12 de febrero de 2011

Otto Weininger y 'Sexo y carácter': judaísmo y metafísica sexual (2008)

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PRO-FORMA

"La idea de recuperar la figura de Otto Weininger puede resultar antipática y hasta sospechosa" (sic), se dice. No compartiremos, por coyuntural, semejante opinión, muy extendida por lo demás tras la aberración del nazismo. Pero obsérvese que por cada mil escritos que se dediquen a bombo y platillo al carcamal otrora filósofo oficial del nazismo Heidegger, sólo se dedicará ¿uno? al suicida-y-antisemita-por-judío Weininger. Mas es preciso puntualizar. Igual que hoy en día proliferan como plaga de langosta las feministas de medio pelo y los defensores más tendenciosos del judaísmo radicalizado, la recuperación del “misógino y antisemita” Weininger bien puede servir como contrapunto para comprender una situación harto espinosa más allá de los lugares comunes que han venido trivializando la sustancia de su filosofía. Porque si de algo ha sido víctima la lectura y difusión del pensamiento de Weininger ha sido de tan absurda simplificación: misoginia y antisemitismo; es decir, los aspectos más polémicos (y externos) de un sistema personalísimo e intransferible (con sus abrumadores errores, sí, pero también con sus llamativos aciertos).

En nuestro momento actual, donde la pedantería y el vacío más extremos (hermanados junto al diletantismo y la autosuficiencia hijas del falso individualismo de andar por casa, prefabricado por la sociedad de consumidores) monopolizan las nueve décimas partes del negocio cultural, exhumar el Sexo y carácter de Weininger es labor peligrosa a la par que comprometida. Los adalides de lo políticamente correcto, flanqueados por todo su séquito de mamelucos del orden social, empeñados y/o emperrados en alienar el gusto común dentro del estereotipo cursi y lastimero, tienen no una, sino varias razones para silenciar al “maldito” Weininger, porque Weininger, reconozcámoslo ya, es un autor que puede destruir una personalidad si no está bien preparada, es decir, es un autor muy peligroso para quien no sabe digerir lo que lee (y en nuestra época grandilocuente y lamentable, ¿quién demonios sabe digerir lo que lee?). Sea como fuere, en su tiempo Weininger fue, al poco de su desaparición (1903), una egregia figura póstuma, paladín de las letras y rompemoldes si los hubiera por la radicalidad de sus contenidos, por su estilo tan claramente diferenciado del del resto de sus coetáneos, escritores y emborronadores de papel pautado. Su obra capital devino así best seller. Toda la germanidad coronó al finado, situándolo a la altura de sus primeros filósofos. Con la llegada del nazismo, el libro fue de nuevo reivindicado. Incluso Hitler alabó a Weininger, siendo como fue el único judío que, por su condición de tal, decidió matarse. Pero tras la caída del III Reich el nombre del libro y de su autor comenzaron a ser olvidados. Conservaría, empero, un admirador de primer orden todavía vivo, Ludwig Wittgenstein, para quien durante su juventud la lectura de Sexo y carácter había supuesto todo un punto de inflexión.

Con todo, el interés que en nosotros suscita el judío y homosexual Weininger es limitado. Una lectura atenta de su obra, indudablemente, nos arrojará alguna que otra evidencia que sería preciso anotar: su propio momento. Sexo y carácter es un perfecto producto de su tiempo, una reacción contra éste, una obra que no conoce el término medio, que no se arrodilla ante cualquier convención estúpida, sino que golpea, martillea, despedaza los prejuicios y con ellos las buenas formas de esa sociedad caduca, esa Austria apolillada fin de siglo en la que los valses de la familia Strauss y las novelitas de Stifter ya no eran sino desecadas reliquias fuera de contexto. Porque en Sexo y carácter laten todos los demonios de un desesperado al borde de su destrucción: es una dentadura afilada y abierta a punto de morder la propia lepra. Y por ello también es el signo de una Europa que se está derrumbando y que en apenas una década se preparará para una de las más cruentas sangrías del siglo.

