22 de abril de 2010

ROBERT ALDRICH (Colección de artículos biográficos - Cineastas - No. 2)




Robert Aldrich
(Estados Unidos, 1918 - 1983)


Director, productor y guionista cinematográfico estadounidense, uno de los grandes cineastas del Hollywood de los años 50 y 60. Hijo de una pudiente familia, desarrolló antes de dirigir una carrera como ayudante de dirección en la que alcanzaría gran reputación, trabajando al lado de directores como Joseph Losey o Lewis Milestone. Tras debutar con dos filmes de aprendizaje, The Big Leaguer (1953) y World for Ransom (1954), Aldrich obtiene sus primeros logros considerables con Apache (1954) y, sobre todo, Veracruz (1954), personales revisiones del western, posibilitadas por la implicación como productor del inquieto actor Burt Lancaster. Su primera obra maestra es El beso mortal (1955), soberbio ejercicio de estilo en clave de cine negro, donde la narrativa de Aldrich, efectista y entrecortada, aparece ya plenamente codificada. Esta calidad cinematográfica tendrá continuidad en sus dos siguientes títulos, The big knife (1955), maniquea ilustración del sórdido mundillo hollywoodiense, realizada a partir de una obra del dramaturgo Clifford Odets; y el film bélico Attack! (1956). Tras una cinta pretendidamente menor, el melodrama folletinesco Autumn leaves (1956), y el despido del rodaje de Bestias de la ciudad, realizada para los Estudios Columbia y que terminaría Vincent Sherman, Aldrich comienza su peor momento creativo: alejado de los estudios de Hollywood, el cineasta marchará a Europa, realizando varias desiguales películas, entre las que destaca Sodoma y Gomorra (1962), apreciable peplum subestimado por la crítica, repleto de hallazgos de puesta en escena y vigoroso en la exposición del conflicto bíblico; entre medias se sitúa un trabajo de la relevancia de El último atardecer (1961), western crepuscular realizado en Hollywood sobre un guión de Dalton Trumbo. De regreso a Hollywood, la película que vuelve a situarlo en primer plano es ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), grotesca plasmación de un universo femenino histérico y degradado, potenciado por la desmelenada interpretación de Bette Davis, que tendrá continuidad, con resultados superiores, en Canción de cuna para un cadáver (1964). El éxito de estas dos películas permitirá al director realizar una de sus obras más características, la aventura El vuelo del Fénix (1965), y de afrontar la dirección de la, todavía hoy, más famosa de sus cintas, Doce del patíbulo (1967), a la que seguirán dos de sus títulos mayores, La leyenda de Lylah Clare (1968), reflexión sobre el mito hollywoodiense, y La banda de los Grissom (1971), violenta historia de gángsters. Sus últimas películas importantes son El emperador del Norte (1973) y, en especial, su testamento cinematográfico, Alerta: misiles (1977), trabajos de madurez dominados por un pesimismo vital que dominará sus últimos años, entre los que se sitúan concesiones al gran auditorio como Rompehuesos (1974) o El rabino y el pistolero (1979), burdos intentos de adaptar a los nuevos tiempos el estilo violento y abrupto del director. Su última película fue Chicas con gancho (1981).

En Epdlp: Robert Aldrich

19 de abril de 2010

FLORIÁN REY (Colección de artículos biográficos - Cineastas - No. 1)



Florián Rey
(España, 1894-1962)


