20 de septiembre de 2010

Colección de artículos biográficos: Cineastas - Nos. - - [Artículos restantes]

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Dario Argento
(Italia, 1940)
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Director de cine italiano, la figura más representativa del subgénero cinematográfico denominado “giallo”, característica hibridación de cine policíaco y de terror, con algunos elementos de cine fantástico. Hijo del productor Salvatore Argento, crítico y guionista en sus comienzos, debuta como director con ‘El pájaro de las plumas de cristal’ (1969), artificiosa mezcolanza de códigos y estilos, en exceso supeditada a la sofisticada resolución de los crímenes; esta película, considerada el primer título adscrito al “giallo” -pese a que Mario Bava, verdadero padre espiritual del subgénero, ya había ofrecido dos filmes germinales algunos años antes-, alcanzó un gran éxito comercial, lo que le llevaría a su director a repetir la fórmula en otros dos títulos, ‘El gato de las nueve colas’ (1970) y ‘Cuatro moscas sobre terciopelo gris’ (1971), que completan la llamada “trilogía zoológica”. Tras ‘Le cinque giornate’ (1973), fracasado intento de cine histórico, Argento entrega sus mejores obras: ‘Rojo oscuro’ (1975), fascinante puzzle terrorífico cuyos golpes de efecto no invalidan su inventiva cinematográfica; ‘Suspiria’ (1977), donde incide en el empleo de los colores como elemento dramático; y, sobre todo, ‘Inferno’ (1980), su obra maestra y uno de los títulos capitales del moderno cine de terror, en la que el barroquismo de su exposición alcanza su mejor plasmación audiovisual. Las siguientes películas de Argento no resisten la comparación con estos tres singulares títulos, y pese al relativo interés de ‘Tenebre’ (1982), su último film consistente, la mediocridad y el vacío creativo terminan de afirmarse en ‘Phenomena’ (1985) y ‘Ópera’ (1987); desde entonces su cine se despersonaliza a lo largo de una serie de títulos sin especiales valores cinematográficos, nuevas entregas de sus temas y obsesiones recurrentes: ‘Trauma’ (1993); ‘El síndrome de Stendhal’ (1996); ‘El fantasma de la Ópera’ (1998), infecta adaptación del clásico de Gastón Leroux; ‘Insomnio’ (2001), torpe y fragmentario remedo de sus primeros films; ‘Il Cartaio’ (2004); ‘La madre de las lágrimas’ (2007), innecesaria prolongación temática de ‘Suspiria’ e ‘Inferno’; o ‘Giallo’ (2009).
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Antonio Artero
(España, 1936-2004)
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Director de cine español, nacido en Zaragoza. Tras diplomarse en dirección por la Escuela Oficial de Cinematografía con su corto ‘Doña Rosita la soltera’ (1965), sobre la obra teatral homónima de Federico García Lorca, firmaría algunos otros cortometrajes, entre los que destacan el documental ‘Monegros’ (1969) y, sobre todo, ‘Blanco sobre Blanco’, verdadero ejercicio vanguardista, consistente en una proyección sin película, es decir luz sobre la pantalla en blanco, siguiendo así los postulados del suprematismo pictórico de Malevich y el estructuralismo fílmico. Entre medias, rueda su primer largo de ficción, ‘El tesoro del Capitán Tornado’ (1967), film infantil de aventuras malogrado por la infausta censura. Tras este fiasco, Artero entrega la más radical e innovadora de sus propuestas en el terreno del largometraje, el film experimental ‘Yo creo que…’ (1975), aunque este empeño no tendrá continuidad en su obra postrera. Con ‘Trágala, perro’ (1981), en torno a la polémica figura de Sor Patrocinio, la llamada Monja de las Llagas y su proceso, el cineasta firma su más ambiciosa película, intento de reconstrucción histórica desapercibido en su día, y cuya nula repercusión comercial le llevará a un silencio de más de una década y a refugiarse en la televisión, de la que sólo saldrá para realizar ‘Cartas desde Huesca’ (1993), inspirada en ‘Los papeles de Aspern’ de Henry James. La breve pero significativa filmografía de Artero, cuatro largometrajes y varios cortos espaciados a lo largo de casi tres décadas, es un claro reflejo de la precaria situación del cine español a la hora de abordar empeños ambiciosos en el plano artístico e intelectual, basados en premisas netamente cinematográficas. Bajo la influencia de cineastas como Jean-Marie Straub, Dreyer o Buñuel, el marxista Artero, uno de los escasos directores-cinéfilos consistentes que el cine español recuerde, ofreció una de las contadas visiones iconoclastas y arriesgadas del cinema nacional de su tiempo, anteponiendo la dignidad artística a cualesquiera otros pretextos, con independencia de los desiguales resultados de una acaso irregular pero muy personal y asumida obra.
