3 de febrero de 2011

Sobre 'La voluntad de poder', de Friedrich Nietzsche (Fragmentos de un escrito inacabado)

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Edvard Munch
Friedrich Nietzsche (1906)

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INTRODUCCIÓN

Nietzsche rompe con el dualismo de raíz aristotélica. Toda su obra, no tanto en el tiempo como en su progresiva depuración de la idea fija que articula, esta marcada por una voluntad de superación de tal convencionalismo idealista, acaso devenido lugar común desde Kant; ruptura cuya coherencia no traiciona un discurso donde la ambivalencia conforma su entraña: Nietzsche no relativiza, a lo sumo contrapone una serie de figuras filosóficas bajo la lente de aumento de su peculiar no-sistema filosófico, un sistema basado en el fogonazo incendiario del aforismo, del texto breve impecablemente pulido, por cuya naturaleza fragmentaria el discurso adquiere una profundidad nueva, unas connotaciones discursivas de inusitada clarividencia.

Pero reducir el pensamiento de Nietzsche a esa sarta de lugares comunes propios de la más rancia tradición escolar (el superhombre, la transvaloración de los valores, el eterno retorno, la voluntad de poder, lo apolíneo y lo dionisíaco, etc.), como de costumbre se viene haciendo, no sería sino hacer flaco favor al genio alemán, todavía vivo. En efecto, la vigencia soberana del pensamiento nietzscheano, no es tanto producto de un sistema cerrado y asumido, como necesidad vital de una filosofía latente, inacabada, en continuo movimiento, todavía en gestación: leer a Nietzsche en tiempo pasado implica confrontar en nuestro presente el futuro que éste vislumbró a través de su crítica a la modernidad; de aquí su valía: Nietzsche fue el único gran filósofo del siglo XIX que escribió -con todas sus consecuencias- para los hombres del siglo XXI.

En consecuencia, abordaremos La voluntad de poder, obra nietzscheana objeto de nuestro estudio, desde una perspectiva meramente ilustrativo-indagatoria, afianzando así el resumen discursivo de sus contenidos concretos, mas sin ceder a lo lineal de su compleja estructura orgánica, desplegada a modo de apartados/escolios. Para ello, y siguiendo el esquema de los vasos comunicantes, explicaremos sus particularidades filosóficas desde lo primero a lo último, pero englobando las sucesivas etapas trascendentes que el autor va apuntalando: a modo de ejemplo, del riachuelo al mar, del vaso de agua a la piscina, todas las aguas que fluyen irán a desembocar al gran depósito-océano de la totalidad, una totalidad en cualquier caso abierta, no concluyente. Aplicaremos pues la manera de estudio hegeliana al conjunto emancipado del filósofo alemán, sistematizando así su aparentemente arbitraria exposición en un todo más o menos homogéneo; pretensión, bien es verdad, considerable y no exenta de riesgos, pero que afrontaremos desde la convicción de que el discurso abierto de Nietzsche -aunque dueño de una poética de puro personalísima, esencialmente hermética-, puede sintetizarse en unas líneas generales que no simplifiquen/malbaraten sus ideas esenciales. Y es aquí donde debería empezar el genuino trabajo filosófico: en la depuración de lo esencial, léase la depuración de la depuración.

[NOTAS Y FRAGMENTOS]

La idea-río que vehicula el discurso de La voluntad de poder, al menos desde una perspectiva filosófica harto simplificadora, es una crítica a la crítica o, si se quiere, una reacción contra los sempiternos valores prefijados y dominantes. Este ambicioso propósito, tan desmedido como inabarcable, no traiciona su esencia al estar vertido por el autor del modo más anárquico posible: la sucesión más o menos arbitraria de una larga serie de fragmentos numerados (1060 concretamente), más o menos conciliables los unos con los otros, aunque con una unidad de estilo recurrente y, en lo temático, una coherencia sucesiva, que confiere al todo un sentido perceptible por medio de la valoración del conjunto, en principio tan confuso y/o difuso.

La voluntad... lleva como subtítulo la siguiente indicación: “Ensayo de una transmutación de todos los valores” (*).
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Nietzsche se muestra claro ya desde el comienzo, planteando a continuación, y tras el breve prefacio, un plan; queda contenido dicho plan en el primer fragmento del prefacio, donde dice: “Las grandes cosas exigen que no las mencionemos o que nos refiramos a ellas con grandeza: con grandeza quiere decir cínicamente y con inocencia” (**).
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Queda así explicitado el método que el autor no tardará en llevar a cabo: un cinismo que no es crítica sino desgarramiento interior y hastío frente a los convencionalismos, una inocencia que no es sino ingenuidad en el enfoque. Pero sobre este asunto, fácil de relativizar, volveremos más adelante.

La idea de que el nihilismo “está ante la puerta” -idea que domina el Libro Primero, El nihilismo europeo- surge a tenor de la mediocridad del mundo moderno, una mediocridad que Nietzsche vincula a las crisis sociales, espirituales y fisiológicas que afloran por doquier. Pero una crisis, también, que entra de lleno y por ende en el terreno de la moral religiosa: la decadencia del cristianismo, su agónica situación, su absoluta caducidad. La muerte de los eternos valores.

