2 de junio de 2010

ESCOLIOS MMX · Pliego segundo

In hora mortis
I. Preludio - II. Fuga
(2010)
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[fotografías del autor - modelo: Lucas C. Oliveras]
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Cada época tiene sus claroscuros, pero la nuestra es de una grisura absoluta.



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En un mundo plagado de convenciones, la pretendida originalidad es convencionalismo de imbéciles.



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Escribir por puro placer es un deber; hacerlo por dinero, una derrota.



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La presunta literatura de nuestro tiempo agoniza entre espumarajos de inmunda putridez.



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Los actuales premios literarios fomentan la necedad y estimulan la vanidad de los más lerdos escribanos del sistema.



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Tal y como nuestra sociedad “fomenta el hábito de la lectura”, sería preferible practicar la quema masiva de bibliotecas estatales.



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Los poemas en verso arden bien en el fuego; los escritos en prosa se disuelven en aguas frías.



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El hombre de fe establece un diálogo cerrado entre sus esperanzas y sus terrores. El ateo es perezoso impenitente.



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El teórico teoriza; el práctico, polemiza.



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El hombre se esclaviza para ganarse a los otros y resiste encadenado hasta que lo parte por el eje.



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Los hombres recuerdan a sus amigos por sus errores, y a sus enemigos por sus condenas; la posteridad del sentimentalismo es epidérmica.



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El compañerismo es una ficción, el amiguismo careta mudable.



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Conocer la ley y cumplirla: principios básicos para caminar entre cadáveres.



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Las nuevas tecnologías preludian sociedades pobladas por autómatas. Su única novedad es la superlativa eficacia con que manipulan a las invisibles masas.



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La frivolidad y la tontería reinan en Occidente como la lepra y el cólera en las regiones tercermundistas.



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El analfabetismo disculpa al ingenuo y crucifica al imbécil.



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Nada justifica la vida, nada excepto su aniquilación.



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La supervivencia del caníbal reposa en sus dientes, la del civilizado en su dentadura postiza.



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Un hombre sin historia es como un melocotón sin hueso, suerte almibarada de bocado pasajero.



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La naturaleza no es como dicen sabia: es aburridamente caprichosa, cruelmente vacía y arbitrariamente perversa, y pudre con su manto todo cuanto cubre o descubre.



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Las pretendidas contradicciones de Rousseau no son sino enganches a los que aferrarse en caso de caída prematura.



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Los problemas sociales son páginas de blanco en la vida del mediocre.



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La felicidad arraiga en la casa del idiota como las larvas en el vientre podrido del carnuzo.



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Un cretino dichoso es doblemente cretino.



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El profesor, lo mismo que el catedrático, no aspira al conocimiento, sino al reconocimiento público. Su propio trabajo delata y adultera su condición última.



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La ignorancia y la mediocridad de los maestros quedan implícitas en su nómina, fin último de su mezquino trabajo.



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El trabajo ingrato y sin interés acorta la vida útil y plena del hombre, embruteciendo su espíritu de conquista.



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Las malas artes del político son la prueba de fuego de su eficacia perversa.



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El discurso dualista del político se anula al chocar con el de la oposición: defender el bien y condenar el mal es tarea inane en boca de remedadores de palabras.



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La mentira socialista promueve un socialismo populista cuya eficacia reside en previos estudios de estadística.



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Legislación y excreción, servilismo y sumisión.



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La democracia es el cáncer de nuestro tiempo: anestesia conciencias, esteriliza órganos y aniquila individuos.



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La esencia del comunismo es el cero, la nada como habitáculo eterno.



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Millones de muertos yacen enterrados en los cementerios del olvido: sobre sus tristes esqueletos se edificó la gran mole capitalista.



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El moderno se empequeñece con los años, y su época termina por aplastarlo contra el pavimento como un vil gusano.



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La medicina contra el hastío es el riesgo. Arriesgarse significa condenar la enfermedad y aceptar el remedio, aunque éste no sea otro que la mismísima muerte.



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Nuestra época no sale de su asombro cuando simula mirarse a sí misma.



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La fealdad de lo moderno seduce a las masas, que hallan en el objeto utilitario pieza exacta a sus necesidades impostadas.



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La vejez -y su maltrecha decadencia- es la única realidad certera de este mundo pueril e idiotizado.



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Las canas son el certificado de la impotencia, billete de vuelta de un viaje fatal.



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Como los perros, los niños ladran para ser percibidos.



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Hasta las mayores bestias fueron niños.



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Un niño infantil es burdo; uno pueril, odioso.



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La vida se abre camino entre lomas de estiércol y piscinas de orina podrida.



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El hombre de principios reniega de las manos que la sociedad le tiende con fines últimos.



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La familia pudre al creativo y diseca al igual. Organismo castrador, desdibuja la esencia del sujeto particular, subrayando con grosera familiaridad su sexualidad sempiterna.



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La única sexualidad soportable es el hermafroditismo.



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Un mundo sin personas; tan sólo un armario de coños y pollas, de prótesis utilitarias.



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La televisión y sus televidentes descarnados no son sino piezas plurales de un sistema singular.



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El placer del sueño y el lujo en el descanso vitaminizan el espíritu del hombre, alargan su existencia entre algodones legítimos. Una estética del placer es profesión de fe.



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Privilegio de unos pocos, el Arte resiste con brazo musculoso las embestidas coyunturales del azar.



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El hombre es una sombra errante y vaga, vano error que el tiempo no tardará en corregir.



Mayo de 2010