1 de septiembre de 2011

Juan José Gasca, senador calandino. Notas sobre un hombre político








Hasta hace algún tiempo, el último vestigio que recordaba en Calanda la reputación pasada de este munífico senador, era un deteriorado trozo de placa pétrea cuyas inscripciones estaban casi borradas, y que sita en una de las esquinas de la fachada de la casa Sancho Izquierdo, recordaba que la hoy llamada Calle Mayor había sido conocida en algún momento del pasado como la Calle de Juan José Gasca.

Finado en Zaragoza el 11 de marzo de 1914, y próximo en consecuencia el centenario de su fallecimiento, el senador Gasca no conocerá, a diferencia de algunos literatos, músicos y artistas de renombre, conmemoración alguna que reivindique sus triunfos (y Calanda le debe unos cuantos, todos olvidados): su cruz póstuma fue haber sido un hombre político de segunda fila, un individuo sujeto a trabajos coyunturales y, en última instancia, efímeros… La inclinación por escarbar en el pasado, la mera curiosidad por rastrear entre los papeles las vidas de aquellos que ya muertos y silenciados no tienen voz, nos debería afirmar en esta lucha vana contra el olvido, un olvido al que todo está irremisiblemente condenado -y que constituye, ensambladas las partes en una totalidad absoluta, nuestra realidad presente-. Vivimos, ¡qué duda cabe!, en un mundo desmemoriado, hipertrofiado de informaciones innecesarias, donde no se incentiva entre las gentes tanto la información como la apatía por el conocimiento: se vegeta así a la deriva, sin el menor sentido de “lo histórico”, respirando cual autómatas predeterminados por la democracia capitalista: mientras el poder esté en manos de la Coca-Cola y demás grandes bloques financieros, la desmemoria reinará como valor “legal” de cambio. La memoria lo es todo, bien lo insinuó Joubert: “Ningún tiempo futuro será bueno si no recuerda a los pasados”. Sirva este excurso de prólogo.

Nuestro protagonista, Juan José León Gasca Ballabriga, nació en Calanda, el día 15 de marzo del año 1844. Su padre, Joaquín Gasca, era un calandino de buena familia; la madre, de origen altoaragonés, respondía al nombre de Florencia. En un entorno tan arraigado a los códigos medievales como era la Calanda de entonces, las posibilidades de abrirse camino allende sus fronteras no eran fáciles, pero para un muchacho como Juan José tampoco cabía desesperar: los Gasca eran gente bien situada, con amigos e influencias valiosas. Desde muy joven, Juan José, el futuro senador vitalicio Gasca, ambicionó el poder: había en él un hombre político en ciernes. Diputado a Cortes, sus pretensiones comenzaron a fructificar al afiliarse al Partido Fusionista (futuro Partido Liberal), fundado en 1880 y liderado por Práxedes Mateo-Sagasta. El liberal Práxedes, hasta siete veces presidente del Consejo de Ministros, un hombre político completo, excepcional orador e inteligencia brillante si las hubo, se terminaría por convertir en la referencia política principal del futuro senador; así y todo, entre ambas personalidades floreció una amistad duradera, a todas luces sincera si se tiene en cuenta la naturaleza honorable de sendos caracteres… Desde entonces, la carrera política de Gasca quedaría consolidada con dos hechos notables: el primero, su elección como senador por la provincia de Teruel (legislatura 1896-1898); y, finalmente, el nombramiento como senador vitalicio (legislatura 1905-1907); entre medias nos queda una tan larga como soporífera retahíla de documentos (actas electorales, rentas, certificaciones, dictámenes, oficios, etc.) que nos ahorraremos enumerar.

Hemos hablado del Juan José Gasca político, mesurado pero con ambiciones, mas político al fin y al cabo. Sería tenerlo en poco si no subrayáramos la calidad del hombre, que se vislumbra conforme uno se adentra en su expediente y lo relee entre líneas; prueba de ello, y en cuanto a las diversas prebendas que Calanda recibió gracias a su empeño -bien pendiente del bienestar material del pueblo que lo viera nacer-, nadie mejor que Mosén Vicente Allanegui para consignarlas: “Durante su vida política se tomó gran interés por el pueblo de su nacimiento; él consiguió, entre otras cosas, la carretera de Calanda a Torrevelilla y que el trayecto del pueblo hasta el punto llamado del Estrechillo fuese de primera, pagando la villa la pequeña cantidad de 10.000 pesetas. Fue una mejora importantísima, sobre todo el puente, pues las avenidas del Guadalope muy frecuentemente arrastraba al que había de madera, y los de aquellas partidas quedaban incomunicados, teniendo que pasar el río con sus caballerías” (Apuntes históricos sobre la Historia de Calanda, 1998, pp. 358-359).


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