30 de septiembre de 2009

Sobre sujeto y mundo en la filosofía alemana del siglo XIX (Apunte)





Sendos conceptos, sujeto y mundo, están íntimamente relacionados. De hecho, se da entre ellos una oposición y una ambivalencia recíprocas: frente a la idea del mundo, entendida como totalidad tal y como la trató Kant, el sujeto supone otra forma de totalidad muy distinta, ligada al hecho de la autoconciencia de éste. En efecto, para que el mundo exista el sujeto debe participar de éste, dándose de este modo una relación sujeto-objeto en la que el mundo pase a suponer lo externo al sujeto, sin que por ello el sujeto deje de ser a su vez objeto. En tanto que objeto de conocimiento del sujeto, el mundo, al menos desde Kant, ha quedado como una realidad paralela al Yo.

En la filosofía alemana del siglo XIX esta cuestión ha desempeñado un papel de primer orden. Ya Kant, el gran precursor del idealismo alemán decimonónico, delimitó el concepto de mundo a través de dos expresiones: ‘mundo’ y ‘Naturaleza’: la primera designaría así la totalidad de todas las apariencias y por tanto su síntesis; la segunda, por el contrario, haría lo propio con el mundo pero de un modo dinámico. Frente al mundo, y pese a constituir parte del mismo –máxime su autonomía autoconsciente–, estaría el sujeto.

Así, el primer filósofo del siglo XIX que ofrecerá una visión decisiva al respecto será Johann Gottlieb Fichte.

La visión que del problema “sujeto-mundo” tiene Fichte reposa sobre la afirmación absoluta de la primacía del Yo, que, al tomarse a sí mismo como tal, encuentra la oposición a sí mismo en lo externo: el mundo. Para Fichte el Yo se pone a sí mismo en un acto de libertad absoluta, lo que es demostrable a través del principio de identidad, principio gracias al cual puede confirmarse el principio lógico de contradicción que le lleva a Fichte a oponer al Yo el no-Yo. De esta limitación dada entre ambos opuestos surge la necesidad de la libertad, frente al determinismo del mundo, que Fichte relaciona con la Naturaleza, estando sometida ésta a la ley causal. Por eso, la única solución satisfactoria le es dada al sujeto a través de la conciencia cuando quiere explicarse el mundo y las razones por las que éste es tal y como es.

Otra capital aportación a esta problemática será la ofrecida por Friedrich Wilhelm Schelling, quien introducirá en su sistema del idealismo trascendental la noción de lo Absoluto, a la que se llega por medio de la intuición intelectual. Y es aquí donde se encuentra la gran novedad de Schelling, pues para éste lo Absoluto no es sino la total indiferencia de sujeto (el Yo) y objeto (el mundo); es la identidad de dos contrarios –a saber: Naturaleza y Espíritu–, pero de dos contrarios que participan de lo Absoluto mismo. La visión “sujeto-mundo” de Schelling abría de este modo el camino a Hegel.

Con Georg Wilhelm Friedrich Hegel la problemática que aquí nos lleva alcanza su momento más crítico. Retomando el camino abierto por Schelling, pero analizándolo minuciosamente, Hegel encuentra su visión personal al confirmar cómo lo Absoluto requiere de una dialéctica entre sujeto y objeto, y no la mera reducción del uno al otro. En su obra La fenomenología del Espíritu, el sujeto –y con él su pensamiento– queda ligado al mundo dialécticamente al haber absorbido del objeto lo pensado. Este proceso se da a través de varios “momentos” progresivamente complejos y complementarios, integrados los últimos en los previos. Sin embargo, Hegel llega a la conclusión de que sólo lo espiritual es real, en tanto que toda realidad se reduce en esencia al Espíritu, que es la esencia misma o “lo que existe en sí mismo”. El mundo, de este modo, quedaría desplazado, porque lo esencial del sujeto pensante, lo más propio de él (el Espíritu), sólo le podrá conducir al saber absoluto, y el mundo aquí es una parte más del proceso dialéctico.

Este punto sin retorno que supone la filosofía idealista de Hegel tendrá su contrapunto en el pensamiento de Arthur Schopenhauer, quien entendería la problemática “sujeto-mundo” de un modo radicalmente opuesto.

Para Schopenhauer, el mundo es la representación del sujeto: es pues el mundo tal y como es dado, en toda su aparente multiplicidad. El sujeto quedaría así presa del mundo –del espacio, del tiempo, de la causalidad–. Por todo ello, al sujeto sólo le queda un último recurso para seguir siendo: la Voluntad, que es única y absoluta, en oposición a la representación, que es la imagen cambiante de un mundo plural e impersonal. Schopenhauer confirma así que la Voluntad de vivir es en principio de naturaleza irracional, mas sin embargo se trata de un principio irreducible del ser que posee un principio de razón suficiente. Todo esto se desprende de la atenta observación de la naturaleza, en la que todos los seres, desde las formas orgánicas menos complejas hasta las más evolucionadas, participan de una voluntad basada en la afirmación incondicional de la vida.

2 de septiembre de 2009


Complemento bibliográfico:

- COPLESTON, F., Historia de la filosofía, volumen VII
- FERRATER MORA, J., Diccionario de filosofía (4 vol.)
- MARÍAS, J., Historia de la filosofía

17 de septiembre de 2009

Reivindicación de Luis Herrero de Tejada, poeta de Calanda (Apunte)



Imagen:
El Templo del Pilar de Calanda
(fotografía del autor)


Don Luis Herrero de Tejada y Rubira (Borja, Zaragoza, 24 de febrero de 1716 - † Calanda, Teruel, 1 de febrero de 1767) es uno de tantos literatos olvidados que el tiempo ha enterrado y cuya recuperación resulta algo harto improbable. Sea como fuere, reivindicaremos su apagada figura en este breve apunte.

Nacido por casualidad en Borja, aunque natural de Calanda [1], de la que procedía su distinguida familia y en la que pasó gran parte de su vida, cursó nuestro autor estudios de Jurisprudencia en la Universidad de Zaragoza, ampliándolos luego en la de Tolosa (Francia), y en 1734 recibió el título de doctor; ejercería el cargo de Relator de la Sala del Crimen de la Real Audiencia de Aragón.

Como literato, desarrolló una obra variada y hoy ignota, destacando sobre todo como poeta, aunque abordó casi todos los géneros entonces en boga, entregando algunas obras de circunstancia tales como la pintoresca Explicación del juego de damas y modo de practicarlo. Así y todo, entre sus obras podemos destacar (siguiendo aquí a Mosén Vicente Allanegui, pues no hemos tenido acceso a ninguna de ellas): Arte de pintura -tratado-; No siempre quien escucha su mal oye -comedia-; Loas a San Juan Bautista; Memoria de los reyes tenidos por crueles y aborrecidos de sus vasallos; y Poesías místicas a la Virgen del Pilar, patrona de la Villa de Calanda. Tradujo asimismo un ensayo, La vida de los siete sabios de Grecia.

Murió Luis Herrero de Tejada en su apreciada Calanda, tema de inspiración de tantos de sus poemas, a los 53 años de edad, siendo enterrado en la capilla de San Antonio Abad de la parroquia. Hoy, ninguna huella física queda del lugar de su sepultura.

La poesía de nuestro hombre constituye una de las parcelas más valiosas de su producción, al menos por lo que hemos podido ver, que sin ser mucho, sí es cuando menos estimable y, hasta cierto punto, significativo. Poeta preciso en la forma, su factura conservadora no le impide expresarse con una naturalidad muy emotiva dentro de la retórica dieciochesca manejando las más variadas formas poéticas (soneto, décimas, himnos, etc.).

