6 de julio de 2010

MÚSICA. En el Tercer Centenario del fallecimiento de Gaspar Sanz








Se cumplen trescientos años del fallecimiento de Gaspar Sanz (1640-1710), cumbre española de la guitarra barroca y figura señera del Siglo de Oro. Urge por tanto reivindicar a este compositor excepcional y de categoría europea, por cuya aportación la guitarra española saldría del desierto creativo en el que permanecía anclada.

En efecto, Gaspar Sanz murió en Madrid un inconcreto día de 1710. Su vida se puede compendiar en unas pocas líneas: había nacido en Calanda setenta años atrás, el 4 de abril de 1640, días después de que la Virgen del Pilar restituyera a otro calandino famoso, Miguel Pellicer, la pierna que le había sido amputada dos años y cinco meses antes; luego realizó estudios de teología y música en la Universidad de Salamanca; en Italia estuvo al servicio de la Corte Real de Nápoles; ya en la Corte española sería profesor de guitarra del hijo natural de Felipe IV, don Juan de Austria; dejó algunas obras literarias hoy ignotas y al parecer fue notable poeta; sus últimos años fueron oscuros… Pero al margen de todo esto, a Gaspar Sanz la posteridad le ha sido concedida por sus decisivas aportaciones a la técnica y arte expresivo de la guitarra. Desde entonces su nombre no ha cesado de divulgarse, ni su música de viajar por los más recónditos lugares del globo, especialmente en los últimos cincuenta años a través del empeño de consumados guitarristas virtuosos como Andrés Segovia, Narciso Yepes, John Williams o Julian Bream, que le han dedicado algunas grabaciones de referencia.

Toda su fama, por lo demás, reposa en su obra magna, la Instrucción de Música sobre la guitarra española (1674), el mejor y más completo método jamás escrito por un compositor de su tiempo dedicado a la guitarra española. Esta obra admirable e imperecedera, en tres volúmenes y escrita en tablatura, contiene toda la producción musical conservada de Sanz, que se condensa en apenas dos horas de música. Así, entre sus páginas más difundidas, encontramos una pieza del relieve de Canarios, sin duda su trabajo más popular, de una viveza rítmica y melódica asombrosa, y que Joaquín Rodrigo reutilizaría con acierto como movimiento final de su Fantasía para un gentilhombre, obra para guitarra solista y orquesta basada en temas del calandino. Y también debemos retener Españoletas, Pavanas, Jácaras y Marizápalos, entre tantas otras piezas impregnadas de sabor español, y aunque en otras ocasiones su inspiración remitiese a Italia -como en la vibrante Fanfarria de la Caballería de Nápoles-, su música no pierde nunca el acento nacional, inconfundiblemente español, por más de un concepto aragonés. Es en esta música árida, de secano, pero rica y aromática como el romero, donde Sanz, inspirándose en el terruño y las costumbres de sus gentes, descifra el fondo sonoro de su tierra.

En cuanto al centenario propiamente dicho, algunos melómanos y ciertas instituciones no han dejado de apuntar en su agenda un evento que sin duda no alcanzará la repercusión que hace una década tuvo otro centenario mucho más sonado, el del nacimiento del también calandino Luis Buñuel. Algunos recitales, algunos conciertos no monográficos para audiencias reducidas, se sucederán durante el año como tributo al músico.

Sea como fuere, la valía cultural, la entidad estética y vigencia artística de la música de Sanz, permanecen incólumes; es por tanto oportuno recordar en este año en curso a una figura de primer orden, algo olvidada y desconocida para el gran público, pero todavía viva e irremplazable.
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Segunda versión:
Gaspar Sanz, un calandino del Siglo de Oro. En el Tercer Centenario de su fallecimiento ['Kolenda', Noviembre 2010, nº 96]
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