23 de enero de 2011

BOCETO AGRÍCOLA (Excursus Lírico)

·
Paisaje oscense (2009)
[fotografía del autor]



PRELUDIO (REFRANERO)


A la espera de lo inesperado
Transita el agricultor tras su arado.

Jornalero impaciente es el tiempo,
Cuya guadaña mece con tiento:

- No esperes cosecha para mañana,
Y sí granizada tras tu ventana.


- Quédate en casa si puedes,
Que afuera todo se pudre, embebe.



INTERLUDIO


Nada,
Absolutamente
Nada,
Para bien
Esperes mañana:
Plagas,
...........Sequías,
.......................Granizos,
.....................................Heladas,
.......................Impuestos,
...........E injertos…
Nada.



FUGA


Tantas mañanas,
De esfuerzo vano.


Tanto silencio
De otoño en otoño.

Tanta grieta
En las manos
Por tan ínfimo sustento.

Tanto ribazo
Desbrozado
Para tan nimia
Parcela heredada.



CODA


Agricultor desterrado,
Arráncate las raíces
Y parte,
Parte a vivir tu exilio en los desiertos.



Octubre - Noviembre de 2010
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20 de enero de 2011

EL TRIUNFO FÚNEBRE DE LUDWIG VAN BEETHOVEN (de 'Cuaderno Veneciano')

·


“Beethoven es mucho más que el primero de los músicos, es el valor más heroico del arte moderno, el más grande y el mejor amigo de los que sufren y de los que luchan”.

Romain Rolland, Vida de Beethoven


Durante una embestida de tormenta,
De negra espesura mortuoria,
La figura maltrecha, amarga
De Beethoven en el lecho recostada,
Alzaba el puño al infinito
En arrebatada lucha con la Parca.

Era el grito profético del maestro,
El que retaba a Dios o al diablo,
Allí en lo profundo de la noche,
Entre la Eternidad venidera, aciaga,
Y el Instante mortal, inminente;
Entre dos nadas, su destino.

Impar, el hombre Beethoven
Desoía la voz de la muerte,
Cuya lección en vida había omitido,
Confrontando fortaleza y destino
En armónico compás visionario,
Rediviva confianza en uno mismo.

Beethoven venció a la vida,
Muriendo;
Y a la muerte,
Creando.
Beethoven no ha muerto; he aquí su triunfo:
Toda una era bebe de su tronco.

Resultado de imagen de cruz catolica


Venecia, 23-25 de diciembre de 2010
·

17 de enero de 2011

MISERIA DE LA UNIVERSIDAD ESTATAL (Apunte marginal)

·
Goya
La letra con sangre entra (c. 1780-85)


Escrito a las cinco de la mañana…

Corren tiempos de penuria intelectual, de prostitución moral, de miseria humana y apostasía radicalizada. Cual cadáveres redivivos, los modernos salen de sus nichos a recorrer el vacío de la urbe posmoderna: encadenados a las infamias de la Edad de Plástico en que permanecen instalados, venden su alma al diablo por un perrito caliente, una Coca-Cola, una caja de supositorios o condones, o bien una tableta de chocolate Nestlé. Espectáculo inmundo y crapuloso a la par que seductor, colección arbitraria de objetos cuya mera presencia envilece a la más burda de las naturalezas, la urbe acumula varios núcleos significativos en los que el moderno puede resarcirse de sus fantasmas interiores: del burdel al centro comercial, de la fábrica al hospital, de la heladería de la esquina a la oficina de pompas fúnebres, del colegio al mingitorio público o privado, todo encaja en ese vertedero de escombros humeantes denominado Ciudad Moderna. De entre esos núcleos significativos, por ende, uno de los más mentados es la universidad, la benemérita y laica Universidad Estatal.

La democratización de la enseñanza

La educación muere en las escuelas.

La gente bien siempre ha reclamado para sus fabulosos e irrepetibles retoños la educación, el elevado derecho a la Educación; en dos palabras: “La Enseñanza”. Producto democrático altamente repulsivo, presunto vía crucis recompensado con increíbles y dulcísimos frutos, así tras un camino sembrado de amargas raíces, la enseñanza es el más perverso y complejo instrumento político destinado al definitivo entontecimiento y/o embrutecimiento de las masas, esas masas castradas de futuros votantes, de buenos demócratas, de ejemplares trabajadores y padres-de-familia.