I. OTTO WEININGER

Presentación de Otto Weininger (Una vida, una obra)

La biografía de Weininger se puede compendiar en unas pocas líneas, pero es esencial para comprender siquiera mínimamente el fondo sobre el que se desplegará su obra. No nos extenderemos demasiado en el aspecto biográfico, tan sólo señalaremos que Otto nació en Viena el 3 de abril de 1880 y se suicidó en esta misma ciudad un 4 de octubre de 1903, con tan sólo 23 años, de un disparo de pistola. Sobre este suicidio se ha especulado mucho. Anotaremos que tuvo lugar en la casa de la Schwarzspanierstrasse en la que el 26 de marzo de 1827 había muerto el que él consideraba el mayor genio de todos los tiempos, Ludwig van Beethoven. Sobre este suicidio-homenaje, sobre la identificación Weininger-Beethoven, volveremos más tarde, en tanto se revela esencial para comprender la filosofía del autor. Mas, al margen de estos dos hitos extremos, nacimiento y muerte, ¿qué hizo Weininger durante esos veintitrés años de vida? Sería insensato pretender averiguar qué aconteció en lo más íntimo de su ser, pero en lo externo desarrolló una actividad intelectual fuera de lo común, desde el estudio de idiomas (al parecer, dominaba el inglés, el francés y el italiano, así como el latín y el griego, y tenía conocimientos de español y noruego) hasta la matemática pura, pasando por los estudios filológicos, las ciencias naturales, la física, la historia, la literatura y, por supuesto, la filosofía, que comenzó a estudiar en la Universidad de Viena en 1898. Todos estos dones, todo este deseo indiscriminado por abarcar cualquier tipo de saber, deja sin duda entrever el genio que Weininger sin duda era.


De este modo, la obra escrita de Weininger se reduce a tan sólo dos títulos: Sexo y carácter, su trabajo capital, editado poco antes de su suicidio en mayo de 1903; y Ueber die letzten Dinge (Sobre las últimas cosas), una recopilación de fragmentos aparecida póstumamente en 1907. Y aunque los primeros esbozos de Sexo y carácter datan de 1901, sin duda ya habían comenzado a gestarse tiempo atrás. Lo más significativo de todo esto es que, tras el suicidio de Weininger y a raíz de éste, Sexo y carácter comenzó a gozar de algo parecido al éxito. En efecto, el 17 de octubre de 1903, a las dos semanas del suicidio de Weininger, una carta del dramaturgo sueco August Strindberg, aparecida en Die Fackel, atrajo la atención de la intelectualidad vienesa. En ella, Strindberg calificaba el libro de “imponente”, añadiendo que “probablemente ha solventado el más difícil de los problemas”. Esta vindicación fue el desencadenante del referido éxito de la obra, que en cualquier caso se convirtió en un éxito editorial sin precedentes. En 1923 Sexo y carácter ya había alcanzado las veinticinco ediciones.

Weininger y la Viena fin de siglo (Panorama ideológico-musical)

