24 de diciembre de 2014

CINE. "Mujeres en el campo de concentración del amor" (Jesús Franco, 1977)

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El presente filme fue uno de los nueve títulos que Jesús Franco filmó/firmó en 1977. ¡Nueve largos en doce meses! Ante tal número, el purista no hará mal en pensar que nos encontramos en las antípodas de un Bresson... Pero no es nuestro objetivo hacer aquí comparaciones impertinentes, ni decir qué está bien ni qué no lo está... no al menos con un cineasta de las virtudes implícitas de Franco, capaz de arrojar al mundo un trabajo del calibre de su Necronomicón. Sí se puede decir que los críticos de manual lo tendrían muy fácil con esta película: "ínfimo subproducto", "bodrio de explotación", "agresión al gusto", etc. No obstante, prejuicios estéticos al margen, un espectador hastiado de la actual degradación del cinema, bien puede, al visionar esta pieza arqueológica, sentir ciertas simpatías: acaso no tanto por el contenido de la misma (en verdad execrable) como por el espíritu subversivo vertido en ella (dominado por esa "alegría de hacer cine" tan contagiosa en Franco). Algo, es cierto, bien habitual en el cine de su artífice, cuya obra aparece atravesada por esos dos lugares comunes del pensamiento batailleano: sexo y muerte.

Mujeres en el campo de concentración del amor dista en mucho de ser una buena película; más bien es una mala película consciente de serlo. Se diría que su autor ha pensado el filme en el instante mismo de hacerlo, cámara en mano. A falta de unidad de estilo (algo de lo que por cierto carece el 95% de la producción cinematográfica que se realiza en nuestros días), Franco reduce su discurso al contenido del plano; la puesta en escena, por ende, se ausenta. El plano reina majestuoso en su crudeza, sin relaciones recíprocas con sus hermanos aledaños, sin una armonía de montaje obvia. El plano reina, he aquí la cuestión, en su propia "existencia". Ni el plano previo ni el plano posterior al plano reinante (léase el plano x, cualquier plano), por tanto, tienen más razón de ser que la mera acumulación... Y, con todo, el filme no es tan inconexo como podría deducirse de esta apreciación.

La historia (como casi siempre en buena parte del Cine legítimo) es lo de menos (el cine, valga la redundancia, debe ser cinematográfico, no literario ni teatral... pero ésta es otra cuestión): Franco se desentiende totalmente de ella. Este desprecio (bien asumido) por la narrativa clásica comulga con la vanguardia de su tiempo. Mas Jess (sic) carece de ínfulas: no pretende hacer "arte y ensayo" cual un Bergman o un Antonioni, sino "caspa y ensayo" (sic). Mayor modestia es rara de encontrar en un hombre de cine. ¡Cuán lejos nos encontramos aquí de un Almodóvar! (ese fraude seudo-intelectual con pretensiones artísticas cuyo éxito, en todos los órdenes -menos el cinematográfico, claro-, levanta serias dudas sobre la honestidad de la crítica actual...). Mayor modestia, decimos, es rara de encontrar. Y esta modestia, aunque rara, no es única: entronca en carácter y modo de asumir el hecho fílmico con la moral de los viejos maestros (Raoul Walsh, Robert Siodmak, etc., para quienes vivir era rodar). Pero Franco no trabaja en el Hollywood clásico, sino en la Europa de las coproducciones de bajo presupuesto, con todo cuanto ello presupone. 

Pero lo más significativo no es tanto el producto en sí (típico de su época: una WIP más), como éste puesto en relación con los productos (en absoluto homólogos) que se facturan hoy. Se diría que la industria cinematográfica en 1977 todavía tomaba en serio al espectador de subgéneros, por muy bajo que dicha industria apuntara... Empero, casi cuatro décadas después, todo ha cambiado: tal y como fue acometida por Franco, estas Mujeres en el campo de concentración del amor serían hoy virtualmente inconcebibles.

El regodeo que el autor muestra por el desnudo femenino es llamativo. Un cuerpo entendido en abstracto, y que en ningún momento será menoscabado pese a las violencias intermitentes: un cuerpo que da razón de ser al plano, puesto que el plano aparece a él subordinado. ¿Estará de más recordarlo? No, es conveniente recordarlo y hasta subrayarlo: Franco, antes que un realizador-funcionario cualquiera, es un voyeur genuino: necesita filmar lo que ve, y cual "fotógrafo del pánico", la cámara es su balón de oxígeno, su combustible para la vida. El cuerpo desnudo femenino deviene así obsesión, meta, habitáculo.

Pese a su paupérrima entidad y clamorosa nulidad artística, Mujeres en el campo de concentración del amor debe contemplarse como el monólogo personal y sincero de su autor a los hipotéticos espectadores. Sólo por ello merece algo de respeto, aunque a nosotros no nos haga sino añorar anteriores películas del autor de Gritos en la noche

Zaragoza, 24 de diciembre de 2014

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