Y es que los niños bien, hijos de sus papis bien, en tanto presuponen con su mera presencia ese inminente relevo generacional, ya delatan tras de sí el nicho del que provienen: colegios públicos, concertados o privados, no hacen sino acoger en sus límites penitenciarios a un espécimen de prolija catalogación: el alumno del Estado -el actual “borriquito con chándal”, aludido por Sánchez Ferlosio, bien que surgido a propósito de la LOGSE (y sus devastadoras consecuencias) en esta España sin mármol ni poetas-, suerte de presidiario púber, cerrado por naturaleza al conocimiento teórico, rapaz evidente del juego, tendente al aire libre incontaminado, ajeno al vulgar ajetreo del mundo adulto que tan lejano (pre)siente, pero que, ya desde que aprendió a decir “papá”, “mamá”, etc., han intentado por todos los medios sus endiablados progenitores embutirle. Es la desgracia del niño moderno: no poder llegar a ser niño, niño genuino: no disfrutar de la naturaleza, ni del juego al aire libre, ni de la ilustración hedonista que el placer inculcó en los llamados "hombres de bien" (Rilke, Schopenhauer, ¿el cautivo Sade?). Por el contrario, la democratización de la enseñanza difunde la idea de que el mejor lugar para (mal)educar a los desvalidos niños no es otro que la urbe, y en ella el colegio o la escuela, con sus paredes de hormigón, sus vallas oxidadas y sus funcionarios cabreados, lerdos y analfabetos, fatuos e impresentables en su mayoría, incapaces de ilustrar a ese joven e inmaculado espíritu que se está abriendo al mundo y que no tardará en pudrirse, bien delante de un televisor, un videojuego o un librillo de J. K. Rowling. ¡Un perfecto lugar para la formación del espíritu!


La función de las llamadas enseñanzas obligatorias (primaria, secundaria), además de generar una criba de grosera mezquindad, seleccionando los “buenos” de los “malos” y a la sazón separando el grano de la paja, el agua del aceite, no hace sino discriminar “socialmente” (sic) a los alumnos, en tanto que unos pocos (los eternos favorecidos, hijos de los favorecidos de turno, los sempiternos) serán quienes copen los altos puestos de poder mañana (políticos, banqueros y demás ralea, remedando así cierto polémico opúsculo de Pío Baroja), mientras que los otros, la gran mayoría, acabarán desempeñando las labores más marginales de la pirámide jerárquica, pirámide de una sociedad que se dice democrática a fuerza de aniquiladora y escabrosa como pueda serlo el silencio sepulcral de una fosa común: donde todos caben… pero ninguno es. Resulta evidente por tanto que los “favorecidos” del primer grupo deberán dar un salto por encima de las cabezas de sus camaradas de juegos: su destino determinado no puede ser otro que la universidad. ¡Gaudeamus igitur!

La clase media va a la universidad

La bobería del alumno
va pareja a la metodología del profesor.

Pero, la universidad, ¿qué ha sido de ella? ¿Quién llama hoy en día a sus puertas? Pregunta espinosa, mas en absoluto evidente, y cuya respuesta última la tiene la estadística, es decir la descabezada conciencia de la colectividad en manos del poder.

Así y nada (que no todo), la mediocridad distintiva de la clase media rara vez se equivoca(rá): para ella la universidad no es sino ese idílico edén donde se estudian “carreras”; mas no todas cotizan igual en la pretendida escala de valores de la inefable clase de marras: una u otra carrera resultará(n) más “chic” (sic) en función de las “salidas” que ofrezca(n). El interés de una carrera, en efecto y valga la redundancia, depende de las “salidas” que ésta ofrezca: así como la Historia del Arte o la Filosofía apenas ofrecen un interés real para el estudiante medio (representante de la clase media), unos estudios como los de Medicina o Derecho siempre serán mejor vistos, en especial por su naturaleza práctica y productiva (léase sanguinaria), y ya no digamos las ingenierías, que por su naturaleza esencialmente técnica, matemática y antihumanista-estructuralista, serán del gusto del respetable, léase provocarán una inenarrable admiración entre los rostros de los aburguesados, satisfechos padres:


- Mi hijo estudia Químicas -dice una madre sin estudios.