Viena, la llamada capital de la música, distaba mucho hacia 1900 de ser el paraíso cultural que hoy nos quieren vender los programadores televisivos el día de año nuevo, bien que a través de unos conciertos tan postizos y asépticos como la propia música que repentizan. Esta Viena de tarjeta postal para turistas nada tenía que ver con la Viena decadente que sufrió Weininger. El muchacho, especialmente dotado para la música, como suele ser habitual por estas tierras, no permaneció impasible ante las brutales polémicas partidistas, ya algo caducas, entre wagnerianos (o partidarios de la “música del porvenir” impuesta por Wagner) y conservadores (o seguidores de la estética establecida por Beethoven). Como es sabido, la tendencia que se acabó imponiendo fue la primera, encabezada por compositores tales como Anton Bruckner, Richard Strauss, Gustav Mahler, Hugo Wolf o Engelberg Humperdinck; frente a la segunda, y muy reaccionaria, encabezada por Johannes Brahms, y bien flanqueada por sus amigos, el crítico Eduard Hanslick, Clara Schumann, el rey del vals Johann Strauss II, y algunos de sus epígonos, como Max Bruch o Carl Reinecke, entre los más influyentes. Mas la muerte de Brahms, acaecida en 1897, y la progresiva imposición de los esplendorosos poemas sinfónicos de Richard Strauss, Don Juan (1888), Muerte y transfiguración (1889), Till Eulenspiegel (1895), Así hablaba Zaratustra (1896), Don Quijote (1897), terminarían por redefinir la situación: la “música del porvenir” había ganado la batalla. Si nos hemos detenido en estos aspectos de la vida musical austriaca ha sido precisamente por la preeminencia que ésta tenía entonces, muy por encima de la que gozaban la literatura y las demás artes. En medio de esta intelectualidad tremendamente inestable navegó Weininger. Por otra parte y con anterioridad, algunas de las ideas filosóficas del influyente Wagner, de corte abiertamente provocador [1], habían causado estragos en ciertos sectores: el hito más significativo a este respecto sería la aparición en 1850 de su panfleto cuasi-antisemítico Judaísmo en la música, cuyas germinales consecuencias en el ámbito de la germanidad pronto se harían notar. Choca pues, en medio de esta cultura que clamaba a machamartillo por la más absoluta modernidad, la fiebre racista contra todo aquello que sonase a judío. Por ello mismo, incluso entre los propios judíos comenzó una autopurificación [2]. Weininger, llevando hasta sus últimas consecuencias esta contradicción, fue una de las mentes que más sufrió por ello. Sexo y carácter es la prueba más patente de ello.


La identificación de Weininger con Beethoven (Razones de un suicidio)

Ludwig van Beethoven, el Gran Sordo, además de ser uno de los tres grandes compositores de la historia de la música junto a Bach y Mozart, fue sin duda todo un energúmeno. Pero un energúmeno genial. ¿Hasta qué punto sedujo a Weininger la figura de este desquiciado misántropo y sifilítico a quien él consideraba el mayor genio de todos los tiempos? No responderemos a esta pregunta irresoluble, tan sólo nos contentaremos con aproximarnos a las múltiples certezas que han ido quedando desperdigadas por el camino. Para empezar, ese gesto simbólico que fue el de elegir la casa del músico para ejecutar su suicidio, ¿no es ya lo suficientemente explícito como confesión pública? ¿Qué quería decir al mundo Weininger con esto? Sea lo que fuere, al menos sí era una indicación: la indicación del genio. Es decir, Weininger anteponía la genialidad a la vida: genio o muerte. No quedaba otra opción. La metafísica sexual de Sexo y carácter sólo debería estudiarse desde esta perspectiva; en caso contrario queda incompleta, fragmentaria. Y es así como adquiere consistencia la decisión de Otto. Al tomar como modelo al músico de Bonn, Weininger proyectó en éste su ideal intelectual. Pero como es sabido, el pequeño, rechoncho y cabezón Beethoven era lo más opuesto imaginable al invertido de Weininger: un loco atormentado, violentamente poseído por los más inenarrables deseos, capaz de emprenderse a tortas con su criada o de irse de putas no sin antes haber clamado al cielo su enardecido puritanismo. Toda la música de Beethoven es poderosamente afirmativa, apenas deja lugar para el melancólico pesimismo de Weininger. Y en ello radica la principal cualidad emotiva de Beethoven, desde la titánica Tercera Sinfonía hasta las postreras obras maestras de la madurez, la Novena Sinfonía, la Gran Fuga, las últimas sonatas para piano, las Variaciones Diabelli, los últimos cuartetos. De haber albergado sentimientos suicidas, Beethoven jamás habría entornado la voz tan alto, hasta tales extremos de universalidad: los propios finales de sus sinfonías, apoteósicos, demoledores, están más próximos de la divinización del hombre que los creó que de cualquier sentimiento de decadencia y blandenguería mediocre. Ante tamaña figura, Weininger, sintiéndose infinitamente pequeño e indigno, sólo podía aceptar su sino y pegarse el tiro que lo mandó a la nada. Sin miedo a exagerar, podemos afirmar que Ludwig van Beethoven fue en buena parte el estimulador y aniquilador inesperado del autor de Sexo y carácter.