Director de cine español, de nombre real Antonio Martínez del Castillo, el más destacado cineasta del periodo mudo en España. Nacido en La Almunia de Doña Godina (Zaragoza), abandonó sus estudios de Derecho para dedicarse al periodismo, pero su gusto por la interpretación le llevaría a debutar como actor de cine bajo las órdenes de José Buchs en La inaccesible (1920). Tras un lustro dedicado a la interpretación, su primera película como director es una adaptación de la zarzuela La revoltosa (1924), cuyo éxito le permitirá dar continuidad a una carrera que pronto despuntará entre las más personales del cine mudo español a través de una serie de filmes progresivamente personales, con una puesta en escena relativamente sofisticada para la España de la época, en la que los residuos teatrales todavía son muy fuertes en el cine, y con una destreza técnica y un sentido de lo poético que alcanzará su máxima expresión en La aldea maldita (1930), su obra maestra y acaso la película más importante del cine mudo español, un drama rural sobre guión propio con una clara influencia del cine expresionista alemán. Entre medias se sitúan dos películas de la relevancia de Gigantes y cabezudos (1925) y, sobre todo, La hermana San Sulpicio (1927), inicio de su fructífera colaboración con la bailarina Imperio Argentina, con la que contraerá matrimonio en 1934. Los años treinta suponen su mejor momento creativo, quedando marcados por sus dos grandes éxitos para Cifesa: tanto Nobleza baturra (1935) como Morena Clara (1936), ambas protagonizadas por Imperio Argentina, son filmes de carácter regional con argumentos estereotipados, pero trascendidos por una sabiduría cinematográfica que desoye los cánones imperantes de la época en el cine de consumo habitual. Con el estallido de la Guerra Civil española marcha, invitado por Goebbels, a Alemania; el entusiasmo que a Hitler le ha producido Nobleza baturra es una de las causas de dicha invitación, que dará como resultado Carmen, la de Triana (1939), su film técnicamente más perfecto, y La canción de Aixa (1939). El regreso a España, su ruptura con Imperio Argentina y la mala situación del cine español tras la Guerra Civil, repercutirán irremediablemente sobre su cine posterior, progresivamente mediocre. Sus últimas películas importantes son Orosia (1943) y Cuentos de la Alhambra (1950), sobre la obra homónima de Washington Irving, entre las que figura un título menor no exento de interés como Brindis a Manolete (1948). Con su último film, Polvorilla (1956), Florián Rey se despedía malamente del cine. Olvidado, pobre y enfermo, morirá seis años después. Sus restos mortales reposan en una fosa común.

En Epdlp: Florián Rey

3 de abril de 2010

El Milagro de Calanda (Apunte)

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Refutado por investigadores heridos en su cuadriculado entendimiento, atacado por incrédulos de toda laya y sometido ocasionalmente a una lectura de bazar de feria bien típica de nuestro descreído tiempo, el Milagro de Calanda se impone, al menos por la naturaleza de los hechos y aplastante veracidad del mismo, como uno de los más inauditos, sorprendentes e indiscutibles de los habidos en la historia del Cristianismo.

El hecho empírico, el Milagro de milagros, se impondría así y de este modo -confirmada su veracidad- como una de las más certeras evidencias de la posibilidad del milagro (del latín miraculum, derivado de mirari: asombrase) en el mundo terreno, con todas sus consecuencias: desde la certeza de una entidad divina autora (Dios) hasta la superación de los esquemas prototípicos de la milagrería occidental.


Lo primero que propicia en el escéptico (advertimos que no es nuestro caso, faltaría más: ¡somos católicos!) el "extañamiento" es la asombrosa documentación que sobre éste persiste: un buen puñado de papeles que confirman lo que en principio y a priori difícilmente podría ser aceptado por cualquier entendimiento humano aferrado a la materia, con fe o sin ella: que una pierna amputada -"una pierna muerta y enterrada", como reza el conocido romance popular- le sea restituida al propio mutilado por intervención de la Virgen del Pilar. Este hecho extraordinario, que como decimos será puesto en duda -siempre a la ligera- y hasta "desmontado" -de forma inconsecuente, como con tan mala fe ha hecho un charlatán de la calaña de Brian Dunning- por propios y extraños, tiene a su favor un documento sin el cual todo quedaría en espejismo dudoso para el moderno henchido de empirismo y evidencia: se trata del Acto público del notario Miguel Andreu, de Mazaleón, testificado en Calanda el 2 de abril de 1640, escrito apenas cinco días después del milagro. Sin este documento esencial, reiteramos, el Milagro de Calanda sería uno de tantos, producto claro de una época bien dada a ellos, donde fe y exaltación espiritual (de la que tan necesitada está esta época nuestra) formaban una pareja recurrente. Mas el texto existe para nuestra suerte. El segundo documento en importancia -al menos desde la perspectiva histórica del hecho-, sería la Sentencia del Arzobispo de Zaragoza, D. Pedro Apaolaza Ramírez, de 27 de abril de 1641, declarando milagrosa la restitución súbita a Miguel Juan Pellicer de su pierna derecha amputada, relectura atenta del suceso, escrita con una corrección de estilo ausente en el previo, y afirmación definitiva del Milagro como tal. Caso único en la historia, que sepamos.

La voz más autorizada sobre el presente, Don Tomás Domingo Pérez, canónigo archivero-bibliotecario de la S.I.M., puntualizando, escribe al respecto: "Para constatar la realidad del hecho histórico hay que distinguir las diversas épocas, ponderando, por ejemplo, la diferencia entre la Edad Media, aún infantil e ingenua, y la Edad Moderna, ya más crítica y racional; ni es lo mismo la simple transmisión oral que la existencia de fuentes, sobre todo si son coetáneas" (El Milagro de Calanda, Cabildo Metropolitano de Zaragoza, 1987). En efecto, he aquí el gran quebradero de cabeza de todo escéptico cegado a la Verdad: la irrefutabilidad de unos documentos legítimos.