- Pues el mío ya es todo un ing-gue-niero -le responde la otra, iletrada.


Es un diálogo viejo, tomado a pie de calle, tan viejo como la aspirina, el monitor de fósforo verde o el especulador inmobiliario; de su banalidad surge toda una concepción de la vida (de la muerte en vida): el hijo con estudios, el hijo bien.

La hora de los satisfechos

La naturaleza del satisfecho se fundamenta
sobre las raíces de su familia, su estómago y su cartera.

El resultado de todo esto, como venimos anticipando, es el universitario con título: el satisfecho. Ya sólo le queda “asentar la cabeza”, currelar como un bendito (bien como deseado funcionario, bien como hombre elegante), acumular monises al hispánico modo, atraerse en consecuencia a su hembra (o a su macho -por eso de respetar las políticas de géneros…-) y formar una familia satisfecha y sin tacha. En pocas palabras: perpetuar el cáncer de la clase media, la satisfacción de los dos mil euros mensuales o así para cubrir gastos básicos y no tanto: agua, luz, fisco, alimentación, seguridad social, hipoteca, material pornográfico, etcétera; en definitiva, todo cuanto da sentido a la vida del moderno de clase media y clase media-alta.

Ante este desconcertante resultado, sólo cabe preguntarse ¿para qué demonios sirve realmente la universidad? Y la respuesta no es otra que para consolidar la dictadura de la clase media, así su esencia inmutable: la hora (perpetua) de los satisfechos. ¡Amén!

23 de septiembre-4 de noviembre de 2010
·

13 de enero de 2011

LA VOZ OFICIAL (de 'Cuaderno Veneciano')

·
Estado-Prisión (2010)


Una voz monocorde,
Rancia e indiferente,
Ajena al sutil acorde,
Que siembra toda frente
De desiertos muertos.

Una voz selectiva,
Tan fatigosa como vaciada
De cualquier sombra viva,
Mas por entero viciada
De infalibles caldos infectos.


Una voz que impone
Su cansino discurso romo,
Mientras su aliento descompone
La montura, sobre cuyo lomo
Cabalga la esperanza.

Una voz bienpensante,
Bobalicona y postiza,
Y que de puro inoperante
A las masas narcotiza,
Chanza tras chanza.

Una voz oficial,
Que hunde nuestros días
En vil persecución policial,
Propiciando estas palabras mías,
Acaso una invitación a la sordera.


Venecia, 1 de enero de 2011

·

11 de enero de 2011

MIGAJAS. Creatividad e impotencia creadora (Artículo)

·
Andy Warhol
Big Campbell’s Soup Can with Can Opener


Inmersos en la denominada era de la información, de los escritos sensacionalistas e inconsecuentes, de las imágenes manipuladas e inconexas, de los sonidos más monótonos e inútiles, sufrimos la proliferación de los mismos bajo las más diversas apariencias y formas, y siempre sin comprender el fondo significativo que los impulsa, que los asienta e impone en un mundo de repelente impersonalidad democrática. Es evidente que con el siglo XXI, vulgar cautiverio de hombres sin patria, el creador ha perdido cualesquiera significación, razón de existir o mera posibilidad de ser con posibles. Porque la llamada era de la información ha pervertido la esencia inmutable de una concepción del hecho creador hoy por entero irrealizable.

El creador ha sido desplazado por el parásito, y no es preciso aquí retrotraerse a las en absoluto envejecidas aunque algo simplistas tesis de Ayn Rand para confirmarlo, al menos una vez más. En efecto, el parásito es el manipulador, el montador fraudulento de realidades virtuales ininteligibles, el artífice siempre satisfecho, capaz de generar toneladas de basura en el momento preciso para el consumidor adecuado. Todo está, de antemano, debidamente preparado.