Sirvan como muestra de la pluma del autor las siguientes dos composiciones, un soneto y un aria, compuestos para sendos eventos ocurridos en Calanda; aquí el soneto:

¿Por qué dichosa Villa de Calanda 
cuando tu amante madre y reina mía 
sale a poblar el mundo de alegría 
tu voz envuelta entre suspiros anda?

Si ya la hermosa emperatriz del cielo 
a tus cordiales ecos atendiendo 
con agua cristalina fue cubriendo 
tan solamente tu dichoso suelo. 

¿Por qué en el día en que el sol hermoso 
con sus rayos tus calles ilumina 
tu pecho se conduele y afemina? 

Porque es mucho favor a un hombre ingrato 
y porque siempre tiene igual lugar 
un gozo inopinado que un pesar.


Y aquí el aria, cantada en noviembre de 1787:

Hoy los hijos de esta villa
rinden cultos a porfía
con devotos corazones
a su patrona María.

Su amoroso corazón
a los pies de ese pilar
los hijos de aquesta villa
llegan hoy a tributar.

Admitid, reina piadosa
bajo vuestro real amparo
y los fieles que os colocan
para defensa del barrio.

No podemos concluir este apunte sin dedicar unas líneas a su hermana, sor Luisa Herrero de Tejada (Calanda, Teruel, 1711 - † Valdealgorfa, Teruel, 24 de agosto de 1777), como él poeta.

Ingresó Luisa a temprana edad en el Convento de Valdealgorfa, del que al parecer llegaría a ser abadesa. Tuvo don de poesía natural y compuso sus primeros versos a los trece años. Sus estudios se centraron en la Sagrada Escritura e Historia Eclesiástica. Y aunque escribió mucho, nada sobrevive de su obra, de la que podemos mencionar Novenario a Nuestra Señora del Pilar; una Vida de San Luis, obispo de Tolosa; A Cristo nuestro bien; y A Jesucristo sacramentado.

Emana cierto encanto su composición "A Jesús en la cruz":

¿Quién os puso esa divisa?
Luisa
¿Quién os clavó en el madero?
Herrero
¿Qué herrero? ¿Prenda adorada?
De Tejada
Viva de vos olvidada
mi gloria, mi bien, mi luz
pues os puso en esa cruz
Luisa Herrero de Tejada.

Nota

[1] ALLANEGUI, V., Apuntes históricos sobre la Historia de Calanda, 1998, pp. 355 y ss.: "D. Antonio María Herrero, D. Luis y sor Luisa se ponen en el tratado de Calanda, reputándose por hijos de la villa, no obstante de haber nacido fuera por razón de la E. 19, T. 3, libro 8 Recop., que previene que si el padre se halla ausente en servicio por mandato del rey, y en este tiempo naciese el hijo fuera, será sin embargo español por reputarse nacido en España. Y habiéndose verificado así en los referidos, deben reputarse naturales de Calanda, concurriendo además la circunstancia de tener en dicha villa su casa en la calle Mayor".

Bibliografía

· Allanegui y Lusarreta, Vicente, Apuntes históricos sobre la Historia de Calanda, Ayuntamiento de Calanda-Parroquia de la Esperanza-Instituto de Estudios Turolenses, 1998.


·

15 de septiembre de 2009

Política y consumo en la nueva sociedad occidental: claroscuros en torno a alienación e industria cultural (Ensayo, 2009)


King Vidor: ...Y el mundo marcha (1928)



PRÓLOGO - ESTADO DE LA CUESTIÓN

Creo que tenemos la impresión de que todo está hecho de fragmentos. La cultura, aparece como fragmentaria, lo real está a trozos. Los psicoanalistas modernos han contestado el ego que Freud consideraba como una unidad reconciliada, y para Lacan el yo es un puzzle de trozo, que, a veces, da la impresión de una imagen total, pero esa imagen es ilusoria.

ROBBE GRILLET



Bajo el título de Política y consumo en la nueva sociedad occidental: claroscuros en torno a alienación e industria cultural, presentamos un escrito que comenzó a gestarse hará un año, pero que por razones externas quedó en forma de notas en un cuaderno. Lo que presentamos aquí no es sino una reducción del mismo, acorde así a las dimensiones del presente ensayo. Mas, antes de prometer nada, centremos el tema de nuestro trabajo.

El principal problema al que nos enfrentamos, y no puede ser otro que lo explícito del título, es la evidente parcelación de un terreno de puro frecuentado y maltratado ya irreconocible. Ante la saturación de escritos, de artículos periodísticos, de libros tan voluminosos como estériles son los campos marcianos, sólo podemos preguntarnos ¿qué pretendemos hacer nosotros contribuyendo a algo tan alejado como próximo de nuestros intereses? Porque podemos criticar lo más obvio, podemos escribir un libro al estilo de X, publicarlo y, ya de paso, vender varios miles de ejemplares como rosquillas, podemos hacer todo eso, sí, que es empaquetar unas seudoideas prestadas como si fueran propias, ser unos perfectos ejemplares de progre domesticado y a la par resultar unos no menos perfectos traidores a la patria por un plato de lentejas, y porque podemos predicar y actuar del modo opuesto, podemos... No, no conviene enumerar aquí una retahíla de despropósitos, pues excede en mucho el espacio del que disponemos. Sin embargo, y esto es algo vital, la única opción posible, aceptable en nuestro tiempo, es una actitud REVOLUCIONARIA. Pero ya estamos pecando de simplistas. Vargas Vila, en uno de sus aforismos, dice lo siguiente: “El dinero es un metal vil, sí, pero concede lo único que no envilece: la independencia”. Y es aquí donde comprendemos que todo está perdido, o va camino de estarlo por culpa de una incongruencia muy significativa. ¿Podemos comprender el significado del Mayo del 68 de otra forma? La contradicción es lo que invalida la solución al problema, que entonces deja de ser problema y deviene absurdo; es decir, navegamos en un mar de contradicciones inherentes al problema. Podemos criticar nuestra sociedad occidental en cualquiera de sus aspectos, es una opción políticamente correcta, típica por así decir de la democracia falseada, pero por ser una opción tal, ¿es realmente aceptable, sostenible? A menos que la toma de conciencia de los sectores emancipados no subvierta la propia realidad en la que se mueven, no habrá posibilidad alguna de supervivencia. La muerte de las ideas. Que las manifestaciones, incluso las huelgas más agresivas, hayan dejado de tener sentido en pleno siglo XXI, no es sino lo superfluo, lo achacable dada su no-continuidad. No propondremos una vuelta a las armas, porque pecaríamos de reaccionarios o extremistas, y con todo, siendo la “solución” más lamentable, es la única viable como “solución” de cara a una posible solución del problema: generando otro problema, sin duda mucho mayor. Hoy por hoy no podría darse un Daniel Cohn-Bendit ni nada que se le pareciese; nuestra propia universidad es un reflejo de ello: o los grupos marginales de emancipados se quedan en meros alborotadores fáciles de ridiculizar (y es una lástima; p. ej. las últimas manifestaciones a propósito del detestable Plan Bolonia) y reducir; o la mayoría silenciosa, la masa pasiva de estudiantes que aspiran a cumplir con “su obligación”, se revela tan plana y tan inútil como sus ínfimas maneras de corderos camino del matadero, corderos prestos empero a satisfacer su demanda “ideológica” pululando los fines de semana por las discotecas del orbe. No es posible, entre borrachera y borrachera de fin de semana, hacer la revolución en medio de la resaca de entre semana. El peligro de nuestra época está en la desideologización sistemática del llamado ciudadano medio, una farsa cuya inexistente conciencia es la estadística, léase la lectura arbitraria de una realidad manipulada, tremendista y burda que sólo aspira a reducir al individuo a la más absoluta nada. Hay una frase de Chamfort que, llevada a lo más alto, lo resumiría todo: “Dos cosas muy importantes encuentro a faltar a menudo en este mundo: la pereza en los malvados y el silencio en los tontos”. Y he aquí la sustancia de la política actual, el recochineo obsoleto por las más innobles miserias. Poco podemos hacer nosotros: a lo sumo y por ahora, seguir callados, pasivos en lo externo, soportando esta tortura infame mientras nos pisotean nuestros verdugos, etc., etc.

