22 de agosto de 2011

Sobre Alexander Tcherepnin, compositor (1899-1977) - Apunte biográfico











Compositor y pianista ruso, hijo de Nikolai Tcherepnin. Nació en San Petersburgo el 21 de enero de 1889 y abordó la composición a temprana edad: antes de cumplir los quince años ya tenía a sus espaldas una copiosa producción musical de tanteos y ejercicios, así como obras de gran factura, incluyendo siete sonatas para piano. Alumno de su padre en el Conservatorio de San Petersburgo, descolló asimismo como pianista virtuoso, realizando con el tiempo giras internacionales; pero su gran ambición era la composición. Su primera obra importante es el Concierto para piano No. 1, Op. 12, que termina de escribir en 1919; dotado de un impulso asombroso, constituye una síntesis de las conquistas del piano decimonónico (Liszt, Balakirev, etc.), incorporando a su escritura y sonoridades la influencia de Prokofiev, sin por ello resultar menos personal -y abrigando ideas tan sugerentes como la introducción sinfónica, donde Tcherepnin, por medio de un tutti, se anticipa a la música minimalista que medio siglo después comenzará a despuntar-; articulado en un único movimiento, un inicial allegro tumultuoso de estructura circular fiel a las convenciones de la forma sonata, el concierto, en virtud de sus calidades, se convirtió en una de las obras más apreciadas del autor. La investigación por las modernas sonoridades se afianza en su Concierto para piano No. 2, Op. 26 (1923), donde el piano ya abandona su carácter melódico tradicional en beneficio de una expresividad más propia de la percusión, y cuya ejecución, empero, sigue requiriendo de un virtuoso trascendente que no omita de su fraseo el sutil lirismo de los pasajes tranquilos; por otra parte, este concierto en un único movimiento anticipa, si bien en esbozo, los influjos que de la música oriental habría de introducir Tcherepnin en obras futuras. La rugosa Sinfonía No. 1, Op. 42 (1927) ha pasado a la posteridad por su segundo tiempo, un marcial y elíptico vivace que supone el primer movimiento de la historia de la sinfonía escrito íntegramente para percusión, singularidad que desencadenó un sonado escándalo el día de su estreno en los Conciertos Colonne, teniendo que intervenir la policía para aplacar las protestas; este hecho convirtió a su autor -que por entonces frisaba los 28 años de edad- en una celebridad. Así y todo, este interés por el ritmo puro, por el dinamismo rítmico, ya había dado sus primeros frutos maduros en su obra inmediatamente anterior, Magna Mater, Op. 41 (1927), primera composición orquestal no concertante de Tcherepnin, donde la deuda estética y temática con La Consagración de la Primavera de Stravinsky es manifiesta, alcanzando en el último tercio un paroxismo sonoro ejemplar. La estética del autor da un giro cualitativo con su Concierto para piano No. 3, Op. 48 (1932), obra en la que el factor espacial externo a la génesis de la misma -“la idea de viaje”, en palabras de su artífice- determina ésta: escrito en sus líneas generales durante un viaje que Tcherepnin hizo de Boston a Jerusalén, el concierto integra reminiscencias orientalizantes a partir de un tema tomado de una canción nubia; de nuevo, la percusión alcanza inusitado protagonismo, con un piano de una crudeza próxima a Bartók.

Tras un período de crisis creativa y obras mediocres, debido en buena medida a las circunstancias de la Segunda Guerra Mundial -hecho que supone el intermedio de su carrera-, Tcherepnin vuelve a firmar una entrega de peso con su Sinfonía No. 2, Op. 77 (1951), una suerte de reflexión sonora altamente emocional sobre los desastres de la guerra, en la que labora durante cuatro años sirviéndose en su escritura de la escala pentatónica; la sinfonía, que resulta mucho más tradicional en la forma y depurada en los contenidos que sus obras de los años 20 y 30, destaca especialmente por su tiempo lento, un evocativo nocturno dedicado a la memoria de su padre, Nikolai, recientemente finado. De entre las obras restantes de Tcherepnin deberían retenerse, al menos, las 10 Bagatelas, Op. 5, destilación y síntesis maestra de sus logros al piano durante el lustro 1912-1917; el Quinteto para piano en Sol, Op. 44 (1927), tal vez su obra maestra en la música de cámara; la Sinfonía No. 3, Op. 83 (1952), que pasa por ser la más representativa de las cuatro que compuso; la Plegaria sinfónica, Op. 93 (1959); y el Concierto para piano No. 5, Op. 96 (1963). En cuanto a su música teatral y escénica -4 óperas, 14 ballets-, apenas difundida, espera una seria revisión. Tcherepnin falleció en París el 29 de septiembre de 1977, a los 78 años de edad; largo tiempo olvidado -pese a sus personalísimas innovaciones, entre las que merecería destacarse la “Técnica de los Nueve pasos”-, Alexander Tcherepnin emerge hoy por hoy como uno de los mayores compositores rusos del siglo XX.

