23 de enero de 2013

En recuerdo de Michel Arbiol - In Memoriam

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Conservar algo que me ayude a recordarte, 
sería admitir que te puedo olvidar.
Shakespeare

El tiempo es implacable: quiebra nuestras esperanzas, ahoga nuestros sueños, y termina por arruinar nuestras vidas. La realidad de la existencia, conforme todo se desmorona, no es sino la vejez, la enfermedad y, tarde o temprano, la terrible muerte para la que casi nadie está preparado.

Hoy es un día triste. Acabo de recibir la noticia del fallecimiento de Michel Arbiol, al que rara vez no me referí sino como "mi tío de Francia". Glosar aquí su biografía sería tarea ardua e inútil. Como tantos otros españoles de su tiempo, él fue uno de los muchachos que abandonaron el país en los dolorosos días de la Guerra Civil. Y como tantos otros emigrantes, fue a parar con sus padres y hermanos a la vecina Francia, instalándose en Dreux, a unos setenta kilómetros al suroeste de París. Fue un exiliado, pero a diferencia de muchos otros, la añoranza de la patria permaneció incólume en su espíritu. La añoranza. ¡Qué amarga palabra! Era sin duda la llamada del terruño, del paisaje de su tierra, la que cada dos o tres años lo hacía volver a su Calanda natal. La última vez que hizo este viaje fue en diciembre de 2010, a los ochenta y cuatro años de edad. Pocas personas tan ancianas podrían haber acometido tamaño esfuerzo, por no decir temeridad, con tanta diligencia y aplomo: mil doscientos kilómetros, solo y al volante de su automóvil, sin más impulso que la nostalgia de su pueblo y el aprecio de sus gentes. ¡Toda una afirmación de sí mismo!

Pero Michel Arbiol era algo más que un viajero nostálgico: era un ser formidable, cándido y risueño, joven de espíritu siempre, de esa raza de hombres vivos e inmarchitables a los que el tiempo no parece amedrentar. Su mirada bondadosa y la calidad de su conversación tenían un poder de comunicación enormes. Lo recuerdo ahora en Calanda, sentado a la mesa, entablando alguna conversación con mis padres, todo sustancia y nervio, crítica mesurada y pasión por la verdad. O al volante de su potente coche, llevándome por la carretera a una velocidad prohibitiva. Lo recuerdo, sobre todo, en su bicicleta, camino de su añeja finca de olivos de La Veleta. Incluso recuerdo muy bien aquella vez en que regresó a casa con el rostro amoratado, tras haberse caído de la bicicleta en plena carretera como consecuencia de la sacudida de viento producida por un camión. También recuerdo la Waterman que me regaló cuando yo apenas tenía diez años, una pluma que todavía conservo y utilizo. Recuerdo tantas cosas entrañables...

Ahora ya no está. Murió solo, en esa soledad de los espíritus independientes y libres, sin ataduras, sin hacer ruido, sin molestar a nadie. Murió en la cocina de su casa, y allí estuvo dos o tres días, hasta que lo encontraron... No, no era Michel Arbiol un buen hombre: fue  -en la medida de sus modestas posibilidades- un gran hombre. No era un mediocre: es una lección para los mediocres. A diferencia de tantos ancianos amargados que reclaman las atenciones de sus allegados, él no reclamó la atención de nadie, ni la de su propio hijo, Gilles. Viudo desde hacía cinco lustros, vivía a sus anchas, en armonía consigo mismo, sin perturbar al prójimo, sin desalentar a sus iguales. La vejez no era un contratiempo, sino una mera realidad que afrontaba con calma, dignidad y sentido del humor. Su visible ausencia de egoísmo, su asombrosa capacidad de trabajo a una edad tan crepuscular, nunca dejaron de impresionarme... Ahora ya no está, y sin embargo su presencia perdurará en mi memoria hasta el último aliento. 

Recuerdo a este ser memorable, Michel Arbiol, hoy, martes 22 de enero de 2013, y me pregunto, ¿tendré yo -llegue o no a anciano- la dignidad, el decoro y la valentía de afrontar la muerte con tan gozosa calma, con tan imperturbable sonrisa en el rostro?    

Tu sobrino,
J

Dreux, 25 de marzo de 2012
 
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Zaragoza, 11 de diciembre de 2010

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