Recordemos, empero, las circunstancias del Milagro, su protagonista pasivo y el lugar donde éste tuvo lugar.

Ocurrió la noche del 29 de marzo de 1640, en la villa turolense de Calanda y en la persona de Miguel Juan Pellicer, joven mutilado de la pierna derecha, que le había sido amputada -cuatro dedos por debajo de la rodilla- dos años y cinco meses antes, a finales de julio de 1637 en Castellón, al pasarle por encima un carro lleno de trigo. Pellicer, que por entonces contaba diecinueve años de edad, fue llevado al Hospital de Valencia, donde la herida le fue sometida a una deficiente cura. Nostálgico de su tierra, se encaminó cinco días después hacia Zaragoza, subsistiendo a base de limosnas, y llegando a ésta en los primeros días de octubre de dicho año. Lo primero que visitó fue el templo de Nuestra Señora del Pilar, siendo ingresado a continuación en el Hospital de Gracia, donde le fue amputada la pierna dado su penoso estado.

Las informaciones y sutilezas de detalle de que disponemos sobre este peregrinaje son muchas y más que suficientes. Lo más significativo, con todo, viene después: tras practicar la mendicidad a las puertas del Pilar, donde Miguel Juan adquirió cierta popularidad como pordiosero habitual en la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, y tras oír misa diaria en la Santa Capilla, regresaría a su Calanda natal. El viaje, largo y difícil, culminaría finalmente. A la espera (inesperada) de la noche del 29 de marzo de 1640, todo cuanto hasta ahora hemos apuntado nada tiene de extraordinario. Sin embargo, aquella noche algo sobrecogedor, inexplicable, glorioso en su excelso significado, iba a ocurrir: tras encomendarse, como hacía siempre, a la Santísima Virgen del Pilar, el infeliz se durmió... Fueron sus padres los que al entrar en el aposento del hijo, horas después, reconocieron con la luz del candil que Miguel Juan tenía no ya una, sino las dos piernas.

Tal y como confesaría después Pellicer, éste soñó que la Virgen del Pilar le había traído y puesto la pierna antaño amputada. Para sorpresa de los médicos y del pueblo en general, algunas de las heridas y marcas de la pierna pretérita aparecían en la "nueva" pierna (que no era una nueva pierna, sino su "antigua" pierna). Este hecho de resonancia europea marcaría la vida de nuestro hombre, hasta el punto de que el propio Felipe IV, recibiéndolo en su corte, le besaría la resucitada pierna.

Breve, con todo, sería la vida de Miguel Juan, que al parecer falleció el 12 de septiembre de 1647 en Velilla de Ebro (Zaragoza), con solamente treinta años de edad.

Sea como fuere, el Milagro, el hecho extraordinario en sí, quedó allí anotado, en esos preciosos documentos, tan esclarecedores como enigmáticos. Y las preguntas, en consecuencia, no dejarán de volver a replantearse en una época como la nuestra, una época que ha enterrado la fe religiosa de los hombres como si de una debilidad se tratase. Ante el único milagro documentado de la Historia, todas preguntas devienen redundantes y faltas de sentido: aceptar su veracidad o negarla totalmente es indiferente. El milagro en cuanto tal persiste, y así será en tanto que ocurrió (tal y como la historia, la posible y a menudo falsificadora Historia, nos ha confirmado a través de multitud de estudios circulares, testimonios, obras de arte). Sin embargo, la fuerza de la razón, la mera intuición, parece invitar a muchos a dudar, a negar lo ocurrido, prescindiendo así de la Fe, de una fe que nuestra época pragmática y sombría parece negar a cada golpe de segundero. Pero, ¿qué juicio puede darse por definitivo, cerrado?

El por muchos llamado Milagro de milagros, el Milagro de Calanda, realizado por la Virgen del Pilar en la persona de su mutilado devoto Miguel Juan Pellicer, permanecerá así en el archivo de las glorias del Catolicismo, desafiante al paso del tiempo, de la fatua razón y de las vanas apariencias de este mundo.


Terminado de escribir el 4 de abril de 2010, víspera del día del Milagro de Calanda, lunes 5 de abril del año en curso.

Texto revisado el 9 de septiembre de 2015.
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