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Juan G. Atienza
(España, 1930)
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Director de cine, guionista y escritor español, nacido en Valencia. Talento polifacético, Juan García Atienza se licenció en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid, colaborando como articulista en diversas revistas cinematográficas. Diplomado en dirección en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, sobre guión propio debutaría como director de largometrajes con ‘Los dinamiteros’ (1963), una de las mejores comedias españolas de la década, en torno a las andanzas de tres pensionistas -interpretados por José Isbert, Sara García y Carlo Pisacane- dispuestos a perpetrar un robo en su mutualidad. Sin descartar una soterrada aunque audaz crítica social reforzada por el humor negro, Atienza consigue entregar una comedia que resiste la comparación con los modelos coetáneos de Berlanga y Ferreri. El fracaso comercial de esta excelente cinta, ninguneada en su tiempo, malograría la carrera de Atienza como director, quien desde entonces firmaría varios cortos y algún documental, amén de esporádicos trabajos para la televisión, centrando empero su actividad progresivamente hacia la escritura, donde destacaría como ensayista y autor de cuentos de ciencia-ficción.
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Roy Ward Baker
(Gran Bretaña, 1916)
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Director de cine británico, reputado por sus trabajos para Hammer Films. Nacido en Londres, tras unos comienzos de aprendizaje en su país y el paréntesis supuesto por la Segunda Guerra Mundial, marcharía en 1951 para Hollywood por tres años, realizando como mero artesano una serie de películas más bien anodinas, entre las que figuran ‘The House in the Square’ (1951), romántica historia de un viaje en el tiempo; ‘Niebla en el alma’ (1952), acaso recordada por contener una de las primeras interpretaciones de Marilyn Monroe; e ‘Inferno’ (1953), telúrica aventura filmada en 3-D en torno a la supervivencia de un hombre abandonado en el desierto. De regreso a Inglaterra, y entre medias de algunos títulos menores, su primer gran éxito crítico-comercial es ‘La última noche del Titanic’ (1958), académica e inerte ilustración de la conocida tragedia de 1912, harto preferible con todo al millonario mamotreto facturado cuatro décadas después por James Cameron. Pero será su trabajo para Hammer Films el que le permitirá hallar su camino y especializarse en cine fantástico y de terror a lo largo de las desiguales ‘¿Qué sucedió entonces?’ (1967), ‘The Anniversary’ (1967), ‘Luna Cero Dos’ (1969) y ‘Las cicatrices de Drácula’ (1970), dando a continuación lo mejor de sí mismo: en efecto, sus mejores películas son dos filmes de la turbiedad sexual de ‘The Vampire Lovers’ (1970) y ‘Doctor Jekyll y su hermana Hyde’ (1971); la primera es una libre adaptación del relato ‘Carmilla’, de Sheridan Le Fanu, donde Baker incide en el erotismo implícito del original sin edulcorarlo, logro en buena medida posibilitado por el perturbador atractivo de la actriz Ingrid Pitt en el papel de la depredadora Carmilla; ‘Doctor Jekyll y su hermana Hyde’, largo tiempo subestimada, es ya una obra maestra, y no tanto por el eclecticismo de sus fuentes (el relato de Robert Louis Stevenson y las figuras de Jack el Destripador, por un lado, y los ladrones de cadáveres Burke y Hare, por el otro), como por el hábil tratamiento del espacio-tiempo fílmico, el recurso de la elipsis, un cromatismo desbordado tendente al color rojo, una depuración, en definitiva, que trasciende la mera estructura de un argumento pergeñado por Brian Clemens, tan inteligente como rico en dobles lecturas. Tras estos dos golpes maestros, la filmografía de Baker desciende progresivamente en ambición, en elaboración de la puesta en escena, sucumbiendo a las modas televisivas predominantes durante la década. Así, y tras dos apreciables filmes terroríficos de episodios para la productora Amicus, ‘Refugio macabro’ (1972) y ‘The Vault of Horror’ (1973), especialmente conseguido el primero, su trabajo pierde cualquier razón de ser al firmar ‘Kung-Fu contra los siete vampiros de oro’ (1974), burdo despropósito que supone su último trabajo para Hammer Films, y tras el que regresará a la televisión, medio para el que ya se había prodigado realizando multitud de intercambiables episodios de series de éxito (‘Los vengadores’, ‘El Santo’, ‘Jason King’, etc.). Su último largo, ‘El club de los monstruos’ (1980), no es sino un fallido intento de repetir los planteamientos vertidos en sus previos filmes de episodios.
