25 de mayo de 2010

ESCOLIOS MMX

Una lectura de Malthus (2010)
[fotografía del autor]

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Como la materia, el hombre es discontinuo.

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La escritura fracasa allí donde la idea cristaliza.

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La física cuántica se reconoce en la búsqueda de la luz a través del polvo.

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La dificultad de trasmitir conceptos complejos va pareja a la facilidad de hundirlos.

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La identidad enmascara un juego de falsedades irreconocibles en el tiempo.

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Las etapas de la vida no son sino minas soterradas de valores en alza.

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La naturaleza del satisfecho se fundamenta sobre las raíces de su familia, su estómago y su cartera.

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La educación muere en las escuelas.

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La ciencia triunfa allí donde humanamente ha fracasado.

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El ministerio establece, el misterio crece y el ministro se enriquece.

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La alimentación es la llave del sepulcro; la inanición, sepulcro abierto.

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Prepotencia y autoría son los males congénitos del intelectual pretencioso: el orgullo desplegado invalida hasta las muletas del discurso.

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El entusiasmo es la lepra del cretino y el maquillaje del oportunista.

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El ignorante no razona críticamente, pero el hoy llamado crítico ignora sus razones últimas. El discurso crítico perece en bocas que lo desacreditan.

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Nuestra época vive inmersa en la pornografía y el crimen.

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La pornografía es el pan espiritual de la juventud moderna.

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La juventud actual razona con los genitales y siente con el acelerador.

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Los derechos humanos preludian masacres difusas.

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Sólo lo raro resiste una comparación consistente.

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El concepto de valor es un término económico pervertido por el lenguaje legislativo.

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Un sueldo mínimo garantizado garantiza traidores por un plato de garbanzos.

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El diálogo no resuelve conflictos, los problematiza.

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El espíritu del capitalismo es un fantasma amortajado.

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Una sociedad lisiada muere por la boca al comerse el pez.

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Lo pretendidamente real no es sino una construcción fantasiosa en medio del gran desierto de lo Real, poblado por cruces y calaveras.

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La Revolución Científica ha reducido al hombre a la Nada.

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Los dedos de la ciencia son cuchillas infectadas.

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El científico perece en su ciencia; el humanista, en su moral.

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La muerte arranca de la punta de nuestros dedos.

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Sin moverse de su silla, Copérnico removió el universo.

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La teoría es el punto de partida, eje gravitacional del problema.

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Tener en cuenta las variables, desechar el estatismo.

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Despreciar la vida y reconocer su justo valor, premisas básicas para calibrar su insignificancia.

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No existen las rectas, sino la rectitud.

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Hasta que el mundo dio un Mozart, tuvieron que sucederse masacres incontables, cementerios llenos, silencios de atroz musicalidad.


Mayo de 2010

21 de mayo de 2010

JOSÉ LUIS SÁENZ DE HEREDIA (Colección de artículos biográficos - Cineastas - No. 7)

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José Luis Sáenz de Heredia
(España, 1911 - 1992)


