26 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 22: Rikard Nordraak



Rikard Nordraak
(Noruega, 1842 - 1866)


Compositor noruego, principal impulsor del nacionalismo musical de su país. Desde la aparición de sus primeras composiciones -Cuatro danzas para piano, Op. 1 (1860)-, y en los pocos años que le restaban de vida, Nordraak apenas superaría un academicismo escolar de raíz germánica; su importancia como creador, por tanto, es antes testimonial que estética, siendo recordado especialmente por haber firmado la partitura del Himno Nacional noruego (1864). Enfermo de tuberculosis, Nordraak desapareció prematuramente, pero el influjo de su pensamiento sobre la música de su amigo Edvard Grieg, el mayor compositor noruego, sería considerable.

Audición del Himno nacional noruego: http://www.epdlp.com/clasica.php?id=2103
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Colección de artículos biográficos: Música - No. 21: Ernest Reyer





Ernest Reyer
(Francia, 1823 - 1909)


Compositor y crítico francés, de nombre real Louis-Étienne Rey. Nacido en Marsella, estudió música en su ciudad natal, perfeccionándose en París junto a su tía, la pianista Louise Farrenc. Desde la aparición de su primera obra importante, la sinfonía Le Sélam (1850), de un color “oriental” estereotipado, Reyer se reveló como epígono de Félicien David antes que de Berlioz, adhiriéndose en sus últimos años a la corriente wagneriana. Sus páginas mayores las escribiría para la escena, destacando sus incursiones en la ópera: Maître Wolfram (1854), La Statue (1861), Érostrate (1862), Sigurd (1884), Salammbô (1890). Talento limitado, Reyer fue un compositor ambicioso pero deficiente, y rara vez pudo aunar pretensiones con resultados. Su ópera Sigurd no es sino una mala imitación del estilo operístico de Wagner, donde todavía persisten residuos de Meyerbeer. Más relevante resulta hoy su labor crítica, erigiéndose en una de las voces más preclaras de la vida musical francesa. Desempeñó asimismo el cargo de bibliotecario de la Ópera desde 1866.

21 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 20: Joseph Martin Kraus



Joseph Martin Kraus
(Suecia, 1756 - 1792)


Compositor sueco de origen alemán, la mayor figura de la música instrumental sueca del siglo XVIII. Llamado “el Mozart sueco”, Kraus fue uno de los fenómenos musicales de su tiempo; Haydn lo consideraba el segundo gran compositor de su generación después de Mozart. Pero la obra de Kraus entronca más con el espíritu del siglo XIX que con el de su propio siglo, tal y como se advierte en los múltiples puntos de contacto que lo aproximan a la estética de Beethoven. Director de orquesta de la Ópera Real sueca desde 1781 hasta su fallecimiento, fue un artista cultivado y experimentador, compaginando sus estudios musicales con los de Filosofía y Derecho, que culminaría en 1778, poco antes de partir para la que sería su verdadera patria, Suecia. Kraus es el autor de 12 sinfonías, un concierto para violín, 3 óperas -Proserpina (1781), Soliman den andre (1789), Aeneas i Carthago (1790)-, ballets -Fiskarena, Azire-, música incidental -destacando sus páginas para Olympie-, cantatas, un oratorio -Der Tod Jesu (1776)-, amén de abundante música de cámara -sonatas, dúos, tríos, cuartetos, un quinteto- y canciones. Como Mozart, escribió una Misa de Réquiem (1775), sin que en ningún momento resista la comparación con la del genio de Salzburgo. Y al igual que éste, murió a temprana edad, falleciendo en Estocolmo a los 36 años.
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Audición de la Sinfonía Fúnebre:

Colección de artículos biográficos: Música - No. 19: Eugen d’Albert




Eugen d’Albert
(Alemania, 1864 - 1932)


Compositor y pianista alemán de origen inglés, uno de los wagnerianos moderados más consistentes de su generación, nacido en Glasgow. Alumno aventajado de Liszt al piano, cuyos pasos en el virtuosismo trascendente prosiguió, fue asimismo un apreciable ejecutante de Johann Sebastian Bach. Aunque profundamente impresionado por el arte de Richard Wagner, su estilo compositivo también mira a Brahms y al academicismo germánico dominante, sin denotar por ello una personalidad muy acusada. Lo más difundido de su música instrumental reside en sus dos conciertos para piano, destacando el segundo, Op. 12 (1893), amén de su Sinfonía (1886), mas lo esencial de su producción se halla en su veintena de óperas, de entre las que sobresale Tiefland (1903), basada en Terra baixa, tragedia en prosa de Ángel Guimerá, la única que se ha mantenido en el repertorio y que ratifica a su autor, junto a Peter Cornelius y Engelbert Humperdinck, como el más valioso de los wagnerianos menores que escribieron música para la escena. Falleció en Riga a los 67 años de edad.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 18: Arnold Bax



Arnold Bax
(Gran Bretaña, 1883-1953)


Compositor neorromántico y escritor inglés, influido por la novela celta y la poesía del irlandés William Butler Yeats. Figura anacrónica en el panorama musical de su tiempo, Bax fue un conservador en cuyas obras no hizo sino prolongar el estilo descriptivo inglés, destacando su sensibilidad para el tratamiento musical de escenas pastorales y su gusto por el canto popular, entroncando así con la estética nacionalista de Vaughan Williams y, en menor medida, Elgar. Compositor prolífico, Bax escribió abundante música de cámara, con partituras del relieve de sus cuatro sonatas para piano, sus tres cuartetos de cuerda y el Quinteto con arpa (1915), obras plenas en su natural línea melódica, de una escritura clara y biensonante, abiertamente decimonónica. Pero sin duda, lo más destacado y difundido de la producción de Bax es su música orquestal, despuntando su ciclo de poemas sinfónicos -The Garden of Fand (1916); Tintagel (1917); November woods (1917); Summer Music (1920); The Happy Forest (1922); The Tale the Pine Trees Knew (1931)- y, sobre todo, sus siete sinfonías -, en mi bemol (1922); , en mi menor (1925); , en do (1929); , en mi bemol (1931); , en do sostenido menor (1932); , en do (1934); y , en la bemol (1939)-, amén de la Sinfonietta, obras en absoluto novedosas, pero dueñas de un encanto cierto, en las que la influencia de Wagner, Sibelius y el simbolismo francés son algo más que referencias puntuales. Nombrado Caballero en 1937, Sir Arnold Bax escribió en sus últimos años música para el cine, firmando la partitura de la película Oliver Twist (1948), de David Lean. Publicó sus escritos literarios bajo el seudónimo de Dermot O´Byrne. Falleció a los 69 años en Cork (Irlanda).

