1 de enero de 2013

"CONCIERTO FÚNEBRE PARA DOS ORQUESTAS DE PERCUSIÓN Y PIANO STEINWAY OBLIGADO" (No-Relato, 2012)

A la memoria de Carl Filtsch (1830-1845), 
insigne pianista sin ocaso, 
que floreció en un siglo más digno y artístico que el que hoy sufrimos.

Y,
contra la corriente actual de RELATIVISMO e IMPIEDAD.


Cual gusano
En la casa del padre
Mi Dios


(Eslogan de una secta)


El programa de aquella primavera, la última de mi vida, difería positivamente de la rutina ronroneante: los folletos anunciaban, frente a los sempiternos ciclos sinfónicos de Beethoven y Mahler, obras de Reger, Lekeu, Koechlin, Frank Bridge y Manuel de Falla. Entre las rarezas, un sexteto para vientos del cubista Peter L. Abbey, y entre las primicias, un concierto para piano de un tal V. I. Jaramillo Betmann.
    El comentario a la obra, tan banal como de costumbre, se expresaba en estos términos:

“…uno de los eventos más jugosos de la temporada será el estreno absoluto del Concierto fúnebre para dos orquestas de percusión y piano Steinway obligado, obra del recientemente desaparecido V. I. Jaramillo Betmann, un autor tan inclasificable como sugerente,  ya oirán. Aunque es un completo desconocido fuera de su círculo (al menos hasta hoy), Jaramillo Betmann pasa por ser, entre los más avezados especialistas en su obra (que los tiene), una figura radical y revolucionaria, “un manipulador de la materia sonora capaz de hacer callar hasta al mismísimo Dios Todopoderoso” (sic), en palabras de su mejor conocedor, el profesor Sebastián Garrón, respetado flautista. Algunos ya advierten con no poca seriedad, acaso un tanto apresurada, que en un futuro (?) será considerado algo así como “el Franz Liszt del siglo XXI”. Tomen nota por si acaso, la cosa promete”.

Tan efusivas palabras reactivaron en mí una cierta curiosidad por la novedad, progresivamente apagada entre decepción y decepción.
    - ¿El Franz Liszt del siglo XXI? ¡Habrá que confirmarlo!
    Me hice con una entrada para ese concierto, anunciado para el 13 de abril, y regresé sobre mis pasos hacia mi lugar de trabajo: el cementerio.
    Por cierto, haré bien en no presentarme por mi nombre, pues toda mi persona carecerá virtualmente de algún interés para ustedes a poco intuyan mis sórdidas labores de enterrador.
    Sí, soy enterrador, sepulturero, cavador de fosas, habilitador de nichos o lo que se presente (me ahorraré los detalles), y hago lo propio de siete a quince veces al día. Hubiera preferido ser el enterrador de un modesto cementerio de pueblo, pero aquí en la ciudad -¡desafortunado del que la sufra!- no le dejan a uno descansar en paz hasta que no lo jubilan o, en su defecto, estira la pata a voluntad: no más terminas de preparar la primera sepultura, ya te dicen que un nuevo difunto está de camino, y así hasta última hora de la tarde... Es agónico.
    Como para contrarrestar tanta tristeza y aburrimiento (pues para el profesional de la muerte incluso ésta termina por resultarle a uno aburrida), me refugio en la música. Al principio, mi gusto, burdo y sin pulir, se contentaba con cualquier cosa, marchas fúnebres o militares (que a fin de cuentas es lo mismo), cancioncillas de verano, abortos del peor gusto… productos comerciales, en dos palabras. Hasta que un día mi buen amigo Aniceto Quesada, timbalero a la sazón de la orquesta de nuestra ciudad y lector de Adorno, decidió instruirme en ciertos aspectos de la llamada música clásica, a la que él simplemente suele llamar “la Musa”. El resultado fue óptimo, y haré bien ahorrándoles describir siquiera el lento proceso de aprendizaje, de sensibilización de mi oído, poco musical en principio. De eso hace ya diez largos años y más de treinta mil inhumaciones. ¿Han oído bien? ¡Treinta mil! De tarde en tarde, cuando ojeo las partituras de alguna sinfonía sobre la que Aniceto trabaja, asocio cada una de las notas dispuestas sobre los pentagramas con esas vidas humanas desaparecidas, cual si de un sonido preciso, exacto e irrepetible se trataran: todas y cada una de ellas se van sucediendo en escalada segura hacia la muerte, conclusión final que en música no es otra cosa que el silencio… pero no me entretendré más, hoy es día 13, y el concierto va a dar comienzo en apenas… unos minutos. Recogeré mis bártulos de trabajador de la muerte y me encaminaré rumbo al auditorio, entre los vivos. Tengo curiosidad por conocer ese concierto del “Liszt del siglo XXI”, un concierto fúnebre. ¡Qué ironía!

Camino del concierto, un superávit de informaciones ininteligibles, venidas de la nada, perturban mi ánimo. Leo en un anuncio:

“NO HIPOTEQUE SU VIDA. ABRA UNA CUENTA PRO-ZETA. BANCO Z”

Veinte metros después, impulsado por unas azuladas luces de neón, descubro la siguiente frase:

“MI JESÚS VIVE”

En ese mismo instante…
    - ¡Y qué más da!
    La banalidad se ha instalado en nuestras vidas aturdidas. Incluso la muerte se torna trivial, indefinida, burda como uno de esos mensajes subliminales que nos acompañan por la acera, camino de nuestra extinción. La narración, sus tramas alternativas, se pudren en el sopor de lo indiferente. Algunos se empeñan en querer contar historias. Los campos de fútbol están sembrados de tumbas. Llueve metralla del cielo. Es una estrella. Dicen que ha nacido el Salvador: lo llaman misil balístico intercontinental. Es pura dinamita. Lo veo en el cielo.
    A vista de pájaro, el ICBM es un viejo buitre carroñero. Le gustan los cementerios, las edilicias residenciales llenas de televisores luminosos, los parques infantiles plagados de pañales cagados, las salas de conciertos infectadas de ociosos de cutis amarillo. ¡Al fin lo comprendí! ¿Era una broma? ¿Un chiste barato acaso?
    El gran cartel de la Torre Tres Tréboles me despeja la incógnita:

“UN MISIL EN TU BUTACA, CIUDADANO. PATROCINA: EL AYUNTAMIENTO”

    No llegué al concierto. El resto (...) saldrá mañana en los periódicos.


S.O.S.


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