7 de diciembre de 2008

INÉS WEINGARTEN (Drama en un acto, 2007)


·

P E R S O N A J E S

INÉS WEINGARTEN (off)
LUCÍA, su madre
ROBERTO, su hermano
MICHEL, su marido
BRUNO, su hijo
MARÍA, su hija
KARL-HEINZ, su amante
EL SACERDOTE
EL MAYORDOMO
LA CRIADA


DECORADO

Un salón. Al fondo y en el centro, el carrillón, cuyo péndulo, inalterable, no deja de ir de un lado para otro. A su izquierda, el retrato oval en blanco y negro de un hombre de unos cuarenta años, con bigote y mirada risueña.
Al piano, LUCÍA toca la Polonesa “Adieu”, de Chopin.
MICHEL entra por la puerta de la izquierda en pijama y con la prensa bajo el brazo... y al llegar al centro de la habitación, se detiene durante cinco segundos para escuchar. Luego toma asiento en el sillón y abre el periódico por la última página.
De pronto y tras una nota mal dada, LUCÍA deja de tocar, y volviéndose hacia MICHEL, pero sin mirarlo al rostro, saca de su pitillera plateada un cigarrillo, lo enciende y comienza a fumar.

MICHEL. –¿Ya no tocas, abuela?
LUCÍA. –Contigo aquí... no.
MICHEL. –¿Acaso mi presencia desvirtúa tu arte?
LUCÍA. –¡Qué sabrás tú de él!
MICHEL. –Por lo que he oído sé que de jovencita eras una pianista formidable... ¿o me quedo corto?
LUCÍA. –¿Qué me estás contando, muchacho?

(Pausa.)

MICHEL. –Bruno me tiene preocupado... al parecer no rinde en el estudio como debiera.
LUCÍA. –¿Ah, sí?
MICHEL (con voz apagada). –Y María, María está muy rara... y si sigue así, me temo va a correr la misma... suerte que su hermano.
LUCÍA. –A esa marisabidilla ya le hubiera yo enseñado en su momento un par de lecciones... si tú no te hubieras entrometido, pero claro...
MICHEL. –Los hijos, abuela, son asunto de los padres.
LUCÍA. –Y los abuelos, siempre a un lado, ¿eh?
MICHEL. –Me sorprende que a tu respetable edad me salgas con ésas... ¿No será otro achaque senil?
LUCÍA. –Ya...
MICHEL. –Abuela, pero ¿de verdad entiendes algo de todo esto?
LUCÍA. –Entiendo que como padre no vales un centavo, pero como marido...
MICHEL. –¿Otra vez Inés? (Cierra el periódico y lo arroja sobre la mesilla.)
LUCÍA. –No te la mereces, muchacho.
MICHEL. –Sabes atormentarme con una gracia exquisita... ¿Cómo lo haces?
LUCÍA. –Mi hija es mía, al fin y al cabo... y tú, tú no has sabido...
MICHEL. –¡Otra vez! ¿Cómo puedes pensar eso? Dime, ¿en qué he fallado yo? ¡Vamos, por el amor de Dios, dilo! Quiero una respuesta que no sea una sentencia llena de veneno.

(Pausa.)

LUCÍA. –Está bien, muchacho, te lo diré del modo más claro posible, para que tu pobre cabeza logre hacerse a la idea... si es que en esa cabeza tuya cabe alguna idea sensata que no sea... ¡Al grano! Soy mujer, y no sólo eso... soy viuda. (Y al decir esto lleva su mirada al retrato colgado en la pared del fondo.) Es decir, sé lo que es un marido, ¿entiendes? Y no quiero que mi hija sufra lo que una servidora ya padeció.
MICHEL. –¿Y eso... qué tiene que ver conmigo... si puede saberse?
LUCÍA. –Los hombres como tú no conocen a las mujeres. Creéis que las mujeres han sido creadas por el Altísimo para satisfacer vuestras más bajas pasiones, y ya de paso, puestos, os las tomáis como esposas. Sabrán haceros la colada, la comida... ¡y hasta los hijos! Y ellas cederán, puesto que su naturaleza es ésa, y con su entrega a vosotros sacrificarán todo, incluso una brillante carrera... por una miseria. ¿O pensabas, ingenuo de ti, que dejé el piano por otra cosa?
MICHEL. –¿Qué te hace hablar así? Hablas como una de esas solteronas amargadas que han puesto su vida al servicio de un fin insensato... por ejemplo un piano. Porque si es verdad que tenías tanto talento, ¿a cuento de qué dejaste, digamos profesionalmente, el piano? ¿No sería que lo que pasaba era que tu talento era mediano? Así y sin más, y esa fue la causa de tu fracaso y no otra, porque tu marido era un buen hombre, y él seguro hubiese aceptado tu carrera como... como una alegría. ¡Qué digo una alegría!
LUCÍA. –A mi marido apenas lo conociste, así que deja de hablar sobre él así...
MICHEL. –En cualquier caso, Inés es... feliz, lo sé. Si ella fuese infeliz... yo me volvería loco. La amo, pero usted, mujer asqueada de la vida, ¿sabe acaso lo que es el amor?
LUCÍA. –¿Te atreves, desvergonzado... a hablarme a mí de amor, tú?
MICHEL (lentamente). –En verdad que me da asco hablarle...
LUCÍA. –¿Ahora te doy asco, fantoche?
MICHEL. –¡Sí! Eres una mujer mala, y estás resentida conmigo porque tu hija no te hace los miramientos que querrías te hiciese.
LUCÍA. –Infeliz... ¿de dónde has sacado eso, ridículo funcionario de tres al cuarto?
MICHEL. –Lo veo, abuela, y como no estoy ciego sé de qué pie usted cojea. Lo que a usted más le amarga es nuestra felicidad conyugal, algo que por lo visto no conoció... Llevamos casados veinte años, son muchos años, es cierto, pero cuando el amor es tan... ¿qué significan veinte años? ¡Ya fueran mil! ¿Sabe usted de un matrimonio tan armonioso y apacible como el nuestro? ¡Claro que no, usted no sabe nada de nada!
LUCÍA. –¡Estúpido! Si no fueras tan superfluo quizá vieses mejor las cosas. Pero no ves nada, ¡cobarde! ¿Qué clase de disciplina te enseñaron en la escuela? ¿Qué libros leíste por debajo de mano que no fueran las historietas de un Salgari? ¿Qué pájaros tienes a tu edad todavía en la cabeza? ¡Despierta!
MICHEL. –Su conversación me aburre. Cambie de tema o... o me voy de aquí inmediatamente.
LUCÍA. –¿Qué cambie de tema? ¡Bien! A ver, ¿desde cuándo tuteas a esa criadita estúpida llegada de no sé dónde?
MICHEL (palideciendo.). –N-no... me hable así... Pero, ¿cómo se atreve? Esto ya es el colmo... ¡El colmo!