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John Brahm
(EEUU, 1893-1982)
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Cineasta germano-estadounidense de origen judío, de verdadero nombre Hans Brahm. Nacido en Hamburgo (Alemania), la vinculación de su familia al medio teatral posibilitaría su vocación postrera: sobrino de un importante productor teatral, llegará a ser notable director de escena, interviniendo además en dos oscuras películas como ayudante de dirección. Pero la subida en 1934 del nazismo al poder truncará su carrera teatral, abandonando en consecuencia el país y trasladándose a Gran Bretaña, donde pasó a desempeñar el puesto de director de producción antes de debutar como director de largometrajes con ‘Broken Blossoms’ (1936), ignota nueva versión del celebérrimo clásico de David Wark Griffith. Así y todo, su experiencia británica iba a resultar efímera, marchando al año siguiente a Hollywood como realizador de filmes de serie B; allí dirigirá algunos trabajos de aprendizaje más o menos logrados antes de firmar sus primeras películas significativas, ya en la década siguiente: ‘Vidas sin rumbo’ (1941), ‘Por fin se decidió’ (1943), ‘Semilla de odio’ (1944). Estos trabajos, relativamente anodinos por lo demás, no le impedirán abrazar durante el bienio 1944-1945 la más plena, e inesperada, inspiración: en efecto y fuera de toda duda, las obras maestras de Brahm son ‘Jack el destripador’ (1944) y ‘Concierto macabro’ (1945), magníficas realizaciones protagonizadas por Laird Cregar y fotografiadas por Lucien Ballard y Joseph LaShelle, respectivamente: la primera es una reconstrucción tan hábil como poética de las andanzas del mítico destripador londinense; todavía más redondeada y asumida, ‘Concierto macabro’ contiene el mejor trabajo de puesta en escena del director, con una secuencia tan absolutamente genial como la que cierra el filme, con el protagonista, un atormentado pianista-asesino, ejecutando su último concierto en medio de un auditorio en llamas. Dominadas por un trabajo fotográfico de estética expresionista, sendas incursiones exploran atmósferas amenazantes con inusitada precisión, haciendo hincapié en algunos elementos inquietantes -la niebla y la noche en ‘Jack el destripador’, el fuego en ‘Concierto macabro’-, denotando una voluntad de estilo que, en cualquier caso, no volvería a mostrar el cineasta. El resto de su filmografía es en extremo desigual, y al relativo desconocimiento de la misma, parcialmente olvidada, cabe sumar su progresiva sumisión a lo trivial: destacaremos únicamente ‘La huella de un recuerdo’ (1946), su último film importante, que junto a ‘Jack el destripador’ y ‘Concierto macabro’ completa una hipotética -aunque evidente- trilogía sobre la psicopatía criminal; ‘Una vida y un amor’ (1947), con Ava Gardner; ‘La Atlántida’ (1948), adaptación de una novela de Pierre Benoît codirigida junto a otros directores; ‘El ladrón de Venecia’ (1950), irrelevante film de aventuras, como el anterior al servicio de la llamada Reina del Technicolor, Maria Montez, en su último papel; ‘El mensaje de Fátima’ (1952), interesante aunque inconsistente aproximación al referido hecho milagroso; y ‘El Mago Asesino’ (1954), inútil contribución al cine de terror. Sus últimos y prolíficos años en activo -su retiro no tuvo lugar hasta 1966- los centraría en la realización televisiva, empero como mero destajista.
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Juan Luis Buñuel
(Francia, 1934)
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Director de cine francés. Iniciado en el cine de la mano de su padre, Luis Buñuel, como ayudante de dirección de algunos de los filmes de éste, como ‘La joven’ (1960) o ‘Viridiana’ (1961), y de algunos otros de Louis Malle, pronto afrontaría la dirección, logrando su primer trabajo importante con el cortometraje ‘Calanda’ (1966), impresionante documental sobre la Semana Santa de Calanda (Teruel), pueblo natal de su padre, que debe contarse entre lo mejor de su producción. Los comienzos de los años 70 suponen su gran momento como director, con la realización de tres largometrajes. ‘Cita con la muerte alegre’ (1973), el primero de ellos, es el mejor apreciado por crítica y público, consiguiendo en el Festival de Cine de Sitges la medalla de oro al mejor director; pero ni ‘La mujer con botas rojas’ (1974) ni ‘Leonor’ (1975), obras desiguales y olvidadas en las que la influencia del padre es notoria, consiguen prolongar su nombradía como director, lo que le llevará a refugiarse a continuación en la televisión, como bien ponen de manifiesto sus trabajos posteriores, circunscritos a este ámbito.
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Fernando Delgado
(España, 1891-1950)
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Cineasta español, uno de los más notables realizadores del periodo mudo, nacido en Madrid. Actor en sus comienzos, pronto debutaría como director en 1919 con ‘La madona de las rosas’, codirigida junto al dramaturgo Jacinto Benavente. Tras dirigir en solitario ‘Los granujas’ (1924), el éxito de ‘Ruta gloriosa’ (1925), film de aventuras bélicas sin mayor trascendencia, le conducirá a sus tres trabajos mayores, por otra parte los más aplaudidos de su desigual filmografía: ‘Cabrita que tira al monte’ (1926), adaptación de la obra teatral homónima de los hermanos Álvarez Quintero; ‘Las de Méndez’ (1927), su mejor película, consistente intento de cine social nacional, realizado a partir de un argumento propio; y ‘Viva Madrid, que es mi pueblo’ (1928), ambicioso sainete en torno a la fiesta taurina, de casi tres horas de duración. Entre medias se sitúa ‘La terrible lección’ (1927), pintoresco cruce de ficción y documental, de carácter médico y sobre el problema de las enfermedades venéreas, por cuya sordidez no llegó a estrenarse en circuitos comerciales. Del resto de su ignota producción durante el periodo mudo, no persisten más referencias que las meramente historiográficas. Menos afortunadas fueron sus contribuciones al cine sonoro, nimias y de escasa relevancia, quedando circunscritas al cine comercial en su vertiente más convencional; de estas postreras producciones, la más reseñable es ‘Currito de la Cruz’ (1936), nueva versión del film homónimo de 1926, que Delgado ya había codirigido junto al literato Alejandro Pérez Lugín. Fernando Delgado falleció en Madrid el 25 de diciembre de 1950.
