26 de diciembre de 2014

ARTE. Del hermano menor de Luis Buñuel. Notas sobre Alfonso Buñuel, artista plástico y arquitecto

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Alfonso Buñuel
Sin título (1943)


El año 1955 le fue diagnosticado a Alfonso Buñuel un cáncer de pulmón; frisaba nuestro hombre los cuarenta años de edad. Presintiendo que el final está cerca, decide, para dilatar el mayor tiempo posible su existencia, cuidar con tesón de su precaria salud. Y encontrará el lugar óptimo de descanso en las propiedades familiares de Calanda. Conforme su estado va empeorando, los traslados de Zaragoza al pueblo se hacen cada vez más frecuentes, y las estadías, más prolongadas. Ha llegado el momento de recapitular, de rememorar las páginas de una vida acaso quebrada, pero intensa… Se extinguirá en 1961, el 4 de abril. Su hermano Luis, de nuevo en España tras el exilio mexicano, recibirá la noticia inmerso en el rodaje de su obra magna Viridiana, interrumpiendo su trabajo para asistir al funeral, en Zaragoza (*). Seis semanas después, Viridiana se alzará con la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
No es posible desligar el periplo interior de Alfonso Buñuel del de su hermano Luis: más allá de los lazos fraternales, la suya fue una comunión de espíritus, una relación de afinidades electivas: la melomanía -que alcanza en la pasión de ambos hermanos por Wagner su más claro nexo-; el interés por el psicoanálisis, por el hipnotismo; un impulso creador propio del artista en ciernes. Tampoco se debería desvincular la evolución de sendas biografías: la una se desarrolla próxima a la otra, cual si de una modesta cadena de colinas al lado de una poderosa cordillera se tratara. Ni es necesario, pese a ello, hacer ejercicios comparativos, por mucho que la talla de estas figuras difiera enormemente la una de la otra: Luis Buñuel es uno de los ocho o diez grandes creadores de la Historia del Cine, y por extensión uno de los nombres cruciales de la Historia del Arte del siglo XX; Alfonso, apenas conocido fuera de Aragón (ya no digamos de España), es hoy otro nombre -uno más- perdido en mitad de la gran selva de nombres de la vanguardia española previa a 1936, llamativo más por el apellido que lleva consigo que por otra cosa. Y sin embargo Alfonso Buñuel tiene sus partidarios, sus méritos y sus logros particulares, con independencia de ser el hermano pequeño del más brillante director del cine español.
         Pese a sus raíces inequívocamente calandinas, no nació en Calanda, sino en Zaragoza, el 20 de noviembre de 1915. Aragonés al fin y al cabo, Alfonso residirá en Zaragoza el grueso de sus días: allí se forjará su grupo de amigos (entre los que encontramos al pintor Ramón Acín, futuro productor del soberbio documental de su hermano sobre las Hurdes, Tierra sin pan), convirtiéndose en virtud de su efusividad en uno de los miembros centrales de una hipotética vanguardia aragonesa. No obstante, comenzará sus estudios de Arquitectura en Madrid, para concluirlos tras la Guerra Civil en Barcelona; poco antes, en 1933 y por mediación de su hermano Luis, Alfonso accede esporádicamente a los cenáculos surrealistas parisienses, donde recibirá la influencia de René Magritte y, sobre todo, de Max Ernst, determinante en sus inminentes collages.
         Vigoroso exponente de la vanguardia madrileña y firme enlace entre ésta y la zaragozana, la labor artística de Alfonso queda vinculada al collage surrealista, del que fue principal introductor en España. De extraordinaria calidad técnica y poderosa imaginación, sus collages, planteados con acusado espíritu crítico, recurren por lo general a fragmentos de grabados decimonónicos que el autor manipula y descontextualiza con ánimo subversivo; el erotismo, la crítica al poder y a los convencionalismos sociales, el anticlericalismo y la exploración del absurdo en los espacios más insólitos, son algunas de las constantes temáticas que vierte Alfonso Buñuel en sus trabajos. De esta importante producción de collages, concebidos en principio como divertimentos personales, solamente sobrevivieron al fragor de la Guerra Civil quince ejemplares, uno de ellos inacabado además; no es mucho: catorce collages terminados, pero que preservarán del olvido el nombre de su artífice.
         Fiel a los postulados racionalistas, su obra arquitectónica es reducida en número, pero apreciable por la calidad de sus diseños, sobrios y elegantes; su trabajo más ambicioso fue el Colegio de La Purísima para niños sordomudos de Zaragoza (1956), proyectado en colaboración con Juan Pérez Páramo. Entre tanto, su gusto por el detalle le llevaría a abordar el diseño y la decoración de interiores con gran eficacia; de sus diseños de interiores, destacan los que hizo de la Peletería Lobel (1947) y de la Galería Clan (1950), ambos en Madrid.
         ¿Cuál es el lugar de esta obra en el panorama de las artes del siglo XX? Si su escasa producción como arquitecto y diseñador de interiores es menor y dispersa, sus creaciones como artista plástico -aunque igualmente reducidas en número-, ofrecen un interés estético harto superior, tanto por la originalidad de sus imágenes como por el soberbio resultado, personalísimo y realmente novedoso en su contexto. Mas la nombradía de Alfonso Buñuel como artista plástico es póstuma: su recuperación como maestro del collage se remonta al ya algo lejano año de 1975, con la exposición colectiva de carácter retrospectivo “Surrealismo en España” (Galería Multitud, Madrid), en la que fueron expuestos algunos de sus trabajos. Desde entonces, las exposiciones y publicaciones en torno a su obra plástica no han dejado de sucederse, acreditándolo como uno de los nombres menores, pero significativos, del movimiento surrealista en España.                 
        Queden estas líneas, pues, como modesto aunque sincero recordatorio de su figura y obra.

(*) Afirmación refutada por Ian Gibson, quien sostiene que Luis Buñuel no asistió al funeral de su hermano.



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Alfonso Buñuel en El poder de la palabra 

© José Antonio Bielsa



Kolenda No. 114

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