7 de agosto de 2013

"WITTGENSTEIN - WEININGER O LA LÓGICA DEL SUICIDA" (Notas para un ensayo, MMVIII)

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René Magritte
La idea (1966)


PRÓLOGO

Quien quisiera dudar de todo, ni siquiera llegaría a dudar.
El mismo juego de la duda presupone ya la certeza.

WITTGENSTEIN

Aunque el juicio valorativo de la detestable Historia Oficial haya terminado situándolos en lugares poco menos que irreconciliables, conviene hacer un inciso y recordar que estos dos descendientes de judíos, Otto Weininger y Ludwig Wittgenstein, sin llegarse siquiera a conocer en vida, tuvieron mucho más entre sí que unos nexos espaciales y temporales comunes.
            Para empezar, la figura de Weininger, por su condición políticamente incorrecta, ha sido sistemáticamente ninguneada en nuestra época: además de ser un perfecto desconocido, su nombre por así decir ya no se cita en los manuales si no es para hacer alguna velada referencia al nazismo, del que algunos incluso han llegado a insinuar que Weininger fue significativo precursor espiritual. Y es que en una época como la nuestra, plagada de filosofastros de pacotilla y demagogos por doquier, un pensamiento tan radical y salvaje como el de Weininger sólo puede ser abominado, calumniado y repelido como mero producto de una mala digestión judaica. Es decir, los asesores políticos del gusto cultural son tan conscientes de su poder subversivo, que han preferido liquidarlo de las bibliotecas estatales temerosos de que una lectura errónea de sus contenidos incite a cuatro adolescentes díscolos a cometer alguna que otra locura. Y es comprensible, por el “bien” de toda esta endiablada sociedad a punto de desmoronarse en los abismos de la nada.
            Muy otra ha sido la suerte que ha corrido Wittgenstein. La posteridad le ha otorgado el privilegio que sólo concede a los grandes; su nombre aparece inscrito con grafías de oro genuino en el panteón de los Grandes Filósofos. Pero su pensamiento, tanto más radical y salvaje que el de Weininger, no ha topado con el desacuerdo general al que se ha visto relegado el de aquél. Y también esto es comprensible: los muchos problemas que plantea Wittgenstein todavía no han sido resueltos, ya que no advertidos en todo su alcance. A decir verdad, muy pocos han logrado acceder de verdad (y eso si acaso es posible) al pensamiento de Wittgenstein tal y como éste lo concebía. Todo su sistema filosófico es una lucha, un filosofar a martillazos digno del mejor Nietzsche, una búsqueda absoluta basada en el imperiosa necesidad de “derribar ese muro que le separaba de la verdad”, tal y como recordaba Russell.
            El modesto propósito de este ensayo, pues, no es otro que el de reivindicar conjuntamente los nombres de Weininger y Wittgenstein, y hacer así justicia a una de las asociaciones espirituales más singulares de la historia de la filosofía entre el discípulo (Ludwig) y su maestro (Otto).

I
 Algo que ver con la muerte (Introito)
         Wittgenstein - Weininger: Notas biográficas