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7 de agosto de 2011

Camino de Albalate, 1964-1965. El bienio dorado de la arqueología calandina (I) ['Kolenda', Agosto 2011, nº 99]

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“A dos kilómetros de la localidad de Calanda, provincia de Teruel, por la carretera que conduce desde aquí a Zaragoza, pasando por Albalate del Arzobispo, en plena huerta calandina, existen restos de una villa romana con varias habitaciones cuyos suelos estaban cubiertos con mosaicos polícromos…”

Gran Enciclopedia Aragonesa


La década de 1960 quedó marcada para la arqueología aragonesa por uno de sus más memorables hallazgos: el mosaico de época romana bajoimperial (c. s. IV d. C.) de la partida de huerta del “Camino de la Vega de Albalate”, pieza única en su género, la más importante encontrada en suelo turolense -supera los 100 m²- y una de las referencias indiscutibles de la España romana -léase Hispania- en el estudio del opus tessellatum, denominación latina con la que se designa, propiamente, al mosaico realizado con pequeñas teselas. Gracias a este trascendente descubrimiento, que confirmaba hipótesis previas necesitadas de pruebas materiales más consistentes que las hasta entonces halladas (algunas monedas de la época), Calanda pasaba a ocupar un lugar señalado en los mapas arqueológicos del período, al figurar al fin como villa romana.

El autor del hallazgo, que tuvo lugar en enero de 1964, fue Antonio Bielsa Alegre (1929-2008), y las repercusiones del mismo -así en el devenir de los años- habrían de ser considerables, alcanzando en el ámbito nacional, primero, y luego en el internacional, una resonancia duradera, sobre todo entre los especialistas más renombrados (el primero de ellos fue Domingo Fletcher Valls); debemos pues a Bielsa Alegre la supervivencia de una obra maestra que, en otras circunstancias, habría pasado a dormir el sueño de los justos. Pero reconstruyamos, siquiera brevemente, el discurrir de esta crónica.

Un atento aunque indirecto coetáneo de los hechos, Manuel Sanz Martínez, de la Real Sociedad Arqueológica Tarraconense, ha descrito algunos de los sucesos concernientes al hallazgo en su libro Calanda. De la Edad de Piedra al Siglo XX (1970): “Nuestro buen amigo D. Antonio Bielsa, al realizar trabajos de acondicionamiento en un bancal de la huerta que trabajaba en la partida de Albalate, descubrió un mosaico […] El 27 de mayo del mismo año, tuvo lugar el levantamiento del mosaico […] No tuvimos ocasión de estar presentes en aquellos importantes días en Calanda, (aunque) después hemos hecho alguna visita al lugar y hemos recogido algún fragmento cerámico. El mosaico es de gran calidad y demuestra la existencia en aquel lugar de una fastuosa villa romana, sus medidas son de unos 120 metros cuadrados en total. Estaba asentado sobre un pavimento de cantos rodados, sobre el que reposaban grandes baldosas cerámicas, de unos 40 cms. de lado…”.

En breve, la noticia alcanzaría rápida difusión nacional: Calanda centraba de este modo, al menos por unos minutos, el interés de la actualidad española; los medios de comunicación (Radio Televisión Española, prensa, etc.), alertados por la evidente magnitud del descubrimiento, respaldaron la noticia. Así, por ejemplo, en el periódico La Vanguardia del día 28 de febrero (véase p. 8), podían leerse, entre las informaciones consabidas, algunas tímidas anotaciones sobre el valor histórico aproximado de la pieza: “Un pavimento de mosaico romano, posiblemente de los siglos I al III después de Jesucristo, de sesenta metros cuadrados, ha sido descubierto en el pueblo de Calanda por…”; añadiendo luego: “Se estima que el mosaico descubierto puede tener una extensión mayor, puesto que las excavaciones no han sido completadas”. En efecto, los medios incidían más en el contenido (el mosaico) que en el continente (el yacimiento: la villa romana allí asentada y su entorno): era evidente, por tanto, que el mosaico sólo era el elemento central de esa realidad ya irrefutable que era el Yacimiento del Camino de Albalate. Y es que junto al bellísimo mosaico -perfectamente conservado y con una temática basada en motivos geométricos, vegetales y animales-, fueron apareciendo diversos tipos de materiales, desde cerámica común hasta fragmentos vidriados y estucos, así como herramientas; no menos asombrosa fue la entidad arquitectónica de la villa, muy evolucionada: bajo el pavimento, además de los cimientos, salió a la luz el sofisticado sistema de calefacción (hypocaustum)… Pero, como hemos subrayado, terminó por prevalecer el incomparable mosaico; cedamos aquí la palabra a Manuel García Miralles, quien a propósito del mismo, escribió a modo de juicio conclusivo: “Se considera el hallazgo más importante de los habidos en la provincia de Teruel, ya que el de Urrea de Gaén […] ni tiene la belleza de este ni es tan grande” (1969). Tampoco José María Blázquez Martínez, de la Real Academia de la Historia, le restará méritos, incluso irá más allá en la defensa de su singularidad, al considerar que “no tiene paralelos entre los hallados en Hispania” (1996).

Las excavaciones, gestionadas por el Museo Provincial de Teruel bajo la supervisión de su directora Purificación Atrián, se prolongarían como ya se ha apuntado antes hasta el 27 de mayo, fecha del levantamiento oficial del mosaico; acto seguido, éste sería llevado al referido museo. Atados todos los cabos, no quedaba sino celebrar el acontecimiento: en octubre de 1965, el mosaico fue trasladado del museo turolense a la villa de Calanda para su temporal exhibición. La Diputación Provincial de Teruel, por su parte, colocó un hito conmemorativo en el terreno donde tuvo lugar el hallazgo; este hito, que todavía puede visitarse, perdura como la única indicación física del desmantelado yacimiento.

(Continuará)