4 de diciembre de 2010

Gaspar Sanz, un calandino del Siglo de Oro. En el Tercer Centenario de su fallecimiento ['Kolenda', Noviembre 2010, nº 96]

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Se cumplen trescientos años del fallecimiento del calandino Gaspar Sanz (1640-1710), el más insigne de nuestros músicos, cumbre española de la guitarra barroca y figura señera del Siglo de Oro. Urge por tanto reivindicar a este compositor excepcional y de categoría europea, por cuya aportación la guitarra española saldría del desierto creativo en el que permanecía anclada.

En efecto, Sanz murió en Madrid un inconcreto día de 1710. Su vida se puede compendiar en unas pocas líneas: había nacido en Calanda setenta años atrás, el 4 de abril de 1640, una semana después de que la Virgen del Pilar restituyera a otro calandino famoso, Miguel Pellicer, la pierna que dos años y cinco meses antes le había sido amputada; luego realizó estudios de teología y música en la Universidad de Salamanca; en Italia estuvo al servicio de la Corte Real de Nápoles; ya en la Corte española sería profesor de guitarra del hijo natural de Felipe IV, don Juan de Austria; dejó algunas obras literarias hoy ignotas y al parecer fue notable poeta; sus últimos años fueron oscuros… Asimismo, su vida estuvo repleta de incontables aventuras, tal y como nos relata en sus memorias su amigo el capitán don Diego de Sotomayor. Pero al margen de todo esto, a Gaspar Sanz la posteridad le ha sido concedida por sus decisivas aportaciones a la técnica y arte expresivo de la guitarra. Desde entonces, su nombre y el de Calanda no han cesado de divulgarse, ni su música de viajar por los más recónditos lugares del globo, especialmente en los últimos cincuenta años a través del empeño de consumados guitarristas virtuosos como Andrés Segovia, Narciso Yepes, John Williams, Julian Bream o Jorge Fresno, que le han dedicado algunas grabaciones de referencia.

Toda su fama, por lo demás, reposa en su obra magna, la Instrucción de Música sobre la guitarra española (1674), editada en Zaragoza, el mejor y más completo método jamás escrito por un compositor de su tiempo dedicado a la guitarra española. Esta obra admirable e imperecedera, en tres volúmenes y escrita en tablatura, contiene toda la producción musical conservada del calandino, que se condensa en apenas dos horas de música. Así, entre sus páginas más difundidas, encontramos una pieza del relieve de ‘Canarios’, sin duda su trabajo más popular, de una viveza rítmica y melódica asombrosa, y que Joaquín Rodrigo reutilizaría con acierto como movimiento final de su ‘Fantasía para un gentilhombre’. Y también debemos retener ‘Españoletas’, ‘Pavanas’, ‘Jácaras’ y ‘Marizápalos’, entre tantas otras piezas impregnadas de sabor español, y aunque en otras ocasiones su inspiración remitiese a Italia -como en la vibrante ‘Fanfarria de la Caballería de Nápoles’-, su música no pierde nunca el acento nacional, inconfundiblemente español, por más de un concepto aragonés. Es en esta música árida, de secano, pero rica y aromática como el romero, donde Sanz, inspirándose en el terruño y las costumbres de sus gentes, descifra el fondo sonoro de su tierra, de su Calanda natal.

En cuanto al centenario propiamente dicho, algunos melómanos y ciertas instituciones no han dejado de apuntar en su agenda un evento que sin duda no alcanzará la repercusión que hace una década tuvo otro centenario mucho más sonado, el del nacimiento de nuestro paisano Luis Buñuel; algunos recitales, algunos conciertos no monográficos para audiencias reducidas, se sucederán durante el año como tributo al músico de Calanda.

Sea como fuere, la valía cultural, la entidad estética y vigencia artística de la música de Sanz ha quedado inscrita en nuestros anales como la más memorable contribución de la villa de Calanda a la Historia de la Música; es por tanto oportuno recordar en este año en curso a una figura de primer orden, algo olvidada y desconocida para el gran público, pero todavía viva e irremplazable.

Sin que sirva de precedente, reivindiquemos pues a Gaspar Sanz como el máximo exponente de nuestra rica cultura musical, cualidad que compositores y músicos postreros como Juan Sesé, Mariano Valimaña o Mosén Vicente Allanegui no han hecho sino confirmar.
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Primera versión:
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