Viena, 4 de octubre de 1903: es hallado el cuerpo sin vida de un joven de 23 años en la casa de la Schwarzspanierstrasse, allí donde un 26 de marzo de 1827 muriera con el puño cerrado y amenazando al cielo relampagueante en medio de la más violenta tormenta Ludwig van Beethoven[1]. El cadáver del suicida es identificado: responde al nombre de Otto Weininger, filósofo y autor de una obra recién publicada, aparecida el pasado mes de mayo bajo el título de Sexo y carácter.
            En la misma Viena, catorce años y medio antes, un 26 de abril de 1889, nace el más famoso lector de aquel enigmático libro: Ludwig Josef Johann Wittgenstein, octavo y último hijo de una de las más ricas familias vienesas.
            Una misma ciudad y dos fechas, el comienzo de una vida y el final de otra, mas entre ambas algo que las vuelve todavía más afines: tanto Wittgenstein como Weininger tenían sangre judía.
            Weininger, que nació el 3 de abril de 1880 en esa Viena decadente que lo vería desaparecer, prontamente manifestó estar dotado de una mente superior. Wittgenstein, por el contrario, y dada la competencia de sus hermanos mayores, Paul, Rudolf, sobre todo el prodigio musical Hans, pasaba por ser la cabeza menos poderosa de la familia; sin embargo, el mismo año que Weininger se mataba, en Wittgenstein operaba un cambio determinante para su futura vida filosófica como problema: “Hasta la edad de catorce años estuvo satisfecho de sentirse rodeado por el genio, en lugar de poseerlo. Una historia que contaba en una época posterior de su vida se refiere a una ocasión en la que a las tres de la mañana le despertó el sonido de un piano. Bajó las escaleras y encontró a Hans interpretando una de sus propias composiciones. La concentración de Hans era obsesiva. Estaba sudando, totalmente absorto y completamente inadvertido de la presencia de Ludwig. La imagen siempre fue para Ludwig el paradigma de lo que era estar poseído por el genio[2]”.
            A las dos semanas del suicidio de Weininger, el 17 de octubre, aparecía publicada en Die Fackel una carta del gran dramaturgo sueco August Strindberg. En ella, el autor de La señorita Julie tildaba Sexo y carácter de “libro imponente, que probablemente ha solventado el más difícil de los problemas”. Con esta vindicación de la obra, comenzaba la efímera gloria póstuma de Weininger[3].
            En efecto, Sexo y carácter fue un éxito editorial sin precedentes, y máxime tratándose de un libro de corte filosófico. La metafísica sexual de Weininger caló hondo en la sociedad austriaca de otrora. No es de extrañar, por ende, que entre los muchos lectores que tuvo la obra, Wittgenstein fuera uno de ellos.

TABLA CRONOLÓGICO-COMPARATIVA


WEININGER


WITTGENSTEIN

1880
· Nace Weininger.

1898
· Comienza estudios de Filosofía en la Universidad de Viena.

1901
· Primeros esbozos de Sexo y carácter.

1903
· Sexo y carácter
· Suicidio de Weininger.

1907
· Sobre las últimas cosas

1923
· Sexo y carácter alcanza las veinticinco ediciones.

1889
· Nace Wittgenstein.

1903
· Primeros pensamientos en torno al suicidio.

1908
· Estudios de aeronáutica en Manchester.

1911
· Encuentro en Jena con Frege.
· Conoce a Russell.

1912
· Rusell reconoce su genio y lo “salva” (del suicidio).

1913
· Comienza su análisis de la lógica.
· Aislamiento en Noruega.

1914
· Estalla la I Guerra Mundial. Se alista en el ejército.

1916
· En el frente.

1921
· Tractatus logico-philosophicus (en alemán, como apéndice de una revista)

1922
· Tractatus logico-philosophicus (en inglés, en forma de libro)

1939
· Profesor titular en Cambridge.

1947
· Renuncia a la cátedra de Cambridge.

1951
· Muere Wittgenstein.

1953
· Investigaciones filosóficas



II
  De Sexo y carácter al Tractatus: antes de las Investigaciones filosóficas (Tema & Variaciones[4])

Siempre que intento pensar en algo de lógica, mis pensamientos son tan vagosque nada llega a cristalizar. Lo que siento es la maldición de aquellosque sólo han tenido talento a medias: soy como un hombre al que llevan con una luz por un oscuro corredor y justo cuando está en la mitad la luz se va y se queda solo.

