22 de diciembre de 2008

MAQUIAVELO Y LA VIOLENCIA (Una exposición en torno a 'El arte de la guerra')






PRÓLOGO

El carácter revolucionario de la obra de Maquiavelo sólo se explica desde la absoluta limpidez de sus ideas, despojadas de cualquier convencionalismo falso o circunstancial, y para ello antepone nuestro autor lo más arraigado, y destructivo, de la naturaleza humana: la violencia. Es a partir este presupuesto hasta entonces más o menos ninguneado por los ensayistas políticos sobre el cual podemos comprender el alcance de sus tesis, empíricas desde el momento en que fueron sintetizadas a partir de la observación de las figuras políticas de su tiempo, pero también racionales al participar de la propia capacidad lógico-intuitiva del filósofo que habitaba bajo el cráneo de tan impar mortal.
Bajo el título de Maquiavelo y la violencia, lo que nos proponemos en este escrito es, en primer lugar, estudiar la significación de la violencia en la obra de Nicolás para, acto seguido, comprender el funcionalismo de un sistema político eminentemente realista. Para ello, nuestro estudio gravitará en torno al libro fundamental al caso: Del arte de la guerra. Sin embargo, su lectura se complementará junto a la de El Príncipe, la obra capital de su autor, más explícita si cabe. Es, ante todo, una exposición de la violencia en su más general sentido, sobre todo en el hecho de la guerra como prolongación del hecho político llevado a sus últimas consecuencias, y así aquella forma en la que más directamente participa la violencia.
Como consumado estudioso de la naturaleza humana, la lectura sutil de Maquiavelo no está exenta de una cierta ambigüedad que torna si cabe más misteriosa la idea vertebral del pensamiento político del autor: “el fin justifica los medios”; esos medios, en efecto, son la violencia (en sus más variadas manifestaciones). Pero además, sabemos que Maquiavelo era el menos maquiavélico de los hombres. Porque, ¿de haberlo sido, habría acaso escrito El Príncipe? Empero, y sin querer entrar a polemizar sobre este aspecto externo a nuestro estudio, es preciso apuntar que la visión política de Maquiavelo es totalizadora, estatal, en tanto que reduce al individuo a la mera condición de objeto, instrumento… mas es fiel a su época, a un momento histórico en el que la problemática de la individualidad no significaba gran cosa, al menos vista desde nuestra perspectiva actual, individualista a machamartillo. Por ello, será preciso estudiar la violencia en Maquiavelo arrancándonos los prejuicios de nuestro momento presente, prejuicios que tienden a enturbiar la esencia del pensamiento de un autor, en cualquier caso, fácil de trivializar, pese a su absoluta clarividencia y actualidad.
La filosofía de Maquiavelo, al margen de su amarga sustancia, es de un pesimismo aterrador. Maquiavelo fue uno de los primeros en explicar en toda su gravedad (implícitamente) lo terrible que se oculta tras el término civilización. Su estilo objetivo, preciso, despojado de cualquier juicio moralizador, de cualquier ornato estilístico que ensucie su sencilla prosa, torna si cabe más inquietante todo cuanto apunta: sus frases secas, contundentes, son como cuchilladas asestadas una tras otra, al gusto del mejor periodismo, del que Nicolás fue un más que hábil artista.
Por otra parte, Maquiavelo, que tantos puntos en común tiene con su sucesor espiritual Hobbes, anticipa a su vez una concepción de la política sórdida y abominable como pocas, por tanto realista: el político, al haber firmado un pacto con el diablo, sólo puede atenerse al éxito de su empresa: los medios que a tal efecto se hayan suministrado sólo serán eso, medios al servicio de un fin, del fin como éxito, que es lo que realmente importa en el hecho político.
En cuanto a la estructura del escrito, se dividirá en dos partes: la primera y nuclear, titulada Maquiavelo y ‘El arte de la guerra’ referirá el estudio detallado del libro en cuestión; la segunda, mucho más breve, compendiará bajo el título de Primeras conclusiones las ideas principales extraídas por nosotros de cara a la confección de una teoría política; es la nuestra, no lo olvidemos, una labor de síntesis.