Audición del Concierto para violín (1938):
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19 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 17: Adolphe Adam

Adolphe Adam
(Francia, 1803-1856)

Compositor francés, autor de la música de uno de los ballets más famosos del repertorio, Giselle. Nacido en París, niño prodigio, Adam ingresó en el Conservatorio de su ciudad en 1817. Alumno favorito de Boieldieu, quien orientó su gusto hacia la música teatral, tras ganar el Segundo Premio de Roma inició una exitosa carrera como compositor de óperas, llegando a firmar más de medio centenar de títulos, todos ellos hoy olvidados, pero que en su tiempo llenaron las arcas de la Ópera Cómica; entre los más famosos, figuran Le Chalet (1834), Le Postillon de Longjumeau (1836), Le Toréador (1849), Si j´étais roi (1852) y Le Sourd ou l´Auberge pleine (1853). También escribió música de ballet, destacando sus temas para Giselle (1841), ricos en aciertos melódicos y de un lirismo que preludia los logros de Léo Delibes. Fiel reflejo de la música de consumo de su tiempo, Adam, siempre atento a los gustos más triviales del público, al que rara vez defraudó, cultivó un estilo sin preocupaciones estéticas, pero harto efectivo. Pese a su amistad con el innovador Berlioz, Adolphe Adam asumió sus limitaciones como compositor, puesto que la gloria mundana le bastaba, lo que explica la nula evolución de su escritura, en la que los rellenos y los lugares comunes permanecen inalterables, prefijados. Profesor de piano en el Conservatorio desde 1849, fue asimismo el fundador del Teatro Nacional. Falleció a los 52 años.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 16: Friedrich Kalkbrenner





Friedrich Kalkbrenner
(Alemania, 1785-1849)



Compositor y pianista alemán, el mayor astro del piano de su tiempo antes del advenimiento de Franz Liszt. Sus extraordinarias dotes fueron advertidas por Beethoven y Haydn, quienes respaldaron su carrera. Tras su paso por el Conservatorio de París, inicio una brillante carrera de virtuoso del piano que le permitiría consolidarse en las décadas de 1820 y 1830 como el primer pianista de su tiempo. Kalkbrenner, poseedor de una gran fortuna y de amistades en los círculos sociales más frecuentados, ejerció cierta influencia sobre Chopin, de quien sería su maestro. Otros grandes compositores como Schumann o Mendelssohn apreciaron su técnica. Su gran rival, Henri Herz, no pudo eclipsarle. Las damiselas consumían sus partituras a la moda vorazmente. Pero su música no le ha sobrevivido; una obra encasillable en la música de salón, cuyo centro de gravedad es el piano y que, en sus múltiples concesiones al virtuosismo y trazo grueso, no consigue despegar más allá de los clichés más manidos del piano romántico imperante entonces. Las aportaciones de Kalkbrenner fueron esencialmente técnicas y, desde un punto de vista histórico, necesarias en tanto abrieron un nuevo camino que conduciría a Liszt, mas su labor creadora fue estéril. Autor incombustible de conciertos, sonatas, estudios, fantasías, variaciones, arreglos, etcétera, su obra maestra se encuentra en los Preludios, Op. 88, que anticipan los logros definitivos de Chopin en esta forma.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 15: Richard Addinsell



Richard Addinsell
(Gran Bretaña, 1904-1977)


Compositor inglés. Alejado de los círculos académicos, Addinsell realizó sus estudios musicales, de manera bastante incompleta, en el Royal College of Music. Dedicó sus esfuerzos mayormente a la música cinematográfica. Debe su fama a una sola obra, el Concierto de Varsovia, escrito para la columna sonora del film Dangerous Moonlight (1941), de Brian Desmond Hurst. Se trata de un concierto para piano y orquesta en un único movimiento, que remeda superficialmente a Rachmaninov en su vertiente menos creativa. Plagado de defectos estructurales, estereotipado en grado sumo, el concierto, a causa de ello, ha logrado un éxito popular sin precedentes en una composición de su naturaleza: más de un centenar de grabaciones y tres millones de copias vendidas. Las restantes composiciones de Addinsell no se aproximan, ni de lejos, a este golpe maestro donde audacia comercial y sensiblería emocional se aúnan perfectamente. Del resto de su producción, se puede mencionar asimismo el breve fragmento sinfónico Southern Rhapsody, así como su música para las películas Adios, Mr. Chips (Sam Wood, 1939), Amigos apasionados (David Lean, 1949) y El Príncipe y la Corista (Laurence Olivier, 1957), entre otras.