II. SEXO Y CARÁCTER

En su afán totalizador de ordenar las cosas, el mundo tal cual es percibido, Sexo y carácter tiene un equivalente poético sin igual en la Quinta Sinfonía de Mahler. Pero en Weininger las raíces judaicas no han marcado sino el punto de partida, al contrario que en Mahler, para quien son un final en sí mismo, el principio de una ruptura que cree superada desde la propia forma adoptada. Si hemos comenzado este segmento del trabajo con un ejemplo musical ha sido con el afán de concretizar la esencial división entre dos realidades tan contrapuestas: la materialidad sexual y lo etéreo de un carácter en continuo desarrollo. El ascetismo ideológico de Mahler contrastaría con el ingente número de ideas musicales que pueblan sus sinfonías. En Weininger esto no es así: existe un tal equilibrio entre el enunciado y su contenido, ambos hipertrofiados, que rara vez hallamos un desequilibrio interno que entorpezca el sentido del discurso. La propia musicalidad de la metafísica sexual de Weininger queda presupuesta desde la germanidad formal de su escritura, por cuyo carácter intimista discurre el curso de su ideario moral y estético.


Sexo y carácter no es una apología del suicidio, como muchos de forma más bien simplista han querido ver, ni tampoco un elogio desmedido de la destrucción de lo mediocre. Es sólo el proyecto de una posibilidad, la del individuo varón como genio en potencia. Que la mujer, por mujer, quede fuera de este plan, no es sinónimo de misoginia: la mujer en Weininger, en cuanto animal reproductor en sí, es un instrumento; es externa a sí misma. El hombre, en cambio, puede terminar no siéndolo. Es una lucha contra la inconsciencia, contra la no aprehensión del Yo. Pero la genialidad es limitada, está destinada a unos pocos, los verdaderos, grandes hombres. Por tanto la genialidad es posible. El problema está en el núcleo del enunciado, en la emancipación del signo por encima de su significado. Y es aquí donde la problemática de orden semántico se percibe en todo su alcance. El problema del sistema de la metafísica sexual de Weininger es en el fondo el de la ética. Pero vayamos por partes.

En efecto, la deuda de Weininger para con Schopenhauer es cierta, aunque nuestro autor llega más lejos que el popular pesimista al sustraerse de una explicación generalizadora: para Schopenhauer, la ley de la atracción sexual no sería más que un engaño de la naturaleza para conseguir perpetuar la especie; para Weininger es algo mucho más complejo, pura interacción entre individuos al servicio de ese algo que todavía no se perfila como algo concreto. Desde luego, todo parte de un “gusto” sexual al que se tiende de modo inconsciente. De este principio Weininger extrae la posibilidad de una ley:

Ocurre, en efecto, que cada tipo de hombre posee su correlativo en la mujer que actúa sobre él sexualmente, y viceversa. Parece, pues, que debe existir una ley que rija esa acción. ¿Cuál es esa ley? ¿Cómo puede expresarse? ‘Los opuestos se atraen’ ” (p. 63).

Pero para ello es preciso estudiar al propio objeto central de la misma: la mujer. Weininger distingue dos tipos de mujer fuertemente tipificados: la madre y la prostituta. En ellas queda resumida toda la esencia femenina. Ambas tienen algo la una de la otra, si bien el sempiterno dicho “la mujer es puta por naturaleza” (sic) no sería ninguna hipérbole según Weininger, ya que la mujer tiende a la prostitución de forma innata. Por sorprendente que pueda resultarnos una afirmación tan categórica, el autor aduce las pruebas suficientes como para mantener en pie su teoría. Para ello fundamenta su tesis en la propia caracterología:

La diferencia caracterológica en las mujeres no tiene raíces tan profundas que lleguen a penetrar el desarrollo de una individualidad, y no existe quizá ninguna cualidad femenina que en el curso del tiempo no pueda ser modificada, reprimida o aniquilada por la influencia de la voluntad masculina” (pp. 329-30).