Cineasta español, primo hermano de José Antonio Primo de Rivera y el más destacado realizador nacional durante la década de 1940. Nacido en Madrid, su vocación teatral no tardaría en imponerse entre sus principales intereses, logrando introducirse en el cine gracias a su amistad con el director de fotografía Serafín Ballesteros. Sobre un guión propio, debuta como director con Patricio miró una estrella (1934), magnífica comedia en torno al mundo del cinema, gracias a la cual será contratado por Luis Buñuel para hacerse cargo de dos producciones de Filmófono, La hija de Juan Simón (1935), iniciada en principio por el inquieto Nemesio Sobrevila, y ¿Quién me quiere a mí? (1936). Al comienzo de la Guerra Civil Española es capturado por las milicias rojas y salva la vida gracias a Luis Buñuel. Finalizado el conflicto, y tras la realización de algunos cortometrajes documentales, recibe el encargo de adaptar a la pantalla una narración del General Franco, que éste ha publicado bajo el seudónimo de Jaime de Andrade: el resultado es Raza (1941), filme notable, e históricamente capital en la producción cinematográfica española, en cuanto marca el comienzo del cine bélico nacional (el más característico -que no prolífico- género durante la década de 1940). Tras este trabajo pleno de aciertos estéticos, Sáenz de Heredia entrega lo mejor de su producción: su obra maestra indiscutible El escándalo (1943); la soberbia intriga fantástica El destino se disculpa (1944); una historia de Joaquín Goyanes, Bambú (1945); Mariona Rebull (1947), caligráfica adaptación de dos novelas de Ignacio Agustí; un canto al terruño de la dignidad ética de Las aguas bajan negras (1948); la religiosa La mies es mucha (1949); y Don Juan (1950), presentada en el Festival de Venecia; dotados de una meditada puesta en escena, estos excelentes filmes confirman a Sáenz de Heredia como el más sobresaliente de los cineastas en activo en la España de la época, por encima de talentos del calibre de Juan de Orduña, Rafael Gil o Carlos Serrano de Osma. Los años cincuenta están dominados por sus grandes éxitos en la comedia: Todo es posible en Granada (1954), la excepcional Historias de la radio (1955), y Faustina (1957), entre las que se sitúan Los ojos dejan huellas (1952) y el filme histórico Diez fusiles esperan (1958); su última película importante es El indulto (1960). 

La década de 1960 marca el comienzo de su lenta decadencia creativa, cediendo a una comercialidad fácil, y con resultados progresivamente mediocres, asumiendo entre medias encargos como el documental Franco, ese hombre (1964), destinado a ensalzar los “25 años de paz” de la subida de Franco al poder. Merecen, no obstante, citarse trabajos no exentos de interés, como El grano de mostaza (1962), por cuyo guión original se hará acreedor del premio del Círculo de Escritores Cinematográficos; La verbena de la Paloma (1963), nueva adaptación de la mentada zarzuela; o Historias de la televisión (1965), fallido intento de retomar el éxito de su película de 1955; frente a la nulidad que suponen filmes como Pero… ¿en qué país vivimos? (1967), a mayor gloria del cantante Manolo Escobar, con el que trabajará en otras tres producciones; o ¡Se armó el belén! (1969), al servicio del cómico aragonés Paco Martínez Soria, con quien repetirá cometidos, con resultados todavía peores, en Don Erre que Erre (1970). Todas estas piezas, caducas, anodinas en su factura, significan la pura negación del cine anterior del autor, que terminará de hundirse en la década de 1970, a lo largo de una serie de bodrios ora pretenciosos, ora irrelevantes, entre ellos Los gallos de la madrugada (1971) o Solo ante el streaking (1975), nefasta seudocomedia que pone punto final a su muy considerable carrera.

20 de mayo de 2010

MASA Y CONSUMO (Artículo)




Salvador Dalí: Juego lúgubre (1929)


El consumo es el distintivo ideológico de la masa. La masa aspira al consumo; en él se realiza.
El embrutecimiento de la masa es la condición básica de la misma. Mercado y producción sostienen su esencia mudable. La masa consume para ser asimilada y así regenerada en nuevas formas de masificación. Las masas dominan el mercado, y la ideología de éste es el consumo desideologizado, impenetrable, burdo.
Desde los tiempos de la industria casera, el hombre aspiró al consumo sectorizado. La mediación del mercader malbarató la producción individual. Pronto los rasgos tomaron forma diabólica: aparecía así el capitalista, y con él el despegue de la producción dada. De la iniciativa aislada a la dimensión de lo perverso no medió sino un impulso cierto: fue la apoteosis de la técnica la que impuso la Revolución Industrial, caldo de cultivo de las masas futuras.