MAQUIAVELO Y EL ARTE DE LA GUERRA

Estado de la cuestión - Introducción

El poder es la expresión misma de la irracionalidad. Sin embargo, en El arte de la guerra esta irracionalidad es despojada de su esencial no-sentido y reducida a una mera operatividad basada en la más pronta eficacia, la rapidez del ataque, es decir presuponiendo algo por tanto ideal, no realista; así, el pretendido realismo de Maquiavelo sólo tiene de realista la veracidad de unos modelos idealizados, tratados con mano firme, pero sin ninguna posibilidad de ser deslindados de su esquema, que, no lo olvidemos, es y seguirá siendo el del papel escrito en el que aparecen descritas sus circunstancias, al margen de la propia realidad histórica en la que acontecieron.
Amparándose bajo la forma literaria del diálogo, Maquiavelo explica en El arte de la guerra algo indemostrable en tanto sometido a mil y una variantes, tal y como es la propia batalla como prolongación del hecho político. Tras leer este compendio político-militar, hablar del “realismo” de Maquiavelo ya no es una opción viable.
Todo en El arte… esta medido desde dentro, esto es desde la valoración temporal de unos sucesos explicables sólo a partir de sus propias taras. El juicio valorativo de Maquiavelo es la comparación, la oposición entre dos o más formas, unas válidas o exitosas, otras fallidas o fracasadas; de esta oposición se deducirá la conveniencia o no de uno u otro método. Hasta aquí, en efecto, nos encontramos ante un programa realista, el de que el fin justifica los medios. Empero, un estudio atento y comprometido no puede quedarse en esto. Preciso es dar un paso más allá, omitir por una vez las convenciones academicistas (o diametralmente opuestas) que han lisiado de por vida la profunda sustancia de la filosofía política de Maquiavelo, una filosofía explicable solamente desde la medida, desde la matemática exacta, un pensamiento pues compacto y cerebral, racional en grado sumo. Una racionalidad al servicio de la irracionalidad que todo poder implica.

‘El arte de la guerra’ en el corpus de Maquiavelo

Terminada de escribir en 1520, El arte de la guerra es una de las escasas obras que Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1469 - 1527) publicó en vida.
Mas antes de centrarnos en ella, es preciso hacer siquiera una breve referencia a la producción más importante escrita por su autor para acotar el lugar de tan singular libro en el conjunto de su obra:

• El Príncipe (1513) 
• Discursos sobre la primera Década de Tito Livio (1517)
• La Mandrágora (1518)
• Belfagor (1518)
• Diálogo acerca de nuestra lengua (1518)
• El arte de la guerra (1520)
• Vida de Castruccio Castracani (1520)
• Discurso sobre los asuntos de Florencia tras la muerte de Lorenzo (1520)
• Clizia (1523)
• Historia de Florencia (1525)


Como podemos observar, la producción escrita de Maquiavelo abarca básicamente dos frentes: por un lado, el estrictamente literario, con obras tales como las comedias teatrales La Mandrágora y Clizia, o el relato Belfagor; y por el otro, los escritos políticos, entre los que sobresale El Príncipe y, muy de cerca, los Discursos sobre la primera Década de Tito Livio y este Arte de la guerra en el que ahora nos centraremos. Al margen de estos dos grandes bloques, y en un segundo plano, estaría un libro de historia como la Historia de Florencia y otro de intenciones filológicas como el Diálogo acerca de nuestra lengua, lo que confirma la entidad de humanista que Maquiavelo poseía.

