2 de julio de 2014

Mainardi en Venecia (Relato extraordinario, 2010)

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MAINARDI  EN  VENECIA
(Relato extraordinario)


A
VENECIA,
A Ella, que en su irremediable decadencia perdura impasible,
Y que abocada al submarino silencio postrero,
Mantiene con orgullo el tipo, sólido aunque inestable,
Conformando entre sus piedras agrietadas y sus aguas muertas
Una belleza desafiante, pútrida mas inmaculada,
En mitad de esta ciega ciénaga del moderno Occidente.



Ocurrió en la cuna de Goldoni, donde las góndolas acunan fúnebres presagios y el tiempo de tarde en tarde acompaña. Fue durante el invierno de 1856, en la pensión del Signore Parana, sita en la Calle dell’Albero, número 3.
            Se llamaba Adriano Mainardi: era un joven escritor de Padua, sin apenas recursos, que intentaba labrarse un camino entre los últimos literatos. Había alquilado por unas semanas la más modestísima de las modestas habitaciones del Signore Parana, viejo realista sin tacha. Sin más equipaje que una pequeña maleta con algo de vestuario, objetos de tocador, un volumen del Dante, papel, pluma y tinta, Mainardi, de carácter introvertido y poco emprendedor, mas convencido sin duda de su intermitente talento literario, se instaló en la referida habitación presto a pergeñar la que iba a ser, pensaba, su primera pieza teatral importante.
            El impredecible clima veneciano, ese triste encanto que rezuma su urbanismo y un puñado de ideas que la ciudad misma le ayudaría a concretar, se perfilaban como elementos de capital importancia en la escritura de su obra futura. No faltaba pues sino acometer de una vez el proyecto. Y decidió dar comienzo a la obra.
            Privado del brillo de Goldoni y de la abundancia de Metastasio, Mainardi hilaría su tapiz lentamente, mas seguro de su bordado, cual firme artesano. La cosa era cuestión de tiempo, pensó.
            La primera semana trascurrió plácida y serena, sin contratiempos significativos. Destinaba tres, cuatro horas al día a escribir. El resto del tiempo lo dedicaba a pensar, no tanto en los llamados aspectos “internos” de la obra -cosas tales como la estructura o el estudio de los personajes-, como en las vaguedades que le venían a la mente en aquella ciudad flotante y musgosa.
            Mainardi, que no se consideraba todavía gran estilista con la pluma, contaba empero con el privilegio relativo de una imaginación encendida, incluso enfermiza, aunque melancólica. Durante sus paseos en góndola, solía centrar su mirada en un elemento que lograba encender su atención: las relamidas piedras de las edificaciones venecianas, su baño perpetuo en las turbias aguas lamedoras, ese adagio desgaste por siglos de las mismas, todo ello bajo el resplandor intangible de las mil y una tonalidades lumínicas que serpentean, sinuosas o afiladas, por entre los vanos y hornacinas de la noble arquitectura.
            Súbitamente, sin previo aviso, al tercer día de la tercera semana, durante el desayuno, a Mainardi le comenzó a doler la dentadura: sentía una presión continua, como si sus dientes se intentaran separar de su mandíbula. Achacó tal dolencia a la humedad del clima veneciano, así como al frío, atroz algunos días, más soportable otros, rara vez amable. Pero, entre tanto, las más extrañas alteraciones comenzaron por manifestarse en lo que a la escritura de su drama se refería: de las cinco o seis páginas que había podido preparar cada día durante las dos primeras semanas, la sequía creativa se había ido manifestando con inquietante saña durante la tercera semana, no llegando a completar en la jornada, a lo sumo, sino media página emborronada. Alarmado por esta pérdida de fecundidad, acaso momentánea, y a la vista de que su inventiva parecía aguardar en punto muerto, por no decir que estaba decayendo enteros, Mainardi se inquietó:
            - Quizá… Y si no sale bien, ¡adiós! -se dijo sin mucha convicción.
            Pero conforme los días pasaban, la obra no sólo no avanzaba, sino que su estado de salud iba empeorando irremisiblemente. Su tez, ahora pálida, casi blanquecina, ocultaba en su expresión un rictus entre escultórico y esquelético, ya repulsivo.
            Una tarde, el Signore Parana, al verlo bajar por la escalera, le dijo:
            - ¡Vaya! Por un momento le confundí con un aparecido. ¿Va bien?
            Mainardi siguió su camino, ignorando al impertinente. Sin saberlo, aquella tarde daría su último paseo en góndola: fue al mirar fijamente una porosa porción de mármol con unas inscripciones ya ilegibles, cuando perdió el conocimiento.
            El día treinta y tres de su estancia veneciana, en la habitación ocupada por Mainardi en la pensión del Signore Parana, un fajo de papeles sobre el escritorio -a medio escribir y en el más completo desorden- y el propio Mainardi, en un estado casi irreconocible -“más esquelético que un esqueleto”, al decir del galeno que lo trataba- dibujaban un desolador panorama.
            El informe médico no acertaba con la dolencia del interfecto: endurecimiento progresivo de sus carnes, debilitamiento de sus constantes vitales, intolerancia a cualquier tipo de alimento, mirada perdida en ninguna parte… casi la viva imagen de un cadáver, o, con mayor propiedad, de la estatua funeraria de algún yacente.
            - Su carne parece como… de mármol -comentaba por lo bajo el Signore Parana, mientras el galeno, atónito, lo reconocía por enésima vez sin resultado aparente alguno.
            Los días iban pasando, y con ellos, las constantes vitales de Mainardi, mínimas, se fueron apagando. Ya nada podía hacerse, sino esperar al fatal, inevitable, desenlace.
            El día que expiraba el alquiler de su habitación en la pensión del Signore Parana, Adriano Mainardi, de veintiséis años de edad, era dado por muerto por el médico que había llevado “su caso”. Unos mozos, al intentar trasladar el cuerpo del malogrado escritor a un ataúd, confirmaron como éste era pesado “como un saco de piedras”.
            Un fallido intento de autopsia confirmaría las sospechas: en efecto, el cuerpo de Mainardi no era de carne, sino de mármol, o de algún material parecido al mármol, húmedo y verdusco, y que en mucho recordaba al de los palacios venecianos, inmersos en su baño perenne.
            El taimado Signore Parana, al recoger la habitación del difunto, seleccionó cuantas pertenencias de éste pudo, apartando a un lado los objetos por él considerados “poco útiles”. Entre estos últimos objetos figuraba un manojo de papeles atados con cuerda, y en cuyo frontispicio podía leerse:

“El hombre de mármol”
(Drama de Adriano Mainardi)

Acto seguido, Parana arrojó el manojo de papeles al fuego de su estufa. Era una fría noche de invierno en Venecia.


Venecia, 25 de diciembre de 2010
(rev. abril de 2014)
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