La masa no es producto del azar, sino necesidad del progreso. El progreso económico aniquila la individualidad del sujeto creativo, vértebra en él el arraigo de lo que prontamente será desechado.
El consumidor no cree formar parte de una masa, es unidad incuestionable de un gusto prefijado.
El mercado ilimitado ratifica en el consumidor la idea de su personalidad inherente. La coyuntura liberal arropa así el capitalismo, cuyo fin último es el beneficio progresivo. Mercado y beneficio se complementan cual formas viables de conocimiento.
Masa y consumo pervierten la esencia del hecho humano. Como entidades cerradas y unificadas, sobreviven sin tara ante las crisis ideológicas.
El capitalismo fomenta la individualidad del sujeto en tanto consumidor invertebrado. La industria reestructura progresivamente los mercados de capitales. El mercado propicia en las masas el final de su conciencia histórica.
La masa se perpetúa en su miseria consumista; su única conciencia mercantil es desarrollo o subdesarrollo.
Industria, ciudad y sociedad burguesa no son sino elementos asociados encaminados hacia un mismo fin.
El capitalismo viola la unidad consustancial del hombre en tanto estimula en él su propia depredación.

Masa y consumo vehiculan un interés mutuo: la circulación de eventos tecnológicamente viables.


8 de mayo de 2010

19 de mayo de 2010

LA ESPERA, LA TRANSFORMACIÓN (Relato posible)


Pablo Picasso:
Composición con calavera (1907)

1

Z seguía allí, de pie, esperando.
Los últimos días le habían resultado especialmente difíciles. Quería evitar a toda costa esas bagatelas que con tanta insistencia el mundo le arrojaba a la cara. El tren estaría al caer. Pero el retraso le inquietaba. Diez minutos más y quizá sería ya tarde. Le venían “pisando los talones”. Era un cliché detrás de otro: sí, alguien terminaría por hundir su proyecto de fuga, y con él, su “bonita cara”. Pero, ¿cómo había llegado hasta allí? Era una historia muy larga, demasiado larga como para poder explicarla en unos momentos tales… Z estaba solo en el mundo. No tenía a nadie, y sus bienes materiales se reducían a lo que llevaba puesto; tenía un monedero con algo de dinero, lo justo para hacer el viaje; llevaba consigo además una brújula, instrumento que desde antiguo los hombres han utilizado intentado esquivar las embestidas del azar. Mas en el caso de Z, y en medio de un mundo tiranizado por la más milimétrica precisión, dichas embestidas parecían quedar fuera de su campo… a menos que de pronto irrumpiera un terremoto, una tormenta huracanada o cualesquiera otra impertinencia de la naturaleza, de esas que de vez en cuando asolan una ciudad en un abrir y cerrar de ojos, y entonces ya es tarde para retroceder, dirigirse a la taquilla y cancelar el pasaje.
Z esperaba.
Y de pronto llegó el tren.
Z subió, tomó asiento, respiró hondo.
Era un día de mayo, de abril tal vez. Poco importa, el tiempo era favorable. El tren iba a partir de un momento a otro.
Y partió. Iba a ser un viaje largo, muy largo.
Z cerró los ojos.