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Viking Eggeling
(Suecia, 1880-1925)
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Pintor y cineasta sueco, una de las más relevantes personalidades de la abstracción fílmica junto a Walter Ruttmann y Hans Richter. Tras cursar estudios de Historia del Arte en Italia y vivir durante un lustro en el París de las vanguardias, en 1918 se instalaría en Zúrich, pasando a trabajar para los estudios de la UFA. Fruto de estos años sería su único y muy trascendente film experimental, ‘Sinfonía diagonal’ (1924), poema visual consistente en una agrupación de 6.720 “pinturas” que, montadas, alcanzan en proyección cinematográfica los ocho minutos de duración. El tema y variaciones de esta singular obra es la línea desplegada de manera muy imaginativa -siguiendo una fluidez casi musical- a lo largo del espacio-tiempo fílmico, entroncando así con las ideas del cinema absoluto. Las investigaciones estéticas de Eggeling, prematuramente finado a los 44 años de edad, tendrían continuidad en la obra de su colaborador y amigo Hans Richter.
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Terence Fisher
(Gran Bretaña, 1904-1980)
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Director de cine británico. Es uno de los grandes maestros del cine fantástico, conocido especialmente por sus trabajos para la productora Hammer Films. Formado en el cine como montador, primero como ayudante de montaje y luego como montador jefe, intervino en una treintena de películas entre los años 1933 y 1947. El pausado estudio del montaje cinematográfico y sus complejos mecanismos fue determinante en la configuración de su personalísima puesta en escena, de ritmo impecable y narrativa perfecta, basada en el estudio del espacio y el tiempo, con gran predilección por el plano-secuencia, del que fue maestro absoluto. Su primera película como director la realizó en 1948, pero su primer film dirigido bajo el sello Hammer sería 'Chantaje criminal' (1952); entre tanto ya había entregado 'Extraño suceso' (1950), una magnífica cinta de suspense en la que la influencia de su compatriota Alfred Hitchcock es patente. Pero su época dorada y así su madurez como creador comenzaría en 1957 con 'La maldición de Frankenstein', cuyo gran éxito, afirmado al año siguiente con 'Drácula', determinaría en buena medida su predilección por los mitos del cine fantástico y de terror. Desde entonces no dejaron de sucederse las obras maestras: 'La momia' (1959), 'Las novias de Drácula' y 'Las dos caras del doctor Jekyll' (1960), 'The Curse of the Werewolf' (1961), 'The Gorgon' (1964), 'Drácula, príncipe de las tinieblas' (1965), 'Frankenstein Created Woman' (1967), 'The Devil Rides Out' (1968) y 'El cerebro de Frankenstein' (1969), entre otros memorables títulos. Terence Fisher, gran conocedor del alma humana, siempre utilizó el cine fantástico como mero pretexto para la exposición de sus inquietudes de humanista y para la creación de personajes humanos íntegros. Los conflictos de su cine no dejan de ser tópicos universales como la lucha entre el bien y el mal, pero sublimados por un romanticismo impar único en su género. Su cine, de un clasicismo plenamente asumido, debe entroncarse con el de los grandes maestros del cine americano, desde John Ford hasta Raoul Walsh. Subestimado durante mucho tiempo por su adscripción a un género considerado menor, Terence Fisher goza hoy de la nombradía de los verdaderos maestros. Su último film fue 'Frankenstein y el Monstruo del Infierno' (1973), ya en plena decadencia de la productora a la que tanto había contribuido.
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Armand Guerra
(España, 1886-1939)
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Director de cine español, de nombre real José María Estibalis Calvo. Periodista de profesión, sus primeras experiencias cinematográficas tienen lugar en París, bajo el sello de la cooperativa Le Cinéma du Peuple, para la que rueda un cortometraje y la primera parte de una producción que no cuajará, pero la irrupción de la Gran Guerra frustra futuros proyectos. En calidad de periodista, Guerra comienza sus viajes por Europa: instalado primero en Rusia durante la Revolución bolchevique, pasará luego a Alemania, encargándose de la redacción de subtítulos en castellano para las películas de la UFA y, antes de regresar a España, trabajará en Turquía como reportero gráfico. Su primera película de largometraje, ya en España, es ‘Luis Candelas, el bandido de Madrid’ (1926), ignota producción de la que no quedan más referencias que las historiográficas. Tras este desaparecido film, rueda en Berlín la coproducción hispano-alemana ‘Batalla de damas’ (1927), para la que funda una productora propia. De nuevo en España, y ya con la Guerra Civil como telón de fondo, dirige algunos documentales como miembro de la CNT, entre ellos ‘Estampas guerreras’, amén de comenzar su obra capital, ‘Carne de fieras’ (1936), que no logrará estrenar, y cuyo montaje final no aparecerá hasta el año 1992; film tosco en su forma, pero singular en grado sumo, ‘Carne de fieras’ confirma a Guerra como uno de los más interesantes cineastas españoles de su tiempo.