Aspectos externos del tratado

En cuanto diálogo típicamente renacentista, El arte de la guerra recurre a esta forma entonces tan habitual, característica por su fluidez y precisión dialógica, lo que ayudaba a crear una mayor inmediatez entre el lector y el texto. Para ello, Maquiavelo, tras una introducción descriptiva de los hechos que no es sino presentación del cuadro donde va a trascurrir el diálogo, nos presenta a sus cinco conversadores: por una parte, Fabrizio Colonna, a través de quien no habla otro que Maquiavelo, y que llevará el mando; Maquiavelo nos lo presenta así:

“Al volver Fabrizio Colonna de Lombardía, donde había ejercido la milicia mucho tiempo, con gran gloria, al servicio del Rey Católico, decidió, al pasar por Florencia, detenerse algunos días en esta ciudad para visitar a su excelencia el Duque y para volver a ver a algunos caballeros con los que antes había tenido amistad. Cosimo lo invitó a sus jardines…”;

y flanqueándolo, los otros cuatro conversadores: Cosimo Rucellai y sus amigos Zanobi Buondelmonti, Battista della Palla y Luigi Alamanni; frente a Fabrizio, cuyo diálogo llevará la voz cantante, estos cuatro personajes desempeñan un papel menor, dedicándose a realizar las preguntas que Fabrizio responderá a través de desarrollos explicativos y aclaratorios que se sucederán a lo largo de los siete libros que componen El arte de la guerra. Procurando buscar la naturalidad de lo espontáneo, Maquiavelo introduce alguna que otra pregunta marginal por parte de los conversadores secundarios que descentra el tema por unos momentos para luego volver a encauzarlo con mayor ímpetu. Con este recurso, la atención intermitente del lector es avivada de nuevo de manera considerable. A través del personaje de Fabrizio iremos descubriendo lo horrible del “arte de la guerra” y la absoluta precisión y control total que implica para así obtener una victoria, se pierdan las vidas que se pierdan. Las descripciones que Maquiavelo hace de los movimientos de los batallones son muy técnicas y detalladas, por completo abstractas (las figuras humanas pasan a ser signos intercambiables referidos en el plano), hundiéndose en ocasiones en una prolijidad sólo aminorada por la ilustración de dichos movimientos por medio de ejemplos históricos que lo respalden en su descripción, ejemplos especialmente tomados de la antigüedad greco-romana, todo ello salpicado de múltiples datos y anécdotas acaso accesorias pero que amenizan mucho el texto, liberándolo de la soporífera naturaleza del tratado militar al uso. La lección empírica que del arte de la guerra ofrece Fabrizio reposa pues sobre la guerra tal y como la concebían los antiguos, por una parte, y tal y como la practican sus contemporáneos, por la otra, encontrando más racional, valerosa y capacitada la de los primeros que la de los segundos; esta crítica al sistema bélico de entonces es totalmente propia de Maquiavelo, quien para mejorarla propone un remedo consistente en la mezcla de lo mejor de sendas épocas. Sea como fuere, la intención del libro es eminentemente práctica, por lo que todo cuanto propone queda perfectamente integrado en su contexto.
Así y como ya hemos indicado, El arte de la guerra consta de siete libros; sus contenidos son los siguientes, a saber: en el libro primero, se trata la cuestión del reclutamiento de la milicia; el libro segundo afronta la cuestión de la infantería y la caballería, estudiando la instrucción de los soldados; el libro tercero explica el sistema de combate; el cuarto la psicología del soldado durante el combate; el quinto hace lo propio con el enemigo y sus motivaciones; el sexto analiza el modo de acuartelamiento; y el séptimo se centra en las fortificaciones defensivas.

