30 de septiembre de 2009

Sobre sujeto y mundo en la filosofía alemana del siglo XIX (Apunte)





Sendos conceptos, sujeto y mundo, están íntimamente relacionados. De hecho, se da entre ellos una oposición y una ambivalencia recíprocas: frente a la idea del mundo, entendida como totalidad tal y como la trató Kant, el sujeto supone otra forma de totalidad muy distinta, ligada al hecho de la autoconciencia de éste. En efecto, para que el mundo exista el sujeto debe participar de éste, dándose de este modo una relación sujeto-objeto en la que el mundo pase a suponer lo externo al sujeto, sin que por ello el sujeto deje de ser a su vez objeto. En tanto que objeto de conocimiento del sujeto, el mundo, al menos desde Kant, ha quedado como una realidad paralela al Yo.

En la filosofía alemana del siglo XIX esta cuestión ha desempeñado un papel de primer orden. Ya Kant, el gran precursor del idealismo alemán decimonónico, delimitó el concepto de mundo a través de dos expresiones: ‘mundo’ y ‘Naturaleza’: la primera designaría así la totalidad de todas las apariencias y por tanto su síntesis; la segunda, por el contrario, haría lo propio con el mundo pero de un modo dinámico. Frente al mundo, y pese a constituir parte del mismo –máxime su autonomía autoconsciente–, estaría el sujeto.

Así, el primer filósofo del siglo XIX que ofrecerá una visión decisiva al respecto será Johann Gottlieb Fichte.

La visión que del problema “sujeto-mundo” tiene Fichte reposa sobre la afirmación absoluta de la primacía del Yo, que, al tomarse a sí mismo como tal, encuentra la oposición a sí mismo en lo externo: el mundo. Para Fichte el Yo se pone a sí mismo en un acto de libertad absoluta, lo que es demostrable a través del principio de identidad, principio gracias al cual puede confirmarse el principio lógico de contradicción que le lleva a Fichte a oponer al Yo el no-Yo. De esta limitación dada entre ambos opuestos surge la necesidad de la libertad, frente al determinismo del mundo, que Fichte relaciona con la Naturaleza, estando sometida ésta a la ley causal. Por eso, la única solución satisfactoria le es dada al sujeto a través de la conciencia cuando quiere explicarse el mundo y las razones por las que éste es tal y como es.

Otra capital aportación a esta problemática será la ofrecida por Friedrich Wilhelm Schelling, quien introducirá en su sistema del idealismo trascendental la noción de lo Absoluto, a la que se llega por medio de la intuición intelectual. Y es aquí donde se encuentra la gran novedad de Schelling, pues para éste lo Absoluto no es sino la total indiferencia de sujeto (el Yo) y objeto (el mundo); es la identidad de dos contrarios –a saber: Naturaleza y Espíritu–, pero de dos contrarios que participan de lo Absoluto mismo. La visión “sujeto-mundo” de Schelling abría de este modo el camino a Hegel.

Con Georg Wilhelm Friedrich Hegel la problemática que aquí nos lleva alcanza su momento más crítico. Retomando el camino abierto por Schelling, pero analizándolo minuciosamente, Hegel encuentra su visión personal al confirmar cómo lo Absoluto requiere de una dialéctica entre sujeto y objeto, y no la mera reducción del uno al otro. En su obra La fenomenología del Espíritu, el sujeto –y con él su pensamiento– queda ligado al mundo dialécticamente al haber absorbido del objeto lo pensado. Este proceso se da a través de varios “momentos” progresivamente complejos y complementarios, integrados los últimos en los previos. Sin embargo, Hegel llega a la conclusión de que sólo lo espiritual es real, en tanto que toda realidad se reduce en esencia al Espíritu, que es la esencia misma o “lo que existe en sí mismo”. El mundo, de este modo, quedaría desplazado, porque lo esencial del sujeto pensante, lo más propio de él (el Espíritu), sólo le podrá conducir al saber absoluto, y el mundo aquí es una parte más del proceso dialéctico.

Este punto sin retorno que supone la filosofía idealista de Hegel tendrá su contrapunto en el pensamiento de Arthur Schopenhauer, quien entendería la problemática “sujeto-mundo” de un modo radicalmente opuesto.

Para Schopenhauer, el mundo es la representación del sujeto: es pues el mundo tal y como es dado, en toda su aparente multiplicidad. El sujeto quedaría así presa del mundo –del espacio, del tiempo, de la causalidad–. Por todo ello, al sujeto sólo le queda un último recurso para seguir siendo: la Voluntad, que es única y absoluta, en oposición a la representación, que es la imagen cambiante de un mundo plural e impersonal. Schopenhauer confirma así que la Voluntad de vivir es en principio de naturaleza irracional, mas sin embargo se trata de un principio irreducible del ser que posee un principio de razón suficiente. Todo esto se desprende de la atenta observación de la naturaleza, en la que todos los seres, desde las formas orgánicas menos complejas hasta las más evolucionadas, participan de una voluntad basada en la afirmación incondicional de la vida.

2 de septiembre de 2009


Complemento bibliográfico:

- COPLESTON, F., Historia de la filosofía, volumen VII
- FERRATER MORA, J., Diccionario de filosofía (4 vol.)
- MARÍAS, J., Historia de la filosofía

1 comentario:

Armand Guerra. dijo...

Hola Jose Antonio. Soy Jaime, el portero del Xavierre. Ahora ya no estoy trabajando allí. Estoy dando clases de secundaria en Graus. He cambiado de aires. Me gustaría seguir en contacto contigo. ¿Qué tal vas? Un saludo, y que sepas que sigo tu blog.