16 de agosto de 2010

Pensamientos peregrinos y veraniegos (Selección · Agosto de 2010)

Paul Cézanne: El puente de Maincy (c. 1880)




Acertar no sin antes haber errado es requisito esencial para afirmar que el acierto real bien no pudo ser.
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El trabajo mecánico hunde al hombre en el círculo vicioso de los ensayos fallidos. Su futuro es perecer de aburrimiento atornillando tornillos, clavando clavos y percibiendo nóminas que le incapacitan para hacer otra cosa.
El precio de la comodidad es el embrutecimiento.
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El escritor profesional de nuestro tiempo vive de promesas mercantilistas para forjar su presunta producción del espíritu; tan sólo el diletante convencido arroja de sí su espíritu a la espera de improbables, y no menos presuntas, futesas mercantiles.
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Escribir a la moda es sucumbir al diablo. Una prosa decente no vende. El típico lector moderno se aferra a la basura en tiempos de crisis.
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La valía estética de una obra no requiere de panegiristas convencidos, ni siquiera de manifiestos pretenciosos. Toda obra estéticamente valiosa manifiesta convicción propia, se vale a sí misma.
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Un academicismo convencional es respetable; un academicismo que se haga respetar, irrespirable.
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La belleza sutil se emancipa de vez en cuando del espacio en el que pretendidamente ha sido inscrita: su única limitación es pertenecer de lleno a la esfera de lo ilimitado.
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Más que un estado transitorio, la pasión es un código de realidades subyacentes ajenas a lo pasivo.
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Doloroso es todo proceso de auténtica creación artística; placentera, su religiosa confirmación.
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La madurez de un artista no se mide por el número de sus conquistas estilísticas, sino por la codificación de tales conquistas en un marco estilístico de absoluta privacidad.
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¿Qué será de las grandes obras de arte cuando la humanidad perezca? Que Homero, Miguel Ángel y Mozart se irán con ella.
La última palabra del hombre perecerá tal cual.
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La menos conseguida de las sinfonías de Haydn resulta incomparablemente superior al más artístico de los experimentos de música contemporánea.
Lo pasado, por pasado, siempre será mejor.
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La música del clasicismo suena a diálogo de buen tono; la del romanticismo, a confesión; la del siglo XX, a monólogo interrumpido a media voz.
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La verdadera ciencia de lo exacto no sería la matemática, sino la música. Bajo su estructura fluyen otras líneas de inexacta armonía: no bastará con hallar la incógnita a través de un camino trillado, preferible será alcanzarla eligiendo de entre un cruce de caminos enigmáticos.
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No hay adjetivo que no traicione la sensación que pretende evocar.
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Más aterrador que el griterío de una turba de nulidades es el lloriqueo absurdo de cualquier recién nacido. Lo uno preludia lo otro.
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Infancia y juventud no son sino nefastos simulacros de lo que una existencia ilustrada podría dar de sí; es en los años de aprendizaje cuando el hombre aprende a desaprender.
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El repelente niño medio moderno se nutre de las babas infectadas que supura su televisor. Crece, por tanto, entre dos jaulas de libertad: la nada y la nada virtual.
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El alimento de los vivos germina sobre los despojos de los muertos. Ante las lápidas sepulcrales de nuestros antepasados se nutre nuestro burdo afán de mañana.
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El cansancio, la fatiga, el vacío… todo aquello que genera en el hombre inquieto cualquier trabajo inane, termina por redefinir la esencia de una vida condenada: ausente en el tiempo, muerto entre los muertos, el hombre sin mañana camina preso entre dos infiernos: el mundo quieto y su inquietud muda.
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Los frutos más eximios de la filosofía se resecan al sol como cabezas reducidas.
Las ideas se desinflan conforme alzan el vuelo.
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El tragicómico destino de Cioran fue prolongar durante decenios una broma de fugaz ironía. Toda su obra es un obvio monumento a la nada; el desesperado intento de un gran comediante de creerse un papel inconsistente hasta la última coma.
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Herida tiempo ha de muerte, la fotografía agoniza víctima del adocenado empleo utilitario que se terminó haciendo de ella: pornografía y mercado.
Nunca antes las imágenes habían dicho tan poco diciendo tanto –por nefasto que fuere.
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Tenemos conciencia de que algún día hemos de morir, pero somos tan irresponsables como para creer que ese día, si llega, le llegará a otro.
La muerte propia siempre resulta improbable, incluso ridícula; sólo el distanciamiento introspectivo la torna aceptable, posible, segura.
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Tal vez despierto en la noche aguarde el corazón alguna íntima confesión.
Atender al sueño y rendirse a la evidencia: ¿quién soy?
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El hombre, como los cerdos de granja, asienta su grasienta grandeza sobre un montón de mierda.
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Al oficio de notario tan sólo acuden los hijos de notario y los profanadores de tumbas.
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Cualquier testamento es una indicación póstuma más próxima a la advertencia que a la recompensa.
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Poco debería importarnos el futuro después de confirmar en qué inmunda ciénaga ha sido ahogado nuestro pasado.
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Sepelio perpetuo, la vida apuntala su rizoma infame entre dos fosas inoportunas: en una dormita el dolor; en la otra, la agonía.
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Un suicidio en la flor de la vida es un suicidio doblemente honroso.
Cada rosa tiene su momento, pero que una rosa muera de tedio arrugada en su rosal, ni honra a la rosa ni a la tijera de podar.
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Ante la resaca del Juicio Final, la religión se reseca en promesas, vanas promesas de ayer y de hoy.
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Trabajo y consumo: los dos polos de la calamitosa supervivencia del moderno.
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Toda administración es parasitaria.
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Las organizaciones no gubernamentales, las llamadas ONG, escupen a la cara de su pretendido fin, y a costa de éste salivan inmundas falsificaciones de su simplista discurso ético.
La pobreza no es sino medio necesario para enriquecerse.
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Caminar junto a las masas por la buena senda sólo conduce... al cadalso.
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Desconfiemos de cualquier gestor del poder como desconfiamos del mercader satisfecho que pretende vendernos con una sonrisa el último cacharro cual salvavidas espiritual.
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En el planeta de las sonrisas, hasta a las calaveras se les exige una mueca afable.
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Algún día será tarde, y sin embargo vamos camino de que así sea…
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Calanda, agosto de 2010


