10 de marzo de 2011

MIGAJAS. Número y estadística (Apunte marginal en clave paródica)

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Cartel de la película Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973), premonitoria cinta de ciencia-ficción en torno a los problemas provocados por la superpoblación.




La sociedad moderna se ha ido reduciendo progresivamente a remolinos de animales en celo.

Nicolás Gómez Dávila



Al igual que los cuinos en putrefacción más apestosos, nuestro devastado y superpoblado planeta es un repulsivo hervidero de gusanos, de animales en celo retozantes que procrean y procrean para generar muerte y, ya de paso, arrastrar consigo la civilización camino de su inevitable, pronta extinción: la vacía inanidad de las estadísticas, una vez más, acude a nuestro encuentro. Y las cifras estimativas, por sí solas, dicen suficiente: en la atea China, cuyo cuartel ya supera los 1.335.000.000 de sometidos, una víctima nace cada 1,9 segundos, mientras que otra fallece cada 3,4 segundos. En su aciaga gran vecina, la India, que no tardará mucho en superarla en población -ya rebasa los 1.184.000.000 de habitantes-, las cifras son todavía, si cabe, más inquietantes: 1,3 segundos es lo que "tarda" un nuevo hindú en venir al mundo, y 3,6 segundos en desaparecer. Estos dos colosos infernales, donde la superpoblación campa a sus anchas, contribuyen en buena medida a que la población del planeta siga en alza, aproximándose a la aterradora cifra de 7.000.000.000 de seres humanos. ¡Y pensar que bajo el cráneo del grueso de todas estas vidas absurdas -más o menos conscientes, más o menos intercambiables-, late una idea de individualidad que jamás se realizará fuera de un determinismo soberano! Fuera de estos dos núcleos saturados de partos y muerte, de sangre y fuego fatuo, el resto del globo no ofrece un panorama mucho más alentador: ese desconocido e inmenso continente llamado África, en cualquier caso, monopoliza a este respecto en lo que a cifras exorbitantes se refiere: Nigeria, con sus más de 154.000.000 de habitantes, computa un fallecimiento cada 12,7 segundos, casi el doble de tiempo de lo que tarda en venir al mundo otro innecesario niño: 5,7 segundos. Al otro lado del Atlántico, en el continente americano, tres países superpoblados y con unas emisiones de dióxido de carbono alarmantes, imperan en lo que a contingentes poblacionales se refiere: Estados Unidos, con más de 311.000.000 de habitantes; Brasil, que ya supera los 202.000.000 de cuerpos; y en tercer lugar, México, con 113.000.000 de cabezas. El único continente “soportable” -demográficamente hablando, al menos- es Europa, cuya población, en virtud de su avanzado grado de civilización (sic), mantiene un equilibrio “sostenible” en su crecimiento poblacional, presentando algunos países un afortunado crecimiento negativo, debido al envejecimiento de su población, tal y como ocurre en Italia, Austria, Alemania, Polonia, Hungría o Grecia; en otros países, como en España, el crecimiento es positivo, aunque poco pronunciado, pero es crecimiento al fin y al cabo: ni que decir tiene que la actual población española, con sus más de 46.500.000 individuos -un nacimiento cada minuto, un fallecimiento cada 1,3 minutos-, es claro reflejo de una aberrante gestión política -la regulación de la inmigración- cuya finalidad última aterraría a ciertos progresistas imbuidos de buenas intenciones, ora paternalistas, ora solidarias. Simultáneamente en el mundo, en apenas una hora, en torno a 6.500 personas han muerto… pero más de 15.000, entre tanto, habrán abierto los ojos en su lugar; así apuntado, nacen a escala global, día a día, más del doble de los individuos que mueren, y esto, debidamente perpetuado en el tiempo, está degenerando en algo a todas luces insostenible. Si a este hecho sumamos la enorme cantidad de vertidos tóxicos que son arrojados a la biosfera, la susodicha superpoblación, inevitablemente, tenderá a sufrir un evidente empeoramiento de la calidad de vida (que ya es decir): a escala planetaria, en torno a 3.500.000 toneladas de dióxido de carbono son vertidas a la atmósfera cada hora. Y obviamente, esta cifra meramente simbólica aumentará conforme la población vaya ascendiendo, conforme la siempre renovada juventud vaya haciendo del coito inconsecuente punto alfa y omega de su debilidad mental.

Animal quejumbroso y miserable, el llamado ser humano posmoderno, tratado en conjunto, resulta más letal y mortífero que una plaga de termitas. Su magnífico hábitat, este planeta milagroso tan apto para su existencia -al menos hasta hace unos decenios-, se afirmará en breve como su tumba, cual telúrica mortaja: sepultura masiva a la par que lecho coital, nuestro planeta nos sobrevivirá indiferente, dejando la puerta abierta a futuros entes rectores: ayer hicieron lo propio los dinosaurios, ahora el hombre tiene el efímero dominio, pero tal vez mañana…

Zaragoza, 10 de marzo de 2011



Fuente:
(extracto empírico; datos tomados el día 10 de marzo de 2011):

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