Respecto a la estructura del ensayo, la primera parte, El concepto de alienación, revis(it)ado, introducirá una problemática acaso ya vieja, pero todavía no desgastada, que aclare, ya que no esclarezca, una buena parte de una constante que se diría se acentúa con la época y sus maneras, su efectismo descarado y grosero. En la segunda parte, Enmascarando el hecho político: los medios de la industria cultural, se pasará de lo supuesto a lo concreto, bien que a través de la mera observación empírica de una realidad impasible: el consumo de las mercancías selectas. Por último, y como coda, en Después del 11-S, se reflexionará, desde una perspectiva ecologista o meramente humanista, del extraño sino de Occidente, de su penosa involución, de su porvenir poco menos que negro en la noche de los tiempos.


I
EL CONCEPTO DE ALIENACIÓN, REVIS(IT)ADO


1.- Hacia una delimitación del concepto (acorde con los tiempos)


A día de hoy, nuestra delimitación del concepto de alienación será [1] la más amplia posible, en cuanto por alienación no entenderemos sólo las definiciones tradicionales que a tal efecto nos han venido dando los sempiternos manuales de filosofía, esto es la alienación obrera, cuyo máximo exponente en tanto que estudioso de la misma ha sido Karl Marx, por una parte; y por la otra, la alienación mental, que hoy por hoy ha rebasado el marco clínico de la locura al que estaba inscrita para acotar ya una perspectiva sociológica de la misma como alienación social. Así pues, nuestro concepto de alienación, sin ser propiamente nuestro, partirá de sendas variantes: la que toma al obrero como cosa, como instrumento de trabajo; y la que discrimina al individuo por ser tal como es (ej. un genio, un inmigrante, etc.) al no encajar en la llamada “normalidad” de la sociedad en la que aparece situado. Obviamente, en su más externo sentido, por alienación (del latín alienus: ‘otro’) entenderemos lo que la definición nos suele decir de la propia palabra: la alienación es la privación de un derecho o una cualidad. Pero si en el caso del obrero esa privación es el propio producto que él con su trabajo ha fabricado y del que sin embargo no es dueño, y en el caso del “otro” es la imposibilidad de gozar de la susodicha normalidad social, es evidente que una visión moderna de alienación, una visión acorde con las complejas maneras del siglo XXI, tiene que ir más allá, tiene, por así decir, que superarse a sí misma para alcanzar un nuevo grado de significación, no por más abierto y acaso más abstracto, no menos universal [2].

No seremos optimistas (no conviene), aunque tampoco nos dejaremos arrastrar por el pesimismo más plañidero: afrontaremos el problema desde una perspectiva, por así decir, “realista”, mas no se entienda esta palabra en su sentido convencional, sino sólo en el de la objetividad menos cuestionable y, por tanto, más autocrítica, aunque la duda nunca dejará de prevalecer.


2.- El hombre alienado (como representante de la mayoría silenciosa)

Ésta es la forma más pura de servidumbre:
existir como instrumento, como cosa [3].

MARCUSE



(Sobre)vivimos en un mundo enfermo, en una sociedad desquiciada y desquiciante donde los seres humanos consumen sus miserables vidas en la más absoluta enajenación. Somos testigos de ello, y sin embargo nada se hace (ya que no hacemos) por remediarlo; en cierto sentido, nos hemos dejado vencer por la mediocridad reinante, por el hastío del mundo, del anodino día a día... de nosotros mismos. Indefensos ante este festín de despropósitos perpetrados contra nuestra naturaleza, sólo podemos en el mejor de los casos aceptar tan cruel sino y recluirnos en nuestra tragicómica vida interior. Hemos pagado el error de nacer con la existencia, y nos ha salido bien caro: no es una afirmación fácilmente desesperada, es la única certeza viable a la luz de los tiempos, el salvavidas para sobrevivir ante el inminente naufragio espiritual que nos amenaza. En nuestra indefensión, somos débiles, fáciles de convencer y someter, nos conformamos con poco, y pese a ello, nuestro ciego individualismo prefabricado por el sistema no es sino la coartada para confirmar cuán lejos de nosotros queda la verdadera conciencia [4] individual de hombres libres [5]. El triunfo de la multitud sobre el individuo ya ni nos intimida: aceptamos esto con fría indiferencia, prevaleciendo así el mecánico sentido de conservación: aunque no seamos nada en medio de un mundo que nos niega, preferimos comulgar de la insignificancia para así ser cuando menos una pequeña nada en medio de la inmensidad de la nada. Podemos decir, no sin cierta sorna, que sólo así podemos sentirnos alguien, o mejor dicho, algo. Es el autoengaño nuestro de cada día, el del hombre alienado hijo de su época, la más monstruosa manipulación acometida en nombre del capital sobre el ser humano [6].


3.- La alienación en sus límites. Reflexiones rebatibles


3. 1.- Mediocridad de pensamiento. Trivialización de la moral

La idiotez es un terror que no puede reflexionar sobre sí mismo,
una nada material [7].

CIORAN



Desde que el hombre ha tenido conciencia de sí mismo [8] –y por extensión de sus posibilidades intelectuales–, el pensamiento [9] ha sido actividad de unos pocos: la explicación de este hecho tan evidente como inexacto es sencilla y se puede compendiar en unas pocas líneas: desde que existe, el ser humano es aturdido y descuidado en lo más –su incipiente intelecto– por el entorno –primero, y en nombre de la sociedad, por sus progenitores; luego, por la sociedad misma–, y en consecuencia, arrastrado al no pensar; es la mediocridad del mundo tan poderosa máquina destructora, que ese nuevo ser –a menos que por algún raro azar opere en él una inteligencia suficiente (la herencia) o, cuando menos, la posibilidad de una educación óptima o de un preceptor sensible (el medio) que lo ilustre debidamente– estará condenado de antemano a la misma suerte que sus compañeros de infortunio [10]: la mediocridad de pensamiento, es decir el no-pensamiento que lo conducirá antes o después a caer en la alienación, y por ende en la más anodina insignificancia en cuanto hombre al carecer de capacidad de juicio, ya que de acuerdo con Kant, “pensar es juzgar” [11].

Si bien esta realidad siempre ha sido verificable por la propia pobreza de miras del hombre común, adocenado en su mísera cotidianeidad, la susodicha y progresiva mediocridad de pensamiento alcanza hoy día [12] tan alarmantes cimas que esto sólo puede llevarnos a reflexionar sobre el origen de la misma. Conforme el hombre ha ido conquistando nuevas parcelas en la satisfacción de sus placeres, la pereza y la desidia hijas del acomodo, y, finalmente, la más absoluta indiferencia como resultado de ambas, se han asentado en él, invalidando su más valioso bien: la posibilidad de ser persona. En unas pocas generaciones [13], la humanidad ha creado un prototipo de hombre medio moral e intelectualmente lisiado: he aquí el canon, el muñeco que el sistema dirigirá a sus anchas, incapaz de pensar por sí mismo [14], doblegado a una moda absurda, prefabricado en sus más “personales” aspectos, apetitos y asideros, alienado de pies a cabeza en la media imperante en tanto que cosa efectiva, cosa resultante, sin palabra, sin razón de ser: ideal para no ser, así para ser para con el sistema. (…)

En consecuencia, un pensamiento debilitado, titubeante y poco definido supondrá un pobre, si acaso nulo, sentido de la moral, mas, ¿debemos entender lo moral en un sentido positivo a priori? Lógicamente, en cuanto lo moral por ser moral está ligado a la idea del bien, sí, pero ¿qué está realmente bien? En una época en la que por inercia todo se cuestiona [15], es precisamente esta ambigüedad de fondo respecto a un concepto tan elemental la que proyecta una sombra sobre la aparente claridad de éste que ya de por sí debería estar clara. Signo certero de alienación moral, punto de arranque para que todas las partes superiores de la construcción se vengan abajo.


