7 de noviembre de 2014

ESTÉTICA DEL ASESINATO (Estudio policíaco No. 3)

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No. 3



Sin oponer resistencia, a Maurice Blanchot…


No hablaré de Thomas de Quincey ni de su famoso libro, sino de Peggy, la que nunca estuvo allí, ni aquí (pues de haberse asomado a este texto, quizá ya habría estado…). No pretendo recorrer las sendas de lo trillado, sino lo trillado por recorrer. Este camino es fácil y difícil, y siempre ni tortuoso ni placentero, por eso casi nadie tiene paciencia ni esperanza para recorrerlo con la imprudencia debida. Pues, a decir verdad, ¿no resultan más agradables a la vista las medallas y los galones que propicia el conformismo del buen funcionario, esa constante sempiterna de nuestros muertos, digo, a las dolencias físicas y psíquicas que esta aventura heterodoxa entraña incluso en el más avezado, conspicuo de los iniciados?
            Lo que me alienta a seguir esta investigación no es tanto el hecho en sí como el proceso conducente a él. La motivación carecería de importancia en el común de los casos si no fuera por un objeto que no puedo nombrar aquí. El resultado suele ser predecible, de puro tosco y mal trazado. Pero (y no es un pero), si el autor del supuesto centra su impulso no tanto en el objeto de su violencia como en la manera que vehiculará ésta, entonces casi todo cambia: asistimos no tanto a un hecho consumado como al borrador eterno de un proyecto de crimen perfecto, cuya Ley no es otra que la de lo Irrealizable.
            Mas, como ustedes ya sabrán, el crimen perfecto, como tal, no existe: es vil quimera, lucrativo pretexto de novela policíaca barata. Oculta lo visible, luego fracasa. El crimen, por crimen, siempre será imperfecto. Sólo la quietud es perfecta, pero no el crimen, nunca éste. El crimen implica movimiento, y todo movimiento está condenado a su plena suspensión en algún punto concreto de su recorrido espacio-temporal. Esta suspensión del movimiento, tarde o temprano, se salda con el desequilibrio del objeto en movimiento, condenado a perder el control y romperse en pedazos. Por ende, el crimen perfecto supondría movimiento perpetuo e infinito, lo que lógicamente es ilusa ilusión. Pues por naturaleza, el crimen tiende a resolverse, es decir, a simplificarse en su propia complejidad... y así hasta desvanecerse en la nada de los siglos. Podemos afirmarlo: el gran genio criminal todavía no ha existido, pese a que su existencia esté confirmada en cierta abstracción perversa. Ni existirá mientras el texto lo fije en una eternidad indecente. Tampoco la ficción (ese aborto del entendimiento sólo apto para medianías aplicadas) ha estado a la altura, ni estará: si dijera que ni siquiera el Doctor Mabuse se nos antoja un ingenio a tener en cuenta, ya habré dicho bastante. Mas por encima de todo, es evidente, estamos hablando de una estética, una estética del asesinato.
            Conviene primero diferenciar el crimen del asesinato. No es lo mismo, eso lo percibe hasta un niño. Crimen y asesinato, en ocasiones, van de la mano. En otras, circulan en direcciones opuestas. Rara vez no dialogan entre sí. Pero la cosa es que hoy no hablaré del crimen, sino del asesinato. Y no hablaré tanto del asesinato como de su estética, que está atravesada por toda una ética, una ética a decir verdad bien peculiar. Luego, ¿es que acaso existe una estética del asesinato? Temo defraudarles, señores, si les digo que y no. Pero no especularé en el vacío con otra abstracción difusa, sino con un ejemplo concreto y tremendo, que viví en mis propias carnes hará siete años, cuando todavía albergaba alguna esperanza sobre mi porvenir…
            Por entonces, yo era lo que se dice un talento mediano, más práctico e imaginativo que especulativo y sincrético. Sabía que no bastaba con frecuentar los más sórdidos antros de la urbe, ni mezclarse con los sujetos más desaprensivos que pudiera uno imaginar. Sabía también que la ciencia del crimen no era tanto una ciencia exacta como un juego de azar en el que probabilidad y casuística constituyen un todo aterrador y compactado, inaprensible no ya para el profano, sino incluso para el más concienzudo analista. Sabía muchas cosas, pero, a decir verdad, no sabía absolutamente nada.