(Extracto de una carta de Wittgenstein a Russell, fechada el 25 de marzo de 1913)

Ha llegado el esperado momento de abordar el tema de estudio de nuestro ensayo desde la perspectiva de la filosofía del lenguaje. Son muchas las opciones posibles para tratarlo, aunque de manera sistemática sólo hay una forma posible por sí misma, una forma adecuada por tanto, que es la del puro análisis de los textos. Como no tenemos otra opción, nos aferraremos a ésta. Sirva de advertencia, es ahora cuando nos comenzamos a adentrar en el bosque: los peligros que nos acechan no son muchos, aunque más de los deseables; a nuestro favor, llevamos con nosotros una escopeta de caza con la mirilla desajustada, varios cartuchos en la recámara algo pasados y algún que otro efectivo no muy fiable. Para agilizar la exploración (o mejor, para no definir demasiado bien la perspectiva [lo que no implica precisamente contradicción]), jugaremos al cazador y a la presa; es requisito esencial para llegar a algo en este ora oscuro / ora claro bosque de la filosofía del lenguaje. La metáfora pretendía ser divertida; no lo ha sido, vaya; sin embargo, podríamos tratar antes de entrar en materia el tema del Humor soterrado en Wittgenstein (Investigaciones filosóficas) y la propia irrisión se volvería contra nosotros. Queremos con esto decir que, si por alguna torpeza, se nos escapa de las manos el artefacto, y al escapársenos, malogra por entero todo el trabajo, será preferible que el fiasco sea tomado desde la perspectiva del humor a la de la censura (el que sabe, aprende; el que no sabe, enseña). No es una opción académica, pero sí experimental; todo este trabajo lo es.
            Lo primero es encontrar el significado último del Tractatus. Sobre este aspecto, diremos que: 1) el significado último de la obra queda implícito en el contenido oculto de la misma; por tanto, de este ocultamiento 2) se discierne una posibilidad de varios significados; sin embargo 3) Wittgenstein quiere decir una sola cosa: aquello que quiere decir sólo lo que quiere decir, en tanto que de lo que no se puede hablar hay que callar: esta frase, que cierra el Tractatus de un modo un tanto pintoresco y/o desconcertante, es en realidad una trampa, o un guiño si se quiere al explorador perdido; es decir, es sólo una mera indicación de la cual partir.
            Weininger parte de una idea similar en Sexo y carácter, pero no la desarrolla de este modo, sino que subvierte el todo para llegar a las partes: somete su obra a una hipertrofia total (tonal), en todos aspectos: la oposición dialéctico-formal del artefacto en oposición al despojamiento meta-estructuralista del mismo: la estructura minimalista wittgensteiniana frente al barroco oropel romántico-decadente weiningeriano: los hierros lisos del delineante frente a las volutas recubiertas de estuco veneciano del pintor; síntesis de la apariencia externa. Hasta aquí lo externo pues.
            Pero es preciso puntualizar, acotar. Y es aquí donde empieza EL VERDADERO PROBLEMA. Vayamos al fondo de la cuestión. Sexo y carácter trata un problema[5] que importaba en extremo a Wittgenstein. El Tractatus, en cambio, pretendía ofrecer la solución a todos los problemas; esta afirmación emitida por nuestra parte se revela en suma inexacta dada la disparidad de problemas que acarrea a su vez la solución al problema.
            Llegados a este punto es preciso pasar a tratar la vida privada de Wittgenstein para llegar siquiera a entender algo. Dos temas cobran vital importancia: la presunta homosexualidad de Ludwig (aspecto que lo relaciona de forma todavía más poderosa con Weininger, también homosexual), y la obsesión por la idea fija (en el sentido al que se refiere Valéry). El Tractatus, ¿puede ser leído entre líneas? Las más recientes ediciones aportan un notable aparato de notas a pie de página (?), lo que no deja de ser desconcertante, sobre todo si pensamos que Wittgenstein aspiraba a la máxima claridad, en absoluto ensombrecida por la jerga filosófica al respecto esgrimida. Por ello, si tenemos que implicarnos realmente, no podremos ir más allá de la verdad esencial de que una figura es un hecho, en tanto que cosa ligada a la realidad. El estructuralismo de Wittgenstein, por su misma sequedad, no nos deja posibilidad de ir al encuentro de una interconexión entre dos sistemas. Es decir, la influencia de Weininger no puede estar en el contenido explícito de Sexo y carácter, sino en lo omitido por el texto (mas consabido [no implícito]) por Otto, así lo que le sugirió a Ludwig, cabe la idea del genio; el genio como idea(l). No la muerte, sino la prolongación de la muerte en la idea misma, esa es la explicación que sostiene el proyecto pesimista de Wittgenstein, un pesimismo cultural que arranca de Schopenhauer, prosigue en Weininger y Nietzsche, y cristaliza de forma científica en Wittgenstein al encontrar en los conceptos los rizomas a los problemas no concluyentes: la figura está así ligada en la realidad; llega hasta ella.
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Tres temas dejados en esbozo y que podrían ser tratados de modo alternativo como prolongación de todo esto:
- La percepción de Wittgenstein (de las cosas)
- La idea fija llevada a la filosofía del lenguaje como problema en sí mismo (a priori)
- Weininger y su aproximación a la filosofía del lenguaje en ‘Sobre la unidireccionalidad del tiempo’ y ‘Metafísica’, en Sobre las últimas cosas como antesala al Wittgenstein del Tractatus[6].