3. 2.- Degradación/democratización del gusto. La cultura como mecanismo alienante

Consideramos que nuestro legado cultural es un bien sagrado
y sabemos bien lo que con él ponemos en la balanza [16].

HOFMANNSTHAL



La mediocridad de pensamiento y la trivialización de la moral, en cuanto realidad(es)[17] que se complementa(n) en la aturdida mente del individuo enajenado, implicará(n) a su vez una perdida de su sentido del gusto, esto es una degradación del mismo [18]: en tanto que el sentido del gusto se adquiere con la fruición del goce estético experimentado por el hombre, goce esencialmente intelectual, el gusto del individuo será producto de la coyuntura de su época, que definirá su horizonte perceptivo y discriminador. Un sujeto educado estéticamente en las convenciones imperantes, podrá así pues emitir un juicio de valor del tipo de “esta obra carece de gusto”, etc.; podrá, en definitiva, tener una cierta conciencia -en realidad una seudoconciencia- de lo que la propia convención llame buen o mal gusto, en función de cada caso. Así y como ejemplo, un sujeto con cierta educación estética podrá admitir, más allá del buen o mal gusto explícito o implícito en la obra, los valores artísticos de una tela de, por ejemplo, Picasso, logrando diferenciar forma de contenido; por el contrario, alguien sin dicha seudoeducación del gusto, con toda su sinceridad, tenderá en el común de los casos hacia cualquier subproducto kitsch que logre satisfacer su pobre percepción del mundo a través del objeto dado como cosa y no como obra de arte.

Es evidente que en nuestra época la llamada cultura [19] se ha terminado imponiendo como deseable producto de consumo, otro artículo de escaparate más en medio del gran negocio mundial. Pero, ¿qué debemos entender por cultura? Si por cultura entendemos humanismo, en cuanto palabra sinónima, comprenderemos que la llamada cultura es sólo eso, la llamada ‘cultura’, esto es un pretexto para todo lo demás, lo que sí interesa: saquear las carteras y ya de paso aniquilar las cabezas. En consecuencia, ¿dónde estará la cultura legítima de nuestra época? Sin duda alguna, en la conciencia autocrítica de cada uno. Pondremos un ejemplo: a priori, ¿hasta qué punto sería un acto genuinamente cultural asistir a un evento indudablemente cultural, sea el caso de una audición en directo de la Novena Sinfonía de Beethoven como paradigma de lo más eximio de nuestra cultura occidental? ¿Es esto realmente una forma de practicar la alta cultura, el gusto consecuente? No pocas evidencias parecen indicar que también Beethoven se ha convertido en mero objeto de consumo, una distracción no escuchada, en tanto que su música –producto decimonónico al fin y al cabo, por tanto anacrónico estéticamente en pleno siglo XXI– es despachada por esos oyentes pretendidamente selectos [20] como mera distracción con la que llenar un vacío estético tan terrible como el de sus propias vidas [21].


3. 3.- Tiempo de ocio, tiempo de trabajo. El sistema y la máquina

Sieh, die Maschine:
wie sie sich wälzt und rächt
und uns entstellt und schwächt [22].

RILKE



Lewis Mumford, en su obra capital, escribe: “El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina-clave de la moderna edad industrial. En cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente” [23]. No es una afirmación baladí: el reloj se ha terminado imponiendo en nuestras vidas como nuestro torturador íntimo, cual invisible piedra de Sísifo o espada de Damocles sobre la cabeza sacrificial [24]. El reloj, como mediador entre el tiempo de ocio y el tiempo de trabajo, es la más efectiva razón para, tanto consciente como inconscientemente, mirarlo una vez más [25].

Al tiempo mismo en cuanto tal se sumará el empleo que de él se haga para aprehenderlo en todo su alcance, sea un tiempo de ocio, lo sea de trabajo. Pero en cualquier caso, la máquina lo será todo en tanto que regidora de ese tiempo: “en las sociedades industriales más desarrolladas, el hombre está cada vez más enamorado de los aparatos técnicos que de la vida y de los seres vivientes” [26]. La cuestión es escapar del tiempo dándole “continuidad” para que después de una cosa se suceda otra, y así hasta un lejano hartazgo que siempre se intuirá lejano, muy lejano, en nuestra lucha contra el aburrimiento, ese hijo natural de la saturación (visual, sonora, etc.) a la que estamos expuestos [27]; el hombre alienado, cual cadáver en vida, encontrará en ella su única, y momentánea, satisfacción como pasatiempo banal [28].

Pero nuestra sociedad ofrece múltiples posibilidades de evasión / satisfacción más allá de la máquina técnica. El propio sistema, pese a su indefinición, es una gran máquina, un artefacto plenamente autosuficiente que basa su éxito infalible en la invisibilidad de su apariencia alienadora. Su conciencia es la estadística. Puesto que todo tiempo empleado tiene un precio (y con él la vida), el hombre se venga de éste infringiéndose a sí mismo una serie de autosatisfacciones (autoengaños) parejas en resultados a la autosuficiencia del propio sistema como artefacto: conforme más satisfecho está (como consumidor), más desgraciado se siente (como ser humano), por lo que es preciso aumentar esas mismas dosis de autosatisfacción, vitales ahora para vivir soportablemente la “vida”. Ilustraremos esta idea con un ejemplo harto pertinente: las predicciones astrológicas [29]: el consumidor se aferra a ellas como ente pasivo porque no encuentra en su absurdo vital ninguna otra razón que lo libere del peso del autoengaño que intuye / se infringe en nombre de su ego, por eso recurre al astrólogo, como intermediario entre la cruda realidad y una quizá-posibilidad de lo inaprensible: “A menudo desde lo inconsciente se ven con complacencia las aspiraciones de la superficie” [30]. A ello se suma un rasgo característico, el desplazamiento de lo colectivo a lo individual. Se trata, por tanto, de una forma completamente fascista de alienar al ser humano en la nimiedad del devenir, mas siempre con visos de astuto optimismo: “La regla general es que tal retrato ha de ser, sobre todo, favorecedor, ha de proporcionar satisfacciones más que ofrecer consejo, pero a la par debe ser de naturaleza tal que el destinatario se vea retratado a sí mismo” [31]. La efectividad de esta segura táctica no es más que otro elemento de la gran maquinaria: tranquilizar y afirmar la individualidad del sujeto en la nada de una colectividad aniquilada desde su propio YO.


II
ENMASCARANDO EL HECHO POLÍTICO:
LOS MEDIOS DE LA INDUSTRIA CULTURAL


La pseudocultura […]
se ha convertido en la forma dominante de la cultura presente.

ADORNO



1.- Arquitectura(s).

Es la cara externa del mundo. Dentro de ella se gestionan las guerras, se anticipan las hambrunas en los países innombrables y se festejan los chantajes políticos acometidos en nombre del Estado sobre los anónimos contribuyentes. Su misión es disfrazar la miseria de los hombres, hoy más que nunca.