2

Que yo recuerde, todo comenzó hará diez, doce o trece años atrás, tal vez, cuando la gente todavía no había adquirido la odiosa costumbre de mirarle a la cara.
Por entonces, era Z uno de tantos sujetos anónimos e intercambiables que afloran por este mundo y como flor de un día se marchitan, sí, se marchitan en medio de una “completa indiferencia”.
Su vida gris, tediosa y vacía...
Sus pensamientos miserables, incluso nulos.
Rebosaba mediocridad en cada átomo de su apariencia…
La sociedad lo aceptaba de buena gana, tal cual; no significaba nada, en el fondo. Su vida transcurría así en medio de esa normalidad rutinaria. Su familia lo (re)quería. Era un tipo satisfecho de sí mismo, podría decirse.
(Lo habían) licenciado en Derecho, tenía una novia bastante guapa, un coche (lo) suficientemente potente, un trabajo con el que ganaba (mucho/poco) dinero. Lo tenía (casi) todo: carrera, novia, coche, dinero. Era un perfecto don nadie.
- La vida te sonríe demasiado –le decía no sin cierto descaro P, supuesto amigo.
El niño bien Z no se podía quejar de su vida acomodada y relajada. Su actividad mental apenas iba más allá de las futesas que su trabajo en el buffet de abogados le exigía: un trabajo estéril, idóneo para un tipo como él, acostumbrado a mirarse diecisiete veces al día en dieciséis espejos diferentes. Cosas de sus treinta años. Por aquella época ya estaba muerto. Un cadáver.
Z fue un misántropo frustrado. Desde sus años de universitario se había codeado con la más maloliente escoria humana, y eso acabó por dejarle mella: de los más infectos alumnos pelotas, a los que despedazaba sin piedad con sus comentarios sardónicos y sus panfletos agresivos, hasta los menos soportables de los catedráticos, tipejos babeantes y estúpidos de cuya fatuidad se reía a mandíbula batiente, todo cuanto rodeaba a Z, todo eso de lo que de algún modo quería formar parte, quedaba reducido a un banal quiero y no puedo. Incapaz de arrodillarse ante nadie, de ceder ante las viejas convenciones universitarias, era mediocre por partida doble: ni destacaba como estudiante aplicado, ni mucho menos como pelota integral. No podía, por tanto, aferrarse a ninguna de estas dos absurdas disciplinas estatales.
Su deseo de actividad política –un deseo por lo demás manipulado desde fuera– pronto arraigó en él. Renegó de sus pueriles ideas comunistas de adolescencia y se afilió a un sindicato de sesgo izquierdista. Comenzó, no sin ciertas contradicciones, atacando la institución que más le repugnaba, en esencia izquierdista ella… pero ello no impidió que al mismo tiempo finalizase la carrera, recibiendo el inevitable título de licenciado: un lustro de su vida tirado a la basura por el titulillo de marras, pensó.
De vez en cuando, alguna que otra idea extraña aparecía por su cabeza, pero tan pronto como había irrumpido se desvanecía. Su inconsistencia, en todos los órdenes, gustaba a muchos de sus inevitables enemigos. Pronto se amoldó, se reconoció en ellos. Gustó.
Antes de cumplir los veinticinco años ya era un respetable muchacho que aspiraba a lo que todo muchacho de bien licenciado en Derecho debe aspirar: fundar un gabinete, fundar una familia; en pocas palabras, “sentar cabeza”.

3

El día que sentó cabeza, Z fue decapitado.
Y comprendió que él no había nacido para eso; prefería vivir re-descabezado, literal y metafóricamente. De pronto, todo cuanto había conseguido -su trabajo, su novia devenida esposa, su coche “flamante”- le dejaba un amargo-sabor-de-boca. Y no tanto por sus aspiraciones vitales, e incluso existenciales, que eran ínfimas. No, Z no era de esa clase de hombres trascendentes. Era algo mucho más concreto lo que le roía la conciencia hasta dejársela reducida al tamaño de un hueso de aceituna mascado por una dentadura obscena. No era Z lo que se dice un tonto.
Sabía que le habían vendido gato por liebre, y que todo cuanto le proponía el mundo, en lo más profundo de su ser, le provocaba auténtico pavor. Podía ser un lisiado moral, un sujeto sin principios, pero estimaba su pellejo por encima de todas las cosas terrenas y divinas, y sabía que estaba subestimando su pellejo en grado sumo de tratarlo así.
A sus treinta años una retórica parda bañaba cada uno de sus momentos. Desde el ritual del desayuno hasta el ritual del sueño, todo eran “una sarta” de rituales que delataban su aburguesada condición de oveja en medio del rebaño.
B, su novia devenida esposa, aceptaba sus debilidades. Pero como su mujer que era, apenas podía hacerse una idea de lo que pasaba por su cabeza de abogado. Él no quería un hijo, pero ella insistía en ello, en caso contrario la unidad familiar comenzaría a declinar, y un tal declive “no es aceptable” en una familia acomodada como la suya, le repetía.
Z detestaba el esquema familiar occidental, coartado por un patrón ramplón y estereotipado. Lamentaba tener que preparase para formar parte de esa media estadísticamente tan satisfactoria. Podía ser un don nadie, pero no era un número, tal y como le insinuaban segundo a segundo.
Lo más deprimente de todo era que Z no encontraba un igual con el que cual sincerarse.
P, su supuesto amigo, le había terminado por dar la espalda: al parecer, ganaba menos dinero que él, y eso propició la ruptura.
B, su mujer, no podía sincerarse con él de ningún modo, no tanto porque fuera una mujer fingidora y tramposa, que lo era, sino por el mero hecho de que era su mujer ante Dios y ante el Estado, y una trampa tal sólo podía generar en él recelos.
Su soledad era tan grande, tan desproporcionada, que comenzó a frecuentar ciertos círculos…