Audición del Concierto de Varsovia:
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18 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 14: Franz Schmidt




Franz Schmidt
(Austria, 1874-1939)


Compositor, profesor y director de orquesta austríaco, de origen húngaro. Discípulo de Anton Bruckner, tras una primera época como violonchelista de la orquesta de la Ópera de Viena, consolidaría su magisterio como profesor de composición y de contrapunto en la Academia vienesa. Como compositor, su fama se cimienta en el oratorio El Libro de los Siete Sellos (1937), inspirado en los fragmentos bíblicos referentes al Juicio Final. Su estética, que prosigue la estela de Bruckner, queda bien reflejada en su ciclo sinfónico, que va desde la Sinfonía No. 1 (1899) hasta la última y más conocida, la No. 4 (1934), escrita en memoria de su hija, prematuramente fallecida; quedan entre medias dos obras de la talla de las sinfonías No. 2 (1913) y No. 3 (1928), en las que su orquestación maciza y sin fisuras, su calculada estructura y simetría, se perfilan como el mayor obstáculo de cara a su justa apreciación en una época dada a mayores libertades expansivas, en buena medida debido a las estériles comparaciones que lo han minimizado en beneficio de su coetáneo Gustav Mahler, con el que a menudo se lo compara. Deben destacarse asimismo sus dos conciertos para piano -No. 1 (1923); No. 2 (1934)-; las Variaciones sobre un canto húsar (1930); y, sobre todo, sus óperas, Notre-Dame (1904) y Fredigundis (1921). Entre sus obras más conseguidas destaca la monumental Fuga solemnis (1937), cuya potencia grandiosa y calculada matemática del contrapunto la entroncan con el imperecedero arte de Johann Sebastian Bach.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 13: George Antheil




George Antheil
(Estados Unidos, 1900-1959)


Compositor, pianista y escritor norteamericano, uno de los máximos exponentes de la vanguardia musical europea durante los años veinte. Formado en el Conservatorio Sternberg de Filadelfia, estudió composición con Ernest Bloch y pronto emprendió una gira europea como pianista de “nueva” música que le llevó a alcanzar gran popularidad entre el público. Su partitura más conocida, escrita en plena fiebre maquinista, es Ballet Mecánico (1924), para ocho pianos, piano mecánico, xilófonos, campanas eléctricas y hasta hélices de helicóptero; esta polémica obra, de apenas quince minutos de duración, en su atronadora y hasta caótica disposición de los elementos sonoros, constituye uno de los más conocidos ejemplos de música dadaísta. Otras obras importantes son Jazz Symphony (1926), el Concierto de cámara (1932), para ocho instrumentos, y la ópera Transatlantic (1930). Sin embargo, el grueso de la obra de Antheil mira más al pasado que al futuro: su lenguaje, esencialmente tonal, no aporta grandes novedades a la estética musical de su tiempo, quedando en exceso supeditado al academicismo de su escritura, algo que se afirma definitivamente en su ciclo de sinfonías, de las que escribió seis, en un estilo neorromántico heredero de las formas del siglo XIX. Antheil, uno de los compositores más comentados de su tiempo, no evolucionó más allá del Ballet Mecánico, y los años treinta marcaron el comienzo de su decadencia creativa. En sus últimos años, instalado en Estados Unidos, escribió música para el cine siguiendo los más convencionales métodos compositivos de Hollywood. Asimismo, escribió una autobiografía. Murió en Nueva York a los 58 años.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 12: Maurice Jarre

Maurice Jarre
(Francia, 1924-2009)

Compositor francés, especialmente conocido por sus bandas sonoras para el cine. Nacido en Lyon, fue alumno de Aubert y Passerone en el Conservatorio de París, destacando pronto en la percusión. En 1951 sería nombrado director de la música del Teatro Nacional Popular de París, para el que escribiría numerosas músicas de escena hasta 1963. Estas composiciones, un tanto anodinas, respondían plenamente a la función ilustrativa que el texto les tenía asignadas, y que de algún modo anticiparían futuros logros del compositor en la música cinematográfica; en ellas la influencia de Arthur Honegger es notoria. En cualquier caso, lo más destacado de la producción musical de Jarre se circunscribe a sus ballets: Armida (1954), Fácheuse rencontre (1958) y Notre Dame de París (1966), su obra maestra; partituras hoy olvidadas pero que en su tiempo situaron a su autor entre los músicos franceses más reputados de la escena. Entre medias, merecen destacarse piezas instrumentales como Pasacalle a la memoria de A. Honegger (1956), en homenaje al gran compositor suizo, fallecido en 1955; Polyphonies concertantes (1959), para piano, percusión, trompeta y orquesta; así como la comedia musical Loin de Rueil (1961). En 1962, Jarre se haría acreedor del Premio de la SIMC, y al año siguiente alcanzaría su consolidación mundial con el Óscar de Hollywood ganado por la partitura del film Lawrence de Arabia, de David Lean, película que orientaría de manera definitiva su futura carrera en el medio cinematográfico, para el que escribiría la música de más de ciento cincuenta películas, una nueva etapa que se prolongaría hasta el final de su carrera y que, aunque mucho más popular que la primera, es musicalmente inferior. El éxito de sus temas para la película Doctor Zhivago (1965), segunda colaboración con David Lean y segundo premio Óscar, mediatizaría su firma hasta el punto de convertirse en su trabajo musical más duradero, al menos popularmente, gracias a sus melodías azucaradas y al empleo asumidamente kitsch de la música rusa. Desde entonces Jarre amasaría una fortuna trabajando para la industria cinematográfica. El último año de su vida, el Festival de Cine de Berlín le concedió un Oso de Oro honorífico por toda su carrera.

16 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 11: Dimitri Bortnianski

Dimitri Bortnianski
(Rusia, 1751 - 1825)

Compositor ruso, primera figura musical relevante de su país antes del advenimiento de Glinka. Nacido en la población ucraniana de Glukhovo, Bortnianski fue discípulo de Baldassare Galuppi en San Petersburgo. Al igual que otros compositores italianos emigrados a Rusia, Galuppi fue uno de los introductores de la música italiana en la cultura eslava, primer contacto decisivo de ésta con el mundo occidental; la repercusión de su magisterio marcaría el arte de Bortnianski, quien acompañaría a su maestro a Italia, permaneciendo allí por un tiempo y escribiendo en un estilo muy próximo al de éste una serie de óperas italianas que supondrían sus primeros trabajos de peso: Creonte (1776), Quinto Fabio y Alcides (1778). De regreso a San Petersburgo, y por entero italianizado, Bortnianski prosiguió escribiendo óperas -La Fiesta del Señor, El Halcón, El Hijo rival-, pero sus aportaciones esenciales pertenecen al terreno de la música religiosa, componiendo sus series de Salmos ortodoxos y Melodías religiosas, páginas en las que, sin crear empero un estilo nacional propiamente ruso, Bortnianski abría el camino del nacionalismo impulsado por Glinka, y que “Los Cinco” y Tchaikovsky llevarán a su más plena expresión artística.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 10: Miklós Rózsa