La ruptura de lo político con lo moral

La guerra es la actividad clave de la vida política: la guerra implica la violencia: la violencia presupone la negación del hombre. Lo político marca así una ruptura con lo moral mismo. Ya no basta una moral: la guerra como negación de la moral es una moral sin moral cuyo objetivo no es otro que lo irracional, así el poder de uno (el príncipe) a costa de todos (los súbditos); y entre medio, la vida política, que es la expresión de la amoralidad llevada a su límite extremo. El político ideal será por tanto una mezcla de “ferocísimo león” y “astutísima zorra”, tal y como nos recuerda Maquiavelo en El Príncipe: la ferocidad del león como violencia actuante, la astucia de la zorra como frío cálculo premeditado para propinar la embestida con la mayor presteza posible; esto en cuanto a sí mismo; pero en cuanto a los otros, será el contrapunto ideal para ser temido a la par que reverenciado. Si esta puesta en escena es aplicada a la vida cortesana, su traslado al campo de batalla no requiere de mayores preámbulos: es la misma realidad sólo que liberada del maquillaje y los oropeles de la vida ordenada.

Tres conceptos esenciales y su aplicación: Virtud, Ocasión y Necesidad

Antes de avanzar, será preciso indicar los principales conceptos que jalonan el pensamiento de Maquiavelo, sin los cuales es imposible siquiera hacerse una cierta idea de sus intenciones. Estos conceptos son “virtud”, “ocasión” y “necesidad”.
Por virtud Maquiavelo entiende “valor” o, más concretamente, “valía” en tanto que capacidad actuante. El concepto de ocasión se refiere exclusivamente al hecho temporal enmarcado en su momento preciso, cual instante; la ocasión, por tanto, irá ligada a la virtud: se requiere de la ocasión para aplicar la virtud, esto es el valor para actuar en el justo momento, aquél que permita con mayores posibilidades el éxito de la empresa a acometer. En cuanto al concepto de necesidad, se trata en realidad del intermediario entre la virtud y la ocasión, el propulsor de los mismos: la “necesidad” es necesaria a priori: ella facilitará a la virtud intervenir en el momento preciso, así la ocasión.
Sobre estos tres conceptos se edifica la política realista de Maquiavelo, que es la de la política en tiempo de paz, y cuyo reverso no es otro que la guerra. Toda la lectura de El arte de la guerra aparece punteada por esta tríada indisociable del hecho político. En tanto que la batalla es el centro mismo del arte de la guerra, deviene “necesidad” (“la necesidad se produce cuando se comprueba que, de rehuir el combate, no hay más perspectiva que el desastre, como ocurriría si, por falta de dinero, el ejército corriera el peligro de disolverse”) que propicie la “ocasión”, y ésta será en efecto aquella que más adecuada se muestre al caso, es decir que ofrezca ventajas, garantías de vencer al enemigo. La “virtud”, en consecuencia, radicará en los objetos actuantes, la milicia, cuyas fuerzas deberán ser insufladas en el momento preciso, bien por sí mismas en beneficio de sí mismos, así su supervivencia, o bien por el propio general, que en su facultad de tal, además, debe ser un gran orador, pues a los hombres en masa no se los puede convencer por medio de la fuerza, sino de las palabras.
Faltaría sumar a estos tres conceptos un cuarto que sólo puede entenderse como resultado de la plena armonización de éstos: el de fortuna.