UNA BREVE BIBLIOGRAFÍA COMENTADA


ALBANO, S., Wittgenstein y el lenguaje, Editorial Quadrata, Buenos Aires, 2006.

            Interesante obra, soporífera en grado sumo, pero sustanciosa si es abordada su lectura desde la mera practicidad del manual didáctico, sin otras pretensiones que las explicativas.

MONK, R., Ludwig Wittgenstein (trad. de Damián Alou), Anagrama, Barcelona, 2002.

            Una obra hasta cierto punto detestable para abordar a Weininger, puesto que se aferra a lo obvio desde los presupuestos dogmáticos de la censura imperativa, del prejuicio obsoleto y enmohecido. Weininger aparece retratado como un impostor y muy poco más bueno se dice de él, ya que no de su filosofía. Monk peca de simplista en más de un momento. Sin embargo, el retrato de Wittgenstein es de los más penetrantes que se han propuesto, y el libro merece una lectura atenta.

MOUNCE, H. O., Introducción al Tractatus de Wittgenstein (trad. de José Mayoral y Pedro Vicente), Tecnos, Madrid, 1982.

            Un libro de referencia en el estudio de la obra capital del primer Wittgenstein. Ofrece tantos puntos oscuros como luminosos, y pese a resultar por momentos ilegible, confirma el prestigio de Mounce sin lugar a dudas.

WEININGER, O., Sexo y carácter (trad. de Felipe Jiménez de Asúa), Losada, Madrid, 2004.

            La obra capital del maldito Weininger, un trabajo monumental cuya metafísica sexual lo explica todo acerca del ser humano (o del ser humano en un momento histórico determinado al menos). A ratos en exceso subjetiva, en otros razonada con la   absoluta clarividencia del genio, merece sin duda alguna un puesto de honor en la historia de la filosofía del siglo XX.

WEININGER, O., Sobre las últimas cosas (trad. de José María Ariso), A. Machado Libros, Madrid, 2008.

            Segunda obra, última y póstuma, de Weininger, recientemente editada por vez primera en España. Realmente magistral, resulta por momentos incluso preferible a Sexo y carácter de cara al estudio inicial de Weininger, conteniendo en la primera de sus siete partes, el ensayo sobre Ibsen y el Peer Gynt, una verdadera obra maestra del análisis, tan personal que puede leerse como una nueva entrega menor de las tesis de la obra previa.

WITTGENSTEIN, L., Tractatus logico-philosophicus (trad. de Luis M. Valdés Villanueva), Tecnos, Madrid, 2003.

            Un libro del poco podemos decir a estas alturas que no huela a lugar común y tópico precipitado… Un libro de Ludwig W, perfecto complemento a las Investigaciones filosóficas.