Puesto que los dos grandes polos de nuestro tiempo son el trabajo y el consumo, el destino del trabajador-consumidor no es otro que la medianía estandarizada, la cadena de necesidades recíprocas: “trabajo para comprar y compro para vivir, por tanto tengo que trabajar”. Y en un mundo así, el creador auténtico, progresivamente despersonalizado y minimizado, tenderá naturalmente hacia la impotencia creadora de la desesperación o, si se quiere, hacia el mimetismo anacrónico de lo inconcreto -en tanto que todo vale y nada lo es si se sale del esquema (re)productor-. Podríamos pintar como un Velázquez, pero ya nunca seríamos su igual, a lo sumo un notable técnico, un artesano sin futuro, un producto crucificado por la crítica y aplaudido por el burgués ignorante; un engendro anacrónico, un creador impotente.

Asociamos así -pese a lo que a primera vista podría parecer un peregrino juego de conceptos- la creatividad y la impotencia creadora como los dos polos que asolan la vida intelectual del creador auténtico en un mundo tiranizado por la nimiedad de lo prontamente efímero.

Cualquier campo que abordemos no dejará de confirmar nuestra asociación: desde la agonizante literatura hasta el no menos extinto cinema, pasando por las artes plásticas, la arquitectura o la composición musical, todo apunta hacia un mal artesanado con ínfulas de gran arte, tan inerte como falso. ¿Qué puede hacer en tales condiciones un creador auténtico, en el caso de que tal creador sea posible, aunque tenga los días contados? ¿Qué explica que el propio proceso de creación individual esté condenado de antemano a pervertirse en un burdo caldo de lugares comunes?

La respuesta -una respuesta “sostenible” al menos- es simple: el proceso de creación individual ya no existe, y no existe porque se ha desvanecido en meras convenciones incondicionales propias del capitalismo: arte vanguardista y kitsch, alta literatura y productos comerciales, no serían sino categorías que en poco difieren las unas de las otras: su burdo valor de cambio expresa el vulgar fin último al que han sido destinadas. Dostoievsky o Corín Tellado, ¿qué importa si los dos generan capital? Y aunque el vil metal no sea sino la obvia respuesta esperada, la impotencia creadora no debería por ello dejar de entenderse como su secuela natural. ¿Qué creador auténtico florece en medio del lujo, la calma y la voluptuosidad? Es preciso el desgarramiento, la tortura, el dolor perturbador del mundo para que ese espíritu creador pueda entregar algo razonable: su-yo.

La verdadera creación artística huye de lo amable, del término medio más aburguesado y circunstancial, de la sonrisa y el lazo rosa. La medianía en el arte sólo engendra tedio y rutina, un pálido calco que desfigura su sentido esencial y traiciona los ideales estéticos de una época y, por extensión, de la gran individualidad creadora que modificó tal época. ¿Qué hubiera sido del siglo XIX musical sin la figura colosal de Beethoven? ¿Y Wagner, no abrió acaso las puertas sonoras del aterrador siglo XX, allanando el camino a Debussy, a Schoenberg? No, no hablamos de hombres concretos, sino de individualidades realizadas más allá de su propia y limitada realidad espacio-temporal. Este arrollador chorro de creatividad, esta agrupación de singularidades prominentes, no hace sino resaltar la impotencia creadora de los rebaños de imitadores, epígonos y vanos diletantes que, sin otra ilusión que imaginar una gran individualidad bajo sus cráneos, creyeron poder trascender el genio concreto por medio de unas obras que no hacían sino democratizar las ideas engendradas por los verdaderos creadores; aves carroñeras, se alimentaron del cadáver del genio para sobrevivir por un tiempo.

Afirmémoslo al fin: el mayor enemigo del arte es el hecho democrático, la democracia en definitiva, que además de aniquilar al individuo creador, y con él a la creatividad singular, aniquila toda posibilidad en el hombre sin posibles.

En efecto, nuestro inenarrable siglo XXI es el siglo de la mediocridad a cualquier precio.


Octubre de 2010
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9 de enero de 2011

:: Obra fotográfica de José Antonio Bielsa, una antología - No. 8: 'Capricho veneciano' ::

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Capricho veneciano
(2010)
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:: Obra fotográfica de José Antonio Bielsa, una antología - No. 7: 'Nocturno veneciano' ::

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Nocturno veneciano
(2010)