El nihilismo, por tanto, se asociará a la falta de meta, ya que, cuando Nietzsche responda a su propia pregunta “¿Qué significa el nihilismo?”, la respuesta que ofrezca no será otra que “los valores supremos pierden validez”, se tornan inconsistentes, necesitados de un enfoque nuevo. El siguiente paso le llevará a plantearse un nihilismo radical, en cierto modo precursor del existencialismo ateo, al aferrarse al “convencimiento de la insostenibilidad de la existencia” (***). Pero este nihilismo es constructivo, al ser entendido como estado psicológico, sin conexiones aparentes con lo externo.
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Para Nietzsche, la moral es antitética de la existencia, en tanto que la condena. Surge aquí de nuevo la ideal del superhombre.
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(...)

En el Libro Segundo de La voluntad de poder, la "Crítica de los supremos valores históricos", Nietzsche ofrece uno de los más consecuentes y penetrantes análisis jamás arrojados contra la religión de toda la Historia de la Filosofía: fundamenta así una crítica de la religión, tomando al hombre como principio de la misma.

El tema implícito de este libro es la supuesta mascarada del cristianismo, el presunto gran montaje del reino de Dios, erigido desde aquí abajo a partir de unas premisas debilitantes, tal y como el fragmento 226 expone con inusitada pericia: “Despreciaban el cuerpo: no contaban con él; más aún, lo trataban como enemigo. Su petulancia era creer que se podía llevar un “alma hermosa” en un aborto de cadáver… Para hacer esto comprensible a los demás, necesitaban presentar de otra manera el concepto “alma hermosa”, alterar los valores naturales hasta que se llegó a tomar un ser pálido, enfermizo, de una exaltación idiotizante, como perfección, como “angélico”, como apoteosis, como hombre superior”. La negación del hombre, en definitiva, es la afirmación del cristiano.

Esta mascarada ya había sido tratada con anterioridad por el autor en el difuso terreno de la moral más prosaica; así, en uno de sus primeros opúsculos, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, escribe Nietzsche: “En un estado natural de las cosas el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con éste, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes”. Se trata, en esencia, de la misma idea, pero trasvasada en La voluntad de poder al campo de la religión.

Sobre esta base, Nietzsche explicará la evolución histórica de los llamados “valores supremos”, aquellos que conducen al Eterno Retorno, leitmotiv filosófico del autor y principio esencial del hecho trágico que la existencia del hombre nietzscheano implica: nos referimos al hombre trágico, superación trascendente del hombre hedonista o del mero epicúreo, para quien placer o dolor son meros fenómenos externos a su problema esencial. El hombre religioso producto del cristianismo sería por tanto la antítesis de este hombre.

La crítica más implacable -o una de las más, con todo- de Nietzsche, de este modo, se aproxima en esencia a las “pequeñas virtudes de rebaño” entendidas como necesidad imperativa: ¿cómo pueden conducir tales virtudes a la “vida eterna”?. Pregunta prolija y tendenciosa que el autor salva por medio de la desmitificación irónica de los símbolos prototípicos: “No se alcanza de ninguna forma un privilegio en la tierra y en el cielo cuando se ha hecho a la perfección el papel de una hermosa y pequeña ovejita; se será con ello, en el mejor de los casos, simplemente un pequeño, bonito y absurdo carnerito, con cuernos y todo…”. Y es aquí donde Nietzsche se muestra más lúcido.

La brillante lectura de la figura del Nazareno torna más efectiva la idea anterior, ya que en vez de aproximarse a la figura histórica como mero antropólogo, la estudia en sus aspectos más humanos, aquéllos que delatan la farsa sobre la que está montado todo el tinglado judeo-cristiano; escribe Nietzsche: “Lo que no me gusta, sobre todo, en aquel Jesús de Nazaret o en su apóstol Pablo, es el hecho de que metieran tantas cosas en la cabeza de las pequeñas gentes, como si tuvieran alguna importancia las humildes virtudes de estas”. Y añade, con melancólico tormento: “Hemos pagado esto demasiado caro: porque ellos han desprestigiado las cualidades más valiosas de la virtud y del hombre; han enemistado entre sí la mala conciencia y la conciencia del alma noble…”. Aquí está pues el corazón de la obra, la idea motriz que no dejará de volver: la degeneración de lo noble y valioso en manos de los más mediocres e ínfimos sujetos producidos por el cristianismo.

A partir de este presupuesto, como decimos, La voluntad... irá construyendo, de manera errática y muy prolija, su discurso crítico-reaccionario, un discurso que, pese a sus complejísimas estructuras -algo que excede los limitados márgenes de este escrito, no por mínimo menos sintético-, bien merecería futuras y continuas revisiones.

