19 de mayo de 2010

LA ESPERA, LA TRANSFORMACIÓN (Relato posible)


Pablo Picasso:
Composición con calavera (1907)

1

Z seguía allí, de pie, esperando.
Los últimos días le habían resultado especialmente difíciles. Quería evitar a toda costa esas bagatelas que con tanta insistencia el mundo le arrojaba a la cara. El tren estaría al caer. Pero el retraso le inquietaba. Diez minutos más y quizá sería ya tarde. Le venían “pisando los talones”. Era un cliché detrás de otro: sí, alguien terminaría por hundir su proyecto de fuga, y con él, su “bonita cara”. Pero, ¿cómo había llegado hasta allí? Era una historia muy larga, demasiado larga como para poder explicarla en unos momentos tales… Z estaba solo en el mundo. No tenía a nadie, y sus bienes materiales se reducían a lo que llevaba puesto; tenía un monedero con algo de dinero, lo justo para hacer el viaje; llevaba consigo además una brújula, instrumento que desde antiguo los hombres han utilizado intentado esquivar las embestidas del azar. Mas en el caso de Z, y en medio de un mundo tiranizado por la más milimétrica precisión, dichas embestidas parecían quedar fuera de su campo… a menos que de pronto irrumpiera un terremoto, una tormenta huracanada o cualesquiera otra impertinencia de la naturaleza, de esas que de vez en cuando asolan una ciudad en un abrir y cerrar de ojos, y entonces ya es tarde para retroceder, dirigirse a la taquilla y cancelar el pasaje.
Z esperaba.
Y de pronto llegó el tren.
Z subió, tomó asiento, respiró hondo.
Era un día de mayo, de abril tal vez. Poco importa, el tiempo era favorable. El tren iba a partir de un momento a otro.
Y partió. Iba a ser un viaje largo, muy largo.
Z cerró los ojos.

2

Que yo recuerde, todo comenzó hará diez, doce o trece años atrás, tal vez, cuando la gente todavía no había adquirido la odiosa costumbre de mirarle a la cara.
Por entonces, era Z uno de tantos sujetos anónimos e intercambiables que afloran por este mundo y como flor de un día se marchitan, sí, se marchitan en medio de una “completa indiferencia”.
Su vida gris, tediosa y vacía...
Sus pensamientos miserables, incluso nulos.
Rebosaba mediocridad en cada átomo de su apariencia…
La sociedad lo aceptaba de buena gana, tal cual; no significaba nada, en el fondo. Su vida transcurría así en medio de esa normalidad rutinaria. Su familia lo (re)quería. Era un tipo satisfecho de sí mismo, podría decirse.
(Lo habían) licenciado en Derecho, tenía una novia bastante guapa, un coche (lo) suficientemente potente, un trabajo con el que ganaba (mucho/poco) dinero. Lo tenía (casi) todo: carrera, novia, coche, dinero. Era un perfecto don nadie.
- La vida te sonríe demasiado –le decía no sin cierto descaro P, supuesto amigo.
El niño bien Z no se podía quejar de su vida acomodada y relajada. Su actividad mental apenas iba más allá de las futesas que su trabajo en el buffet de abogados le exigía: un trabajo estéril, idóneo para un tipo como él, acostumbrado a mirarse diecisiete veces al día en dieciséis espejos diferentes. Cosas de sus treinta años. Por aquella época ya estaba muerto. Un cadáver.
Z fue un misántropo frustrado. Desde sus años de universitario se había codeado con la más maloliente escoria humana, y eso acabó por dejarle mella: de los más infectos alumnos pelotas, a los que despedazaba sin piedad con sus comentarios sardónicos y sus panfletos agresivos, hasta los menos soportables de los catedráticos, tipejos babeantes y estúpidos de cuya fatuidad se reía a mandíbula batiente, todo cuanto rodeaba a Z, todo eso de lo que de algún modo quería formar parte, quedaba reducido a un banal quiero y no puedo. Incapaz de arrodillarse ante nadie, de ceder ante las viejas convenciones universitarias, era mediocre por partida doble: ni destacaba como estudiante aplicado, ni mucho menos como pelota integral. No podía, por tanto, aferrarse a ninguna de estas dos absurdas disciplinas estatales.
Su deseo de actividad política –un deseo por lo demás manipulado desde fuera– pronto arraigó en él. Renegó de sus pueriles ideas comunistas de adolescencia y se afilió a un sindicato de sesgo izquierdista. Comenzó, no sin ciertas contradicciones, atacando la institución que más le repugnaba, en esencia izquierdista ella… pero ello no impidió que al mismo tiempo finalizase la carrera, recibiendo el inevitable título de licenciado: un lustro de su vida tirado a la basura por el titulillo de marras, pensó.
De vez en cuando, alguna que otra idea extraña aparecía por su cabeza, pero tan pronto como había irrumpido se desvanecía. Su inconsistencia, en todos los órdenes, gustaba a muchos de sus inevitables enemigos. Pronto se amoldó, se reconoció en ellos. Gustó.
Antes de cumplir los veinticinco años ya era un respetable muchacho que aspiraba a lo que todo muchacho de bien licenciado en Derecho debe aspirar: fundar un gabinete, fundar una familia; en pocas palabras, “sentar cabeza”.