Es decir, en tanto que la mujer carece de verdadera individualidad, su sumisión al hombre es completa, natural, irremediable. Algunas excepciones no suponen nada. Las propias convenciones nos han habituado a ver esto así, cual dislate histórico-temporal. Pero la propia naturaleza es más fuerte. Sirva como ejemplo la siguiente futilidad: hace un tiempo una profesora de baile me comentaba sobre la pertinencia de que el hombre sea el que lleve a la mujer en el baile, porque de lo contrario la cosa quedaría harto forzada y hasta ridícula, mero apunte.

Toda mujer tiende al matrimonio, es decir a la maternidad, a menos que sea una mujer emancipada, una lesbiana o, simplemente, una reprimida alienada en su castidad (¿una religiosa?). El sacrosanto núcleo central del matrimonio es el coito, al que la mujer “se aferra vivamente”. Desde los más remotos tiempos, el hogar como centro de la familia ha devenido picadero oculto, burdel tolerado, templete de la carne. La mujer casada, frente a la puta de pago (valga la redundancia), goza del propio beneficio implícito de lo que define a la mujer pública explícitamente, esto es a costa de su dignidad.

Las rameras de la calle tan sólo se diferencian de la cocotte, que es considerada como superior, y de la hetaira aristocrática, por la absoluta incapacidad de una mayor diferenciación y por la completa falta de memoria, que da a su vida la duración de una hora, de un minuto, sin que exista la menor relación entre unos días y otros. Por lo demás, el tipo de la prostituta podría llegar a manifestarse aunque en el mundo no hubiera más que un hombre y una mujer, pues encontraría su expresión en la conducta específicamente diferente de esa sola mujer frente a ese solo hombre” (p. 332).

En resumen, para Weininger la mujer casada y la prostituta vendrían a ser lo mismo, cara y cruz de la misma moneda, esto es un “coito continuo”:

Siendo la mujer entera y únicamente sexual, y extendiéndose esta sexualidad a todo el cuerpo, aunque en algunos puntos sea más marcada que en otros, todas las mujeres, sin excepción, se sienten en coito continuo, en todo el cuerpo, en todas las partes y en todas las ocasiones. Lo que normalmente se denomina coito es sólo un caso especial de máxima intensidad” (p. 358).

La mujer, en cuanto sujeto sexual, es a su vez amoral; esto la igualaría con el judío.

De igual modo que en el judío (y en la mujer) no existe la ‘bondad o la maldad radical’, así también falta en ellos el genio o la estupidez radical propios de la naturaleza humana masculina” (p. 493).

Desde el momento en que Weininger valora la relación sexual como la más alta forma de desprecio al prójimo, la mujer es por tanto doblemente amoral: en cuanto tal y para con su objeto sexual (sea para consigo misma o para con el otro).

Llegados a este punto, pasemos a relacionar judaísmo [3] y feminidad: tanto la mujer como el judío pueden ser alineados en el mismo espacio para una elaboración de la metafísica sexual. Ni el judío ni la mujer, en cuanto sujetos amorales, tienen talento creador, ya que carecen de individualidad. Por tanto, carecen de alma.

Lo divino del hombre es el alma, y el judío absoluto carece de ella” (p. 488).

El judío especialmente vive de las ideas ajenas, y por tanto su campo ideal de desarrollo es el comercio más vil (algo de razón no le falta aquí al malicioso Weininger: en nuestra época, sin ir más lejos, un mercader judío tan astuto como Spielberg ejemplifica esto a las mil maravillas: de sus propias mercancías extrae montañas de oro con increíble eficiencia), lo mismo la mujer, cuyo mayor interés es el comercio sexual en el que ella misma es su propia mercancía. La nulidad estética del judío se pone de manifiesto en los clichés a los que tiene que recurrir para exponer cualquier idea mezquina:

Su gran talento para el periodismo, la ‘movilidad’ del espíritu judío, la falta de raíz de sus pensamientos, ¿no podría permitir afirmar de los judíos, como de las mujeres, que precisamente por no ser nada pueden llegar a ser todo?” (p. 498).