Miklós Rózsa
(Hungría, 1907-1995)


Compositor de origen húngaro nacionalizado estadounidense, conocido especialmente por sus partituras cinematográficas para Hollywood. Nacido en Budapest, ya a muy temprana edad manifestó excepcionales dotes musicales, que le llevaron a estudiar violín, viola y piano. En 1925 ingresó en el Conservatorio de Leipzig, donde tuvo como profesores a Theodor Kroyer y Hermann Grabner. Los años treinta están marcados por su estancia en París, ciudad a la que llegó en 1933 y, dos años después, Londres, antes de instalarse definitivamente en Hollywood, donde desarrollaría una doble carrera como compositor para el cine y profesor de composición en la Universidad de California del Sur (Los Ángeles). Epígono aventajado aunque tardío de Bartók, las obras de Rózsa se adscriben de lleno en la música nacionalista, tomando sus melodías y ritmos del folclore húngaro; entre las más características pueden destacarse el ballet Hungaria (1935); la Serenata húngara, Op. 25 (1945), en cinco movimientos canónicos -marcha, serenata, scherzo, nocturno y danza-; el Cuarteto de cuerda, Op. 22 (1950); el Concierto para violín, Op. 24 (1954), escrito para el virtuoso Jascha Heifetz; el Concierto para piano, Op. 31 (1967); el Concierto para violonchelo, Op. 32 (1969); la Toccata caprichosa para violonchelo solo, Op. 36 (1976), escrita para el chelista Gregor Piatigorsky; el Concierto para viola y orquesta, Op. 37 (1979); y la Sonata para guitarra, Op. 42 (1986). En todas estas obras queda patente la maestría técnica del autor, así como su escasa evolución, manteniéndose fiel a lo largo de toda su vida a un estilo reconocible, aferrado a la tonalidad y donde el influjo de la música de cine, con su característico sonido sinfónico, se va haciendo cada vez más certero, como confirma su Concierto para viola, posiblemente su última gran obra y, sobre todo, la Sinfonía concertante para violín, violonchelo y orquesta, Op. 29. Pero Miklós Rózsa es ante todo el compositor de la música de películas de género épico-histórico como Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951), Ivanhoe (Richard Thorpe, 1952), Ben-Hur (William Wyler, 1959), Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961), El Cid (Anthony Mann, 1961) o Sodoma y Gomorra (Robert Aldrich, 1962). Todas estas partituras, entre las más logradas del género y luego harto imitadas por otros compositores menores, marcarían una época en la historia de la música cinematográfica al imponer el sinfonismo macizo rico en efectos de percusión y melodías tipificadas de carácter geográfico-ambiental propios del “peplum”, género en el que la partitura de Rózsa para Ben-Hur, por la que ganaría su tercer premio Óscar, constituye su más granado ejemplo.

15 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 9: Igor Markevitch



Igor Markevitch
(Ucrania, 1912-1983)


Compositor y director de orquesta ucraniano, nacionalizado italiano. Genio precoz, Markevitch fue uno de los fenómenos musicales de su tiempo, y aunque abandonó la composición antes de cumplir los treinta años, su influjo fue notorio entre los compositores de su tiempo, entre ellos Béla Bartók. Descubierto por Sergei Diaghilev, sus primeras obras muestran una clara influencia del Stravinsky de La consagración de la primavera; obras importantes antes de cumplir los veinte años son la Sinfonietta (1928) y el Concierto para piano (1929), páginas magistrales en las que el estilo del autor ya se ha afianzado más allá de la mera condición de epígono de Stravinsky: alejadas de cualquier residuo romántico, en ellas es patente una poderosa invención rítmica y una búsqueda de los efectos orquestales más novedosos, comulgando con las tendencias maquinistas en boga entonces, como pone de manifiesto una de sus partituras mayores, La Edad Moderna. La obra maestra de Markevitch, o al menos su empeño más ambicioso, es el oratorio El Paraíso Perdido (1935), sobre el texto homónimo de Milton. Otros trabajos importantes en su producción son el ballet Ícaro (1933), la Partita (1936) y la cantata Lorenzo el Magnífico, de 1941, su última gran obra. Sin embargo, Markevitch no participó de la gran corriente innovadora impulsada por Schoenberg y sus discípulos, por lo que sus logros pronto pasaron de moda, quedando en segundo plano. El parcial olvido en el que hoy está encasillada su obra como compositor confirma que, con todo, el modernismo tonal de Markevitch sólo podía ser “revolucionario” en su momento. Desde 1944 se dedicó a la dirección orquestal, acaso por haber dado por agotadas sus posibilidades como compositor. En 1965 fundó la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española, de la que sería director. De 1968 a 1973 fue director de la Orquestal de la Ópera de Montecarlo. Igor Markevitch, uno de los mejores directores de orquesta del siglo XX, ha dejado grabaciones de referencia de las sinfonías de Tchaikovsky y de obras de música contemporánea. Falleció a los 70 años.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 8: Alexander Mosolov



Alexander Mosolov
(Ucrania, 1900-1973)


Compositor y pianista ucraniano. Alumno de Sergei Prokofiev y Reinhold Glière en el Conservatorio de Moscú, desempeñó un papel de primer orden durante de década de 1920 en la vanguardia musical rusa, cimentando su prestigio sobre una sola obra: Fundición de acero (1927), estampa sinfónica adscrita a los postulados futuristas que desembocarían en la música maquinista. Pero la llegada de Stalin al poder, y con ella la fiebre reaccionaria que hundiría a la cultura rusa en la mediocridad oficialista, impidió a Mosolov, como a otros muchos compositores acusados de formalismo, evolucionar debidamente. Arrestado en 1937 y condenado a trabajos forzados durante siete años por presunta propaganda antisoviética, fue puesto en libertad a los pocos meses gracias a algunas influencias. Rehabilitado, se refugiaría así en el academicismo socialista, tomando del folclore eslavo sus temas, a lo largo de una copiosa producción que incluye 4 óperas, 6 sinfonías, 4 conciertos para instrumento solista y orquesta, 2 cuartetos de cuerda y 5 sonatas para piano, entre otras; de entre las obras más conocidas de este periodo destaca su Rapsodia de Kirguizistán, para voz solista, coros y orquesta. Falleció en Moscú a los 72 años.

