8 de febrero de 2010

Visita al Castillo de Marcuello (Notas de viaje, 7.II.2010)


Vista general del Castillo de Marcuello (Fotografía: José Antonio Bielsa)


Sito en un paraje lunar y agreste, apartado de cualquier sombra de civilización, se erige en medio de una soledad inamovible el Castillo de Marcuello. Tan sólo al silencio responde el resoplar del viento. Su mera contemplación implica un viaje al pasado en tiempo presente, la huella de una época remota a la par que inminente. Ante la desolada ruina de sus muros, surge una inquietud intensa, desbordada, en la que la Historia deja de ser una puntual referencia. Y es entonces cuando el espectador cree avistar entre las grietas la mirada de algún fantasma, de alguna sombra trágica; en efecto, como en un cuento de Machen o Lovecraft, la naturaleza, con todo su inefable poder de fascinación, congrega en el viajero los más singulares temores. El Castillo de Marcuello, alejado de cualquier sombra de especulación, chantaje cultural o turismo de masas, es uno de esos contados lugares en los que el hombre, en su soledad, puede reunirse con Dios o con el silencio.

Vista parcial del Castillo de Marcuello (Fotografía: José Antonio Bielsa)

Enclavado a más de mil metros de altura sobre una estratégica meseta de la oscense Sierra de Loarre, el Castillo de Marcuello ha quedado asociado al nombre de Sancho III el Mayor, quien en un intento de formar una cadena de fortificaciones, planificó construir este castillo junto a los de Loarre, Ayerbe y Agüero, defendiendo así de cualquier perturbación el denominado Reino de los Mallos. Apuntes históricos al margen, el Castillo de Marcuello no está exento de interés arquitectónico. Muy acusadas son sus dos fases constructivas, a saber: la primera, de una tosquedad cierta en la base, de época de Ramiro I; frente a la segunda, de un aparejo mejor trabajado, ya en tiempos de Sancho Ramírez. En cualquier caso, poco le importan al objeto de nuestro conocimiento todas estas apreciaciones, ante cuyo calamitoso estado general de poco sirve recurrir a la apoyatura de la Historia, en ocasiones tan estéril.

Restos de la Torre (Fotografía: José Antonio Bielsa)

Sea como fuere, el interés de nuestra breve visita es antes de orden espiritual que estético; alejados por unas horas de la abrupta insignificancia de las ciudades, la contemplación de los paisajes que envuelven Marcuello nos permiten reconciliarnos con nuestra naturaleza. Es un viaje al pasado, a la ruina de una época perdida e irrecuperable, cuyo más genuino testimonio es este castillo en el que la moderna intervención humana apenas ha dejado mella.

El turista y su sombra, o lo que en breve dejará de ser tras de lo que seguirá estando (Fotografía: Nuria Celma)

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El pasado nunca se muere, ni siquiera es pasado.

William Faulkner

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Zaragoza, 8 de febrero de 2010