La mujer, a su vez, al carecer de una mínima personalidad, copia al hombre de continuo (incluso las propias mujeres emancipadas de nuestra época, en su frustrado intento de ser hombres -pues algunas, en especial las feministas radicales, llegan incluso hasta autoesterilizarse-, han recurrido a la mímesis más negadora para poner en pie sus entelequias), incluso al hombre más lamentable del orbe:

El hombre más abyecto está aún infinitamente por encima de la mujer más encumbrada, tan por encima que ni siquiera es posible establecer una comparación y ordenación de jerarquías” (pp. 399-400).

La coquetería de la mujer y el efectismo diferenciador del judío (de los que la circuncisión es sólo un signo externo) ratifican cuales verdugos la endiablada perversidad de sus medios para dar muerte a su víctima: la mujer al hombre, el judío a su cliente. El judío ha firmado un pacto con el diablo, la mujer con su sexo. Tales plagas han precipitado al hombre de hoy a su progresivo afeminamiento. El hombre se está convirtiendo en un ser cada vez más afeminado, débil, detestable, es decir ausente de autoconciencia.

Sólo nos queda abarcar un punto, el del hombre genial: para Weininger, esto y sólo esto es lo más importante. Ni la mujer ni el judío pueden ser geniales, está claro, pero ¿el hombre de verdad? La teoría weiningeriana de la genialidad, por otra parte, fue lo que sin duda más influyó en Wittgenstein; el propio Wittgenstein sería un ejemplo de hombre genial weiningeriano. La cuestión del hombre genial, pues, parte del problema del Yo. El hombre más genial será así el individuo más moral; conciencia y moralidad. Pero es preciso matizar:

Los diferentes modos de tratar el problema del Yo resultan no de las diferencias psicológicas de los sexos, sino, en primer término, quizá exclusivamente de las diferencias individuales en el talento” (p. 256).

Y acto seguido, Weininger nos propone unos ejemplos de acuerdo con el grado de genio, y opone dos figuras tales como las de Gounod y Beethoven. Es evidente que la altura de estos compositores no es la misma, y hoy está más que claro, aunque en época de Weininger no fuera así. Si podemos decir que Gounod, el autor (además del famoso Ave María) de la ópera Fausto, era ciertamente talentoso, no así podemos decir lo mismo de Beethoven, que obviamente era un genio, aunque en su ópera Fidelio no demostrase el mismo talento aplicado que Gounod en su Fausto. Pero el Fausto de Gounod es un caso casi único en la producción del francés, operista por encima de todo, mientras que Fidelio fue el único intento de Beethoven en un género que no dominaba. Podemos calibrar así el genio de Beethoven frente al talento de Gounod no por la ópera enfrentada, sino por todo lo demás, grande en número, que permanece en pie: las sonatas para piano, los cuartetos, las sinfonías, la Missa solemnis… Y es en esa cantidad de obras que confirman la regla donde descubrimos el genio del genio, es decir el grado de conciencia de la existencia de su Yo:

No existe ningún hombre superior que no sepa que se diferencia extraordinariamente de los demás […], que no se considere altamente importante en cuanto ha creado alguna cosa” (p. 261).

Fuera de toda duda, ésta es la gran aportación de Sexo y carácter: el descubrimiento del genio a través de la obra creada por medio de la sublimación del carácter. Aquí es donde mejor discernimos el alcance de Weininger. Estamos seguros de que el silencio en el que reposa el legado de Weininger no será eterno.


NOTAS

[1] Hitler, wagneriano empedernido, las tendría muy en cuenta para la elaboración de la grandilocuente estética musical e iconográfica del III Reich, cuyo músico oficial no sería otro que Richard Wagner. ¡El avanzadísimo y sublime arte de Wagner como estandarte de la retrógrada estupidez nazi!

[2] Mahler, judío a la par que fanático de Wagner, luchó contra sus propias raíces, que tanto detestaba, hasta el extremo de recibir el bautismo en 1897. Pese a ello, el nazismo condenó su música.

[3] Weininger: “Debo, ante todo, decir claramente lo que yo entiendo por judaísmo. En mi opinión no se trata de una raza, ni de un pueblo, ni menos todavía de un credo legalmente reconocido. El judaísmo debe ser considerado tan sólo como una dirección del espíritu, como una constitución psíquica posible a todos los hombres, que en el judaísmo histórico ha encontrado su realización más grandiosa” (pp. 472-73).