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Rex Ingram
(Irlanda, 1892-1950)
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Director de cine irlandés, el más reputado cineasta del Hollywood de los años 20 junto a David Wark Griffith. Nacido en Dublín, sus inquietudes artísticas le llevaron a estudiar Arte en la Universidad de Yale, pero emigraría a los Estados Unidos en 1911. Debutó como director en 1916 con ‘The Great problema’, pero su primera película importante, tras una docena de trabajos menores, sería ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’ (1921), adaptación de la novela homónima de Vicente Blasco Ibáñez, cuyo espectacular éxito de taquilla mediatizaría la figura de uno de sus intérpretes, Rodolfo Valentino, como ídolo de masas del momento. Desde entonces, Ingram pasaría a dirigir los empeños más ambiciosos de Hollywood: ‘El prisionero de Zenda’ (1922), ‘Scaramouche’ (1923), ‘El árabe’ (1924), ‘Mare Nostrum’ (1926) o ‘El Jardín de Alá’ (1927), entre otros. Rex Ingram, uno de los directores con mayor talento plástico de su época, monopolizó en vida un prestigio que el tiempo no ha confirmado. Pese a que Erich Von Stroheim lo consideraba “el director más grande del mundo” -afirmación hiperbólica-, en ningún momento llegó a las cimas de inspiración de un cineasta como King Vidor, si bien superó ampliamente a cineastas como el prestigioso y estilísticamente anónimo Fred Niblo; el cine de Ingram, ampuloso y esteticista, rico en hallazgos notables, pero a menudo dramáticamente inerte, resulta hoy envejecido, incluso coyuntural, mientras que las películas mudas de Vidor mantienen incólume toda su frescura, absoluta vigencia y radical modernidad. Ingram, que no supo adaptarse a los nuevos cambios que estaba desencadenando el cine sonoro, se extinguió con el mudo, pese a una tentativa en el sonoro, ‘Baroud’ (1933), con la que cerraría su filmografía.
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Llorenç Llobet-Gracia
(España, 1911-1976)
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Director de cine español, nacido en Barcelona y destacado exponente del cine amateur catalán. Su único largometraje, el melodrama cinéfilo ‘Vida en sombras’ (1948), sobre guión propio y protagonizado por Fernando Fernán-Gómez, constituye uno de los filmes más notables producidos en la España de la época. Obra poética y torturada, abiertamente autobiográfica, ‘Vida en sombras’ supone uno de los filmes nacionales más asumidos y consecuentes de su tiempo, un homenaje al arte cinematográfico sencillo pero harto efectivo, dueño de voz propia. Con homenajes explícitos a Hitchcock -‘Rebeca’- y Cukor -Romeo y Julieta-, ‘Vida en sombras’ cuenta la historia de un hombre de cine que al final encontrará en el medio y arte la verdadera esencia de su vida y de su trabajo. Desapercibido en su día, el film sería recuperado en 1983 por Ferràn Albercih, quien sometería la copia a una restauración.
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Alexander Mackendrick
(EEUU, 1912-1993)
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Cineasta y guionista estadounidense, nacido en Boston. Procedente de una familia escocesa, sus padres se trasladarían al poco a Glasgow, donde Mackendrick recibiría su primera educación. El gusto por el dibujo, y unas inquietudes plásticas bien definidas, pronto orientarán su vocación hacia las Bellas Artes. Sus primeros trabajos para el cine se circunscriben al ámbito de la publicidad y, con la II Guerra Mundial, al cine propagandístico. Contratado en 1946 por los estudios Ealing como guionista, recibe sus primeras lecciones prácticas de manos de Basil Dearden. Su debut como director de largometrajes se produce con ‘Whisky Galore!’ (1949). El éxito de ‘El hombre del traje blanco’ (1951) vinculará de manera definitiva su nombre a la productora británica Ealing, especializada en comedias de calidad. La primera obra maestra indiscutible de su filmografía es ‘Mandy’ (1952), drama en torno a los problemas de adaptación en la sociedad de una niña sordomuda, cuya entidad narrativa queda potenciada por una puesta en escena de gran sobriedad y espesura que se implica en el conflicto sin ceder a la sensiblería emocional. Tras ‘The Maggie’ (1954), la más conocida de sus películas es la ingeniosa comedia ‘El quinteto de la muerte’ (1955), cuya sofisticación estructural y fascinante resolución cinematográfica hacen de ella la más lograda de sus comedias Ealing, en la que ya aparece explicitada una de sus temáticas constantes, como es el enfrentamiento entre dos antagonistas de acusada disparidad, en este caso la anciana protagonista y la banda de delincuentes que se instala en su casa con fines inconfesados. El éxito de esta película posibilitará su primer trabajo en Hollywood, ‘Chantaje en Broadway’ (1957), brillante ejercicio de estilo en clave de cine negro y, más concretamente, reflexión sobre el poder y todo cuanto ello implica en un ambiente de corrupción y mediocridad destructivas, como es el mundo del periodismo retratado, en esta ocasión a partir de un guión de Clifford Odets y Ernest Lehman, inspirado en un relato del primero. La década de 1960 está dominada por dos de sus trabajos mayores: ‘Huida hacia el sur’ (1963), adaptación de la novela de W. H. Canaway y, sobre todo, ‘Viento en las velas’ (1965), su penúltimo largometraje, con el que Mackendrick firma la mejor de sus obras: este soberbio film, adaptación de una novela de Richard Hughes, recrea, bajo su reconocible envoltorio de cine de aventuras marinas, uno de los más sórdidos y conseguidos retratos psicológicos de la infancia, y lo hace a través del choque entre niños y piratas: secuestrados los primeros por los segundos, y encerrados ambos en un espacio mínimo –el barco–, el film ilustra una sucesión de hechos progresivamente turbios en los que la animalidad y amoralidad de los niños terminará por apoderarse de la situación, imponiéndose a los piratas e invirtiéndose así los roles prototípicos. El fracaso comercial de esta extraordinaria película, y las progresivas dificultades de un Hollywood que comenzaba a anteponer sin condición la industria a la expresión creadora –y así al film de autor del que Alexander Mackendrick es indudable exponente–, pondrían fin a una carrera que se cerraría dos años después con la comedia ‘No hagan olas’ (1967). Sus años postreros los dedicaría a la docencia.
