13 de julio de 2013

MIGAJAS. Reflexiones sobre un aforismo de Somerset Maugham




"Un filósofo es un tipo que sube a una cumbre en busca del sol; encuentra niebla, desciende y explica el magnífico espectáculo que ha visto"
(William Somerset Maugham)



En un pasaje de la novela El filo de la navaja, Larry Darrell, el progresivamente iluminado protagonista, tras descender de las cumbres del Himalaya, confiesa que, una vez allí arriba, en la cima, bien hubiera deseado fundirse en un todo con la luz; sin embargo, su maestro espiritual no duda en persuadirle de que su misión es bajar al mundo, para así explicar a los otros de algún modo cuanto ahora sabe. Este crucial pasaje de una de las más populares novelas de Somerset Maugham guarda no pocos puntos de contacto con la frase del escritor arriba apuntada. De algún modo, Larry Darrell es ese “tipo que sube a una cumbre en busca del sol; encuentra niebla, desciende y explica el magnífico espectáculo que ha visto”. Las implicaciones filosóficas de la frase, en consecuencia, son inmensas, pudiendo abordarse desde diferentes perspectivas, así desde la perspectiva idealista que entraña, hasta la crítica al programa ilustrado que conlleva implícita. No obstante, optaremos por una lectura más personal de la misma, en la medida en que esto sea posible.

            Antes de nada, debemos preguntarnos algo muy concreto, incluso impertinente en este contexto; a saber: ¿qué es un filósofo? Tras esta desgastada palabra, cuya definición oficial los diccionarios reproducen sistemáticamente, late el problema esencial del ser humano, que no es otro, valga la atroz simplificación, que el del sentido de la vida (y de la muerte); en pocas palabras, lo que Gabriel Marcel denominó “el misterio ontológico”. Pasan los siglos y con ellos las costumbres y los paisajes, mas el problema es el mismo, permaneciendo inmutable, inalterable: la vida y la muerte se solapan, se complementan y confunden: unos seres nacen, otros perecen; la danza de la muerte rodea al hombre con su guadaña. Y en mitad de la indiferencia del mundo, el problema permanece abierto, irresoluble. Montaigne escribió: “Filosofar es aprender a morir”. Y es cierto: afrontar el hecho filosófico implica entrar de lleno en el problema del ser, de sus límites. Para esto es preciso el conocimiento, pero no un conocimiento meramente animal en tanto que perceptivo-sensible, sino un conocimiento profundo de las cosas, razonado, algo que nos es posible gracias al lenguaje.

            Si el lenguaje ha posibilitado la más honda actividad humana, que no es otra que la del pensamiento, con todas sus implicaciones y derivaciones, ora filosóficas, ora artísticas, no menos honda actividad supone la de comunicar a los otros dichas iluminaciones a las que el pensamiento nos ha llevado. Ejemplo canónico de esta actividad son los diálogos platónicos. Aunque de diferente signo, el lenguaje del arte igual posee este poder comunicador, capaz de llegar a explicar lo absoluto: sea un bulto redondo como el David de Miguel Ángel, una inmensa arquitectura sonora como la Missa solemnis de Beethoven, o una composición poética de la categoría de los Cantos de Leopardi, todos estos esfuerzos del pensamiento humano necesitan de otro para poder realizarse, en el tiempo y en el espacio. Por eso, la luz de la Idea, la suprema expresión del pensamiento sin tara, tan ansiada siempre por el creador, se le va a menudo de las manos cuando está a punto de agarrarla. Pocos lo han conseguido: Miguel Ángel, Beethoven, Hegel… El resto, trasladar al mármol, a la partitura o al papel lo que el autor-pensador ha podido capturar, para así entregar al mundo su visión, es tarea casi postrera, cual broche de oro, de plata o de bronce, que cierra toda obra del pensamiento, sea cual sea su talla, ya fuera consumada (p. ej. la Capilla Sixtina), ya frustrada por las circunstancias (p. ej. la Sinfonía “Inacabada” de Schubert).    

            Así y todo, la aspiración de todo filósofo (pero también de todo artista, de todo científico), no es otra, en esencia, que la de subir a la cumbre para ver el sol, la luz iluminadora: la verdad. Pero la verdad no es fácil de atrapar, ni de redefinir de manera obvia: no se presenta como el blanco y el negro de las teclas de un piano, sino como una gama de grises, difusos y neblinosos, difíciles de domar y/o desentrañar (como la forma, que antes de acabada, siempre aparece informe y traicionera, degenerando en manos inexpertas en despropósitos de toda laya). Tras la contemplación de la niebla, pues, no le queda al filósofo o al científico sino descender, para intentar explicar lo que, allí arriba, llegó a entrever. No es tarea fácil, desde luego: requiere de toda una vida para llevarse a cabo… si es que llega a llevarse a cabo.

            Sin embargo, la vida del hombre es breve, demasiado breve. Milan Kundera, en su ensayo El telón, escribió, acaso sin pretenderlo, un aforismo duradero, bien ejemplar al respecto de esta realidad no por evidente menos cruda: “La lectura es larga, la vida es corta”. Eso implica muchas cosas, entre ellas que sean muy pocos los que suban a la cumbre de la que nos habla Somerset Maugham, y que sean todavía menos los que suban no por subir, sino por/con la necesidad de buscar el sol. El resto, la niebla, el descenso, la explicación de lo visto, vienen luego, y como tales, son subalternos de la escalada. Richard Strauss, en su Sinfonía Alpina, soberbia ilustración sonora de un ascenso literal (y alegórico) a las cumbres físicas (y espirituales) del mundo (y del hombre mismo), expresó de parecida forma lo que un ascenso tal supone en la vida del hombre elegido, un hombre que no tenemos necesidad de identificar con el superhombre de Nietzsche, sino con el pensador auténtico, un poco a la manera de la soberbia escultura de Rodin, prodigio de expresividad y nervio: el pensador, sedente y quieto, pero activo y tenso por dentro. He aquí el rasgo más hondo y característico de la actividad filosófica: el perpetuo ejercicio del pensar, una actividad extraordinariamente compleja y arriesgada, que, como bien describe Somerset Maugham, se parece en mucho a una escalada cuyo fin último es la búsqueda de la luz iluminadora de la verdad, y que rara vez se salda en ese éxito ideal no por soñado menos posible, tal y como lo ponen de manifiesto esas contadas obras capitales del pensamiento humano en las que sus autores, de algún modo, encontraron el sol. 
Enero de 2013