4

Conocí a Z un sábado por la noche.
Fue en uno de esos conciertos sinfónicos pre-dominicales que atraen a las masas embrutecidas durante la semana dispuestas a escuchar una sinfonía de Mahler como quien se fuma un habano a la luz de la luna. La tediosa industria cultural, imponiendo sus grasientos programas de mano, asolaba nuestra ciudad desde hacía varios lustros. Y nadie hacia/decía nada. Yo era partidario de otro tipo de música, concertante. Hastiado de Mahler y de los mahlerianos, tan ridículos ellos, había propuesto a la sociedad musical mahleriana un programa completamente renovado, y para ello me había decantado por los conciertos de Hans Pfitzner, no tanto porque los encontrara sublimes como por romper de una vez por todas con el adocenado gusto del público de monigotes mahlerianos. Mi propuesta fue desestimada desde el principio: Pfitzner no era judío; su música, por tanto, no era “políticamente correcta”. Sí, aquella sarta de demócratas razonaba así. Los muy cerdos querían imponer su política de corrección hasta en el mercado sonoro.
Fue entonces, al salir de aquel siniestro embolado, cuando dispuesto a tomar mi sitio “habitual” para escuchar una vez más la Titán, sorprendí en él a un hombre atildado con un monóculo brillante en el ojo izquierdo. Era joven, era apuesto, apestaba a colonia, mas ocupaba mi sitio. En efecto, aquel sujeto no era otro que… Z.
Entre los dedos de sus manos llevaba el programa que yo había escrito hacia varios meses. Mi análisis de la Titán no era un análisis esclarecedor para un primerizo en Mahler. Por el rictus de su cara comprendí que no era él un aficionado cualquiera precisamente: detecté que con su dedo índice marcaba el compás, mientras que con el pulgar insinuaba una pulsión rítmica no exenta de cierta gravedad.
- Perdone, pero ese sitio que usted ocupa es m-i sitio.
Se lo dije así, acentuando lo que no era mío. Él apenas se inmutó. Y añadió:
- Disculpe, confundí s-u localidad.
Y se cambió...
No le di más importancia a lo ocurrido. Era un sujeto anacrónico a primera vista: toda su fachada lo era. Se diría no pasaría desapercibido en un radio de diez kilómetros a la redonda. Vestía a la antigua, cual ejemplar decimonónico en un salón de arte, remedo de Reynaldo Hahn con un aire a lo Oscar Wilde. La masa no le quitaba el ojo, me fijé. Algunos monigotes se reían, ridiculizaban su modo de vestir, su andar pausado y exquisito, como el paseante en medio de un campo de huevos de avestruz que se niega por principio a chafar huevo que se le ponga a suela. Y sin embargo Z sabía vestir, caminar, aparentar mejor que ninguno… mientras que sus patéticos y vomitivos detractores delataban una vulgaridad tal que omitiré cualquier comentario sobre sus anodinos trapos.
Pensé en Z algunos segundos más, y lo olvidé.
No era mi tipo, con todo.

