3 de enero de 2009

LA HABITACIÓN DE ELEONORA (Relato soñado, 2008)



Todavía no tengo nada que contar. Ni siquiera he nacido… pero esta historia ya ha comenzado a ser escrita. ¿Será otra vez el mismo sueño?

*

La noche que yo nací hacía nueve años ya que Eleonora había muerto. Ésa era la diferencia de tiempo que nos separaba. Nueve años. De no haberse ido con tan sólo diecisiete, me habría visto nacer con veintiséis. (No he dicho que nací una fría noche de invierno.)
Ya desde muy niño no tardé en sentir su presencia. [...] La reconocería en su habitación. Tendría entonces cuatro, cinco años como mucho. Su habitación. (La habitación de Eleonora, mi difunta hermana.)
Había algo en aquel cuarto que me atraía. Era la única habitación de la casa cuya puerta permanecía cerrada noche y día. [...] Mamá era muy estricta. Eleonora seguía dentro de su cabeza. No la dejaba ni un momento. Muchas veces, en voz baja, lo repetía para sí: aquel nombre fue lo primero que salió de mis labios.
Fue una tarde de primavera, lo recuerdo muy bien, cuando entré a su habitación por primera vez. Mamá había salido. La abuela dormía en su mecedora. Algo estiró de mi brazo, no supe el qué... Ahora juraría que fue Eleonora la que me llamaba. Y sin apenas darme cuenta… ya estaba allí, al final del pasillo, ante la puerta. ¡Qué extraño escalofrío recorrió entonces mi joven y debilucho cuerpo! Era el miedo, el miedo ante la prohibición. Pero el deseo era más fuerte, ¡quería entrar! Llevé mi mano al pomo de la puerta… y atravesé el umbral. Al fin estaba en la habitación de Eleonora.
Su habitación, ¡qué extraños recuerdos para mí escondía! Por aquel espacio, ahora vacío y polvoriento, ella había ido y venido. Todo allí parecía seguir igual. Desde su última noche nada había cambiado: el escritorio junto al armario; la estantería con sus libros; los juguetes de porcelana y el caballito cojo de madera; la cama blanca, cubierta con un edredón azul, donde tantas noches había dormido; y sobre la mesilla, su retrato… se diría que me miraba. Conocía ya esa fotografía: mamá guardaba otra copia en el álbum familiar. Era muy bella, Eleonora. Todo su rostro lo era, toda ella. Ni una pizca de vulgaridad asomaba en sus facciones. No me cansaba de mirarlo, el rostro estatuario, intemporal de mi hermana. Porque había algo intemporal en él, algo que excede lo humano, algo definitivo que explica lo más humano, lo más hondo de un alma. Eleonora, ¿en qué estarías pensando en aquel instante? ¿En el aspecto ridículo del fotógrafo inclinado mientras ajustaba la lente? ¿O en procurar mantener los párpados bien abiertos? ¿Tal vez en algo que sólo tú entonces podías saber? ¡Ay! Nunca sabremos con certeza en qué estará pensando el otro en ese momento sublime. El tiempo destruye cada instante de felicidad, y al final de nuestras vidas sólo nos queda ese recuerdo fugaz capturado en forma de fotografía. ¿Quién dijo esto? ¡Eleonora!, mi desconocida hermana, ¿en qué estarás pensando ahora?
Y fue entonces cuando sentí su presencia, al acercarme a sus ojos; fue una sacudida, un estremecimiento, una punzada en el corazón. Me precipité hacia la puerta y salí de allí.
Desde aquel día Eleonora adquirió una nueva dimensión en mi vida. Un sentimiento de extrañeza me salía al encuentro.