            Súbitamente (lo súbito es una de las leyes inviolables del azar), todo cambió una mañana de diciembre... El diario matinal hacía hincapié en una noticia extraña, que me había revuelto las tripas mientras desayunaba, y cuyo lánguido titular, propio de una redacción provinciana y sensacionalista, decía: “Brutal asesinato artístico”. Esa tercera palabra, tan cara y tan barata, no tenía precio. No acompañaba foto alguna la masa de texto: me enteré luego de que las hipotéticas imágenes habían sido censuradas, tal era su crudeza. Así, con el diario bajo el brazo, llegué hasta la comisaría, rápido como un rayo (es un decir). Me quejé al oscuro de Montoya de que no se me hubiera informado la noche anterior sobre el caso. Pero el Montoya de entonces era un tipo bastante más razonable que el de ahora, azote de figurines e ineptos. Argumentó, cosa insólita en él, que no quería “flambearme” el sueño, y que, a un recién llegado como a mí, por así decir, era preciso cuidarlo un poco, por eso de evitar el “desgaste súbito”, ese desgaste que las emociones fuertes suponen en los novatos. Pero yo no era “un novato”, no al menos un novato más: mis dos años previos en el cuerpo científico me diferenciaban visiblemente de la legión de funcionarios dóciles y aplicados que hacían su trabajo… con pagada eficiencia. Haré bien de una vez si digo que la finalidad de mi trabajo, es decir, la razón de mi existencia por aquella época de ausencias, no era tanto cobrar la envilecedora nómina el primero del mes, como todo quisqui, sino adentrarme, paso a paso, en los oscuros recovecos de la naturaleza humana. ¿No ríen? Bien, pues no rían, pero recuerden que el que ríe el último… no siempre ríe mejor. También esto es Ley.
            Llegué al “lugar del crimen”. Un frío plomizo, terrible, me heló el rostro. La habitación era intercambiable, sin nada de particular, excepto un biombo de imitación japonesa, comprado sin duda en una tienda de objetos usados. Aquel biombo (como objeto nombrado), por un instante, excitó mi imaginación. Ignoro qué asociación de ideas desencadenó en mi mente, pero aquel objeto de bazar, súbitamente, me hizo recordar a Peggy.
            - ¿Traes bolsa? -me preguntó Montoya, café en mano y apartado del grupo, atestado de personal autorizado y cámaras fotográficas y…
            Hice como que no entendía, pero en verdad no entendía.
            - Lo digo por si miras detrás y… te entran ganas de…
            ¿Detrás? Pienso ahora en aquel instante imposible de ubicar en el espacio, y un frío pétreo, de iglesia gótica alemana (no es gratuito este detalle, en absoluto: quizá sea la clave de todo sin ser la clave de nada), me desgarra el corazón. Súbitamente noto que aquel biombo me estaba hablando, no con la voz salida de una boca, sino con el efluvio oculto arrancado a un secreto infame. No sé cómo, pero aquella habitación… olía a Peggy.
            - …una carnicería…
            Peggy. Pronunciar su nombre era para mí como tocar con las mejillas un mejillón contaminado. Casi una blasfemia ante Dios.
            - …al haberle cortado los dedos…
            Una corazonada. El temblor de dos cuerpos desnudos, no jóvenes ni dichosos, sino viejos y ulcerados, corroídos por una lepra espiritual mutada en corrupción carnal, satánica.
            - …hacer desaparecer las huellas…
            ¿Detrás? Donde el frío de la muerte…
            - …macabra idea de rodearle el cuello con…
            Peggy era muy buena. Era una maestra, decían sus primos… …decían, no tenía rival. ¡Qué infamia!
            - …está dentro de una taza de porcelana…
            Se podría decir que no olía más de la cuenta, sino sutilmente. El olor de una blasfemia es un olor agridulce. Duele.
            - …una carnicería…
            ¿Es sutil la sangre? Creo que todavía no la estaba viendo. Pero sabía que ella estaba allí, tras del biombo.
            - …coagulada le confiere al piso un aire… ¿Colorista?
            No la sangre… La sangre no es sutil. Es… escalofriante. Es sólo el olor de la sangre lo que es sutil, el olor.
            - Dirás impresionista.
            - ¿…impresionista?
            - ¡…impresiona!
            Peggy. Una única vocal ante tres terrores abisales.
            Al mirar al otro lado del biombo, creo, caí en la cuenta: NO era Peggy. Y sin embargo, por un momento, llegué a pensar que SÍ era Peggy. Deseaba, no sé cómo, que fuera ella, Peggy. El encuentro. Pero no podía ser ella, no Peggy. Treinta y tres meses. La idea de que fuera ella la muerta, la asesinada, Peggy, conseguía avivar en mi interior fuegos que hasta entonces consideraba apagados. Brillaba, junto al biombo.

Regreso al hotel, y en recepción se me informa de la llegada de un comunicado. Nada espero. Va a mi nombre. Sé, antes de abrirlo, que es de ella. Apenas le restan unos minutos. “Quizá”, dice, “cuando comiences a leer esta carta, yo ya esté…”. No era la letra de Peggy, me la recordaba. A decir verdad, alguien se la habría escrito, traspasando al texto, acaso, un soplo de aliento de aquella desdichada. Todo lo demás ya ha sido dicho. La otra escritura comienza ahora.  
           

29 de septiembre - 20 de octubre de 2014

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