Audición de Fundición de acero:
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Colección de artículos biográficos: Música - No. 7: Gustav Albert Lortzing

Gustav Albert Lortzing
(Alemania, 1801 - 1851)

Compositor y cantante alemán, nacido en Berlín. Procedente de una familia de gentes del teatro, Lortzing debutó como actor teatral a la temprana edad de once años asumiendo papeles infantiles. Casado en 1823 con la actriz Rosina Regina Ahles, que le daría once hijos, Lortzing llevaría desde entonces junto a su esposa y familia una vida itinerante en la que la economía precaria era pan de cada día. La firma de un contrato en 1833 para el Teatro Municipal de Leipzig modificaría el devenir de estas vidas errantes; desde entonces Lortzing se dedicaría de manera regular a producir sus óperas: Zar und Zimmermann (1837), Hans Sachs (1840), Casanova (1841), Der Wildschütz (1842), Undine (1845), Der Wafflenschmied (1846). Completo hombre de teatro, Lortzing afrontaba la creación de sus óperas desde todos y cada uno de sus frentes: autor del libreto y director escénico además de compositor de la música, abordaba la obra aproximándose a la íntima naturaleza de los conflictos que tenía entre manos, mas sin otro afán que agradar a la pequeña burguesía que reclamaba sus trabajos. Su previa experiencia en las tablas, amén de un don innato para el dinamismo que exige la escena, le permitieron salir airoso de tan compleja empresa. Pero su arte en ningún momento pudo competir con el de Mozart y Weber. El romanticismo de su ópera más citada, Undine, pese a la propiedad del argumento, queda minimizado por las escasas aportaciones de una orquestación alejada enteros de las audacias de Weber. El estimable Lortzing, con su estilo superficial y melódico, fue sin duda uno de los precursores de la opereta vienesa.
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14 de febrero de 2010

Colección de artículos biográficos: Música - No. 6: Johann Baptist Cramer





Johann Baptist Cramer
(Alemania, 1771 - 1858)


Pianista y compositor inglés, de origen alemán. Hijo de un famoso violinista, Cramer nació en Mannheim, aunque su residencia habitual estaría en Londres. Estudio piano con Muzio Clementi, despuntando pronto como uno de los pianistas más brillantes de su época, siendo considerado por Beethoven el más notable de todos ellos. Como compositor, el arte de Cramer es esencialmente melódico, prolongando en técnica el virtuosismo clasicista desarrollado por Clementi, Hummel y John Field. Entre sus obras, pueden destacarse los Estudios, Op. 81, y los 12 Grandes Estudios, Op. 107, obras de carácter pedagógico, así como la Gran Sonata para piano, Op. 20. Escribió nueve conciertos para su instrumento, sobresaliendo el No. 5, Op. 48, tal vez su página orquestal más difundida. Cramer fue un conservador con excepcionales dotes de imitador, descendiente musical de Mozart. Por la facilidad de su inventiva y las concesiones al virtuosismo de campanillas que el público aplaudía, gozó en vida de gran renombre. Pero lo poco que sobrevive de su música lo acredita como un creador de segundo orden.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 5: Alessandro Marcello




Alessandro Marcello
(Italia, 1684 - 1750)

Compositor y poeta italiano, hermano de Benedetto Marcello. Aunque su figura ha quedado relegada a un segundo plano con respecto a la de su hermano, su obra no resulta en absoluto inferior. Excepcionalmente dotado para la música, el diletantismo propio de la época llevó a su autor a probar fortuna en las más variadas disciplinas, destacando como matemático, filósofo, pintor y poeta. Nacido en Venecia, Alessandro practicó la música por puro placer, coleccionando también instrumentos musicales. Ejerció cargos diplomáticos, mas su actividad cultural no fue menos intensa; en 1719 sería nombrado director de la Accademia degli Animosi de Cremona. Como compositor, su factura es fiel al estilo concertante italiano de Vivaldi, Albinoni o su hermano, heredero del arte vocal operístico, aunque con una calidad melódica sin parangón entre los compositores de segunda fila. En 1708 publicó tres de sus obras mayores: Cantate per soprano e bajo continuo, colección de cantatas, de una factura convencional a la moda; La Cetra, antología de seis conciertos que recoge lo mejor de su arte; y las doce Suonate a violino solo e bajo continuo. De 1716 son sus Concerti a 5. Alessandro Marcello ha ganado el privilegio de la posteridad gracias a su extraordinario Concierto para oboe en re menor, uno de los más bellos del repertorio, en especial por su movimiento lento; la fascinadora poesía de esta obra maestra no pasó desaperciba a Johann Sebastian Bach, quien lo trascribiría para el clave. Su obra poética -un total de ocho libros- fue publicada en 1719.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 4: Giacomo Meyerbeer





Giacomo Meyerbeer
(Alemania, 1791 - 1864)


