11 de enero de 2011

MIGAJAS. Creatividad e impotencia creadora (Artículo)

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Andy Warhol
Big Campbell’s Soup Can with Can Opener


Inmersos en la denominada era de la información, de los escritos sensacionalistas e inconsecuentes, de las imágenes manipuladas e inconexas, de los sonidos más monótonos e inútiles, sufrimos la proliferación de los mismos bajo las más diversas apariencias y formas, y siempre sin comprender el fondo significativo que los impulsa, que los asienta e impone en un mundo de repelente impersonalidad democrática. Es evidente que con el siglo XXI, vulgar cautiverio de hombres sin patria, el creador ha perdido cualesquiera significación, razón de existir o mera posibilidad de ser con posibles. Porque la llamada era de la información ha pervertido la esencia inmutable de una concepción del hecho creador hoy por entero irrealizable.

El creador ha sido desplazado por el parásito, y no es preciso aquí retrotraerse a las en absoluto envejecidas aunque algo simplistas tesis de Ayn Rand para confirmarlo, al menos una vez más. En efecto, el parásito es el manipulador, el montador fraudulento de realidades virtuales ininteligibles, el artífice siempre satisfecho, capaz de generar toneladas de basura en el momento preciso para el consumidor adecuado. Todo está, de antemano, debidamente preparado.

Puesto que los dos grandes polos de nuestro tiempo son el trabajo y el consumo, el destino del trabajador-consumidor no es otro que la medianía estandarizada, la cadena de necesidades recíprocas: “trabajo para comprar y compro para vivir, por tanto tengo que trabajar”. Y en un mundo así, el creador auténtico, progresivamente despersonalizado y minimizado, tenderá naturalmente hacia la impotencia creadora de la desesperación o, si se quiere, hacia el mimetismo anacrónico de lo inconcreto -en tanto que todo vale y nada lo es si se sale del esquema (re)productor-. Podríamos pintar como un Velázquez, pero ya nunca seríamos su igual, a lo sumo un notable técnico, un artesano sin futuro, un producto crucificado por la crítica y aplaudido por el burgués ignorante; un engendro anacrónico, un creador impotente.

Asociamos así -pese a lo que a primera vista podría parecer un peregrino juego de conceptos- la creatividad y la impotencia creadora como los dos polos que asolan la vida intelectual del creador auténtico en un mundo tiranizado por la nimiedad de lo prontamente efímero.

Cualquier campo que abordemos no dejará de confirmar nuestra asociación: desde la agonizante literatura hasta el no menos extinto cinema, pasando por las artes plásticas, la arquitectura o la composición musical, todo apunta hacia un mal artesanado con ínfulas de gran arte, tan inerte como falso. ¿Qué puede hacer en tales condiciones un creador auténtico, en el caso de que tal creador sea posible, aunque tenga los días contados? ¿Qué explica que el propio proceso de creación individual esté condenado de antemano a pervertirse en un burdo caldo de lugares comunes?

La respuesta -una respuesta “sostenible” al menos- es simple: el proceso de creación individual ya no existe, y no existe porque se ha desvanecido en meras convenciones incondicionales propias del capitalismo: arte vanguardista y kitsch, alta literatura y productos comerciales, no serían sino categorías que en poco difieren las unas de las otras: su burdo valor de cambio expresa el vulgar fin último al que han sido destinadas. Dostoievsky o Corín Tellado, ¿qué importa si los dos generan capital? Y aunque el vil metal no sea sino la obvia respuesta esperada, la impotencia creadora no debería por ello dejar de entenderse como su secuela natural. ¿Qué creador auténtico florece en medio del lujo, la calma y la voluptuosidad? Es preciso el desgarramiento, la tortura, el dolor perturbador del mundo para que ese espíritu creador pueda entregar algo razonable: su-yo.

La verdadera creación artística huye de lo amable, del término medio más aburguesado y circunstancial, de la sonrisa y el lazo rosa. La medianía en el arte sólo engendra tedio y rutina, un pálido calco que desfigura su sentido esencial y traiciona los ideales estéticos de una época y, por extensión, de la gran individualidad creadora que modificó tal época. ¿Qué hubiera sido del siglo XIX musical sin la figura colosal de Beethoven? ¿Y Wagner, no abrió acaso las puertas sonoras del aterrador siglo XX, allanando el camino a Debussy, a Schoenberg? No, no hablamos de hombres concretos, sino de individualidades realizadas más allá de su propia y limitada realidad espacio-temporal. Este arrollador chorro de creatividad, esta agrupación de singularidades prominentes, no hace sino resaltar la impotencia creadora de los rebaños de imitadores, epígonos y vanos diletantes que, sin otra ilusión que imaginar una gran individualidad bajo sus cráneos, creyeron poder trascender el genio concreto por medio de unas obras que no hacían sino democratizar las ideas engendradas por los verdaderos creadores; aves carroñeras, se alimentaron del cadáver del genio para sobrevivir por un tiempo.

Afirmémoslo al fin: el mayor enemigo del arte es el hecho democrático, la democracia en definitiva, que además de aniquilar al individuo creador, y con él a la creatividad singular, aniquila toda posibilidad en el hombre sin posibles.

En efecto, nuestro inenarrable siglo XXI es el siglo de la mediocridad a cualquier precio.


Octubre de 2010
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