5

La extraña transformación que operó en Z no se produjo de la noche a la mañana, en absoluto.
En un espacio temporal de menos de tres meses, Z pasó de ser un vulgar abogado a convertirse en un distinguido caballero decimonónico. Ignoro qué transición operó tan milagrosamente en él. Pero el comienzo bien pudo ser así.
Y esperando seguía allí Z... de pie.


Zaragoza, abril-mayo de 2010

14 de mayo de 2010

3 pioneros aragoneses: JIMENO, COYNE, AZNAR (Colección de artículos biográficos - Cineastas - Nos. 4 - 6)


Eduardo Jimeno
(1870-1947)

Empresario español, pionero de la industria cinematográfica española, nacido en Zaragoza. Es el autor de la primera película española conservada, Salida de misa de la Iglesia del Pilar de Zaragoza, rodada el domingo 5 de noviembre de 1899; su importancia histórica, por tanto, es capital, al tratarse de la única cinta española del siglo XIX que ha llegado hasta nosotros. Agustín Sánchez Vidal describe así la filmación de tan singular ensayo: "Consta de un solo plano, obtenido desde una posición elevada y desviada a la izquierda respecto del eje perpendicular de la llamada Puerta Baja de la basílica del Pilar de Zaragoza” (‘Realizadores Aragoneses’, 1999, p. 8). Alentado por la buena acogida popular de la cinta -proyectada mediante el sistema Lumière-, Jimeno repitió el experimento ofreciendo una nueva entrega, Saludos, filmada una semana después en el mismo lugar: a diferencia de la anterior, en esta ocasión el público filmado sí fue partícipe de su papel, saludando a la cámara.

Ignacio Coyne
(1872-1912)

Empresario y cineasta español, pionero de la industria cinematográfica española, nacido en Pamplona y establecido en Zaragoza. Procedente de una familia de fotógrafos, Coyne centró su actividad en el incipiente medio, abordando la realización y la exhibición. Sus primeras experiencias cinematográficas datan de 1904, estando reunidas bajo el título de Escenas callejeras, y que en efecto agrupan una antología de cortometrajes filmados en las calles de Zaragoza. Coyne fue asimismo el creador del denominado “Cine-Parlante Coyne”, practicado en su sala de proyecciones y consistente en la proyección de los filmes con el acompañamiento de discos sincronizados Chronophone. Reportero cinematográfico, filmó junto al operador Antonio Tramullas la Guerra de Marruecos en 1909, entregando una serie de cortos. Falleció en Zaragoza en 1912.

Adolfo Aznar
(1900-1975)

Director de cine y escultor español, uno de los cineastas españoles con mayor talento plástico de su tiempo. Nacido en La Almunia de Doña Godina (Zaragoza), Aznar despuntó como escultor antes de dedicarse al cine, siendo discípulo predilecto de Mateo Inurria; trabajaría sobre el mármol, el bronce y la madera, alcanzando cierta notoriedad. Este prestigio le permitirá enfrentarse a la producción de la que será su primera película como director, Colorín (1928), haciéndose cargo también de la escritura del guión y protagonizándola; realizada sin tener previos conocimientos técnicos sobre el medio cinematográfico, la cinta obtendría un éxito crítico que ratificará a su autor entre los más prometedores cineastas de la industria española, cuyos valores serían confirmados en su siguiente empeño, Gloria (1929). Durante la década de 1930 realizó dos significativos cortometrajes destinados al público infantil, Pupín y sus amigos (1931), y especialmente Pipo y Pipa en busca de Cocolín (1936), notable incursión en el cine de dibujos animados. Entre medias se sitúa la mediocre Miguelón o el último contrabandista (1933), con el protagonismo del tenor Miguel Fleta, codirigida junto a Hans Behrendt y malograda por problemas de infraestructura. Su último trabajo destacable es El milagro del Cristo de la Vega (1940), la mejor y más elaborada de sus obras, basada en la leyenda de José Zorrilla. Concluirá la década de 1940 realizando cuatro anodinos largometrajes, amén del documental Suburbios (1947), antes de desaparecer de la escena cinematográfica. Manuel Rotellar, en un intento de reivindicación, describe así al cineasta: “Gran individualista, como buen aragonés, se movía mejor en aquellos temas que le eran gratos y donde podía rendir plenamente como artista plástico. El mejor cine de Aznar es, esencialmente, visual. Mal conocido en su tiempo, es totalmente desconocido para las nuevas generaciones. Su obra, hecha con inteligente mesura, con una gran inspiración cinematográfica, está pidiendo una revisión” (‘Aragoneses en el cine, 3’, 1972, p. 41). Adolfo Aznar falleció en Madrid el 15 de junio de 1975.