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Manuel Mur Oti
(España, 1908-2003)
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Guionista y director de cine español. Nacido en Vigo, tras pasar su juventud en Cuba e iniciar estudios de Derecho pronto abandonados, hallará su vocación en el teatro. Su primer acercamiento al cine lo hará de la mano de Antonio del Amo, para el que escribirá los guiones de cuatro de sus películas, entre las que destacan ‘El huésped de las tinieblas’ (1948) y ‘Noventa minutos’ (1949), antes de debutar como director con ‘Un hombre va por el camino’ (1949), en la que ya se afirma como uno de los autores más interesantes del panorama cinematográfico español, algo que quedará confirmado con su siguiente y mejor largometraje, ‘Cielo negro’ (1951), adaptación de un relato de Antonio Zozaya en el que las claves del melodrama son potenciadas mediante recursos netamente cinematográficos, como el expresivo y rompedor travelling final que cierra la película. Tras esta película insólita, se sucederán otras no menos personales, aunque no tan logradas: ‘Condenados’ (1953), drama campesino en el que la música de Beethoven se impone como verdadera protagonista a la que las imágenes acompañan; ‘Orgullo’ (1955), saga familiar con cierta influencia del “western” americano; ‘Fedra’ (1956), adaptación del clásico homónimo; y ‘El batallón de las sombras’ (1956). A partir de ‘Una chica de Chicago’ (1958) comienza su rápida decadencia, que se prolongará a lo largo de casi veinte años y media docena de anodinas películas, trabajos en los que la personalidad del director, antaño tan acusada, brilla por su ausencia, y entre los que puede mencionarse ‘A hierro muere’ (1961), curiosa historia policiaca lastrada por la nulidad de sus intérpretes; ‘Loca juventud’ (1964), concesión a mayor gloria del actor infantil Joselito; y ‘Morir, dormir, tal vez soñar’ (1975), su último y desapercibido film. Sea como fuere, y pese a lo muy desigual de su producción, Mur Oti se impone, al menos en sus mejores películas, como uno de los mayores directores del cine español.
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Giovanni Pastrone
(Italia, 1883-1959)
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Director de cine y guionista italiano, uno de los máximos exponentes del colosalismo italiano de los años del cine mudo, que solía firmar sus trabajos con el seudónimo de Piero Fosco. Tras unos comienzos como contable en la producta cinematográfica Rossi & C., en 1907 pasará a ser director administrativo de la misma, que al año siguiente cambiará su nombre por el de Itala Films, despuntando pronto como una de las empresas más poderosas de la industria europea. Sus primeras películas como director son obras de aprendizaje, pero ya con ‘La caída de Troya’, peplum de larga duración y ambiciosa factura, entrega un film importante. Sea como fuere, su obra capital -y la única por la que su nombre pervive- es el peplum ‘Cabiria’ (1914), superproducción de más de tres horas de duración, con intertítulos del literato Gabriele D’Annunzio, música de Ildebrando Pizzetti y efectos especiales del turolense Segundo de Chomón (entre cuyas decisivas aportaciones figuran el empleo de maquetas y sofisticados movimientos de cámara posibilitados por el uso del travelling); por sus valores plásticos y de puesta en escena, este notable film sería uno de los que más influirían sobre David Wark Griffith, cuya obra maestra ‘Intolerancia’ está en abierta deuda con la cinta de Pastrone.