Pero la arquitectura no es sino un lujo al alcance de unos pocos. De hecho, es preciso hacer una clara distinción entre arquitectura y edilicia: la arquitectura es tal porque persigue una búsqueda estética desde el momento en que es proyectada por el arquitecto sobre el plano, va más allá del mero utilitarismo, en suma; la edilicia, por el contrario, sería la antítesis. La cultura de masas tiende hacia la edilicia en tanto que habita en ella, mas haciendo en ésta una proyección de la gran arquitectura a la que sólo puede acceder a través de los libros, las fotografías o los viajes turísticos; tras un gusto seudoculto actual no es difícil detectar residuos de racionalismo#. Al margen de las tan comunes edilicias plantas en suelo urbano, la gran arquitectura en la que se ha identificado la cultura de masas (¿y de élites?) ha terminado negando la propia arquitectura: el estilo internacional# que tanto proliferó durante buena parte del siglo XX aparece ante nuestros ojos como el más evidente ejemplo: todo cuanto representa debe interpretarse sólo desde un punto de vista político y, por tanto, popular: son esos millares de horrendos rascacielos acristalados dispersos por el globo la más evidente prueba de que son los movimientos económicos (y no el dictado de una auténtica corriente estilística) los que determinan el gusto de la cultura de masas.

2.- Artes plásticas.


Hoy por hoy, las artes plásticas están de capa caída. De hecho, ¿qué sentido podría tener pintar sobre lienzo o tabla tras los fastos de la revolución autoconsciente de las primeras vanguardias de comienzos del siglo XX?# Con la irrupción de la fotografía#, la pintura estaba irremediablemente condenada a huir del realismo… mas en un período de tiempo relativamente breve, prácticamente fueron por entero explotadas sus múltiples posibilidades. Al mismo tiempo que la pintura, parecida suerte corría la escultura. La única salida viable parecía ser la de la abstracción, con todo lo que ello suponía de callejón sin salida en un arte tan concreto y palpable. En cuanto a las llamadas artes decorativas, su propia nimiedad las ha relegado a un plano tan secundario que hoy prácticamente ya no son tenidas en cuenta de cara a un estudio serio del gran arte del pasado siglo. ¿Qué consecuencias ha tenido esto? En primer lugar, y conviene subrayarlo, acortar la distancia entre el arte genuino y el kitsch, cuyas devastadoras secuelas han perturbado el gusto (acaso inexistente) de buena parte de la población occidental: es a esta negligencia, a este mal gusto aplicado a los más viles usos de la vida cotidiana, al que nos referíamos en la primera parte al afirmar que nuestra época tiende hacia una estética de lo aberrante#.

3.- Literatura.


Precisaremos que casi nada de lo que se hace pasar por literatura es tal. En este sentido, cabría diferenciar la cada vez más escasa, y legítima, Literatura#, de los productos comerciales, es decir la seudoliteratura#, que prefabricada bajo moldes idénticos e intercambiables, y por tanto infalibles de cara a su éxito en el mercado, emponzoña los estantes más visibles de las librerías del orbe.

Formalmente, la novela de consumo actual es hija bastarda de la novela decimonónica#, ¡pese a tantos ríos de tinta que han corrido desde Flaubert! Mas en su caso, es tan inferior al modelo, que hablar de ejercicio mimético sería inexacto: bastaría con apuntar que la llamada escritura “transparente” es tan sólo la negación de cualquier estilo#.

4.- Filosofía “popular”.


Es otro de lo muchos males de nuestro tiempo, y hasta cierto punto un fenómeno parejo a la seudoliteratura; en efecto, la filosofía “popular” bien podría llamarse seudofilosofía, pese a la imprecisión de concepto. Pero este negocio requiere de su pléyade de escribanos y filosofastros dispuestos a cargar con tan innobles cometidos…#.

5.- Prensa, revistas y otras publicaciones periódicas.

Junto a la televisión, (son) la línea que determina la opinión pública, así como otra buena fuente de ingresos. Están de parte de la nada, de la más cretina y mentecata nimiedad. Honrosas excepciones aparte (sic), predican el canon de la miseria hasta extremos tales que su desidia de pensamiento (imposición progresiva del no-estilo en la escritura, manipulación de la imagen…) sólo puede entenderse como un insulto sistematizado hacia el público al que va dirigido. Tendenciosas, políticas (léase partidistas) en grado sumo, supeditadas al efectismo más populista, atraen la atención de su público sin implicar al lector en sus discursos, diseñados para ofrecer una imagen verídica y efímera de una realidad por entero distorsionada.

6.- Música.

En un preclaro pasaje de su magistral historia de la música, y a propósito del “exorbitante consumo musical de nuestra sociedad”, Lucien Rebatet# describe con gran pericia el desolador papel que la música ha llegado a desempeñar en nuestra vida cotidiana: “La música o los sonidos musicados nos invaden por doquier. Abrimos nuestro televisor para escuchar el noticiario. Mientras esperamos, un piano desgrana los preludios de Chopin. La sintonía los corta en seco […] Volvemos a un adagio quejumbroso para los accidentes de carretera […] Las almibaradas voces de las presentadoras no pueden elogiar una noción capilar o una lejía sin la ayuda de toda una orquesta […] Penetramos en unos almacenes para comparar pasta dentífrica. Ese local está dedicado nueve horas diarias a los baterías de jazz, a los xilófonos, cuando no es a Rossini, a Chabrier, a quienes reconocemos con consternación a través de las interferencias silbantes […] Entramos en un cine. El más nimio documental sobre natación o cerámica adquiere pretensiones de poema sinfónico…#”. En efecto, así es. La música, más que nunca, ha terminado por instalarse en nuestras vidas como burdo fondo sonoro, sin más razón aparente que impedir el silencio, la quietud de la calma, todo aquello que propicia y hace posible el pensamiento. Signo de nuestro tiempo#.

7.- Cine.

Los cines siempre ofrecen al espectador la abyecta posibilidad de acompañar el consumo de la película con una buena ración de palomitas de maíz. Es una astuta estrategia comercial, y por descontando otra buena forma de subvertir la plusvalía pagando dos veces la entrada; en beneficio de las arcas de la todopoderosa compañía, vender a precio de oro la nada es la mejor forma posible de agenciarse una buena muerte en vida. El grueso del cine actual, su concepción descaradamente mercantilista y su detestable forma de difundir estereotipos abominables, deviene como una de las más efectivas armas políticas para idiotizar a las masas. Y aunque hubo un tiempo en que el cine fue realmente un arte grande y noble, debemos olvidar ya esto y preguntarnos de una vez ¿hasta qué punto la cultura de masas encuentra en el cine de nuestro tiempo el contrapunto ideal en el cual exorcizar sus demonios, sus míseras frustraciones de cada día, su desesperada insignificancia?

8.- Televisión.


Se trata del mayor prostíbulo de lugares comunes y mal gusto jamás creado por el hombre#. Su decadente denominador común es la arbitrariedad, su primer fin tomar el tiempo de sus consumidores. Estética e intelectualmente ínfima, la televisión es el más perfecto mecanismo alienador de la cultura de masas; valga la hipérbole, sería como un matadero de mentes, acaso el mejor (por selectivamente silenciador) instrumento político de los últimos tiempos desde el apogeo de la guillotina. Circo espeluznante de tarados y demagogos, cumple a la perfección su papel didáctico-cochambroso embutiendo en las debilitadas cabezas humanas la visión del mundo que “todos” reclaman. Y para ello se expresa en el lenguaje del populacho; es una dictadura democrática al servicio de su “pueblo”. La única forma posible de aprehenderla es permaneciendo ajeno a ella: la televisión no (se) piensa en términos de seres humanos, sino de audiencia#.

9.- Medios informáticos.

Resultan todavía más espeluznantes que la televisión, pero el siglo XXI ya está inmerso en ellos. Internet es el más característico. El doctor Freud, o cualquiera de sus respetables epígonos, no dudaría en encontrar tras semejante aparato una perfecta autopista de neurosis mal canalizadas#.

