17 de noviembre de 2009

A mi padre, in memoriam -Antonio Bielsa Molinos (1956-2009)- ['Kolenda', Noviembre 2009, nº 91]


No es cuestión de contar los días,
al hombre le basta un solo día
para llegar a conocer toda la felicidad.


F. Dostoyevski, Los hermanos Karamázov


¿Qué decir de la muerte de un padre? Ante la muerte, todas las palabras resultan inútiles. Es el simple misterio de toda vida, ese final al que tarde o temprano, unos tras otros, nos enfrentaremos cara a cara. También mi padre lo sabía, él que desde muy niño me guió como mejor supo por el doloroso camino de la vida.

Mi padre tenía un taller en la carretera de Alcañiz. La primera imagen inevitable que de él tengo la relaciono con su querido taller. Reparaba motos y bicicletas, que también vendía entre otras pequeñas maquinarías. Toda Calanda acudía de vez en cuando al taller. Mi padre era servicial, solícito y siempre dispuesto a reparar lo que fuera: su única ciencia era una gran paciencia y, sobre todo, un absoluto convencimiento de que lo que hacía estaba bien hecho. En un taller tan pequeño como el de mi padre, “el taller del Antonio el Bielsa” como lo llamaban, había espacio para todo. Recuerdo que en los meses de verano, con apenas espacio para pasar, se llegaban a acumular hasta ochenta motos, Mobylettes muchas de ellas, esas entrañables “antiguallas” hoy casi desaparecidas que llevaron nuestros abuelos con tanta ilusión a la huerta. Desde los catorce años de edad estudió mi padre la mecánica de manera casi autodidacta en el taller de su padre, mi abuelo Antonio, fallecido en 2008, apenas un año y unos días antes que mi buen padre.

También fue agricultor paciente, y las fincas de Calanda y, durante los dos últimos años, Mazaleón, ocuparon buena parte de su tiempo. Lo poco que le quedaba lo dedicaba a trabajar en la tienda de electrodomésticos junto a su mujer, mi madre del alma, y su hermano, mi tío Javier. Yo siempre ayudé en lo que pude. Pero todo esto no es nada, y aunque defina a mi padre de alguna manera, no define en esencia lo que mi padre en verdad era: un buen hombre.

Ahora que ya no está entre nosotros, creo comprenderlo un poco mejor, pero ¿qué puedo comprender yo, yo que apenas me conozco bien a mí mismo? En un mundo vacío y mediocre en el que los seres humanos sacrifican lo mejor de su existencia por la lucha del día a día, puedo confirmar que mi padre era algo más que un hombre bueno: un hombre libre. Jamás tuvo horarios fijos, hacía cuanto quería hacer pese a las duras cadenas a las que estaba atado, y todo por amor a su pueblo, a su trabajo y a su familia: a mis cuatro abuelos y a su hermano y cuñada; a sus sobrinos Enrique, Carlos y Ruth; a mi madre y a mi queridísima hermana María Pilar; y en los últimos meses a mi maravillosa novia, Nuria… y a tantos y tantos amigos, como el fiel Tío Jordán, una especie de segundo padre para él... Sería inútil intentar nombrarlos a todos.

En fin, poco puedo decir en estas líneas de este ser extraordinario. Tan sólo recordarte, papá. Estés donde estés, tengo la certeza de que volveremos a vernos, y de que el tiempo, por muy aniquilador que sea su paso, no matará en mí todo cuanto de ti llevo dentro.

Gracias, Padre Mío.


José Antonio Bielsa Arbiol
Calanda, 9 de octubre de 2009

2 comentarios:

Euroactiva dijo...

Hola, queria invitarte a que agregues tu blog a espainfo.es
es un directorio de webs y nos gustaría que estuvieras.
saludos

Diego

Armand Guerra. dijo...

Hola Jose Antonio. Soy Jaime. No tengo palabras para expresar cómo me he quedado al leerte. Un abrazo muy fuerte.