17 de enero de 2011

MISERIA DE LA UNIVERSIDAD ESTATAL (Apunte marginal)

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Goya
La letra con sangre entra (c. 1780-85)


Escrito a las cinco de la mañana…

Corren tiempos de penuria intelectual, de prostitución moral, de miseria humana y apostasía radicalizada. Cual cadáveres redivivos, los modernos salen de sus nichos a recorrer el vacío de la urbe posmoderna: encadenados a las infamias de la Edad de Plástico en que permanecen instalados, venden su alma al diablo por un perrito caliente, una Coca-Cola, una caja de supositorios o condones, o bien una tableta de chocolate Nestlé. Espectáculo inmundo y crapuloso a la par que seductor, colección arbitraria de objetos cuya mera presencia envilece a la más burda de las naturalezas, la urbe acumula varios núcleos significativos en los que el moderno puede resarcirse de sus fantasmas interiores: del burdel al centro comercial, de la fábrica al hospital, de la heladería de la esquina a la oficina de pompas fúnebres, del colegio al mingitorio público o privado, todo encaja en ese vertedero de escombros humeantes denominado Ciudad Moderna. De entre esos núcleos significativos, por ende, uno de los más mentados es la universidad, la benemérita y laica Universidad Estatal.

La democratización de la enseñanza

La educación muere en las escuelas.

La gente bien siempre ha reclamado para sus fabulosos e irrepetibles retoños la educación, el elevado derecho a la Educación; en dos palabras: “La Enseñanza”. Producto democrático altamente repulsivo, presunto vía crucis recompensado con increíbles y dulcísimos frutos, así tras un camino sembrado de amargas raíces, la enseñanza es el más perverso y complejo instrumento político destinado al definitivo entontecimiento y/o embrutecimiento de las masas, esas masas castradas de futuros votantes, de buenos demócratas, de ejemplares trabajadores y padres-de-familia.

Y es que los niños bien, hijos de sus papis bien, en tanto presuponen con su mera presencia ese inminente relevo generacional, ya delatan tras de sí el nicho del que provienen: colegios públicos, concertados o privados, no hacen sino acoger en sus límites penitenciarios a un espécimen de prolija catalogación: el alumno del Estado -el actual “borriquito con chándal”, aludido por Sánchez Ferlosio, bien que surgido a propósito de la LOGSE (y sus devastadoras consecuencias) en esta España sin mármol ni poetas-, suerte de presidiario púber, cerrado por naturaleza al conocimiento teórico, rapaz evidente del juego, tendente al aire libre incontaminado, ajeno al vulgar ajetreo del mundo adulto que tan lejano (pre)siente, pero que, ya desde que aprendió a decir “papá”, “mamá”, etc., han intentado por todos los medios sus endiablados progenitores embutirle. Es la desgracia del niño moderno: no poder llegar a ser niño, niño genuino: no disfrutar de la naturaleza, ni del juego al aire libre, ni de la ilustración hedonista que el placer inculcó en los llamados "hombres de bien" (Rilke, Schopenhauer, ¿el cautivo Sade?). Por el contrario, la democratización de la enseñanza difunde la idea de que el mejor lugar para (mal)educar a los desvalidos niños no es otro que la urbe, y en ella el colegio o la escuela, con sus paredes de hormigón, sus vallas oxidadas y sus funcionarios cabreados, lerdos y analfabetos, fatuos e impresentables en su mayoría, incapaces de ilustrar a ese joven e inmaculado espíritu que se está abriendo al mundo y que no tardará en pudrirse, bien delante de un televisor, un videojuego o un librillo de J. K. Rowling. ¡Un perfecto lugar para la formación del espíritu!


La función de las llamadas enseñanzas obligatorias (primaria, secundaria), además de generar una criba de grosera mezquindad, seleccionando los “buenos” de los “malos” y a la sazón separando el grano de la paja, el agua del aceite, no hace sino discriminar “socialmente” (sic) a los alumnos, en tanto que unos pocos (los eternos favorecidos, hijos de los favorecidos de turno, los sempiternos) serán quienes copen los altos puestos de poder mañana (políticos, banqueros y demás ralea, remedando así cierto polémico opúsculo de Pío Baroja), mientras que los otros, la gran mayoría, acabarán desempeñando las labores más marginales de la pirámide jerárquica, pirámide de una sociedad que se dice democrática a fuerza de aniquiladora y escabrosa como pueda serlo el silencio sepulcral de una fosa común: donde todos caben… pero ninguno es. Resulta evidente por tanto que los “favorecidos” del primer grupo deberán dar un salto por encima de las cabezas de sus camaradas de juegos: su destino determinado no puede ser otro que la universidad. ¡Gaudeamus igitur!

La clase media va a la universidad

La bobería del alumno
va pareja a la metodología del profesor.

Pero, la universidad, ¿qué ha sido de ella? ¿Quién llama hoy en día a sus puertas? Pregunta espinosa, mas en absoluto evidente, y cuya respuesta última la tiene la estadística, es decir la descabezada conciencia de la colectividad en manos del poder.

Así y nada (que no todo), la mediocridad distintiva de la clase media rara vez se equivoca(rá): para ella la universidad no es sino ese idílico edén donde se estudian “carreras”; mas no todas cotizan igual en la pretendida escala de valores de la inefable clase de marras: una u otra carrera resultará(n) más “chic” (sic) en función de las “salidas” que ofrezca(n). El interés de una carrera, en efecto y valga la redundancia, depende de las “salidas” que ésta ofrezca: así como la Historia del Arte o la Filosofía apenas ofrecen un interés real para el estudiante medio (representante de la clase media), unos estudios como los de Medicina o Derecho siempre serán mejor vistos, en especial por su naturaleza práctica y productiva (léase sanguinaria), y ya no digamos las ingenierías, que por su naturaleza esencialmente técnica, matemática y antihumanista-estructuralista, serán del gusto del respetable, léase provocarán una inenarrable admiración entre los rostros de los aburguesados, satisfechos padres:


- Mi hijo estudia Químicas -dice una madre sin estudios.


- Pues el mío ya es todo un ing-gue-niero -le responde la otra, iletrada.


Es un diálogo viejo, tomado a pie de calle, tan viejo como la aspirina, el monitor de fósforo verde o el especulador inmobiliario; de su banalidad surge toda una concepción de la vida (de la muerte en vida): el hijo con estudios, el hijo bien.

La hora de los satisfechos

La naturaleza del satisfecho se fundamenta
sobre las raíces de su familia, su estómago y su cartera.

El resultado de todo esto, como venimos anticipando, es el universitario con título: el satisfecho. Ya sólo le queda “asentar la cabeza”, currelar como un bendito (bien como deseado funcionario, bien como hombre elegante), acumular monises al hispánico modo, atraerse en consecuencia a su hembra (o a su macho -por eso de respetar las políticas de géneros…-) y formar una familia satisfecha y sin tacha. En pocas palabras: perpetuar el cáncer de la clase media, la satisfacción de los dos mil euros mensuales o así para cubrir gastos básicos y no tanto: agua, luz, fisco, alimentación, seguridad social, hipoteca, material pornográfico, etcétera; en definitiva, todo cuanto da sentido a la vida del moderno de clase media y clase media-alta.

Ante este desconcertante resultado, sólo cabe preguntarse ¿para qué demonios sirve realmente la universidad? Y la respuesta no es otra que para consolidar la dictadura de la clase media, así su esencia inmutable: la hora (perpetua) de los satisfechos. ¡Amén!

23 de septiembre-4 de noviembre de 2010
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