10.- Viajes turísticos.

Se dice que son la mejor manera de “conocer mundo”. De vez en cuando algún avión atiborrado de infortunados pasajeros no llega a su destino. Pero antes las agencias de viajes han logrado el todavía más difícil ofreciendo sus mercancías por un precio razonablemente irrisorio. Es comprensible, por tanto, que la gente viaje. Pero el concepto de viaje, de genuino viaje, ha perdido todo su sentido: se diría que basta con desplazarse de un punto X a un punto Y para haber viajado. Pero los viajeros de hoy ya no corren el riesgo de ser un Robinsón Crusoe, ni el acto de viajar implica nada que pueda asociarse al riesgo individual de la aventura#.


CODA
DESPUÉS DEL 11-S (AUTOCRÍTICA Y CONCLUSIÓN)



Una sola cosa parece estar clara: la humanidad tiene los días contados. Stephen Hawking apuntó la tranquilizadora hipótesis de que en menos de mil años el ser humano ya habrá desaparecido de la faz del planeta. Si no fuera porque su afirmación nos resulta demasiado optimista, la tildaríamos de saludable. Pero no conviene hacerse ilusiones… En un momento como el presente, irrespirable y agónico, la idea de la política aparece ante nuestros ojos con toda su debilidad, su inútil apariencia de solidez. Pretender acogerse a la izquierda o a la derecha, en sí intercambiables en nuestra actual democracia perturbada, es sólo un acto de pereza mental y derrotismo. Hobbes lo dijo con mejores palabras. La única opción política viable con algo de sentido ahora es la militancia ecologista; y es preferible, con mucho, a la vuelta al nihilismo más ridículo tan en boga otrora. Aunque la lucha esté perdida de antemano. Los problemas de la izquierda y la derecha son ya irrelevantes: una sempiterna lucha por el poder para aprendices de Torquemada, un acto de cobardía fuera del tiempo que sólo se puede condimentar de provocación desenterrando fosas comunes y exhumando huesos de la Guerra Civil o sacando los trapos sucios del caso Bermejo para recochineo del respetable, últimamente. La gilipollez política reina en España “con todas sus fuerzas”. Toda esa banda de pájaros de mal agüero, de estómagos agradecidos, de chupópteros de las arcas públicas, de iletrados sin escrúpulos, toda esa necedad humana, decimos, constituye el “corazón” de la política de nuestro tiempo, que es la no-política, el sabotaje de los fundamentos, la dictadura del miedo por omisión. Todo está contaminado, incluso las universidades. ¿Cuántas veces hemos despotricado contra todas esas instituciones donde se enseña, con sus sistemas o métodos precarios y complacientes, sus profesores y catedráticos tan poco preparados e incompetentes, fatuos e impresentables por no decir lerdos y analfabetos, y algunas veces faltos de humanidad, sin la mínima humildad para reconocer un error y rectificar y pedir perdón y arrepentirse? ¿Cuántas veces…? Cuando estoy demasiado deprimido como para seguir luchando, cierro los ojos y pienso en un gran hombre como Beethoven, escucho alguno de sus cuartetos, la Gran Fuga, y reconsidero que no todo está perdido, que en medio de tamaño basurero pudo existir un hombre como Ludwig van Beethoven, y eso me tranquiliza, me ayuda a seguir viviendo. Es la gran idea que nos humaniza: un ser que brillaba con luz propia, un energúmeno maravilloso, un individuo auténtico, uno entre millones… Tenemos que identificarnos con él de algún modo o perecer en los reclamos mediocres que nos imponen o nos imponemos para así seguir tirando. Pero en medio de tales actividades nosotros nada podemos hacer, como no sea rizar el rizo del fracaso, de la tontería mundana, del error prolongado hasta el último aliento… Siempre ha habido en la historia de la humanidad personajes que han tratado de prestigiar a ésta y otros que la han dejado bajo mínimos, para no levantar cabeza y avergonzarse, en un estado de conciencia rayano en el extremo de lo más inconcebible, es decir, no podemos encontrar las palabras adecuadas para calificarla a esta humanidad, pues cualquier palabra no deja de ser un cándido eufemismo. Y sin embargo… sin embargo sé que el verdadero coraje, heroísmo, provocación y temeridad iconoclasta hoy en día consistiría en adoptar una posición diametralmente opuesta a la que he tomado en este escrito, que es la del lugar común: la política sólo ha sido la excusa para desplegar todo lo demás: un cementerio de ideas putrefactas, un depósito de lugares comunes que sólo consigue acrecentar nuestra angustia y nuestro humor negro conforme el mundo sigue errando en las mismas taras. Mas el problema ya no es el enemigo, ese otro indefinido, sino algo mucho peor: el peligro nuclear, la guerra bacteriológica, el verdadero terror masivo e indiscriminado que inauguró el 11-S y que, mal nos pese, se perfila como el emblema del siglo que nos va a tocar sufrir. Moriremos en este siglo XXI aplastados como gusanos, veremos entre tanto un puñado de ingentes tragedias humanas, desde los más sangrientos atentados terroristas hasta las más sórdidas formas de autosacrificio, de muertes en directo (la película de Tavernier no hablaba tanto de ciencia-ficción como de una realidad cada vez más palpable). El tema de nuestro estudio era política y consumo: comprendemos al fin que la única política de nuestro tiempo, y así el consiguiente consumo, no es otra que la del odio a lo diferente, a lo excelso, a lo en verdad valioso. Será necesario un cataclismo para recomenzar de nuevo. Un cataclismo que arranque su estrépito desde los individuos íntegros que todavía quedan, dispersos, por el estercolero del mundo. El ruidoso despertar de China y la India, esos infiernos poblados de desgraciados donde la vida humana nada vale, ya están sacudiendo la conciencia económica de los últimos capitalistas con yate. La decadencia del último capitalismo ha quedado inscrita en grafías de hojalata: sólo faltar colgar la lápida, las coronas y entonar un canto fúnebre a los despojos. Los Bush, los Blair, los Aznar, los Berlusconi, etcétera, sólo han sido los primeros impulsores del éxito del terrorismo islámico: creían que la paz sería posible por medio de la guerra… y erraron en grado sumo. Pensemos, rememoremos la invasión de Afganistán tras el 11-S, y asomándonos a las manoseadas estadísticas, comprobemos hasta qué punto se ha incrementado el número de atentados en el mundo. El terrorismo islamista se perfila como la conciencia expurgatoria del Occidente descerebrado y amoral. La blandenguería judeo-cristiana no puede hacer nada ante el fanatismo musulmán. Pero el musulmán no olvida: guarda dentro de sí un resquicio de conciencia histórica, de conciencia de clase si se quiere, que el occidental, el americano medio, ha perdido o nunca llegó a conocer. La pobreza, el polo opuesto al ideal consumista, es la clave, y nosotros, los “cerdos” occidentales al decir de ellos, los presuntos culpables: hemos dejado el poder en manos de las jerarquías corruptas, que a su vez han practicado otra forma de terrorismo más sofisticada si cabe, y sin siquiera tener que mancharse las manos de sangre. El fundamento capital del terrorismo es el problema económico, y su privatización la consecuencia natural de la profesionalización del mismo desde la crisis del petróleo. Un sujeto como Bin Laden no es más que el primer alfil de una larga diagonal de ellos, aunque algo más astuto de lo imaginable. En cuanto a los peones, esas masas destruidas de vidas jóvenes, no conviene subestimar su estupidez en demasía. Si algún día, por la calle, de vuelta de unas compras del Corte Inglés o de cualquier otra catedral pagana del euro, nos viene uno de ellos al encuentro, cabizbajo y cargado de explosivos, sólo tendremos tiempo para lamentar para qué diablos salimos a la calle aquel día... La realidad siempre superó a la ficción. Si esto fuera una novela, su piadoso autor ya la habría coronado con un sencillo FIN.