(Aterrorizado, MICHEL sale de la habitación precipitadamente por la puerta de la derecha.)
(LUCÍA se vuelve al piano, y comienza a tocar de nuevo la pieza interrumpida.)
(Unos quince segundos después, ROBERTO entra por la puerta de la derecha en ropa deportiva y con una raqueta de tenis en la mano.)

LUCÍA (sin dejar de tocar el piano.) –Querido, ¿qué nueva te trae por aquí?

(ROBERTO se acerca a LUCÍA y la escucha con atención unos segundos antes de darle un beso en la frente.)

LUCÍA (dejando lenta, sutilmente de tocar el piano.) –¿Cómo fue?
ROBERTO (alzando la raqueta atléticamente, como presto a recibir una invisible pelota.) –Fue, lo que se dice, una modélica jugada, mamá, y aunque yo soy mejor, él se diría denota más talento sobre la tierra... Ah, al entrar me encontré con Michel... y parecía desfallecido, ¿ha ocurrido algo?
LUCÍA. –No me hables de ése, háblame de ti.
ROBERTO. –Como quieras... (Se sienta en una silla, a una cierta distancia frente a LUCÍA.) ¿Y por dónde empiezo?
LUCÍA. –No me has dicho quién ganó.
ROBERTO. –Él. Me dejé ganar...
LUCÍA. –¿Bromeas?
ROBERTO. –En absoluto.
LUCÍA. –Eso es nuevo en ti, amigo.
ROBERTO. –¿Adónde quieres llegar?
LUCÍA. –Ya lo sabes, y no te hagas el despistado.
ROBERTO (apoyando la raqueta en la pata del piano.) –Pues bien, Karl-Heinz es, a primera vista, un muchacho agradable y muy educado. Desde que ayer llegué no he estado con él más que un rato, lo que se dice un rato, y he comprobado como en verdad sabe escuchar y dice lo que piensa, que no es mucho. Es un pesimista desengañado de los de toda la vida, ama la naturaleza, cree en Dios y por contra tiene el dudoso gusto de disecar animales pequeñitos, como... Es un tipo extraño. Y sí, en cierto modo me gusta mucho, por todo lo cual comprendo que a ella le guste tanto, incluso hasta ese extremo... pero pienso en los niños y entonces...
LUCÍA. –Calla, calla... ¿A ti te parece sincero?
ROBERTO. –¿Debiera no parecérmelo? ¡Es sincero! Su propia fisonomía es la de la sinceridad en estado puro... Cuando me sonríe sé que me está mintiendo como un bellaco. ¡Es un perfecto embaucador, vamos! ¿Me contradigo?
LUCÍA. –¡Menos fisonomías y más evidencias! Nuestra Inés pasa por un muy mal momento.
ROBERTO. –¡Y lo que le espera si no se da con el norte! Por una parte la comprendo, es mi hermana y, si me está permitido decírtelo, la conozco mejor que tú... Ya desde niños nos contábamos todos nuestros más íntimos secretos, ¡no sabes hasta qué punto éramos uno! ¡Cómo a no iba pues a conocer el alma de mi mejor amiga!
LUCÍA. –Explícate mejor. Ella te quiere con locura... Durante éstas, tus vacaciones, debes ayudarla en todo cuanto esté en tu mano. No, no me gusta ese joven, ¿cómo has dicho que se llama? ¿Karl-Heinz?
ROBERTO. –Ése es su nombre, y tampoco a mí me gusta para mi hermana, aunque no digo que a mí, como persona, me desagrade.
LUCÍA. –Insisto, debes ayudar a tu hermana... aunque no sé como.
ROBERTO. –En ello pienso y en ello está trabajando todo mi ser, mamá, pero por la edad que contamos, pues ya no somos niños, y considerando las propias circunstancias, mi ayuda de bien poco podrá servirle, de puro limitada se me aparece en este asunto tan delicado. Inés es una mujer excepcional que no ha tenido suerte, y eso me la dibuja el doble de desgraciada que el resto de nosotros, mortales corrientes aunque también sin suerte. Deduzco de su estado emocional y de mi apreciable intuición la insatisfacción de esa vida afectiva que tantas veces me ha descrito como la peor improvisación de su vida.
LUCÍA. –Es verdad... Ya de niña era una magnífica improvisadora, sus dedos acariciaban las teclas como los copos de nieve revolotean en el aire una mañana de enero, pero ¡ojo! no le pidieras ejecutase con corrección una polonesa de Chopin, que no había manera de sacársela bien...
ROBERTO. –Era un espíritu libre, sin más pentagrama que el de su corazón... Es evidente que con una madre como la que tuvo no iba a hacer carrera con el piano... claro que esa libertad quizá un tanto excesiva la heredó de papá.
LUCÍA. –De él la heredó... y para mal. ¡Un Weingarten! Bueno, a otra cosa... Ya es la hora del desayuno, ¿acompañas a tu madre?
ROBERTO. –Claro que sí.