10 de agosto de 2010

LA NADA (Apunte nocturno)

K. Malévich - Blanco sobre blanco (1918)

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Para Nuria
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El estado predominante del hombre a través de los tiempos es la no-existencia, esto es la ausencia, la nada. Vivir no es otra cosa que desconocer el límite real de lo que somos en tanto unidades condenadas: perdurar vanamente por un tiempo ínfimo para retornar al punto de origen, esa sempiterna nada de la que procedemos y a la que algún día, no muy lejano, retornaremos. La simplicidad de la nada es aterradora.

Pongamos un sencillo ejemplo, aunque su mera presencia aquí no sea sino una redundancia tácita: Fulano de Tal, que nació en 1926 y falleció en 2005, fue un gran avaro bien satisfecho de su capital que floreció entre 1926 y 2005, pero que como hombre efímero que era no fue en 1925 ni sería en 2006. Tenemos pues aquí una vanidad de 79 primaveras, ni más ni menos; una vida como la de tantos hombres que surgieron, crecieron y vivieron para, finalmente, extinguirse en medio de la más completa indiferencia.

El hombre no puede en vida imaginar propiamente la nada, porque la nada no es sólo inaprensible, sino directamente contradictoria: en tanto que como concepto sugiere un estado de ausencia, ya por ello resulta algo, pero ¿es que acaso una piedra en tanto que piedra no deja por ello de resultar algo, aunque en propiedad no sea nada, es decir, carezca de lo que con proverbial simpleza solemos denominar conciencia?

Podemos imaginar torpemente la nada observando el estremecedor hecho de la muerte de uno de nuestros iguales, la contemplación de su cadáver tendido en el impersonal ataúd. Y aunque siempre mueren los otros, esos otros se llevan consigo algo nuestro: es entonces cuando la muerte del otro prefigura nuestra muerte futura, y de este modo la nada que ahogará nuestros improbables sueños, nuestras aspiraciones terrenas.

