24 de julio de 2010

MIGAJAS. Del suicida (Apunte marginal)





Leonardo Alenza:
Sátira del suicidio romántico (1839)



El suicida es hombre preclaro: discierne en su muerte la cura a todos sus males efímeros. El suicida privilegia el instante a la totalidad de hechos arbitrarios; afirma la vida por sistema: amante del placer, sibarita ilustrado, acude a sí mismo para reafirmar su situación precaria.

Puesto que al suicida el mundo nada le ofrece, siquiera otra ínfima alternativa, el mundo mismo ante sus ojos se arruina.

El suicida es hombre de principios: principia la desesperación y el goce autodestructivos. El suicida se aproxima a Dios desde su miseria: dueño último de su carne pecadora, la sacrifica y la condena a la podredumbre postrera. No teme el instante, ni las consecuencias, sino su redención póstuma.

El suicida alza la vista más allá que el mediocre: participa de un holocausto que no le concierne: desprecia su carne porque en ella dormita el gusano; el gusano es la idea de su prójimo, de su patria, de su Dios inconexo. Nada le perturba ni disturba tanto como su sino: su único fracaso.

Atrapado en un mundo abyecto y pusilánime, el suicida hace del pretexto mortal justificante anodino para saciar su afecto anímico. Ante el consuelo del sepulcro, el suicida se afana de ser digno consolado. La nada no es sino recurso señero, habitáculo espléndido, nada indolora.

El suicida afirma la vida, pero la vida es negación perpetua: infierno de miserias, galería de crímenes injustificados, cadalso arbitrario, mentira repugnante… la vida niega al hombre vivo, desde la cuna hasta la tumba.


Zaragoza, 1 de julio de 2010
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ANEXO
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6 de julio de 2010

MÚSICA. En el Tercer Centenario del fallecimiento de Gaspar Sanz








Se cumplen trescientos años del fallecimiento de Gaspar Sanz (1640-1710), cumbre española de la guitarra barroca y figura señera del Siglo de Oro. Urge por tanto reivindicar a este compositor excepcional y de categoría europea, por cuya aportación la guitarra española saldría del desierto creativo en el que permanecía anclada.

En efecto, Gaspar Sanz murió en Madrid un inconcreto día de 1710. Su vida se puede compendiar en unas pocas líneas: había nacido en Calanda setenta años atrás, el 4 de abril de 1640, días después de que la Virgen del Pilar restituyera a otro calandino famoso, Miguel Pellicer, la pierna que le había sido amputada dos años y cinco meses antes; luego realizó estudios de teología y música en la Universidad de Salamanca; en Italia estuvo al servicio de la Corte Real de Nápoles; ya en la Corte española sería profesor de guitarra del hijo natural de Felipe IV, don Juan de Austria; dejó algunas obras literarias hoy ignotas y al parecer fue notable poeta; sus últimos años fueron oscuros… Pero al margen de todo esto, a Gaspar Sanz la posteridad le ha sido concedida por sus decisivas aportaciones a la técnica y arte expresivo de la guitarra. Desde entonces su nombre no ha cesado de divulgarse, ni su música de viajar por los más recónditos lugares del globo, especialmente en los últimos cincuenta años a través del empeño de consumados guitarristas virtuosos como Andrés Segovia, Narciso Yepes, John Williams o Julian Bream, que le han dedicado algunas grabaciones de referencia.

Toda su fama, por lo demás, reposa en su obra magna, la Instrucción de Música sobre la guitarra española (1674), el mejor y más completo método jamás escrito por un compositor de su tiempo dedicado a la guitarra española. Esta obra admirable e imperecedera, en tres volúmenes y escrita en tablatura, contiene toda la producción musical conservada de Sanz, que se condensa en apenas dos horas de música. Así, entre sus páginas más difundidas, encontramos una pieza del relieve de Canarios, sin duda su trabajo más popular, de una viveza rítmica y melódica asombrosa, y que Joaquín Rodrigo reutilizaría con acierto como movimiento final de su Fantasía para un gentilhombre, obra para guitarra solista y orquesta basada en temas del calandino. Y también debemos retener Españoletas, Pavanas, Jácaras y Marizápalos, entre tantas otras piezas impregnadas de sabor español, y aunque en otras ocasiones su inspiración remitiese a Italia -como en la vibrante Fanfarria de la Caballería de Nápoles-, su música no pierde nunca el acento nacional, inconfundiblemente español, por más de un concepto aragonés. Es en esta música árida, de secano, pero rica y aromática como el romero, donde Sanz, inspirándose en el terruño y las costumbres de sus gentes, descifra el fondo sonoro de su tierra.