NOTAS


[1] Al decir de Weininger, “el más grande de los genios”; afirmación por lo demás razonable. Ludwig van Beethoven (1770-1827), el más eximio compositor de todo el siglo XIX musical junto a Wagner, el autor de las nueve sinfonías por antonomasia del repertorio, de las treinta y dos sonatas para piano, de los dieciséis cuartetos de cuerda, de la Missa Solemnis, de la Gran Fuga, bien podía ser designado por Weininger como “el más grande de los genios”: pese a su genio impar, su ejemplo sí podía incitar a muchos jóvenes a seguir sus pasos. Que Weininger se suicidara en la casa del gran sordo no es más que una prueba lógica de su pasión por el genio, del que Beethoven simbolizaba su más consumado exponente. Por su parte, la pasión de Wittgenstein por Beethoven no era menor. En una familia de talentos musicales como la suya, el nombre de Beethoven sólo podía significar la idea del genio en su más alto grado. Tanto Weininger como Wittgenstein abrazaban la idea del genio o la nada: ante el fracaso de una vida mediocre, sólo cabía abrazar lo segundo, desaparecer. El fracaso espiritual de Weininger le llevó a la muerte. Wittgenstein, como ya iremos viendo, lograría salir de tan incierto sino.
[2] MONK, R., Ludwig Wittgenstein, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, p. 29.
[3] Ibíd., p. 35: “El suicidio de Weininger les pareció a muchos el resultado lógico del argumento del libro, y fue eso principalmente lo que lo convirtió en una cause célèbre en la Viena de antes de la guerra. El hecho de que se quitara la vida no fue visto como una cobarde huida del sufrimiento, sino como un hecho ético, la valiente aceptación de una conclusión trágica”.
[4] PRELUDIO-EXCURSO. Toda la historia del arte, de la literatura, del pensamiento, de cualquier evento de signo intelectual en suma, está habitada bajo las sepulcrales losas que la memoria le(s) erige, por los muchos fantasmas de suicidas geniales que han dado a la humanidad una obra cuyas esencias perduran todavía inmarchitables ante el devastador paso de los eones: Kleist, Espronceda, Stifter, Lautreamont, Van Gogh, Celan… fueron algunos de ellos. A esta lista cabe sumar el nombre de Otto Weininger… y tras sus pasos, a punto estuvo de sumarse otro acaso más relevante, el de Ludwig Wittgenstein.   -   El suicidio. La lógica macabra del suicidio. Pensemos por unos instantes en tan significativo hecho: ¿qué le lleva a una persona de genio a quitarse la vida, a aceptar su aniquilación como la única salida posible ante la desesperación enajenadora de lo terreno? ¿Acaso la enfermedad? ¿O la desdicha de una infelicidad inconsolable? Desengañémonos: los hombres de genio sólo tienen un enemigo mortal: ¡su propio genio! Weininger lo percibía, lo tenía dentro de sí, lo alimentaba… pero fue incapaz de aferrarse a su sino y abismarse con él hasta las últimas consecuencias. Wittgenstein, por el contrario, dudaba de él, creía que no lo poseía, mas su propio genio salió a su encuentro a través de un confidente muy especial (Russell), y eso fue lo que le salvó la vida: no sucumbió a la desesperación como Weininger, sino que halló en ella la causa por la cual luchar hasta culminar su gran producción del espíritu. Wittgenstein encontró una razón lo suficientemente valiosa como para no renunciar al mundo, Weininger no. Ésa es la diferencia. La grandeza del suicida es su absoluta individualidad, su solitaria desesperación, su miedo exaltado hasta el paroxismo: ante la decisión más importante de todas, el suicida de genio se enfrenta ante el mundo y ante sí mismo: ante el mundo porque le niega, ante sí mismo porque no encuentra otra razón por la cual seguir viviendo. ¿Acaso merece ese mundo ser depositario de sus obras, ese mundo que le escupe y le perturba y le destroza la vida con su barro y su miseria y su insignificancia? La nada se perfila así en toda su intensidad cual única salida, pasa a ser algo inconcreto pero certero. ¡Ah, qué historia más vieja!   -   Cuando a las manos de Wittgenstein llegó un libro titulado Sexo y carácter, el pensamiento de nuestro filósofo estaba todavía por así decir en ciernes. Pero aquella lectura fue crucial en su vida. Podemos asegurar que sin la revelación de Sexo y carácter Wittgenstein jamás habría llegado a producir el Tractatus. Por muy poderosa que fuera la influencia de Schopenhauer, de Frege, la irrupción de Weininger en su vida intelectual le abrió las puertas de su propio yo hasta hacer saltar los goznes por los aires. Sí, el puñetazo recibido por aquella obra mediatizó toda su vida hasta extremos insospechados. No nos debe extrañar pues que Sexo y carácter fuera durante muchos años el libro de cabecera de Ludwig.
[5] En cuanto al problema propiamente dicho, Sexo y carácter no es una apología del suicidio, como muchos de forma más bien simplista han querido ver, ni tampoco un elogio desmedido de la destrucción de lo mediocre. Es sólo el proyecto de una posibilidad, la del individuo varón como genio en potencia. Que la mujer, por mujer, quede fuera de este plan, no es sinónimo de misoginia: la mujer en Weininger, en cuanto animal reproductor en sí, es un instrumento; es externa a sí misma. El hombre, en cambio, puede terminar no siéndolo. Es una lucha contra la inconsciencia, contra la no aprehensión del Yo. Pero la genialidad es limitada, está destinada a unos pocos, los verdaderos, grandes hombres. Por tanto la genialidad es posible. El problema está en el núcleo del enunciado, en la emancipación del signo por encima de su significado. Y es aquí donde la problemática de orden semántico se percibe en todo su alcance. El problema del sistema de la metafísica sexual de Weininger es en el fondo el de la ética. Pero vayamos por partes. En efecto, la deuda de Weininger para con Schopenhauer es cierta, aunque nuestro autor llega más lejos que el popular pesimista al sustraerse de una explicación generalizadora: para Schopenhauer, la ley de la atracción sexual no sería más que un engaño de la naturaleza para conseguir perpetuar la especie; para Weininger es algo mucho más complejo, pura interacción entre individuos al servicio de ese algo que todavía no se perfila como algo concreto. Desde luego, todo parte de un “gusto” sexual al que se tiende de modo inconsciente. De este principio Weininger extrae la posibilidad de una ley: “Ocurre, en efecto, que cada tipo de hombre posee su correlativo en la mujer que actúa sobre él sexualmente, y viceversa. Parece, pues, que debe existir una ley que rija esa acción. ¿Cuál es esa ley? ¿Cómo puede expresarse? ‘Los opuestos se atraen’ ” (p. 63). Pero para ello es preciso estudiar al propio objeto central de la misma: la mujer. Weininger distingue dos tipos de mujer fuertemente tipificados: la madre y la prostituta. En ellas queda resumida toda la esencia femenina. Ambas tienen algo la una de la otra, si bien el sempiterno dicho “la mujer es puta por naturaleza” (sic) no sería ninguna hipérbole según Weininger, ya que la mujer tiende a la prostitución de forma innata. Por sorprendente que pueda resultarnos una afirmación tan categórica, el autor aduce las pruebas suficientes como para mantener en pie su teoría. Para ello fundamenta su tesis en la propia caracterología: “La diferencia caracterológica en las mujeres no tiene raíces tan profundas que lleguen a penetrar el desarrollo de una individualidad, y no existe quizá ninguna cualidad femenina que en el curso del tiempo no pueda ser modificada, reprimida o aniquilada por la influencia de la voluntad masculina” (pp. 329-30). Es decir, en tanto que la mujer carece de verdadera individualidad, su sumisión al hombre es completa, natural, irremediable. Algunas excepciones no suponen nada. Las propias convenciones nos han habituado a ver esto así, cual dislate histórico-temporal. Pero