[] NOTAS


[1] Debería ser, realmente.

[2] Abramos los ojos: la alienación está en todas y en ninguna parte(s) de nuestro Occidente acomodado: en las aulas y en los teatros, en la calle y en el museo, entre la opinión, privada o pública, en la bolsa, en la presunta literatura, en cuestión de gustos, en política… en definitiva en la cabeza “media” del individuo “medio” (algo de puro inconcreto ya dado): la propia democracia es un alienarse en la idea de sufragio universal, pero esa idea, en sí inane, no es sino el producto de los cientos y cientos de choques, causas y efectos, que conducen a la sociedad en conjunto a un cierto equilibrio entendido como ideal. Ese equilibrio es la alienación misma: un estar sin estar. Y sus medios de difusión / propagación, desde los más ínfimos hasta los más costosos, son casi infinitos desde el momento en que estamos rodeados de ellos, expuestos a su devastador efecto sobre nuestra integridad humana: a través de la televisión, de los anuncios y de las marcas que los respaldan, del consumo y de la producción, de la globalización del mercado de trabajo, de la cultura como ocio, del propio ser humano como medio al servicio de un único y perverso fin...

[3] MARCUSE, H., El hombre unidimensional, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2007, p. 63.

[4] SARTRE, J.-P., La trascendencia del Ego, Editorial Síntesis, Madrid, 2003, p. 86: “para la conciencia ser y conocerse son una y la misma cosa. Lo cual puede expresarse de diferentes formas. Puedo decir, por ejemplo, que, para la conciencia, la apariencia es lo absoluto en tanto que es apariencia; o que la conciencia es un ser cuya esencia implica la existencia”.

[5] Sobre este punto, véase FROMM, E., El miedo a la libertad, Ediciones Paidós, Barcelona, 2004, p. 49: “Si cada paso hacia la separación y la individuación fuera acompañado por un correspondiente crecimiento del yo, el desarrollo del niño sería armonioso. Pero esto no ocurre. Mientras el proceso de individuación se desarrolla automáticamente, el crecimiento del yo es dificultado por un cierto número de causas individuales y sociales”.

[6] Tras este primer párrafo, servido por así decir a la moda pesimista hoy en día reinante, procuraremos apuntar algo más alto: ¿hasta dónde tiene conciencia el hombre no alienado de su alienación en cuanto sujeto pensante de un mundo alienador? ¿No es, y valga el ejemplo, escribir a la moda (el susodicho párrafo) caer en una cierta forma de alienación, por muy pretendidamente consciente que de ella esté uno? Es un problema de fondo, no de forma, y por tanto no puede, ni debe, ser respondido a la ligera, es decir sin un soporte argumental defendible en cuanto comprobado de modo tanto empírico como racional, previo paseo por las fuentes. Por tanto, ¿qué entendemos por hombre alienado de nuestro tiempo? Sería inútil intentar responder a esta pregunta de modo sintético-sistemático, mas intentaremos aproximarnos a una posible definición de la misma en la segunda y primordial parte de nuestro estudio, donde a partir de lo esgrimido en los respectivos capítulos que lo integran, podremos dar por terminado un cuerpo en donde confluirán, esperamos caso de una afortunada hilatura, todos los males que conformarán nuestro tapiz.

[7] CIORAN, E. M., El ocaso del pensamiento, Tusquets Editores, Barcelona, 2006, p. 69.

[8] SCHELER, M., Los ídolos del autoconocimiento, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2003, p. 98: “Nosotros vivismos ‘en primer lugar’ en las direcciones de sentir del mundo que nos rodea, de nuestros padres, familia, educadores, antes de que nos percatemos de nuestras direcciones de sentimiento que tal vez difieren de las direcciones de sentimiento de todos ellos. Así, de nuestros propios sentimientos, en primer lugar, sólo nos percatamos de aquellos que corresponden a la dirección de sentimiento de nuestra comunidad más próxima y más amplia y de su tradición”.

[9] Por pensamiento entendemos todo aquello de lo que uno tiene conciencia y es capaz de juzgar en cuanto proceso reflexivo, frente al mero conocimiento de las cosas, que no requiere del referido proceso reflexivo para llevarse a cabo.

[10] BUNGE, M., El problema mente-cerebro. Un enfoque psicobiológico, Editorial Tecnos, Madrid, 1985, p. 167: “La herencia proporciona el potencial y el medio las posibilidades para hacer realidad parte de él. (Henry Fielding ya lo dijo en 'Tom Jones' hace más de dos siglos.) Una herencia rica es inútil en un medio pobre, mientras que un medio rico no compensa un herencia pobre. (Por tanto, no bastará la clonízación para producir genios en masa.)”

[11] Ibíd., p. 169: “En resumen, el cerebro humano que no ha sido educado difícilmente posee una mente humana, como el propio Kant recalcó a pesar de su innatismo”. Mas, añadimos nosotros, ¿qué debemos entender realmente por educación? ¿Y por mente humana? Recordemos a este respecto la vieja anécdota de Diógenes, quien vagando por Atenas a plena luz del día con un farol en la mano, decía: “Busco un hombre”.

[12] Una constante generacional: mi generación es la peor generación. (Verificar el alcance de esto.)

[13] Esto, por descontado, no es más que una hipótesis peregrina, subrayado de lo inmediatamente anterior.

[14] Pero confirmamos cómo al escribir esto no estamos pensando realmente por nosotros mismos: se diría que el propio texto alcanza su forma independientemente de nuestro discurso; se crece en la linealidad de lo evidente.

[15] Apunte: los presuntos males del relativismo y el pensamiento reaccionario. Véase cualquier reciente discurso a propósito del mismo emitido por el actual Papa romano.

[16] HOFMANNSTHAL, H. v., Asomado al abismo, cuatro. ediciones, Valladolid, 2006, p. 126.

[17] No se entienda aquí esta palabra en el sentido cartesiano de que una idea en el pensamiento es algo real aunque carezca de existencia; tal realidad acaso no sea sino apariencia, desde el momento mismo en que el sujeto aludido no es consciente del alcance de ésta en él.

[18] Sin embargo, y es preciso anotarlo, “toda degradación individual o nacional, observa Joseph de Maistre, se anuncia de inmediato por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje”, citado así en CIORAN, E. M., La tentación de existir, Taurus Ediciones, Madrid, 1984, p. 111.

[19] Realmente la industria cultural: ADORNO, T. W., Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada, Taurus Ediciones, Madrid, 1987, p. 201 y ss.: “La industria cultural pretende hipócritamente acomodarse a los consumidores y suministrarles lo que deseen. Pero mientras diligentemente evita toda idea relativa a su autonomía proclamando jueces a sus víctimas, su disimulada soberanía sobrepasa todos los excesos del arte autónomo. La industria cultural no tanto se adapta a las relaciones de los clientes como los inventa”.

[20] De hecho, en el ámbito de la llamada música culta o clásica, es el repertorio del siglo XIX el que monopoliza mayoritariamente en el repertorio a través de las obras de compositores como el susodicho Beethoven, pero también Wagner, Brahms, Bruckner o Tchaikovsky, entre otros. ¿Debemos hablar de un oído alienado en la estética romántica? ¿No será tal vez una forma de evadirse de nuestra nada romántica época? La música como mecanismo liberador de nuestros terrores reprimidos: la grandeza musical de Beethoven versus el infausto fondo sonoro de ruidos y metralla que despedaza nuestro presente.