La naturaleza humana y la violencia. Los ejemplos de la historia

La gran aportación de Maquiavelo a la filosofía es su idea de la naturaleza maligna del ser humano. El arte de la guerra es la puesta en práctica de todo cuanto en la política exterior de El Príncipe es compendiado. Existe entre estas dos obras un diálogo oculto que esclarece la continuidad que ofrece la una con respecto de la otra. Pero volvamos al tema de la naturaleza humana en Maquiavelo.
En efecto, la naturaleza humana es y sólo es comprensible desde la perspectiva de los tiempos (en esto Maquiavelo resulta ser un claro precedente historicista), en tanto que los problemas humanos han venido siendo los mismos, así los hombres (en esencia todos corrompidos) han actuado del mismo modo a través de las épocas, esto es en beneficio de sus propios intereses, desde la adquisición de bienes materiales hasta de placer. De esta actitud, Maquiavelo distingue dos tipos humanos básicos: el primero, aquél que está formado por “los que aspiran al poder”, al que se adscribe una cierta minoría, la de los individuos con ambiciones; y el segundo, aquél que esta formado por “los que aspiran al orden”, en el que puede integrarse la gran mayoría. Los primeros, como sujetos activos, tienden a la lucha, y como el príncipe, como el político, basan su actividad en la violencia del choque; los segundos, como sujetos pasivos, tienden a la sumisión del mercader para con su cliente, y como el burgués decimonónico, muestran un total desinterés por lo político, en tanto que evento externo al devenir de sus vidas, que en poco difiere de una economía bien regulada y una digestión saludable; se podrá observar que el segundo grupo anticipa el estrato de mediocridad actual del hombre-masa. Empero, para Maquiavelo lo importante no es esta dualidad, sino la armoniosa ligazón entre los dos grupos.
El tema de la naturaleza humana no está desarrollado en El arte de la guerra tanto como en El Príncipe, mas Maquiavelo ofrece, dispersa por el camino no pocos ejemplos que deben ser entendidos como una indicación; son, por ende, los grandes hombres (las figuras políticas de primer orden, esos “leones-zorra” que tanto proliferaron en la Antigüedad) los que escriben la historia de la humanidad. Todo El arte… está trufado de ejemplos, en cuanto han aportado a Maquiavelo, bien que a través de sus obras (léase batallas), su idea de la naturaleza humana: C. Julio César, C. Pompeyo Magno, Aníbal, P. Cornelio Escipión el Africano, Asdrúbal, Lucio Sila, M. Claudio Marcelo, P. Elio Adriano, Septimio Severo, L. Emilio Paulo, Marco Antonio, L. Licinio Lúculo, Ciro, Artajerjes de Persia, Mitridates IV del Ponto, Epaminondas, Yugurta, Filipo II de Macedonia, etcétera, son otros tantos nombres históricos que han trascendido por su temple y sus hitos bélicos, así como los verdaderos protagonistas de El arte de la guerra; sin embargo, podemos observar cómo predominan por encima de las demás las figuras romanas. Maquiavelo aduce una explicación muy coherente:

“El hecho de que los más famosos sean los romanos se debe a la parcialidad de los historiadores, que centran su atención en los que triunfan, conformándose normalmente con honrar a los vencedores”.

Más allá de su astucia y su valentía, unas veces saldada en éxito y otras en fracaso, todos estos personajes ejemplifican la violencia como centro del conflicto de la naturaleza humana que se lucha por encima de todo en el campo de batalla.

Algunas de las principales ideas del hecho bélico referidas por Maquiavelo

Señalaremos a continuación algunas de las principales ideas que Maquiavelo refiere a lo largo del tratado sobre el arte de la guerra. La primera frase del libro, al comienzo del Proemio, contiene esta afirmación, fundamental para comprender sus postreras intenciones:

“No hay dos cosas que menos se acomoden entre sí y sean más discordantes que la vida civil y la militar”.

En efecto, se trata de uno de los tópicos que Maquiavelo quiere desterrar y que explican de algún modo la mala gestión de las guerras en tiempos de Maquiavelo. Su idea es mirar al pasado grecorromano, cuyas instituciones armonizaban lo civil y lo militar como un todo: sólo así es posible el buen funcionamiento de la vida militar.
Maquiavelo refuta su política de la guerra desde unos presupuestos esencialmente prácticos, oponiendo la valentía (que en ningún momento tiene que ser un aspecto positivo) a la honradez:

“Pompeyo, César y la mayoría de los generales romanos posteriores a la última guerra púnica se hicieron famosos por su valentía, no por su honradez”.