la propia naturaleza es más fuerte. Sirva como ejemplo la siguiente futilidad: hace un tiempo una profesora de baile me comentaba sobre la pertinencia de que el hombre sea el que lleve a la mujer en el baile, porque de lo contrario la cosa quedaría harto forzada y hasta ridícula, mero apunte. Toda mujer tiende al matrimonio, es decir a la maternidad, a menos que sea una mujer emancipada, una lesbiana o, simplemente, una reprimida alienada en su castidad (¿una religiosa?). El sacrosanto núcleo central del matrimonio es el coito, al que la mujer “se aferra vivamente”. Desde los más remotos tiempos, el hogar como centro de la familia ha devenido picadero oculto, burdel tolerado, templete de la carne. La mujer casada, frente a la puta de pago (valga la redundancia), goza del propio beneficio implícito de lo que define a la mujer pública explícitamente, esto es a costa de su dignidad. “Las rameras de la calle tan sólo se diferencian de la cocotte, que es considerada como superior, y de la hetaira aristocrática, por la absoluta incapacidad de una mayor diferenciación y por la completa falta de memoria, que da a su vida la duración de una hora, de un minuto, sin que exista la menor relación entre unos días y otros. Por lo demás, el tipo de la prostituta podría llegar a manifestarse aunque en el mundo no hubiera más que un hombre y una mujer, pues encontraría su expresión en la conducta específicamente diferente de esa sola mujer frente a ese solo hombre” (p. 332). En resumen, la mujer casada y la prostituta vendrían a ser lo mismo, cara y cruz de la misma moneda, esto es un “coito continuo”: “Siendo la mujer entera y únicamente sexual, y extendiéndose esta sexualidad a todo el cuerpo, aunque en algunos puntos sea más marcada que en otros, todas las mujeres, sin excepción, se sienten en coito continuo, en todo el cuerpo, en todas las partes y en todas las ocasiones. Lo que normalmente se denomina coito es sólo un caso especial de máxima intensidad” (p. 358). La mujer, en cuanto sujeto sexual, es a su vez amoral; esto la iguala con el judío. “De igual modo que en el judío (y en la mujer) no existe la ‘bondad o la maldad radical’, así también falta en ellos el genio o la estupidez radical propios de la naturaleza humana masculina” (p. 493). Desde el momento en que Weininger valora la relación sexual como la más alta forma de desprecio al prójimo, la mujer es por tanto doblemente amoral: en cuanto tal y para con su objeto sexual (sea para consigo misma o para con el otro). Llegados a este punto, pasemos a relacionar judaísmo# y feminidad: tanto la mujer como el judío pueden ser alineados en el mismo espacio para una elaboración de la metafísica sexual. Ni el judío ni la mujer, en cuanto sujetos amorales, tienen talento creador, ya que carecen de individualidad. Por tanto, carecen de alma. “Lo divino del hombre es el alma, y el judío absoluto carece de ella” (p. 488). El judío especialmente vive de las ideas ajenas, y por tanto su campo ideal de desarrollo es el comercio más vil (algo de razón no le falta aquí al malicioso Weininger: en nuestra época, sin ir más lejos, un judío rastrero como Spielberg ejemplifica esto a las mil maravillas: de sus propias excreciones extrae montañas de oro), lo mismo la mujer, cuyo mayor interés es el comercio sexual en el que ella misma es su propia mercancía. La nulidad estética del judío se pone de manifiesto en los clichés a los que tiene que recurrir para exponer cualquier idea mezquina: “Su gran talento para el periodismo, la ‘movilidad’ del espíritu judío, la falta de raíz de sus pensamientos, ¿no podría permitir afirmar de los judíos, como de las mujeres, que precisamente por no ser nada pueden llegar a ser todo?” (p. 498). La mujer, a su vez, al carecer de una mínima personalidad, copia al hombre de continuo (incluso las propias mujeres emancipadas de nuestra época, en su frustrado