En Epdlp:

- Eduardo Jimeno
- Ignacio Coyne
- Adolfo Aznar

3 de mayo de 2010

GEORGES MÉLIÈS (Colección de artículos biográficos - Cineastas - No. 3)



Georges Méliès
(Francia, 1861 - 1938)


Cineasta, actor, dibujante e ilusionista francés, uno de los más relevantes pioneros del arte cinematográfico. Nacido en París, Méliès, especialmente dotado para el dibujo, forjó su vocación teatral prontamente, llegando a ser director del Teatro Houdin. El cinematógrafo no fue en principio sino una posibilidad de cara a ampliar sus recursos teatrales. Sus primeras experiencias fílmicas carecen de particular interés, tratándose de copias de los ensayos previamente realizados por Edison o los Hermanos Lumière sobre asuntos de actualidad o ficciones elementales. La determinación de construir en 1897 unos estudios en su finca de Montreuil marcará el comienzo, por lo demás efímero, de su época de esplendor, dominada por la utilización de novedosos trucos y argumentos progresivamente volcados a la fantasía o la ciencia ficción. De sus más de quinientos filmes, perdidos en su gran mayoría, el más característico de todos ellos es Viaje a la luna (1902), muy representativo de su no-estilo, y cuyo sentido de la puesta en escena, esencialmente teatral, tiene todos y cada uno de los “defectos” o cualidades de este cinema incipiente: planos generales fijos -la cámara pasa a ocupar el lugar del espectador en la butaca del teatro-; solapamiento temporal -repetición del mismo suceso entre el final y el comienzo de dos planos distintos-; o nula utilización del montaje como elemento narrativo-diferenciador, esto es tratando los posibles y así múltiples puntos de vista más allá de la mera sucesión de escenas. Cualidades fílmicas, en efecto, que impiden hablar de puesta en escena cinematográfica propiamente dicha, tratándose más bien de la trasposición mimética de los recursos teatrales al cine en manos de un primitivo. Sea como fuere, Méliès no evolucionó más allá de estos planteamientos, y su envoltura formal pronto quedó obsoleta; a este estancamiento creativo se sumó cierta penuria económica que le llevaría a la bancarrota en sus años postreros. Su última experiencia cinematográfica tendría lugar en 1913. La importancia de Méliès reside no tanto en sus aportaciones al lenguaje cinematográfico, escasas e intuitivas, como en su visionaria utilización del cinema como espectáculo, inyectando a sus trabajos un impulso narrativo antes inusitado. Reivindicado por los surrealistas, ensalzado unánimemente como uno de los maestros del Séptimo Arte, Méliès otorgó al cine su fascinante poder de ensoñación a través de una concepción del trabajo artesanal, casi casera; de aquí su inconfundible sello, su infantil ingenuidad, pero sobre todo su entidad artística, vigente al menos en sus más memorables logros, en sus más imperecederas imágenes.