[21] El gusto imperante de una época (la moda) suministrará a la misma un canon (la media) sobre el cual se fundamentarán las bases del futuro inminente para el cual trabaja. Tras una generación mediocre, suele sucederse otra todavía más anodina. Pero en este caso no fijemos nuestra atención en las personas, sino en las producciones del espíritu entregadas por las mismas, y comprobaremos como una arbitrariedad de la forma implicará un fondo vacuo. Aquí se cimientan los pilares de una estética de lo aberrante, la estética hacia la que tiende nuestra época.

[22] RILKE, R. M., Sonetos a Orfeo, Visor Libros, Madrid, 2004, p. 104: “Mira, la máquina: / cómo se revuelca y se venga, / cómo nos deforma y agobia”.

[23] MUMFORD, L., Técnica y Civilización, Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 31.

[24] Que el día tenga veinticuatro horas es dato accesorio: lo importante será cómo delimitarlas para así incrementar la producción, el hastío vital y la angustia consiguiente. Que el empleo que hagamos de cada una de esas horas ya esté regulado por el sistema, es el resultado óptimo de una maquinaria alienante cuyo hondo calado en la conciencia de las masas ya ha quedado, desde decenios, bien arraigado en las mismas.

[25] Ibíd., p. 30 y ss.: “pues el reloj no es simplemente un medio para mantener la huella de las horas, sino también para la sincronización de las acciones de los hombres.”.

[26] FROMM, E., El humanismo como utopía real, Ediciones Paidós, Barcelona, 2007, p. 48.

[27] El hombre, como ser enajenado, ansía desesperadamente escapar cuanto antes de su tiempo de trabajo porque ese tiempo le niega como persona, le impide llegar a ser, pero una vez ha llegado el tan ansiado tiempo de ocio en el que supuestamente podrá ser él mismo, al no saber cómo emplearlo dignamente, lo despecha como mero pasatiempo en banalidades –consumo indiscriminado de televisión, adquisición de propiedades, viajes de placer, etc.– que sólo logran acrecentar su insatisfacción y vacío interior; por ende, esto no hará sino incrementar su angustia individual y su indiferencia hacia la vida, cuyo sustitutivo efectivo será la máquina.

[28] FROMM, E., El humanismo como utopía real, Ediciones Paidós, Barcelona, 2007, p. 48 y ss.: “El hombre convertido en cosa está angustiado, carece de fe y de convicciones y tiene poca capacidad de amar. Y escapa al vano ajetreo, al alcoholismo, a una extremada promiscuidad sexual y a síntomas psicosomáticos de todas clases que explica mejor la teoría de la tensión (estrés). Como consecuencia paradójica, las sociedades más prósperas resultan ser las más enfermas y el progreso de la medicina queda compensado por el gran aumento de toda clase de enfermedades psíquicas y psicosomáticas.”.

[29] Sobre este tema, véase ADORNO, T. W., Bajo el signo de los astros, Editorial Laia, Barcelona, 1986.

[30] Ibíd., p. 14.

[31] Ibíd., p. 43.


BIBLIOGRAFÍA APROXIMATIVA


· ADORNO, T. W., Escritos sociológicos I, Ediciones Akal, Madrid, 2004.

Cualquier libro de Adorno es una lección de filosofía política de primer orden. La reciente y progresiva aparición en España de sus obras completas por Akal es uno de los mayores aciertos editoriales de los últimos tiempos.

–, Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada, Taurus Ediciones, Madrid, 1987.
–, Bajo el signo de los astros, Editorial Laia, Barcelona, 1986.

· ALBIAC, G., Mayo del 68. Una educación sentimental, Temas de Hoy, Madrid, 1993.

El mejor libro escrito por un español sobre el Mayo del 68, tan innovador en el forma como inmediato en la exposición de sus contenidos. Apasionante, preciso, esclarecedor.

· BARTHES, R., El grado cero de la escritura, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2005.

Extraordinario logro de Barthes, El grado cero… aparece hoy ante nuestros ojos como la herramienta analítica más efectiva de cara a la aprehensión del texto literario desde las más variadas perspectivas (históricas, sociales, estéticas, etc.)

–, Crítica y verdad, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2005.
–, Mitologías, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2005.

· CHESTERTON, G. K., Lo que está mal en el mundo, Acantilado, Barcelona, 2008.

· CIORAN, E. M., El ocaso del pensamiento, Tusquets Editores, Barcelona, 2006.

Una de las tres o cuatro obras maestras de Cioran, perfecto exponente de la filosofía nihilista del siglo XX. Grandes dosis de humor soterrado y patetismo paródico configuran el entramado de este laberinto mortal.

–, La tentación de existir, Taurus Ediciones, Madrid, 1984.

· DELEUZE, G. y GUATTARI, F., El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Ediciones Paidós, Barcelona, 1985.

La gran obra de Deleuze y Guattari. A ratos sublime, a ratos insoportable, supone, para bien o para mal, uno de los más importante intentos de explicar el deseo desde una perspectiva revolucionaria.

· FREUD, S., Psicopatología de la vida cotidiana, Alianza Editorial, Madrid, 2005.
–, Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis, Alianza Editorial, Madrid, 2003.

Recopilación de ensayos del padre del psicoanálisis, que con su mera presencia invalida buena parte de los actuales estudios psicológicos sobre teoría sexual.

· FROMM, E., Del tener al ser, Ediciones Paidós, Barcelona, 2007.

Uno de los típicos libros del prolífico, reiterativo y en ocasiones brillante Fromm. Muy recomendable como introducción.

–, El miedo a la libertad, Ediciones Paidós, Barcelona, 2004.

· HORKHEIMER, M., Ocaso, Editorial Anthropos, Barcelona, 1986.

El libro más accesible de Horkheimer, colección de aforismos, relatos y breves ensayos, donde de modo claro y directo se expone el pensamiento del autor en su etapa germinal.

· HUIZINGA, J., Entre las sombras del mañana, Península, Barcelona, 2007.

Uno de los más bellos libros del gran historiador, asumido en su época como escrito de circunstancias, pero que por su singularidad ha logrado trascender dicha limitación.

· MARCUSE, H., El hombre unidimensional, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2007.

Uno de los dos o tres títulos más difundidos de Marcuse en España, especialmente indicado como complemento a los temas planteados en este ensayo.

· MUMFORD, L., Técnica y Civilización, Alianza Editorial, Madrid, 2002.

La obra clave de su autor y uno de los libros esenciales de la sociología contemporánea, de inagotables recursos y caminos abiertos.

· SÁNCHEZ FERLOSIO, R., Non olet, Ediciones Destino, Barcelona, 2005.

Una de las escasas y más afortunadas incursiones de Sánchez Ferlosio en el ensayo, bebiendo de todas partes pero con una voz siempre propia.

· SCHMITT, C., El concepto de lo político, Alianza Editorial, Madrid, 2006.

· SIMMEL, G., El individuo y la libertad. Ensayos de crítica de la cultura, Ediciones Península, Barcelona, 2001.

Recopilación de pequeños ensayos, de interés y ambición desigual, pero tremendamente ilustrativos de la poderosa clarividencia de Simmel.

· VEBLEN, T., Teoría de la clase ociosa, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.

Libro sin precedentes en la historia de la sociología moderna, con el cual Veblen sentaba las bases de las nuevas teorías sobre la sociedad de consumidores.

· WEININGER, O., Sobre las últimas cosas, A. Machado Libros, Madrid, 2008.

Magistral libro póstumo del autor de Sexo y carácter, recientemente publicado por vez primera en España. No nos interesa tanto por lo que dice, que es muy valioso, como por lo que sugiere.

· ZIZEK, S., La revolución blanda, Atuel, Buenos Aires, 2004.

Escrito discutible pero a reivindicar, tal vez algo simplista; efectivo como análisis sobre las consecuencias colaterales del 11-S.


Zaragoza, MMIX