NOTA BIBLIOGRÁFICA

El texto base ha sido trabajado sobre la siguiente edición:

WEININGER, O., Sexo y carácter (trad. de Felipe Jiménez de Asúa), Editorial Losada, Madrid, 2004.

Todas las numeraciones de páginas aparecidas en el texto (entre paréntesis) se refieren únicamente a esta edición, por otra parte la más reciente.

Un obra de interés en la que Weininger aparece referido es:

MONK, R., Ludwig Wittgenstein, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002.

Se trata de una interesante biografía de Wittgenstein, rica en detalles menores, y en la que Weininger ocupa un lugar, si no prominente, sí al menos destacado de cara a comprender la compleja personalidad de Ludwig.

Al margen de la breve entrada que Ferrater Mora le concede en su Diccionario de Filosofía, la figura de Otto Weininger carece en España de un estudio monográfico disponible o editado. En tan calamitosa situación, es preciso pues recurrir a las fuentes alemanas, entre las cuales destacaremos la más reciente de ellas (¡que data de un ya lejano 1924!):

KLAREN, G., Otto Weininger. Der Mensch, sein Werk und sein Leben, In Fünf Gesprächen, Braumüller, Viena y Leipzig, 1924.



Zaragoza, MMVIII

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3 comentarios:

alejandro martinez dijo...

Está muy bien hecho el artículo. Felicidades. Sin embargo un pequeño pero: justo cuando parecía que ibas a agarrar vuelo se termina el artículo. Me dejaste con ganas de más. Pero bueno, supongo que es el efecto que se le crea a un fan de Weininger, tal y como parece ser/estoy descubriendo, que soy.

La primera vez que escuché sobre Weininger fue de los labios de ese otrora incomprendido que fue Cioran.En su libro de ejercicios de admiración. Una carta dirigida a ¿Le Rider?...no recuerdo muy bien su nombre. Hablaba de un "ídolo" de sus tiempos de precoz conciencia justo cuando vivió algo a lo que se podría parecer a un "enamoramiento".
A Weininger no se lee más que por un sólo motivo (creo, se trata de mí, de mi apreciación): vengarse de la mujer.
Savater, políticamente correcto, señala que lo dicho en sexo y carácter es un puro galimatías que en ninguna manera alcanza a abarcar a la mujer en toda su complejidad. Desde luego que eso está de más decirlo: Weininger es un genio del tipo "lírico", es decir, consciente de la farsa que es la filosofía. De ahí su delirio y su puntualidad por la frase provocativa e hiriente, su afán por sostener lo insostenible y de echarle más fuego al asunto con un mínimo y vulgar gesto: su suicidio.
Pues bien, eso es cosa de werthers...
A los hombres de verdad, sigo hablando de mí, me causa el mismo placer que me causaría el ver postrada a una mujer que ha despreciado mi amor...ni más ni menos...
sinceridad cínica si se quiere, el leerle no encuentra más elevado su sadismo en tanto más "racional" se escuche su discurso..."¡Sí! si hasta la biología da cuenta de la inferioridad de lo femenino!...etc..."
Fantoches...mientras afuera fornican con gusto que da envidia, nosotros discertamos sobre las consabidas putitas...Patético, podría decir alguien...pues bien, a mi me parece divertido, sólo eso, y nada más...

octak dijo...

el comentario de alejandro martinez es simplemente triste y vergonzoso falto de madurez intelectual y crecimiento personal es mas ni eso sino mas bien falta de buena voluntad como dirian por ahi en fin y como decia mi novia en su conciencia quedara no mas falta que se suicide o mate a alguien mas

alejandro martinez dijo...

Lo que dijiste es totalmente cierto:


Detener este momento,
En que habito tu nombre,
Y la voz del viento lo canta.

Soñar una vida que se cumple,
Puntual, como un beso necesario,
Un abrazo a mitad del frío.

Tener tu ausencia como un hambre
Que me alimenta,
Como un fuego que es más fuego cuando se devora.

Juzga tú el papel que la mujer pueda tener en mi vida.