1 de octubre de 2014

ARQUEOLOGÍA ARAGONESA. Camino de la Vega de Albalate: 50 años. 1964-2014: Perspectivas para una conmemoración

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La arqueología calandina está -debería estar, al menos- de celebración: se cumple medio siglo del trascendente descubrimiento del Yacimiento del Camino de Albalate, el enclave capital de la Calanda romana, dominado por los restos de una magnífica villa de época bajoimperial y sus alrededores; todo ello datado, con alta precisión, en los siglos III y IV d. C. Descubrimiento trascendente, como decimos, pues gracias a él, lo que hasta entonces no parecían sino atractivas hipótesis -la certeza de una “Calanda romana”, intuida gracias a la aparición de algunas monedas de la época-, adquirían en virtud del sonado hallazgo carta de presentación, entrando así nuestra muy antigua villa de Calanda no ya en los mapas arqueológicos de la península, sino en los más seguros manuales sobre la disciplina.

            Del mentado hallazgo, acaecido en enero de 1964 gracias al empeño y aplicación de Antonio Bielsa Alegre, a su posterior valoración histórico-artística y debida acotación significativa en el contexto pertinente, habrían de transcurrir varios años de estudio minucioso. Durante los veintidós meses siguientes al hallazgo, es decir, desde el referido mes de enero hasta octubre de 1965, cuando las investigaciones primeras han llegado a su provisional término y el acontecimiento es celebrado exhibiendo temporalmente en Calanda la pieza central del yacimiento -el celebérrimo mosaico, con sus 103 m² y una temática basada en motivos geométricos, vegetales y animales-, la población vive inmersa, de modo discreto aunque inevitable, en el torbellino de la Historia. Podría decirse que, en aquel memorable año de 1964, Calanda salía de un aparente sueño de siglos de rutina, generación tras generación, para reencontrarse cara a cara con la Calanda histórica: tras un intervalo de dieciséis siglos y en un mismo espacio geográfico, dos épocas (una extinta y sepultada, la otra vivita y coleante) se reencontraban; luego de más de cuatro meses de la exploración del terreno, el 27 de mayo se accedía al levantamiento oficial del mosaico. Desde entonces, los hallazgos del Camino de Albalate han suministrado valioso material para todo tipo de investigaciones sobre la materia, paseándose durante las últimas décadas por exposiciones y congresos de arqueología nacionales e internacionales (V Coloquio Internacional sobre Mosaicos Antiguos, Bath, 1987), desencadenando además la aparición de una literatura sobre el yacimiento y sus elementos progresivamente abultada, a la que han contribuido, entre otros, J. Martín Rodrigo, firmante de un ‘Informe de las excavaciones realizadas en el yacimiento romano Camino de la Vega de Albalate, Calanda (Teruel). Año 1985’ (1987), amén de las aportaciones de historiadores y estudiosos como M. García Miralles (1969), M. Sanz Martínez (1970), J. G. Gorges (1979), P. Atrián Jordán (1980), D. Fernández Galiano (1987), R. Sanz Gamo (1987), J. A. Paz Peralta (1991), P. A. Paracuellos Massaro (1991), M. Guardia Pons (1992), M. López Ferrer (1993), J. M. Blázquez Martínez (1996), J. A. Gisbert Santonja (1999), V. García Entero (2001), M. González López (2007), etc. 

            No es nuestro objetivo relatar aquí los pormenores sobre el descubrimiento del yacimiento, su repercusión en los medios de comunicación y la consiguiente descripción de sus tesoros (cometido que ya abordamos, brevemente, en los números 99 y 101 de este boletín), sino conmemorar por su dimensión histórico-cultural un acontecimiento que, acaso, pasaría inadvertido para muchos calandinos.

            Ha habido que esperar medio siglo de su hallazgo para calibrar en todo su alcance la significación del Yacimiento del Camino de Albalate: una significación que juzgamos a día de hoy capital para Calanda, harto relevante para la provincia de Teruel, considerable para Aragón y de cierto interés para España, al menos y sobre todo en lo que al mosaico atañe, pues como bien ha confirmado su más autorizado estudioso, el académico José María Blázquez Martínez, “no tiene paralelos entre los hallados en Hispania”. El tiempo, juez implacable y acaso impredecible, nos ha dado -o eso nos gustaría creer, al menos- la perspectiva suficiente como para poder valorar en su aproximada medida la importancia de este espacio histórico (el yacimiento en su integridad), sin el cual el patrimonio artístico y cultural de Calanda se habría visto considerablemente mermado.      

            En cuanto yacimiento enclavado en un espacio físico determinado, la suerte de éste y de sus elementos ha sido diversa, de puro variopinta. Tanto el elemento clave -los mosaicos policromos- como una cuidada selección de piezas secundarias datadas entre los siglos I y IV -vasijas de cerámica, estucos pintados, fragmentos escultóricos, punzones de hueso, aros de bronce, remaches, cuencos, ladrillos, etc.- y archivo documental, reposan en exposición permanente en las dependencias del Museo Provincial de Teruel, constituyendo su mayor tesoro. Respecto al propio yacimiento, que una vez desmantelado devino plantación de melocotoneros, no pueden consignarse nuevas incidencias de relieve más allá de su condición de lugar emblemático para unos pocos -el único elemento que lo reivindica como antiguo yacimiento es un hito pétreo con inscripciones conmemorativas-; meramente recordar que hasta su fallecimiento en septiembre de 2008, Bielsa Alegre fue el propietario del terreno, y que solía referirse a éste con el nombre casi cifrado de “Mosaico”, en lugar del más socorrido de huerta de la partida de Albalate, como finca que era de la misma. Así y todo, el lugar donde se alzaba la villa puede visitarse como algo más que una mera curiosidad: sito en lo alto de una suave pendiente que conduce al valle del Guadalopillo y con espléndidas vistas al Sistema Ibérico, ratifica el buen gusto en la elección de la ubicación de sus moradores. De realizar un nuevo sondeo del terreno, de ampliar los límites de las excavaciones primigenias, no sería desechable la posibilidad de hallar otros elementos romanos, periféricos o meramente aledaños al núcleo del yacimiento, dominado por la villa; no debemos olvidar que bajo el piso de ésta aparecieron, en buen estado de conservación, tanto los cimientos de la construcción como su complejo sistema de calefacción (el hipocausto), artefacto que delataba no ya la riqueza de su propietario, sino una sofisticación en el bienestar que, todavía hoy, nos provoca admiración. A la inevitable pregunta, producto de la humana curiosidad, de quién podía ser aquel remoto “calandino”, aquel ciudadano de Hispania tan bien acomodado, las especulaciones se tornan bastante difusas, y no será nuestra pretensión derivar aquí por tales derroteros; simplemente recordar que la villa estuvo ocupada desde el período romano-republicano hasta la Antigüedad tardía.

            En síntesis: no conviene olvidar que el Yacimiento del Camino de Albalate es el único testimonio de auténtico peso de la Calanda romana, el referente esencial del Imperio Romano en nuestro suelo, un imperio cuya máxima importancia no deberá ponerse nunca en duda, y sobre el que el gran historiador de la cultura Jacob Burckhardt, escribió estas justas, preclaras palabras: “La importancia de este imperio no reside en su tamaño, sino en el hecho de que benefició a un número tan grande de pueblos, de que detuvo las guerras entre naciones y de que le permitió al mundo antiguo una existencia en condiciones relativamente favorables”. 



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