El hecho bélico no es cuestión de azar, sino de precisión matemática. El ejército debe ser como un organismo dinámico y autónomo capaz de defenderse por todos sus frentes. Una parte débil o mal defendida puede suponer la catástrofe total:

“El mayor error que se puede cometer al disponer un ejército en orden de combate es darle una sola línea de frente y hacer que el éxito dependa de un solo ataque”.

En cuanto a las tecnologías últimas, caso de la artillería, a parte de su mala eficacia para dar en el blanco y su aparatosidad, son desaconsejables porque pueden sumir en el caos al propio ejército:

“El caso es que resulta más importante evitar ser bombardeado que bombardear uno al enemigo”.

Lo mismo puede aplicarse a los elementos físicos en el momento de la batalla:

“Nada origina más confusión en un ejército que el impedirle la vista; muchos poderosos ejércitos han caído derrotados porque los soldados no podían ver a causa del sol o del polvo”.

La guerra, como el teatro, es una mascarada en la que valen los más variopintos recursos con tal de obtener una cierta ventaja sobre el otro:

“Si el terreno lo permite se suele, como hemos señalado, engañar al enemigo tendiéndole emboscadas”.

Al enemigo hay que tratarlo como un igual; sólo así es posible conocer el verdadero alcance de sus actos:

“Jamás hay que pensar que el enemigo no sabe lo que hace”.

La figura del general debe irradiar solidez, pero su fuerza como individuo no es suficiente, ya que requiere al menos de una camarilla de leales súbditos que acaten sus órdenes sin rechistar:

“Lo más importante y útil para un general es saberse rodear de lugartenientes fieles, expertos en la guerra y prudentes”.

Al final, lo que de veras prima es el sentimiento de supervivencia, por encima incluso de todos aquellos elementos positivos y estimulantes, como la confianza:

“La confianza la dan las armas, la organización, las victorias recientes y la fama del general […] Las necesidades pueden ser muchas, pero ninguna es más fuerte que la que obliga a vencer o a morir”.

Lo implícito de la lectura de Maquiavelo. El fin (nunca) justifica los medios

La lectura política de Maquiavelo dice: “el fin justifica los medios”; la lectura filosófica (aquí ética), en cambio, presupone lo contrario. No es una obviedad, sino el fondo mismo del pensamiento de Maquiavelo, en apariencia tan contradictorio.
Puesto que el hecho central de la vida política es la guerra, Maquiavelo en El arte de la guerra sólo cumple a su fin: mostrar cómo ésta debe ejecutarse. Esto podría dar una imagen belicosa y siniestra del florentino, pero no es así, por mucho que su biografía esté salpicada de detalles ambiguos. La actualidad de Maquiavelo se debe sobre todo a su desapasionada forma de exponer. Late tras todo este sistema político una visión totalmente pesimista del ser humano. Y en esto nuestro autor es moderno, porque al tratar el conflicto desde dentro, prefiere omitir el problema humano para centrarse de lleno en la propia naturaleza humana, que en sí misma atañe al problema, cierto, pero desde su perspectiva más quebradiza, esto es al tratar a todos los hombres como uno solo.
Podemos concluir así que la violencia en Maquiavelo es un alejamiento de la violencia.

PRIMERAS CONCLUSIONES

Los discursos de Maquiavelo […] eran bastante sólidos para la materia; sin embargo, ha sido muy fácil oponerse a ellos; y quienes lo han hecho, no han dado menos facilidades para oponerse a los suyos.

