10 de agosto de 2010

LA NADA (Apunte nocturno)

K. Malévich - Blanco sobre blanco (1918)

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Para Nuria
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El estado predominante del hombre a través de los tiempos es la no-existencia, esto es la ausencia, la nada. Vivir no es otra cosa que desconocer el límite real de lo que somos en tanto unidades condenadas: perdurar vanamente por un tiempo ínfimo para retornar al punto de origen, esa sempiterna nada de la que procedemos y a la que algún día, no muy lejano, retornaremos. La simplicidad de la nada es aterradora.

Pongamos un sencillo ejemplo, aunque su mera presencia aquí no sea sino una redundancia tácita: Fulano de Tal, que nació en 1926 y falleció en 2005, fue un gran avaro bien satisfecho de su capital que floreció entre 1926 y 2005, pero que como hombre efímero que era no fue en 1925 ni sería en 2006. Tenemos pues aquí una vanidad de 79 primaveras, ni más ni menos; una vida como la de tantos hombres que surgieron, crecieron y vivieron para, finalmente, extinguirse en medio de la más completa indiferencia.

El hombre no puede en vida imaginar propiamente la nada, porque la nada no es sólo inaprensible, sino directamente contradictoria: en tanto que como concepto sugiere un estado de ausencia, ya por ello resulta algo, pero ¿es que acaso una piedra en tanto que piedra no deja por ello de resultar algo, aunque en propiedad no sea nada, es decir, carezca de lo que con proverbial simpleza solemos denominar conciencia?

Podemos imaginar torpemente la nada observando el estremecedor hecho de la muerte de uno de nuestros iguales, la contemplación de su cadáver tendido en el impersonal ataúd. Y aunque siempre mueren los otros, esos otros se llevan consigo algo nuestro: es entonces cuando la muerte del otro prefigura nuestra muerte futura, y de este modo la nada que ahogará nuestros improbables sueños, nuestras aspiraciones terrenas.

Frustrante es la vida para el hombre corriente: la sola idea de la muerte, de la nada inevitable, se cierne desde temprano sobre su titubeante pensamiento. En efecto, podemos tener conciencia de lo que somos por un tiempo limitado de nuestra existencia: toda la vida es un túnel de oscuridad y de sombras, y salir de él está al alcance de unos pocos. Los primeros veinte años de la vida del hombre corriente son miserables y brutos, una mera sucesión de anécdotas particulares que no conducen sino a una edad adulta en la que lo adocenado de la colectividad termina por imponerse. Si a esta evidencia sumamos otra como la necesidad fisiológica del sueño -pues es una gran obviedad que una tercera parte de nuestras vidas las consumimos durmiendo-, comprenderemos lo precario del pensamiento, su tosca maduración en condiciones normales, la mediocre entidad de esa conciencia que rara vez alcanza la categoría de autoconciencia pura. En medio de tales desiertos, el hombre no puede pasar su vida sino adormecido, en un estado de vigilia neblinosa; ciertamente lo más parecido a la alegoría platónica de la Caverna.

El sendero de la vida, de este modo, se encontraría cercado por dos límites hermanos:
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LA NADA - EXISTENCIA (CONSCIENTE) - LA NADA

Sendos límites resultan ilimitados, pues pretender aprehender la nada en un sentido espacio-temporal resulta a todas luces absurdo. Pero el hombre consciente es a su vez prisionero del presente perpetuo, la única realidad a la que puede tener acceso. Mas este presente, que no es otra cosa que una suma de instantes, por su naturaleza continuamente mudable resulta paradójicamente inaprensible, perdiendo por tanto cualesquiera posibilidades de comprensión por parte del mortal en él aprisionado. Reste decir que sólo existen dos posibilidades, dos conceptos últimos, para una conciencia humana: el presente y la nada; esto es, la vida y la muerte.

Sin embargo, existe un instante de tránsito en el que la vida y la muerte, presente y nada, se difuminan: nos referimos al instante mortal, suerte de puente a medio camino entre el presente de la vida y la nada. Si hay alguna sustancia en ese instante, no debe ser otra que la del vacío más inexpresable, y toda pretendida revelación que en él se encuentre no dejará de ser quimera; tan perplejo como el hombre vivió, así se extinguirá. Este campo de niebla, este terreno quebradizo y del que sólo podemos hablar a través de metáforas, de comparaciones visionarias poco veraces desde una perspectiva empírica fiable, no escapa con todo a lo consciente, pues si la nada todavía no ha llegado, es evidente que todavía persiste algo de la existencia consciente. Pero estas conjeturas no conducen a lugar alguno, y sí al discurso expansivo al que tiende cierta rama de la filosofía.

Este escollo terrible que es la nada sólo será “salvado” por las religiones, tan autocomplacientes con el hombre que las creó como inmenso fue su ego al hacerlo, y por ello mismo tan legítimas como la idea de la nada a la que remitimos. Pero aquí entraríamos de lleno en el terreno de la fe.

Lo que debería quedar claro, con fe o sin ella, es que el hombre permanece en vida atado de pies y manos a una realidad que lo supera con creces, y ni las más preclaras inteligencias han logrado -ni lograrán- configurar por medio de su pensamiento una explicación satisfactoria que logre erradicar las incontables taras de ese absurdo recurrente al que llamamos existencia.

Zaragoza, 9-10 de agosto de 2010
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