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Anthony Perkins
(EEUU, 1932-1992)
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Actor de cine y teatro estadounidense, hijo del también actor Osgood Perkins. Nacido en Nueva York, tras debutar a los quince años, su primera interpretación importante la realizó para George Cukor en ‘The actress’ (1953), aunque no conseguiría el reconocimiento de la crítica hasta ‘La gran prueba’ (1956), de William Wyler, por la que recibiría su primera y única nominación al Óscar. A partir de aquí se suceden sus trabajos para directores de la relevancia de Anthony Mann (‘Cazador de forajidos’, 1957), Robert Mulligan (‘El precio del éxito’, 1957), Delbert Mann (‘Deseo bajo los olmos’, 1957), René Clément (‘La diga sul Pacífico’, 1957), Stanley Kramer (‘La hora final’, 1959) o Joshua Logan (‘Me casaré contigo’, 1959), en las que logró afirmarse como un intérprete de primera fila, de enorme expresividad sin abandonar nunca la sobriedad, sosteniendo largos planos sin perder jamás la intensidad, denotando, en suma, personalidad propia, algo de lo que muy pocos actores disponen. Pese a su variada gama de registros, su intervención en ‘Psicosis’ (1960), de Alfred Hitchcock, marcará su carrera posterior, acaso el mayor inconveniente, mas sin encasillarlo como se ha dicho tantas veces en los personajes inestables; en efecto, el protagonista del mayor éxito comercial de Hitchcock quedará fijado en el subconsciente popular como Norman Bates, pero Perkins siguió siendo un actor variado y de inagotables recursos. Al año siguiente recibiría la Palma de Oro a la mejor interpretación del Festival de Cannes por el drama ‘No me digas adiós’, de Anatole Litvak, una estimable película francesa en la que compartió protagonismo con Ingrid Bergman e Yves Montand. Sus mejores interpretaciones, con todo, datan del año 1962: tanto ‘El proceso’, de Orson Welles, como ‘Fedra’, de Jules Dassin, deben figurar entre sus mayores logros interpretativos, matizando con perfección maestra personajes de gran complejidad; por contra, los restantes filmes en los que intervino durante la década de los 60 resultan comparativamente anodinos: ni ‘Un abismo entre los dos’ (1962), de nuevo bajo la dirección de Litvak, ni ‘Un maravilloso veneno’ (1968), de Noel Black, entre los más destacables, superan la medianía, por no hablar de un mamotreto del calibre de ‘Trampa 22’ (1970), de Mike Nichols o de una insufrible nadería como ‘Un hombre de hoy’ (1970), de Stuart Rosenberg, en la que tuvo que compartir cartel con Paul Newman... Y pese a todo, los 70 arrancan de manera bastante brillante con ‘La década prodigiosa’ (1971), de Claude Chabrol, otra de sus memorables interpretaciones y su segundo trabajo para el cineasta francés, para el que ya había trabajado en ‘Champaña para un asesino’ (1967). Entre los restantes títulos de la década, destacan con firmeza sus personajes para John Huston (‘El juez de la horca’, 1972), Sidney Lumet (‘Asesinato en el Orient Express’, 1974), George Sluizer (‘Dos veces mujer’, 1974) y Alan Rudolph (‘Recuerda mi nombre’, 1978). Los años 80, de acuerdo con la bajeza artística del momento, marcan su decadencia, y con la salvedad del ingenioso filme de Richard Franklin ‘Psicosis 2ª Parte’ (1983), está marcado por productos que no le merecen, como ‘Rescate en el Mar del Norte’ (1980), de Andrew V. MacLaglen, o ‘La pasión de China Blue’ (1984), de Ken Russell, con homenaje a ‘Psicosis’ incluido; amén de subproductos del calibre de ‘Psicosis III’ (1986), que él mismo dirigió, debutando así como director; ‘Al borde de la locura’ (1988), de Gerard Kikoine, burdo homenaje al actor sin mayor consistencia; o la aberración televisiva ‘Psicosis IV’ (1990), de Mick Garris, colmo de la degeneración de la obra maestra de Hitchcock. Víctima del S.I.D.A., Perkins falleció en 1992, habiendo recibido a tiempo un homenaje por parte del Festival de San Sebastián.
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Franklin J. Schaffner
(EEUU, 1920-1989)
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Director de cine estadounidense. Hijo de unos misioneros, nace en Tokio, viviendo así sus primeros años en Japón; la muerte del padre determinará el regreso de la familia a los Estados Unidos. Schaffner forjó su oficio en la televisión, convirtiéndose en uno de los más prolíficos y reputados realizadores del sector. Este prestigio posibilitó su acceso a la gran pantalla, debutando como director en 1963 con ‘Rosas perdidas’, film intrascendente, adaptación de una obra teatral de William Inge, en la que los residuos televisivos del realizador todavía son notorios. Su puesta en escena comienza ha adquirir consistencia netamente cinematográfica en su siguiente trabajo, ‘The Best Man’ (1964), sobre un guión de Gore Vidal escrito a partir de su propia obra teatral, mas su primera película importante es ‘El señor de la guerra’ (1965), vigorosa y brillante ilustración de los códigos medievales, expuesta con una firmeza de estilo inédita antes. A partir de aquí, y tras el paréntesis supuesto por la mediocre ‘Mi doble en los Alpes’ (1967), Schaffner comienza su mejor época con ‘El planeta de los simios’ (1967), tal vez su obra maestra y uno de los puntales del cine de ciencia ficción de los años 60, adaptación de la novela de Pierre Boulle, lúcida reflexión en torno al poder destructivo del hombre y lo relativo del concepto “civilización” en manos de éste. A esta magnífica película le seguirán cuatro títulos del relieve de ‘Patton’ (1969), desigual intento de aproximación a la figura del referido general, premiada con 7 premios Óscar y consagración definitiva de su director; ‘Nicolás y Alejandra’ (1971), reconstrucción de la Rusia de los últimos zares, en exceso dilatada, pese al memorable logro que su tensa última secuencia supone; ‘Papillón’ (1973), uno de sus mejores trabajos, efectista aunque emotiva adaptación de la popular novela de Henri Charrière, rica en momentos de gran violencia, sublimados por la extraordinaria columna sonora de Jerry Goldsmith; y ‘La isla del adiós’ (1977), adaptación de una novela de Ernest Hemingway. Su decadencia comienza con ‘Los niños del Brasil’ (1978), adaptación de la inane novela homónima de Ira Levin. Sus últimas cuatro películas resultan muy menores y pueden alinearse entre lo menos afortunado de su filmografía: ‘La esfinge’ (1981), torpe aventura turística; ‘Sí, Giorgio’ (1982), millonario despropósito al servicio del tenor Luciano Pavarotti; ‘Corazón de león’ (1987), fracasada aventura medieval en la que sólo destaca la partitura musical de Jerry Goldsmith; y el desapercibido melodrama ‘Welcome Home’ (1989). En sus catorce largometrajes como director, Schaffner jamás halló un lenguaje personal, un estilo codificado, pero sí supero con creces la mediocridad dominante, sirviendo con eficacia y buen gusto los guiones que tenía entre manos. La crítica nunca lo consideró un “autor”, a lo sumo un mero ilustrador con ciertas dotes de narrador, mas sus logros aislados permanecen intactos; sea como fuere, y pese al progresivo olvido al que parece estar destinado, Franklin J. Schaffner es uno de los grandes directores surgidos de los estudios de televisión.