MONTAIGNE, Ensayos (Libro II)

Aunque el entusiasmo que nos proporciona Maquiavelo es harto relativo, en ningún momento dejaremos de admirar la absoluta coherencia de sus ideas programáticas, sus ideas, que no la ilustración de éstas por medio de los hechos. Porque apreciar en todo su alcance la obra de Maquiavelo implica su inmediata censura. Un lector superficial de nuestro tiempo nos hablará de su “realismo”, de su certeza de males, de su tremendo alcance; es un lector ingenuo, o directamente ciego. Los mejores lectores de Maquiavelo, entre ellos el incomprendido y clarividente Federico II el Grande, han confirmado cuán improcedente era seguir a Maquiavelo de forma literal. Con toda su claridad, su contundencia, Maquiavelo no escapa a una lectura errónea, no es pues un autor fácil de leer, incluso es desaconsejable leerlo sin más: hay que leerlo por tanto entre líneas. Es allí donde se discierne el verdadero sentido de su filosofía, en el caso de que tenga alguno, que sin duda lo tiene, pero ¿hasta qué punto podemos considerar filósofo a Maquiavelo? No es ésta una pregunta baladí, pues nos reconduce hasta el núcleo mismo del pensamiento político de su autor. Porque Maquiavelo es, por así decir, todo lo más opuesto posible a un filósofo, y sin embargo, hace filosofía, una filosofía política práctica, pero filosofía al fin y al cabo. Todo en su pensamiento es extremo: su presunto término medio, su equilibrio, no es más que el resultado del más inmoral oportunismo puesto al servicio de un fin total y absoluto. En esto radica su término medio, que no es sino el extremismo de un jugar a dos barajas, procurando acertar en ambas jugadas, apuntando bajo y alto, una ambivalencia que es la clave de la supervivencia del político, y en la que la posibilidad de error supone la muerte, el fin. Comprendemos hoy por ello mucho mejor que, tras toda esta serie de carnicerías impunes cometidas en nombre de los más viles intereses, el discurso indirecto de Maquiavelo se aferre al tiempo de paz, esto es a un pacifismo muy meritorio, soterrado en cualquier caso por el carácter de sus contenidos (la objetividad de su estilo los trata desde el distanciamiento, mucho más subversivo que la mera apología) y de su época (una época violenta como pocas, en efecto). Por todo ello, el llamado “maquiavelismo” de Maquiavelo no es tal, sino el resultado un tanto apresurado de aquellas feroces polémicas otrora aireadas, en especial por Innocent Gentillet, el autor del germinal Anti-Machiavel publicado en 1576, que en gran medida asentó el mito. Nos detendremos aquí, pero el tema, de rabiosa actualidad, sigue abierto… y así seguirá mientras la naturaleza de los hombres no cambie, algo que, desgraciadamente, mucho dudamos de que algún día suceda.


BIBLIOGRAFÍA ORIENTATIVA

ALTHUSSER, L., Maquiavelo y nosotros, Akal, Madrid, 2004.
ALTHUSSER, L., Política e historia. De Maquiavelo a Marx, Katz Editores, Madrid, 2007.
CONDE, F. J., El saber político en Maquiavelo, Revista de Occidente, Madrid, 1976.
FEDERICO II DE PRUSIA, Antimaquiavelo o Refutación del ‘Príncipe’ de Maquiavelo, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 1995.
GILBERT, F., “Dell´arte della guerra de Nicolás Maquiavelo en su circunstancia histórica”, en Del arte de la guerra, Tecnos, Madrid, 1998.
MAQUIAVELO, N., Del arte de la guerra, Tecnos, Madrid, 1998.
MAQUIAVELO, N., El Príncipe / La Mandrágora, Cátedra, Madrid, 2003.
MAQUIAVELO, N., Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza, Madrid, 2000.
SKINNER, Q., Maquiavelo, Alianza, Madrid, 1998.
VALLESPÍN, F. (ed.), Historia de la teoría política, 6 vols., Alianza, Madrid, 1990.
VILLARI, P., Maquiavelo, Grijalbo, Barcelona, 1975.


Diciembre de 2008

1 comentario:

Carolus dijo...

No debería leer esto... Es retorcidamente maquiavélico. Entre, mire y ya me contará:

http://www.personal.able.es/cm.perez/Extracto_de_EL_ARTE_DE_LA_VENTAJA.pdf