Compositor alemán, de nombre real Jakob-Liebmann Beer. Nacido en Berlín, niño prodigio, Meyerbeer debutó como pianista a los nueve años de edad; entre sus maestros estaba Muzio Clementi. Su interés por el teatro determinaría su futura carrera, que puede dividirse en tres etapas bien diferenciadas; la primera de ellas, que podríamos denominar etapa alemana, está especialmente influenciada por la figura de su amigo Carl Maria von Weber, autor de El cazador furtivo, la primera ópera romántica (“singspiel” realmente), un mundo sonoro nuevo al que, sin embargo, Meyerbeer no fue receptivo. De esta época datan dos obras como la cantata Dios y la naturaleza o la ópera Alimelek (1813). Tras estos comienzos, y tras tomar contacto con Antonio Salieri, Meyerbeer se trasladaba a Italia: comienza así su etapa italiana, cuantitativa y cualitativamente más rica que la primera, pero meramente mimética al copiar los modelos de Rossini, de Bellini. Fue sin duda el autor de Les Danaïdes el que lo determinó en esta idea quizá un tanto apresurada, en dar este paso tan decisivo para su carrera, que implicaba a su vez “traicionar” de algún modo las pretensiones de Weber, a las puertas ya de terminar el Freischütz y de crear por tanto una ópera genuinamente alemana. Comenzó así Meyerbeer a producir varias óperas con la mayor rapidez, Semiramide riconosciuta, Emma di Resburgo, L´esule di Granata... obras en las que el autor sigue buscando su propio estilo a través de la mímesis; a esta segunda etapa, valga la evidencia, se le puede reprochar una cierta falta de talento creativo que es suplida por su gran conocimiento de la voz humana, verdadera protagonista de estas óperas, ya que la orquesta, en cualquier caso, sigue ocupando un lugar muy secundario, como de mero acompañamiento salvo en las partes puramente orquestales… Esta situación provisional prontamente sería superada: fue sin duda el gran éxito de El cruzado en Egipto (1824), su primera obra importante, el que lo llevó a trasladarse a París y a comenzar allí su tercera y última etapa, su etapa francesa.

Meyerbeer llegó a París, la capital de la música durante el siglo, en el momento preciso, con un puñado de ideas bien dispuestas y grandes ansias de innovación en su intento de redefinir el espectáculo completo, la ópera, desde una nueva perspectiva; configuró así su estilo definitivo gracias al bagaje que cargaba consigo, y para ello aunó los estilos alemán, italiano y francés en uno solo. Esta mezcla encontró en él al transcriptor perfecto: más que una hibridación informe, Meyerbeer practicó una síntesis estilística sin precedentes a la búsqueda de un cosmopolitismo muy de la época, y cuya prueba más clara es Roberto el Diablo (1831), su primera incursión en la “grand opéra”, en la que ya aparecen asentadas las convenciones de la misma: cinco actos muy desarrollados con inclusión de ballet y recitativo; amplios efectivos humanos, en el reparto y en el coro; fastuosos decorados preparados para acoger tanto incendios como inundaciones, así como fuegos de artificio… El éxito de Roberto el Diablo fue tal que contribuyó a hacer de Meyerbeer el compositor más importante del momento (privilegio que mantendría hasta su muerte); al margen de las sorprendentes audacias de su música, buena parte del impacto de esta truculenta y a la par delicada historia gótica se deben al singular Eugène Scribe, dramaturgo de resonancia europea, el más característico libretista de la gran ópera, que elaboró un libreto con momentos tan irresistibles como la bacanal del tercer acto, con el ballet de monjas malditas que han salido de sus tumbas gracias a la invocación de Bertram, el Rey de los Infiernos. Su segunda entrega obtendría un éxito todavía más resonante si cabe. Los Hugonotes (estrenada el 29 de febrero de 1836), la ópera más veces representada de la historia (en 1900 ya había alcanzado las mil representaciones en la Ópera de París), es un espectáculo de más de cuatro horas duración que encandiló hasta el paroxismo más extremo al público de su tiempo. En el plano argumental, Los Hugonotes pone en escena a lo largo de sus cinco actos el día de la masacre de San Bartolomé, acaecido el 24 de agosto de 1572; el libreto de Scribe (escrito a cuatro manos junto a Émile Deschamps) peca en este aspecto de simplista, lo que malbarata hasta cierto punto la sustancia histórica de la obra. Pero como espectáculo es abrumador. Estamos ante una ópera que requiere ser vivida en directo, o cuando menos visionada de modo escénico, ya que la mera escucha no basta para captar lo abrupto de su drama. Los personajes principales que por ella desfilan son Marguerita de Valois, Raúl de Nangis, Valentina como la católica enamorada de Nangis, su prometido el Conde de Nevers y el Conde de Saint-Bris, padre de Valentina, entre otros. Durante las cuatro horas que dura Los Hugonotes asistimos a un evento político de primer orden: la arbitrariedad de los hechos torna si cabe más subversivo el tono que adopta la obra: la matanza de los hugonotes, protestantes asesinados a manos de los católicos, devendría así producto de un nimio equívoco sentimental acaecido en las “altas esferas”; si musicalmente la obra abusa en exceso de las soluciones de compromiso propias de la gran ópera, sobre todo en las transiciones, la parte vocal se muestra de lo más seductora (comprendemos el cariño que por esta ópera sentían dos astros mayores del canto como Enrico Caruso y Nelly Melba), con joyas como ‘Une dame noble et sage’ (Acto I), ‘O beau pays’ (Acto II), ‘Je suis seule chez moi’ (Acto IV) o ‘Ainsi je te verrai périr?’ (Acto V). Resultado de un largo proceso de elaboración, El Profeta (1849), en torno a Juan de Leyde, es, al decir de Joaquín Turina, la ópera más perfecta del autor; se trata de una opinión esquemática que apuntamos sólo por la valía de su emisor. Mas de sus páginas, hoy en día sólo se recuerda un fragmento, la estruendosa y circense marcha de la coronación, un episodio vulgar equiparable a la Marcha triunfal de Tarpeja de Beethoven, cuyos malabarismos sonoros y tosquedad armónica general dicen muy poco en favor de Meyerbeer. Tras dos obras menores pero igualmente bien recibidas, La Estrella del Norte (1854) y Dinorah (1859), con La Africana (estrenada el 28 de abril de 1865) Meyerbeer decía adiós de forma póstuma al mundo de la ópera al que tanto había contribuido. La Africana es el equivalente meyerbeeriano al Otello de Verdi o al Parsifal de Wagner, el broche de oro a una carrera impar. Musicalmente es su creación más avanzada. Su refinada orquestación abunda en momentos de gran belleza (destacaremos la obertura, que explora los timbres exóticos sin olvidar la pura melodía de su curva) y dramatismo, aunque la obra quizá se alargue en exceso. Dos páginas sobreviven de tan magna ópera: las arias ‘Adamastor, roi des vagues’ (Acto II), y especialmente ‘O paradis’ (Acto IV), cantadas por el africano Nelusko y Vasco de Gama respectivamente; es (‘O paradis’) un momento de un lirismo sobrecogedor, y una de las arias más notables de la gran ópera. Giacomo Meyerbeer falleció en París el 2 de mayo de 1864.