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Nemesio Sobrevila
(España, 1889-1969)
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Guionista y director de cine español. Arquitecto de profesión, Sobrevila debutó como director afrontando la producción de su primera película, ‘Al Hollywood madrileño’ (1927), sátira sobre el influjo y consumo del cine producido en Hollywood entre el público español; tras un primer montaje insatisfactorio, el director añadió nuevas escenas, y la película pasó a titularse ‘Lo más español’, en un frustrado intento de lograr el estreno de la cinta; pero por desgracia, de esta singular película no quedan más referencias que las historiográficas, en tanto que film perdido. La película sobre la que reposa la vigencia de Sobrevila es ‘El sexto sentido’ (1929), largometraje experimental que reflexiona sobre el propio medio cinematográfico con resultados notables en su sofisticación conceptual y formal, insospechada para el cine español de la época; sátira de los tópicos españolistas de la época a la par que reflexión sobre el hecho cinematográfico, ‘El sexto sentido’, coproducida y protagonizada por Ricardo Baroja, no encontró ningún eco en su momento, pasando desapercibida. Tras estos fracasados intentos de hacer un cine personal, Sobrevila se extinguirá prontamente. Despedido -al parecer por su lentitud- durante el rodaje de la producción de Filmófono ‘La hija de Juan Simón’ (1935), que finalizaría José Luis Sáenz de Heredia, Nemesio Sobrevila se despediría del cine dos años después con la realización de dos desconocidos cortometrajes, ‘Guernika’ (1937) y ‘Elai Alai’ (1938), triste y prematuro final de uno de los cineastas más inquietos y peculiares del cine español.
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Mauritz Stiller
(Suecia, 1883-1928)
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Director de cine sueco, el mayor cineasta del periodo mudo en Suecia junto a Victor Sjöström. Nacido en Helsinki (Finlandia), Stiller quedó huérfano a temprana edad y pasó al cuidado de una familia de comerciantes. Para evitar ser encarcelado por no realizar el servicio militar, marchó a Suecia, donde lograría trabajar en compañías teatrales antes de entrar en la industria cinematográfica en 1912. Actor y guionista además de director, sus primeros trabajos, en su mayoría hoy desaparecidos, no permiten hacer una apreciación ecuánime de su arte durante estos años, pero ya con ‘La mejor película de Thomas Graal’ (1916) consigue hacer un film realmente importante. Sus siguientes películas no harán sino afirmarlo como uno de los grandes genios del cine de su tiempo: ‘El tesoro de Arne’ (1919), ‘El canto de la flor escarlata’ (1919), ‘Erotikon’ (1920), ‘Johan’ (1921), ‘La saga de Gunnar Hede’ (1923) y, sobre todo, ‘La leyenda de Gösta Berling’ (1924), su obra maestra absoluta y una de las cimas del cine sueco, con sus más de tres horas de duración; basada en una novela de Selma Lagerlöf, ‘Gösta Berling’ supone el punto sin retorno de una poética que alcanza aquí su máxima expresión. Tras este film, Stiller comienza su rápida decadencia: absorbido por la industria norteamericana, su estancia en Hollywood será fatal para su talento, marcando su prematuro final; de la media decena de proyectos que tiene entre manos, sólo podrá concluir ‘Hotel Imperial’ y ‘Confesión’ (1927). Incapaz de asumir el sistema de trabajo de los grandes estudios, será sustituido por otros directores más convencionales -léase domesticados por el sistema-: así, ‘La tierra de todos’ será firmada por Fred Niblo, o ‘Las eternas pasiones’ por Rowland V. Lee. Agotado y enfermo, en un intento de rehacer su carrera regresará a Suecia; pero ya será tarde: un infarto acabará con su vida el 18 de noviembre de 1928.

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