En cuanto al centenario propiamente dicho, algunos melómanos y ciertas instituciones no han dejado de apuntar en su agenda un evento que sin duda no alcanzará la repercusión que hace una década tuvo otro centenario mucho más sonado, el del nacimiento del también calandino Luis Buñuel. Algunos recitales, algunos conciertos no monográficos para audiencias reducidas, se sucederán durante el año como tributo al músico.

Sea como fuere, la valía cultural, la entidad estética y vigencia artística de la música de Sanz, permanecen incólumes; es por tanto oportuno recordar en este año en curso a una figura de primer orden, algo olvidada y desconocida para el gran público, pero todavía viva e irremplazable.
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Segunda versión:
Gaspar Sanz, un calandino del Siglo de Oro. En el Tercer Centenario de su fallecimiento ['Kolenda', Noviembre 2010, nº 96]
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3 de julio de 2010

KENJI MIZOGUCHI (Colección de artículos biográficos - Cineastas - No. 12)

Kenji Mizoguchi
(Japón, 1898-1957)

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Director de cine japonés, el cineasta más grande alumbrado por el país nipón junto a Yasujiro Ozu. Hijo de un carpintero, Kenji Mizoguchi nació el 16 de mayo de 1898. Su ingreso en la escuela de arte de Seiki Kuroda le permitirá acceder al puesto de periodista en la ciudad de Kobe, ya que sus conocimientos artísticos eran aplicables al diseño de anuncios publicitarios. Asimismo, por aquellos años irán apareciendo publicados en el periódico de Kobe sus primeros poemas; al parecer, en ellos ya se manifiesta uno de los temas recurrentes de su futura obra cinematográfica: la soledad del ser humano y su vuelta espiritual al origen, a la naturaleza como punto de equilibrio. Su amistad con Tadashi Tomioka posibilitará su contacto con el director de cine Osamu Wakayama, quien, consciente de sus indudables aptitudes literarias, le propondrá transcribir guiones. De este modo, Mizoguchi se iría adentrando en la industria cinematográfica, lo que le llevará, en 1922, a afrontar la dirección artística de un filme de Eizo Tanaka. El éxito de su trabajo en este filme será determinante para que a finales de ese mismo año le sea encargada la dirección de su primera película como director, hoy desaparecida, y que responde al título de El día en que vuelve el amor (1923).
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El 1 de septiembre de 1923 el terremoto de Kanto reducirá la ciudad de Tokio a ruinas: Mizoguchi filmará algunas escenas documentales, que luego aprovechará para su película En las ruinas (1923). Esta catástrofe determinará su traslado a otros estudios, los Nikkatsu de Kyoto, chocando con la realización de películas de encargo puramente alimenticias. Su desinterés ante unos materiales execrables se hará extensivo a su propia vida, una vida progresivamente frívola de festines y excesos que terminará cuando, en 1925, una de sus amantes lo hiera de gravedad tras apuñalarlo por la espalda. Este sórdido incidente endurecerá a Mizoguchi. Así, y tras pasar medio año hospitalizado, volverá a los estudios, mas con una voluntad creativa nueva hasta entonces. Con su gran éxito La marcha de Tokio (1929) pondrá punto y final al cine mudo, aunque como consecuencia del éxito de ésta realizará un documental.

