7 de septiembre de 2010

UNA VIDA, UNA MUERTE (Relato)

Goya
Hombres leyendo [Pinturas negras] (1819-23)
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A sus ochenta y dos años de edad, don Álvaro de Apaolaza venía de vuelta de todas las miserias terrenas. Ahora que la muerte acechaba, y que sus horas se iban acortando, todo cuanto había vivido en la mal llamada realidad -o soñado despierto en el umbral de la conciencia-, todo ello, no le llegaba siquiera ni para llenar una página de manuscrito de vacíos impenetrables.

Pasaba las horas en su biblioteca, una inmensa pieza de cincuenta mil volúmenes en la que estaban reunidos los más eximios frutos de la Humanidad. Rodeado de sus libros y sus obras de arte, telas de incalculable valor, bultos redondos tallados por artistas señeros y perlas de la más alta orfebrería, don Álvaro de Apaolaza dejaba así escapar sus días y sus noches en un estado de somnolencia perpetua, sin por ello, empero, dejar que su conciencia se desvaneciera entre pensamientos superfluos e inconexos.

Nunca había sido lo que se dice un hombre mediocre, un ser terrenal nacido para las bajezas que sacian la sed del vulgo anónimo: don Álvaro de Apaolaza era uno de esos seres ilustrados y exquisitos que, de cuando en cuando, se apagan y cesan de brillar tras dejar de su paso un recuerdo ambiguo, incierto. Toda su actividad intelectual se había reducido al acto de pensar. Mas sus pensamientos se quedaban con él, en él, y conforme surgían otros, los iba modificando, reestructurando, cincelando; rara vez los dejaba por escrito: a lo sumo, alguna nota marginal, indescifrable, ilegible así para terceros.

Don Álvaro de Apaolaza lo sabía: él no trascendería los límites de su magnífica biblioteca, y el mundo ruidoso y abyecto que tras de ellos bullía no se enteraría de su existencia ascética, liberada de cualquier atadura que no fuesen los placeres estéticos que con tanta vocación había cultivado desde sus años mozos: la ópera, el dibujo, la astronomía, lecturas nunca interrumpidas de textos pretéritos explorados palmo a palmo, milímetro a milímetro. Eran esos veintitrés libros de cabecera los que colmaban su horizonte intelectual, y su inquietud de conocimiento nunca quedaba saciada: lector inagotable de Homero, de Platón, del Dante, de los grandes rusos, apenas hacía otra cosa que alargar sus días entre obras mediocres o sublimes, pero siempre sustanciosas. La soledad, la desesperación de haber llegado al límite de sus posibilidades, no le inquietaban los ánimos: se diría un hombre de hierro, o acaso de barro, pero de un barro férreo.

La gran conquista de su existencia, el alimento que prolongó sus días, había sido su adquisición de eso que algunos llaman, con solemne inoperancia, Cultura. Trabajo lento pero nunca indiferente, podía decirse que era todo un esteta, y en efecto supo paladear las frutas más exquisitas, los tallos más jugosos, y rara vez se equivocaba al sorber los néctares que ablandaban, reanimaban su espíritu.

Tenía intuición maestra: era un gran fisonomista, de rostros humanos y de tapas de libros desconocidos: le bastaba olfatearlos, reconocer el siglo muerto que sobre sus lomos había pasado, amarilleando las páginas y empolvando el contenido. Conversaba con los muertos: no había autor vivo que hubiera leído, que considerase digno de sufrir en sus carnes coetáneas: hasta tal punto despreciaba la vanidad estúpida de los vivos, oculta tras sus nombres y apellidos, firmas de renombre en ocasiones, aunque casi siempre productoras de frutos podridos. Sí, leía a los autores muertos y escuchaba la música de Mozart o de Victoria como ritual irremplazable porque no era de su siglo: don Álvaro de Apaolaza no era tanto un anacronismo personificado en su envoltorio carnal como un alma privilegiada a la que le había sido otorgada su razón de ser.

- Llegar a viejo no significa ser digno de respeto y ni siquiera merecerlo… La vejez idiotiza y adocena a partes iguales al común de los mortales… Toda vejez idiota es el resumen de la vida culminada de todo idiota integral… -decía.

En sus frases había una cierta amargura apenas disimulada, pero también fina ironía. No sabía fingir, tampoco mentir, pero sí recurrir a metáforas más o menos sutiles para ocultar la vacuidad de sus pensamientos mundanos. Lo mundano le atravesaba el pecho, le hastiaba hasta extremos inusitados.

Se arrepentía a menudo de su cobardía, de su banalidad, de su carnal miseria. Se arrepentía de tantas cosas: de los libros que no había podido leer, de las óperas que no supo disfrutar, de las relaciones sociales que no pudo evitar, de las conversaciones necias que había tenido que sostener, de los instantes de agobio que entre las masas tuvo en su momento que sufrir, de los millares y millares de viles pretextos, futesas indignas y caprichos a los que había cedido en más de una ocasión... y todo porque el tiempo era un bien demasiado escaso, más valioso que el en sí mismo reluciente e inútil oro.

- No será el tiempo quien termine por matarme: seré yo el que lo mate matándome… -se decía sin convicción.

La idea del suicidio era su idea fija. Rara era la obra imperecedera de la Literatura que no hubiese tratado el suicidio de alguna manera, incluso entre líneas: para bien o para mal, a sus ochenta y dos años de edad, aquel pensamiento era una frivolidad, y lo sabía. Pero le gustaba jugar a probarse a sí mismo que todavía era capaz de arañar la sustancia del juego sin traicionar la decadencia implícita de sus años, de su lamentable decrepitud física.

La decrepitud física era ya de por sí un suicidio natural, instintivo: conforme los huesos cedían, y con ellos la espalda se torcía, la artrosis de sus manos le impulsaba a pensar que aquella página del libro que estaba pasando recién leída, se le representaba, antes que página de fino papel, una losa imposible de piedra pesada. Cada día todo le pesaba más: hasta los párpados se le cerraban antes de la caída de la tarde. En efecto, sus ojos, que ya no leían letra menuda, se iban apagando.

Eso era la irrisoria existencia: una vela que se enciende con escaso vigor, alcanza su llama el apogeo de su esplendor… y se apaga, poco a poco, mientras termina de consumir la poca cera que le queda. Anodina metáfora, tan anodina como la propia existencia.

- ¡Qué error la vida! Y pensar que es muy probable que cuando me extinga no suceda nada…

La nada le aterrorizaba.
La muerte era demasiado excesiva.
El final, tanto más evidente.

- Un hombre no debería morir completamente, no al menos si ha sido consciente de su carencia esencial…

La carencia era Dios. Un Dios del que nunca nada concreto había sabido más allá de la experiencia inconcreta de la fe. Don Álvaro de Apaolaza lo sabía, por eso el día que le llegó la muerte, encerrado en su biblioteca y rodeado de las voces silenciosas de los muertos, no tuvo sino palabras para decir:
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- Dios mío, ¿ahora me abandonas?

Y de alguna manera le abandonaba.


Zaragoza, septiembre de 2010

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