ALGO MÁS SOBRE ELEONORA. APOLO

Alguien dijo que los muertos son la conciencia de los vivos. Y dijo bien. Que yo recuerde, la abuela siempre sintió un especial “amor” por los muertos, o al menos eso decía. Era extraña, mi abuela.
Los sábados por la tarde solía ir con ella a pasear al cementerio. Cambiábamos las flores todas las semanas. La tumba de Eleonora siempre esta impecable, o al menos así lo intentábamos. Las del abuelo y el tío, por el contrario, no destacaban tanto; a decir verdad, eran unas tumbas muy antiguas.
Como yacía sepultada bajo tierra, Eleonora, y el mármol de su tumba era blanco, solía éste ensuciarse muy a menudo del barro que arrastraba el agua de lluvia por la pendiente. En una ocasión, incluso aparecieron tres pequeños pozos alrededor de la tumba. Eran muy profundos... Yo miré por uno de ellos, y creí ver algo, una rata, tal vez. [...] La abuela me renegó: “¡Respeta a tu hermana, niño!”, fue lo que me dijo. Los rellenamos con tierra, con mucha tierra, esos agujeros.
La abuela siempre besaba su mano y con ella trasportaba su beso al retrato de Eleonora, ya algo descolorido. Cuando le hicieron aquella fotografía mi hermana tenía quince años, y aquel día estaba muy triste. Me lo contó la abuela: hacía un mes que su perrillo Apolo había muerto, atropellado al parecer por una camioneta. Ella misma encontró el cadáver del animal junto a la carretera, rodeado por un charco de sangre, reventado… Del golpe, Apolo había salido despedido. Fue algo espantoso, y Eleonora sufrió mucho. “No sufras, niña, sólo era un perro”, le consolaba la abuela. Pero era en vano: adoraba a aquel perro, Apolo. Es probable que lo recordara hasta el día de su muerte, Eleonora. “Eran como una parejita muy especial”, me explicaba mi abuela. “A todos sitios iban juntos. Ella le acariciaba el lomo y el hocico y luego le daba de ese regaliz que tanto les gusta a los perros, y el chucho meneaba el rabo, agradecido”. Sí, se querían. Los niños y los perros se suelen entender muy bien.
Al principio no le di mucha importancia a esto. Una niña y un perro, ¡qué cosas! Los niños tienen mascotas, las miman, las aborrecen y al final las olvidan. Muchos tienen tortugas, otros canarios, orugas y hasta serpientes, y una inmensa mayoría gatos o perros. Eleonora era uno de estos últimos. Uno más... Pero una tarde, caminando por el parque, de pronto… escuché un ladrido. ¡Y se me heló la sangre en las venas! No podía saber el porqué de ello, pero algo me decía que ese ladrido iba a mí dirigido, y no sólo eso: aquel ladrido era un ladrido muy especial, un ladrido que me quería decir algo. Me giré, y allí estaba: era un perro viejo, muy viejo y muy arrugado y con apenas pelo, de una raza parecida al que había tenido Eleonora. No llevaba collar ni nada por el estilo. Estaba sucio, apestaba. ¡Maldito bicho! Quería venir conmigo, ¡me seguía! Y comencé a sospechar, pero ¿de qué? Suspiré. ¡Qué extraño es todo esto!, me dije. Sí, de verdad que era muy extraño. Y no pude hacer nada, ni siquiera despistarlo, era muy listo, el chucho. Así que me lo llevé a casa. Fue una idea que no me desagradó en absoluto.
Mamá puso mil y una pegas; ahorraré todo cuanto dijo, de nada serviría. Mas “apenas” me costó convencerla, y a la media hora de discusión, triunfador, acabé por quedarme con el animal, lo lavé, le di algo de comer. Pero a casa no entraría, ésa era la condición de mamá; el chucho se quedaría afuera, en el jardín. Bien, no puse pegas. Sólo era un perro.
Aquella misma noche murió la abuela. Fue de un infarto: el chucho se coló por la puerta trasera de la cocina y se le apareció… Del susto, no lo contó, la abuela.
Desde entonces comencé a vivir acechado por la culpa, de día en mi pensamiento y de noche en mis sueños. ¿Qué estaría ocurriendo?

CODA

La idea de la nada nos desespera, no nos suelta, habita en nosotros hasta que ya es demasiado tarde. Vivimos encadenados a esa mentira, toda la vida lo estamos. La repentina muerte de la abuela, su funeral, el paseo hasta el cementerio acompañando el cuerpo sin vida que antes tantas veces me había llevado allí mismo de la mano, todo aquello dejaba al descubierto algo siniestro que ya sólo podía producirme asco y miedo.
La enterraron cerca de Eleonora, a la abuela. Tres tumbas más abajo. Parecían tocarse la mano. Incluso pensé qué clase de conversaciones se llevarían entre ellas, abuela y nieta, allí abajo. ¿Tendrían que forzar mucho la voz para llegar siquiera a oírse? El mármol blanco de la tumba de Eleonora estaba sucio, salpicado de barro. Ayer había llovido. La tierra estaba húmeda. En el fondo del agujero de la abuela había agua, mucha agua de lluvia. Ahora bajaban el ataúd con dos cuerdas. La gente miraba, siempre lo hace en ese momento. Cuando el ataúd llegó al fin abajo, pude observar cómo éste quedaba un palmo bajo el agua. No me gustó aquello. Pensaba en las filtraciones, en los pequeños pozos que suelen aparecer alrededor de la tumba. Pensaba en Eleonora: giré la cabeza, y allí estaba, su tumba, solitaria y sucia. Las flores marchitas no serían cambiadas este sábado. Ya no.

*

Esto ocurrió hace muchos años. Ahora soy viejo, tengo setenta y nueve años, pronto moriré, ya no tengo nada que hacer en este mundo... nada salvo esperar. Pronto me reuniré con ella, todavía sueño con habitaciones cerradas, con puertas cerradas, todavía estoy escribiendo esto, así para cuando haya terminado de escribir esta línea... ya no tendré nada más que contar.