Frustrante es la vida para el hombre corriente: la sola idea de la muerte, de la nada inevitable, se cierne desde temprano sobre su titubeante pensamiento. En efecto, podemos tener conciencia de lo que somos por un tiempo limitado de nuestra existencia: toda la vida es un túnel de oscuridad y de sombras, y salir de él está al alcance de unos pocos. Los primeros veinte años de la vida del hombre corriente son miserables y brutos, una mera sucesión de anécdotas particulares que no conducen sino a una edad adulta en la que lo adocenado de la colectividad termina por imponerse. Si a esta evidencia sumamos otra como la necesidad fisiológica del sueño -pues es una gran obviedad que una tercera parte de nuestras vidas las consumimos durmiendo-, comprenderemos lo precario del pensamiento, su tosca maduración en condiciones normales, la mediocre entidad de esa conciencia que rara vez alcanza la categoría de autoconciencia pura. En medio de tales desiertos, el hombre no puede pasar su vida sino adormecido, en un estado de vigilia neblinosa; ciertamente lo más parecido a la alegoría platónica de la Caverna.

El sendero de la vida, de este modo, se encontraría cercado por dos límites hermanos:
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LA NADA - EXISTENCIA (CONSCIENTE) - LA NADA

Sendos límites resultan ilimitados, pues pretender aprehender la nada en un sentido espacio-temporal resulta a todas luces absurdo. Pero el hombre consciente es a su vez prisionero del presente perpetuo, la única realidad a la que puede tener acceso. Mas este presente, que no es otra cosa que una suma de instantes, por su naturaleza continuamente mudable resulta paradójicamente inaprensible, perdiendo por tanto cualesquiera posibilidades de comprensión por parte del mortal en él aprisionado. Reste decir que sólo existen dos posibilidades, dos conceptos últimos, para una conciencia humana: el presente y la nada; esto es, la vida y la muerte.

Sin embargo, existe un instante de tránsito en el que la vida y la muerte, presente y nada, se difuminan: nos referimos al instante mortal, suerte de puente a medio camino entre el presente de la vida y la nada. Si hay alguna sustancia en ese instante, no debe ser otra que la del vacío más inexpresable, y toda pretendida revelación que en él se encuentre no dejará de ser quimera; tan perplejo como el hombre vivió, así se extinguirá. Este campo de niebla, este terreno quebradizo y del que sólo podemos hablar a través de metáforas, de comparaciones visionarias poco veraces desde una perspectiva empírica fiable, no escapa con todo a lo consciente, pues si la nada todavía no ha llegado, es evidente que todavía persiste algo de la existencia consciente. Pero estas conjeturas no conducen a lugar alguno, y sí al discurso expansivo al que tiende cierta rama de la filosofía.

Este escollo terrible que es la nada sólo será “salvado” por las religiones, tan autocomplacientes con el hombre que las creó como inmenso fue su ego al hacerlo, y por ello mismo tan legítimas como la idea de la nada a la que remitimos. Pero aquí entraríamos de lleno en el terreno de la fe.

Lo que debería quedar claro, con fe o sin ella, es que el hombre permanece en vida atado de pies y manos a una realidad que lo supera con creces, y ni las más preclaras inteligencias han logrado -ni lograrán- configurar por medio de su pensamiento una explicación satisfactoria que logre erradicar las incontables taras de ese absurdo recurrente al que llamamos existencia.

Zaragoza, 9-10 de agosto de 2010
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6 de agosto de 2010

LA PECERA (Poema, 2008)



A Luis Cernuda, in memoriam


Tenía una tortuga de cuarzo,
Y un álbum de sellos timbrados,
Y una caja de bronce cerrada
Cuya llave se había perdido.

Tenía una brújula minúscula,
Y un ancla encontrada en la playa,
Y una sirena enferma
A la que peinaba cada mañana.

Tenía un espejo donde mirarme,
Y un estuche con mis recortes,
Y una amiga en el cementerio
A la que visitaba todas semanas.

Tenía un nombre y unos apellidos,
Un cuarto propio, una casa y una familia.

Tenía todo cuanto era preciso tener
Para que una vida sea vida.

...sí, lo tenía todo,
Pero en lo más hondo de mí estaba solo,
Solo con mi tortuga,
Solo con mis sellos y mi caja,
Mi brújula, mi ancla y mi sirena.

Solo conmigo mismo,
Con una muerta y dos apellidos.

Esto era cuanto tenía;
Todavía hoy lo echo de menos.


15 de junio de 2008
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