridas cloacas que a recintos de conocimiento y mesura. Están jugando contigo, y conmigo, y con todos nosotros. Desean nuestra muerte, se recrean en ella. De hecho, la han institucionalizado. La muerte no es cara, piensan.
            Una agresión encubierta, masiva, campa a sus anchas por las hostiles estancias del desierto humano. Una agresión encubierta, real, aquí y ahora, se cuece en el reino de la Coca-Cola, al tiempo que en este instante terrible, Dios sabe dónde, están muriendo por millones. 

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