3

El día que sentó cabeza, Z fue decapitado.
Y comprendió que él no había nacido para eso; prefería vivir re-descabezado, literal y metafóricamente. De pronto, todo cuanto había conseguido -su trabajo, su novia devenida esposa, su coche “flamante”- le dejaba un amargo-sabor-de-boca. Y no tanto por sus aspiraciones vitales, e incluso existenciales, que eran ínfimas. No, Z no era de esa clase de hombres trascendentes. Era algo mucho más concreto lo que le roía la conciencia hasta dejársela reducida al tamaño de un hueso de aceituna mascado por una dentadura obscena. No era Z lo que se dice un tonto.
Sabía que le habían vendido gato por liebre, y que todo cuanto le proponía el mundo, en lo más profundo de su ser, le provocaba auténtico pavor. Podía ser un lisiado moral, un sujeto sin principios, pero estimaba su pellejo por encima de todas las cosas terrenas y divinas, y sabía que estaba subestimando su pellejo en grado sumo de tratarlo así.
A sus treinta años una retórica parda bañaba cada uno de sus momentos. Desde el ritual del desayuno hasta el ritual del sueño, todo eran “una sarta” de rituales que delataban su aburguesada condición de oveja en medio del rebaño.
B, su novia devenida esposa, aceptaba sus debilidades. Pero como su mujer que era, apenas podía hacerse una idea de lo que pasaba por su cabeza de abogado. Él no quería un hijo, pero ella insistía en ello, en caso contrario la unidad familiar comenzaría a declinar, y un tal declive “no es aceptable” en una familia acomodada como la suya, le repetía.
Z detestaba el esquema familiar occidental, coartado por un patrón ramplón y estereotipado. Lamentaba tener que preparase para formar parte de esa media estadísticamente tan satisfactoria. Podía ser un don nadie, pero no era un número, tal y como le insinuaban segundo a segundo.
Lo más deprimente de todo era que Z no encontraba un igual con el que cual sincerarse.
P, su supuesto amigo, le había terminado por dar la espalda: al parecer, ganaba menos dinero que él, y eso propició la ruptura.
B, su mujer, no podía sincerarse con él de ningún modo, no tanto porque fuera una mujer fingidora y tramposa, que lo era, sino por el mero hecho de que era su mujer ante Dios y ante el Estado, y una trampa tal sólo podía generar en él recelos.
Su soledad era tan grande, tan desproporcionada, que comenzó a frecuentar ciertos círculos…

4

Conocí a Z un sábado por la noche.
Fue en uno de esos conciertos sinfónicos pre-dominicales que atraen a las masas embrutecidas durante la semana dispuestas a escuchar una sinfonía de Mahler como quien se fuma un habano a la luz de la luna. La tediosa industria cultural, imponiendo sus grasientos programas de mano, asolaba nuestra ciudad desde hacía varios lustros. Y nadie hacia/decía nada. Yo era partidario de otro tipo de música, concertante. Hastiado de Mahler y de los mahlerianos, tan ridículos ellos, había propuesto a la sociedad musical mahleriana un programa completamente renovado, y para ello me había decantado por los conciertos de Hans Pfitzner, no tanto porque los encontrara sublimes como por romper de una vez por todas con el adocenado gusto del público de monigotes mahlerianos. Mi propuesta fue desestimada desde el principio: Pfitzner no era judío; su música, por tanto, no era “políticamente correcta”. Sí, aquella sarta de demócratas razonaba así. Los muy cerdos querían imponer su política de corrección hasta en el mercado sonoro.
Fue entonces, al salir de aquel siniestro embolado, cuando dispuesto a tomar mi sitio “habitual” para escuchar una vez más la Titán, sorprendí en él a un hombre atildado con un monóculo brillante en el ojo izquierdo. Era joven, era apuesto, apestaba a colonia, mas ocupaba mi sitio. En efecto, aquel sujeto no era otro que… Z.
Entre los dedos de sus manos llevaba el programa que yo había escrito hacia varios meses. Mi análisis de la Titán no era un análisis esclarecedor para un primerizo en Mahler. Por el rictus de su cara comprendí que no era él un aficionado cualquiera precisamente: detecté que con su dedo índice marcaba el compás, mientras que con el pulgar insinuaba una pulsión rítmica no exenta de cierta gravedad.
- Perdone, pero ese sitio que usted ocupa es m-i sitio.
Se lo dije así, acentuando lo que no era mío. Él apenas se inmutó. Y añadió:
- Disculpe, confundí s-u localidad.
Y se cambió...
No le di más importancia a lo ocurrido. Era un sujeto anacrónico a primera vista: toda su fachada lo era. Se diría no pasaría desapercibido en un radio de diez kilómetros a la redonda. Vestía a la antigua, cual ejemplar decimonónico en un salón de arte, remedo de Reynaldo Hahn con un aire a lo Oscar Wilde. La masa no le quitaba el ojo, me fijé. Algunos monigotes se reían, ridiculizaban su modo de vestir, su andar pausado y exquisito, como el paseante en medio de un campo de huevos de avestruz que se niega por principio a chafar huevo que se le ponga a suela. Y sin embargo Z sabía vestir, caminar, aparentar mejor que ninguno… mientras que sus patéticos y vomitivos detractores delataban una vulgaridad tal que omitiré cualquier comentario sobre sus anodinos trapos.
Pensé en Z algunos segundos más, y lo olvidé.
No era mi tipo, con todo.

5

La extraña transformación que operó en Z no se produjo de la noche a la mañana, en absoluto.
En un espacio temporal de menos de tres meses, Z pasó de ser un vulgar abogado a convertirse en un distinguido caballero decimonónico. Ignoro qué transición operó tan milagrosamente en él. Pero el comienzo bien pudo ser así.
Y esperando seguía allí Z... de pie.


Zaragoza, abril-mayo de 2010

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