Audición de Nonnes, qui reposez, de Roberto el diablo:
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Audición de Bianca al par di neve alpina, de Los Hugonotes:
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Audición de la Marcha de la coronación, de El Profeta:
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Audición de O Paradis, de La Africana:
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Colección de artículos biográficos: Música - No. 3: Jean-Marie Leclair





Jean-Marie Leclair
(Francia, 1697-1764)



Violinista y compositor francés, fundador de la escuela francesa de violín. Zapatero en sus comienzos, además de coreógrafo y bailarín, la aparición en 1723 de su Primer libro de Sonatas para violín determinaría el devenir de su brillante carrera. En 1728 debutó como virtuoso del violín en el Concert Spirituel de París, logrando un rotundo éxito; ese mismo año vería la luz su Segundo libro de Sonatas para violín. Violinista del rey Luis XV en 1734, año en el que aparecerá asimismo su Tercer libro de Sonatas para violín, Leclair era ya por entonces una de las escasas figuras del violín de relieve europeo. Desde entonces se sucederán sus viajes, amén de dos opúsculos de la importancia del Cuarto libro de Sonatas para violín (1738) y, sobre todo, de Scylla et Glaucus (1746), su única ópera, de una escritura deudora de la de Rameau. Leclair, figura trascendente en la escena musical de su tiempo, supuso la superación del virtuosismo previo practicado en Francia por compositores como Bouvard y Fracoeur, entre otros, adquiriendo el violín con él su madurez técnica, bien que sobre presupuestos sistemáticos antes inexistentes, de puro intuitivos. La técnica de Leclair, con no pocas reminiscencias del arte italiano, del que mantiene su inconfundible sentido melódico -procedente de Corelli, a quien admiraba profundamente-, toma del estilo francés la regularidad de su armonía y el equilibrio en la forma. Compositor muy fértil, dejó asimismo conciertos, oberturas, sonatas para dos violines... Sus obras para flauta y bajo continuo -como la Deuxième récréation de musique, Op. 8, o las Sonatas del Op. 9- figuran entre las páginas más notables producidas en la Francia del siglo XVIII dedicadas al instrumento. Leclair, cuyos últimos años fueron oscuros, murió asesinado el 23 de octubre de 1764 en la entrada de su casa.

Colección de artículos biográficos: Música - No. 2: Sigismund Thalberg





Sigismund Thalberg
(Suiza, 1812 - 1871)

Pianista y compositor suizo, nacido en Pâquis, cerca de Ginebra. Hijo ilegítimo del príncipe Moritz Dietrichstein, fue alumno de Hummel, de Czerny, de Moscheles, debutando como virtuoso del piano con apenas catorce años de edad. Admirado y aplaudido, su carrera alcanzaría su apogeo en el París de 1830, embolsándose por sus conciertos unas sumas de dinero hasta entonces desconocidas; famoso fue su duelo al piano frente a Franz Liszt (1837), duelo del que, pese a su situación ventajosa, salió triunfante el húngaro. Thalberg, uno de los tres o cuatro virtuosos del piano más trascendentes de la primera mitad del siglo XIX, escribió en exclusiva para su instrumento, con alguna incursión en la música orquestal -bien que concertante, como el Concierto para piano y orquesta, Op. 5 (1829)-, o de cámara -Gran Divertimento para violonchelo y piano, Op. 7 (1830)-, pero fueron sus composiciones para piano solo las que hicieron de él uno de los favoritos del público, entregando romanzas -7 Romanzas, Op. 25 (1838); Romanza dramática, Op. 79 (1863)-, nocturnos -2 Nocturnos, Op. 16 (1836); 3 Nocturnos, Op. 21 (1837); Gran Nocturno, Op. 35 (1839)-, valses -Grandes Valses brillantes, Op. 47 (1843)-, amén de otras piezas dispersas -Marcha fúnebre, Op. 59 (1845); Barcarola, Op. 60 (1845)- que, comparadas con las obras maestras homónimas de Chopin, reducen el trabajo de Thalberg a la más absoluta insignificancia, pese a contadas incursiones en el campo pedagógico -12 Estudios, Op. 26 (1838)- o incluso en el gran estilo -Sonata para piano, Op. 56 (1844)-, mas predominando en cualquier caso las partituras a la moda sobre temas de óperas punteras: Fantasía y variaciones sobre ‘Euryanthe’ de Weber, Op. 1 (1827); Fantasía sobre ‘Roberto el diablo’ de Meyerbeer, Op. 6 (1833); Gran Fantasía y variaciones sobre ‘Norma’ de Bellini, Op. 12 (1834); Gran Fantasía y variaciones sobre el ‘Don Juan’ de Mozart, Op. 14 (1835); Fantasía sobre ‘Los Hugonotes’ de Meyerbeer, Op. 20 (1836); Gran Fantasía sobre ‘Zampa’ de Herold, Op. 53 (1844); Fantasía sobre ‘El barbero de Sevilla’ de Rossini, Op. 63 (1845); Fantasía sobre ‘La Traviata’ de Verdi, Op. 78 (1862); Fantasía sobre ‘Rigoletto’ de Verdi, Op. 82 (1864); etc. Thalberg, hombre vanidoso y amigo del fuego de artificio, hechizó con su piano al público de burgueses y aristócratas banales y afectados que reinaba en los salones, en las salas de concierto: puso todo su oficio al servicio de una técnica por lo demás extraordinaria, pero aniquilando por principio el elemento poético, inefable, del genuino piano romántico, algo que en cada compás de Chopin, de Schumann, de Liszt, aparece y reaparece justificando el previo artificio, pero que en Thalberg está ausente, diluido, domesticado. Sigismund Thalberg, el más viajero de los pianistas internacionales, realizó giras de conciertos por Europa y América, llegando hasta Brasil, antes de establecerse definitivamente en Nápoles (1858), ciudad donde fallecería a los 59 años de edad.

