14 de enero de 2013

De un literato calandino olvidado. Noticia sobre Joaquín Adán Berned (1860-1895) ['Kolenda', Noviembre 2012, nº 104]

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De entre los calandinos que abrazaron la vocación artística y la llevaron a cabo, entregando al mundo obras duraderas y exportables, dos grandes nombres monopolizan en sus respectivas disciplinas: Luis Buñuel, en el cine; y Gaspar Sanz, en la música. Sin embargo, se suele olvidar que el empeño de ambos en la literatura no fue menos intenso, si bien se habría de secar pronto en Buñuel -cuyos opúsculos literarios (“…escribo con dificultad para un resultado que me gusta poco” ["Pesimismo", 1980]) no pasan de ser tanteos de juventud, y eso si dejamos aparte su labor como guionista, de distinto signo- y no trascendería en Sanz, cuyas obras propiamente literarias, ignotas, ya no cuentan en la actualidad. Habría que relacionar sendos nombres, pues, con la larga nómina de escritores calandinos que el tiempo ha terminado enterrando en los cementerios del olvido: figuras tales como los hermanos Luis y Luisa Herrero de Tejada, Mariano Valimaña, Julián Pastor Alvira, Mariano Bernad, Miguel Sancho Izquierdo o Lola Aguado, entre otros. Junto a estos nombres, uno de los más interesantes a la par que rescatables, es el de Joaquín Adán Berned, periodista, novelista y dramaturgo que alcanzó cierto éxito mundano en vida, pero sumido hoy en el más oscuro anonimato.

    Joaquín Adán Berned nació en Calanda en 1860. Nada se sabe de sus primeros años en la villa, y no mucho más se puede intuir de su temprana vocación literaria. Como tantos calandinos, habría de partir hacia otras tierras: su destino fue Huesca, ciudad en la que intentó, con cierto éxito, mostrar sus primeras armas literarias y periodísticas, escribiendo para algunas publicaciones y dirigiendo el semanario El Cáustico Oscense. Joaquín Adán frisaba entonces los veinticinco años de edad, y aunque no podía sospechar que apenas le restaba una década de gris existencia, su pasta de escritor ya estaba más o menos constituida. Su siguiente gran paso -y a juzgar por las expectativas de la época, el definitivo- sería Madrid: allí se instaló, escribiendo para La Época, y culminando su andadura periodística como redactor-jefe de La Correspondencia de España, uno de los periódicos de sesgo conservador más influyentes de entonces; sin embargo, su apogeo profesional no se iba a limitar tan sólo a la capital, ya que, tal y como informa Javier Barreiro, “en Barcelona, colaboró en La Ilustración Ibérica, Barcelona Cómica, El Correo Universal y La Vanguardia, y, en Bilbao, dirigió El Nervión”.

    Pero el calandino, entre periódico y periódico, iba a alcanzar la cima de su éxito como autor de “juguetes cómicos”, unas obritas teatrales en un acto cuya fórmula, inmutable, estaba a medio camino entre el sainete castizo madrileño y el vodevil a la francesa; caducas apenas nacer, estas bagatelas, por entero sometidas al gusto del público, no darían prestigio crítico alguno a su artífice, y sí un público fiel al que destinaría su prolífica serie de “juguetes”, con títulos como El destripador (1889), De bureo (1890), Consulta médica (1891), El álbum (1892), El día de la boda (1894), etcétera. 

    Sin embargo, Joaquín Adán estaba destinado a proyectos más ambiciosos, tal y como pone de manifiesto su obra más relevante, la novela de tema aragonés Mosén Quitolis (1894), encasillable acaso en el género costumbrista, pero con valores literarios ciertos; esta obra, que entroncaría en espíritu y tradición con la ya legendaria Vida de Pedro Saputo, del también turolense Braulio Foz, constituye por otra parte uno de los títulos más señalados de la novelística aragonesa de la segunda mitad del siglo XIX; pese a ello, la obra, descatalogada del mercado editorial desde decenios, ha sido cruelmente olvidada, por lo que al lector interesado en la misma no le quedará otro recurso que buscarla en las librerías de viejo…

    Adán Berned fue asimismo autor de una obra de corte poético, Retazos Literarios (1887), recopilación de “poemas de circunstancias” -al decir del estudioso Juan Carlos Ara Torralba-; y de un libro de narraciones, Bautismo de sangre (1893). Entre medias se situaría su primera y única incursión en el drama serio con El desenlace, estrenado en 1888. En otro género, mucho más efímero y fruto de su labor periodística, merece mencionarse el libro de artículos Curiosidades taurinas, escrito en colaboración con Federico Mínguez y Cubero.

    La prematura muerte de Adán Berned, finado a los treinta y cuatro años de edad víctima de la tuberculosis, truncó una carrera que hasta entonces había fluctuado entre la mediocridad del mero destajista y la voluntad de autoría del escritor íntegro. A este incierto terreno pertenece el presente y olvidado calandino, una pluma diestra y avezada que en sus seguros aciertos -Mosén Quitolis, algunos de los Retazos- bien convendría recuperar para nuestra suerte.
[Venecia, 27 de diciembre de 2010] 
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