La llegada del sonido se producirá con La tierra natal (1930). Así y todo, la escasamente desarrollada técnica malogrará la carrera comercial de la cinta, decidiendo que Mizoguchi siga trabajando en el cine mudo por un tiempo. Fruto de su trabajo para la productora Daiichi Eiga es la realización en 1936 de dos de sus filmes mayores: Elegía de Naniwa y Las hermanas de Gion, que denotan una depuración, una sofisticación de la puesta en escena decisiva en la consolidación de su estilo: filmadas en exteriores reales, tratando temas del momento, de algún modo se anticipan al neorrealismo italiano, condiciones de producción aparte. Mención especial merece la persona del guionista, Yoshikata Yoda, que será fundamental desde ahora, contribuyendo en buena parte a hacer del cine de Mizoguchi lo que finalmente fue: uno de los más complejos y universales retratos íntegros de la naturaleza humana. Con todo, el inmerecido fracaso comercial de estas producciones causará el fin de Daiichi Eiga. Con La historia de los crisantemos tardíos (1939) el cineasta entregará otra obra maestra, pero rompiendo con la temática de las anteriores, al mirar al pasado y reflexionar sobre el teatro Kabuki y sus intérpretes.
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Los años 40 arrancan con la realización de tres películas que poco tienen que ver con Mizoguchi, pero en las que, fuera de toda duda, deja bien patente su sentido de la puesta en escena. La mejor de ellas es Los 47 samuráis (1942), superproducción de casi cuatro horas de duración, respaldada por las fuerzas políticas japonesas por su obvio nacionalismo, bien oportuno por otra parte en un momento históricamente crítico. Menos interesantes, al parecer, son las dos siguientes entregas, Miyamoto Musashi (1944) y La espada Bijomaru (1945). Así, al fracaso de Japón en la II Guerra Mundial, debe sumarse la por fortuna breve decadencia creativa que sufrió el cineasta al final de la década. De este momento incierto, como título mayor, destaca sobremanera Cinco mujeres en torno a Utamaro (1946), espléndida aproximación a la figura del pintor Utamuro, maestro de la xilografía en colores, en la que Mizoguchi reflexiona sobre la valoración moral de la pintura y su función estética como captación del instante en la naturaleza.

El año 1951 aparece como fecha fundamental en la historia del cinema japonés. El motivo: el León de Oro del Festival de Venecia conseguido por Rashomon (1950), de Akira Kurosawa. Parece ser que esta noticia desesperó a Mizoguchi, un cineasta por lo demás superior a Kurosawa, consciente por otra parte de la injusticia crítica que los europeos estaban cometiendo con él, y que pronto sería saldada: la profunda reflexión y la minuciosa preparación a la que somete su cine durante la década de los 50, plenamente ya madurado, le llevan, finalmente, al ansiado reconocimiento crítico occidental. Las obras maestras no harán sino sucederse: Vida de Oharu, mujer galante (1952), adaptación de la novela Vida de una cortesana de Saikaku Ihara, en la que Mizoguchi manifiesta por primera vez -o al menos más que nunca- una conciencia de estilo que en su perfecta integración supera la cualidad de filme perfectamente acabado, resaltando por otra parte la aplastante -y aparente- sencillez en la que reposa la gran complejidad de sus contenidos: como nunca, la crítica social del filme alcanza cotas de inusitada lucidez, desde la representación de una sociedad corrompida por el dinero hasta la diferencia de clases como temas centrales del film; Cuentos de la luna pálida de agosto (1953), la más conocida de sus obras; El intendente Sansho (1954), su film más pesimista y asumido, en el que se nos cuenta una típica historia de injusticia social, pero evitando cualquier partidismo maniqueo, ya que son los propios hechos y no su enfoque los que corrompen a las personas y las sitúan en su inevitable lugar, todo ello a partir de un cuento de Ogai Mori; Los amantes crucificados (1954), uno de sus más extraordinarios logros, de no pocos puntos de contacto con el cine de Robert Bresson -[Mizoguchi, como el genio francés, es uno de los maestros incuestionables de la contemplación en su más profundo sentido, y su cámara, la mano impertinente que desnuda al ser humano de toda banalidad; en este filme, como en el no menos asombroso Proceso de Juana de Arco (1961) de Bresson, el verdadero (aunque soterrado) motivo de angustia no es otro que la ausencia del ser humano en el espacio: esos amantes que van a morir crucificados tienen su eco en el madero en el que Juana será quemada]-; y La Emperatriz Yang Kwei-fei (1955), primer filme en color del autor y su último gran trabajo, suerte de compendio de sus temas habituales, aquí la historia de una mujer que se sacrifica por el hombre al que ama, ambientada en esta ocasión en la China del siglo VIII: con este filme, que se articula a lo largo de un flash-back desplegado en una estructura circular (presente-pasado-presente), Mizoguchi ofrece una de sus más conseguidas reflexiones sobre el devenir del individuo y su muerte. No llegaría a ver estrenada su última película, La calle de la vergüenza (1956), pues enfermo de leucemia, Kenji Mizoguchi fallecía el 24 de agosto de 1956.

En Epdlp: Kenji Mizoguchi