Audición de Marcha fúnebre, Op. 59:
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Colección de artículos biográficos: Música - No. 1: Mieczyslaw Karlowicz

Mieczyslaw Karlowicz
(Polonia, 1876-1909)

Compositor neorromántico polaco, uno de los más brillantes orquestadores de comienzos del siglo XX. Hijo de un filólogo y compositor diletante, Karlowicz vivió en el ambiente propicio para el desarrollo de sus facultades musicales. En 1887 comenzó estudios de violín, y más tarde haría lo propio con los de composición, que culminarían en Berlín de la mano de Heinrich Urban. Vinculado al Grupo Joven Polonia, cuyo miembro más destacado era Karol Szymanowski, fuerza dominante del sinfonismo polaco de comienzos de siglo, el pensamiento musical de Karlowicz guarda fuertes puntos de conexión con la filosofía de Arthur Schopenhauer, introduciendo en sus temas inquietudes panteístas y un estudio sonoro de la naturaleza en toda su magnificencia. Su estilo, deudor de la estética de Wagner y Tchaikovsky, pero adoptando elementos de Richard Strauss y Alexander Scriabin, prolonga la estela abierta por el arte wagneriano, aunque manteniendo sus características nacionales propias. Sus primeros trabajos, ensayos correctos pero sin gran personalidad, como el Concierto para violín, Op. 8 (1902), no aportan nada nuevo al repertorio postromántico, pero sus últimos trabajos van a renovar de manera decisiva el sinfonismo polaco; en efecto, el corazón de la obra de Karlowicz se encuentra en sus seis magistrales poemas sinfónicos, compuestos entre 1904 y 1909: Olas recurrentes, Op. 9; Cantos Eternos, Op. 10, la más ambiciosa de sus partituras, en tres movimientos; Rapsodia lituana, Op. 11, en la que utiliza temas extraídos de los cantos populares lituanos; Stanislas y Anna Oswencimowie, Op. 12, su obra maestra; Preludios a la Eternidad, Op. 13; y Episodio durante una mascarada, Op. 14, que al quedar inacabada por la muerte del compositor, terminaría Grzegorz Fitelberg. Denominador común de estos seis poemas sinfónicos es el empleo de la orquesta gigante postromántica, su relativamente larga duración -de poco más de 10 minutos el más breve a la media hora de los Cantos eternos-, así como la transparencia y colorido orquestales, recordando en mucho a los poemas sinfónicos de Richard Strauss, de los que descienden. Karlowicz, la gran promesa de la música polaca, murió en los montes Tatras a causa de una avalancha de nieve. Tenía solamente 32 años.

En Epdlp: http://www.epdlp.com/compclasico.php?id=5242

8 de febrero de 2010

Visita al Castillo de Marcuello (Notas de viaje, 7.II.2010)


Vista general del Castillo de Marcuello (Fotografía: José Antonio Bielsa)


Sito en un paraje lunar y agreste, apartado de cualquier sombra de civilización, se erige en medio de una soledad inamovible el Castillo de Marcuello. Tan sólo al silencio responde el resoplar del viento. Su mera contemplación implica un viaje al pasado en tiempo presente, la huella de una época remota a la par que inminente. Ante la desolada ruina de sus muros, surge una inquietud intensa, desbordada, en la que la Historia deja de ser una puntual referencia. Y es entonces cuando el espectador cree avistar entre las grietas la mirada de algún fantasma, de alguna sombra trágica; en efecto, como en un cuento de Machen o Lovecraft, la naturaleza, con todo su inefable poder de fascinación, congrega en el viajero los más singulares temores. El Castillo de Marcuello, alejado de cualquier sombra de especulación, chantaje cultural o turismo de masas, es uno de esos contados lugares en los que el hombre, en su soledad, puede reunirse con Dios o con el silencio.

Vista parcial del Castillo de Marcuello (Fotografía: José Antonio Bielsa)

Enclavado a más de mil metros de altura sobre una estratégica meseta de la oscense Sierra de Loarre, el Castillo de Marcuello ha quedado asociado al nombre de Sancho III el Mayor, quien en un intento de formar una cadena de fortificaciones, planificó construir este castillo junto a los de Loarre, Ayerbe y Agüero, defendiendo así de cualquier perturbación el denominado Reino de los Mallos. Apuntes históricos al margen, el Castillo de Marcuello no está exento de interés arquitectónico. Muy acusadas son sus dos fases constructivas, a saber: la primera, de una tosquedad cierta en la base, de época de Ramiro I; frente a la segunda, de un aparejo mejor trabajado, ya en tiempos de Sancho Ramírez. En cualquier caso, poco le importan al objeto de nuestro conocimiento todas estas apreciaciones, ante cuyo calamitoso estado general de poco sirve recurrir a la apoyatura de la Historia, en ocasiones tan estéril.

Restos de la Torre (Fotografía: José Antonio Bielsa)

Sea como fuere, el interés de nuestra breve visita es antes de orden espiritual que estético; alejados por unas horas de la abrupta insignificancia de las ciudades, la contemplación de los paisajes que envuelven Marcuello nos permiten reconciliarnos con nuestra naturaleza. Es un viaje al pasado, a la ruina de una época perdida e irrecuperable, cuyo más genuino testimonio es este castillo en el que la moderna intervención humana apenas ha dejado mella.

El turista y su sombra, o lo que en breve dejará de ser tras de lo que seguirá estando (Fotografía: Nuria Celma)

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El pasado nunca se muere, ni siquiera es pasado.

William Faulkner

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Zaragoza, 8 de febrero de 2010