intento de ser hombres -pues algunas, en especial las feministas radicales, llegan incluso hasta autoesterilizarse-, han recurrido a la mímesis más negadora para poner en pie sus entelequias), incluso al hombre más lamentable del orbe: “El hombre más abyecto está aún infinitamente por encima de la mujer más encumbrada, tan por encima que ni siquiera es posible establecer una comparación y ordenación de jerarquías” (pp. 399-400). La coquetería de la mujer y el efectismo diferenciador del judío (de los que la circuncisión es sólo un signo externo) ratifican cuales verdugos la endiablada perversidad de sus medios para dar muerte a su víctima: la mujer al hombre, el judío a su cliente. El judío ha firmado un pacto con el diablo, la mujer con su sexo. Tales plagas han precipitado al hombre de hoy a su progresivo afeminamiento. El hombre se está convirtiendo en un ser cada vez más afeminado, débil, detestable, es decir ausente de autoconciencia. Sólo nos queda abarcar un punto, el del hombre genial: para Weininger, esto y sólo esto es lo más importante. Ni la mujer ni el judío pueden ser geniales, está claro, pero ¿el hombre de verdad? La teoría weiningeriana de la genialidad, por otra parte, fue lo que sin duda más influyó en Wittgenstein; el propio Wittgenstein sería un ejemplo de hombre genial weiningeriano. La cuestión del hombre genial, pues, parte del problema del Yo. El hombre más genial será así el individuo más moral; conciencia y moralidad. Pero es preciso matizar: “Los diferentes modos de tratar el problema del Yo resultan no de las diferencias psicológicas de los sexos, sino, en primer término, quizá exclusivamente de las diferencias individuales en el talento” (p. 256). Y acto seguido, Weininger nos propone unos ejemplos de acuerdo con el grado de genio, y opone dos figuras tales como las de Gounod y Beethoven. Es evidente que la altura de estos compositores no es la misma, y hoy está más que claro, aunque en época de Weininger no fuera así. Si podemos decir que Gounod, el autor (además del famoso Ave María) de la ópera Fausto (o de otra ópera no menos famosa [pero menos significativa]: Romeo y Julieta), era ciertamente talentoso, no así podemos decir lo mismo de Beethoven, que obviamente era un genio, aunque en su ópera Fidelio no demostrase el mismo talento aplicado que Gounod en su Fausto. Pero el Fausto de Gounod es un caso casi único en la producción del francés, operista por encima de todo, mientras que Fidelio fue el único intento de Beethoven en un género que no dominaba. Podemos calibrar así el genio de Beethoven frente al talento de Gounod no por la ópera enfrentada, sino por todo lo demás, grande en número, que permanece en pie: las sonatas para piano, los cuartetos, las sinfonías, la Missa solemnis… Y es en esa cantidad de obras que confirman la regla donde descubrimos el genio del genio, es decir el grado de conciencia de la existencia de su Yo: “No existe ningún hombre superior que no sepa que se diferencia extraordinariamente de los demás […], que no se considere altamente importante en cuanto ha creado alguna cosa” (p. 261). Fuera de toda duda, ésta es la gran aportación de Sexo y carácter: el descubrimiento del genio a través de la obra creada por medio de la sublimación del carácter.
[6] Hermine Wittgenstein, hermana de Ludwig, explicó la relación entre su hermano y Sobre las últimas cosas hasta el extremo de que cuando éste le faltó a su lado, halló el sustituto ideal de aquél en el libro de Weininger: la identificación de la hermana de Wittgenstein es clara: Sobre las últimas cosas = Ludwig Wittgenstein. Entenderemos la misma como una prolongación discursiva de dos mundos, uno cerrado (el libro) y otro en plena ebullición. (Nota: pensar sobre las influencias de este libro en el sistema de Ludwig para configurar el Tractatus)



2008

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