CONCLUSIÓN PROVISIONAL

La lectura de Nietzsche siempre (?) arrojará como saldo al lector atento la idea de un abismo intelectual entre dos mundos irreconciliables: el de los más y el de los menos: hombres (los bípedos schopenhauerianos) versus superhombre(s), masas enfrentadas a individuos, débiles contra poderosos. ¡El crítico implacable del dualismo recurriendo a una premisa dualista! Pero, ¿es esto así?

Lastimosamente minimizado y/o trivializado por lecturas inconsecuentes -coyunturalmente modernas- y, en su defecto, manipulado previamente por dudosos gestores -La voluntad de poder no sería sino otro ejemplo de ello, de obra remontada por terceros (****)-, Nietzsche es el filósofo de la ruptura con la tradición vernácula, pero de una ruptura inaplicable en nuestro tiempo.
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Sus pretendidas contradicciones no serían en realidad tales: es un ateo henchido de individualismo al que el mundo académico se le ha quedado definitivamente pequeño en sus estrechos márgenes. Su pasión desmedida, cósmica, por Richard Wagner y la música del porvenir -no olvidemos que Friedrich fue un compositor potencial y talentoso, autor de varias piezas para piano y melómano profundo-; por los fastos de la Antigüedad clásica y su arte simétrico, cuya voluntad queda expresada a través de la virilidad del orden dórico; de la tragedia lírica; y de las luchas perpetuas en tanto que afirmación de los “sanos” valores a los que el impulso vital se aferra, no fueron sino otras tantas manifestaciones de la idea de voluntad de poder explicitada en su filosofía.

El discurso reaccionario-elitista de Nietzsche, que arremete contra las plagas del cristianismo y la democracia como formas instituidas de la debilidad interna del hombre moderno, no es sino réplica al rebaño entendido como abstracción de unos presupuestos podridos de raíz. Nietzsche no señala con el dedo al individuo concreto, sino a los universales que lo presuponen: despliega un diálogo íntimo con el lector cuyos efectos sólo pueden calibrarse desde la experiencia y la complicidad con sus textos: Nietzsche no practica tanto el monólogo como el diálogo con el lector que lo visita. Sus recursos no terminan en la llana, simplista exposición dogmática: allí donde la elipsis irrumpe, lo inaudito aflora, quebrando los márgenes de su discurso, destinados a ensancharse hasta lo inefable. De aquí su bien fácil de parodiar entraña filosófica y las nefastas consecuencias que las lecturas superficiales del nazismo -entre otras no menos execrables- descargaron sobre sus textos: Nietzsche, como el también incomprendido y/o tergiversado por las estructuras de poder Otto Weininger, no fue tanto antisemita desaforado como lector poliédrico del judaísmo, ese estado espiritual habitado por la idea de poder, desde la crucifixión de Cristo hasta nuestros aciagos tiempos.
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(...)
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NOTAS
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(*) Así y todo, y dadas su ambiciosas dimensiones, la obra aparece dividida en cuatro libros: El nihilismo europeo, Crítica de los supremos valores históricos, Fundamentación de una nueva valoración y Disciplina y educación. Nuestro estudio se detendrá en los dos primeros libros.
(**) Desde ahora y cuando se lo cite [el texto], se recurrirá a la traducción de Aníbal Froufe para Editorial Edaf: NIETZSCHE, Friedrich, La voluntad de poder, Edaf, Madrid, 2009.
(***) La influencia de esta idea, reste decir, habrá de ser decisiva en postreros pensadores nihilistas, alguno de ellos tan renombrado como Cioran, cuya obra, desde En las cimas de la desesperación hasta sus opúsculos últimos, no plantea sino un reiterado recalentamiento de este presupuesto.
(****) En este caso la hermana del autor, Elisabeth Förster-Nietzsche (1846-1935), impulsora del Archivo Nietzsche y futura simpatizante nazi.
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Noviembre 2010 - Enero 2011
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1 comentario:

Rodolfo Plata dijo...

LA FALTA DE CONGRUENCIA DE LOS DOGMAS CON LA REALIDAD, ES LA CAUSA PRINCIPAL DE QUE GRANDES MULTITUDES ABANDONEN LA IGLESIA Y SE OPONGAN A LA ENSEÑANZA RELIGIOSA EN LAS ESCUELAS LAICAS. Nietzsche auscultó el alma cristiana, y descubrió que el malestar de nuestro tiempo no estaba el individuo sino en la civilización occidental enferma y decadente. Y diagnosticó la patología actual de nuestra sociedad: la indeferencia hacia la religión, y exclamó ¡Dios ha muerto! La teología y moral judeo cristiana son cuestionadas en tanto implican juicios valorativos/morales. Y señaló que la solución no es desarrollar una terapia tendente a adaptar el individuo una sociedad decadente sino renovar las creencias y valores morales judeo cristianos causales de la decadencia de la sociedad. E inició la lucha redentora contra el judeo cristianismo por el cristianismo, a fin de actualizar la doctrina milenaria de la Iglesia que por su anacronismo y ex temporalidad, es la causa de la severa crisis de la Iglesia y de la perdida de la fe. http://www.scribd.com/doc/48104400/Nietzsche-y-La-Lucha-Contra-El-Judeo-Cristianismo-Por-El-Cristianismo