(LUCÍA se levanta y, acercándose a la mesa, pulsa el botón del servicio antes de tomar asiento junto a ROBERTO.)

LUCÍA. –¿Y tú, sabes qué heredaste de él?
ROBERTO. –¿Su irresponsabilidad tal vez?
LUCÍA. –Gran verdad has dicho... pero no creas que por ello te quiero menos que a Inés, puede que incluso al contrario...
ROBERTO. –No me avergüences, mamá...
LUCÍA. –¿Te avergonzarías de mí? ¡Menudo hijo me ha salido!

(Aparece EL MAYORDOMO por la puerta del fondo y se detiene ante la mesa.)

LUCÍA. –No es fácil ser una buena madre en estos tiempos, no... Una madre es como un piano, sí. ¿Crees que yo fui una buena madre? ¡Ah! Ya estás aquí... (Volviéndose al MAYORDOMO.)
EL MAYORDOMO. –La señora dirá.
LUCÍA. –Que traigan el desayuno. ¡Ve!
EL MAYORDOMO. –¿No está la señora de buen humor hoy?
ROBERTO (con sorna.). –¿Pero lo está alguna vez?
LUCÍA. –¿Cómo? ¿De qué te quejas tú?
ROBERTO. –Me refiero no a tu humor conmigo, sino con el servicio. He oído algunas cosas que...
EL MAYORDOMO. –El servicio está satisfecho con la señora, pero lo que el caballero dice es, en pocas palabras: ¿está la señora satisfecha con el servicio?
LUCÍA. –¡Qué descaro! Que seas el mayordomo de esta casa no te da derecho a hablarme de ese modo... y menos a interpretar lo que mi hijo en ningún momento a dicho.
EL MAYORDOMO. –En cuanto a lo primero, no es un derecho, sino la obligación de todo mayordomo que se haga respetar... saber si todo está tal y como la señora de la casa... Y respecto a lo segundo, en ningún momento he interpretado, como dice, a su hijo... y usted, como señora de esta casa que es...
LUCÍA. –¡Cierra el pico! Y la señora de esta casa es Inés, no lo olvides. Yo sólo soy una vieja con un pie... en la tumba.

(Irrumpen entonces por la puerta de la izquierda BRUNO y MARÍA, con las carteras de ir al colegio.)

LUCÍA (sobresaltada.) –Míralos, ¡igualitos a su padre!
BRUNO. –¿Qué chamulla ya ésa?
MARÍA. –¿Qué va a rumiar con esa dentadura que le cuelga?
EL MAYORDOMO (a los recién llegados.) –¿Tomarán ustedes el desayuno aquí o por el contrario lo tomarán en la cocina o, en caso de que desechen cualesquiera de estas dos propuestas, preferirán llevárselo envuelto en unas servilletas como la víspera?
BRUNO (erguido.). –Mira, colega... a mí prepárame lo de ayer, lo mismito de ayer, lo mismito lo mismito, pero con un muchito más de azúcar, ¿te has enterado, calamar?
MARÍA (pasándose el dedo pulgar por el labio inferior.). –Y a mí no me quites la sal, lechuguino avinagrado.
ROBERTO. –Pero, ¿desde cuándo habláis así?
MARÍA (aproximándose, seductora, a ROBERTO.) –Desde que comprendimos cuál era ¡ay! nuestro lugar en esta casa de locos, tío tenista.
BRUNO. –¡Bien dicho, Reina del Gong!
LUCÍA. –¿Reina del qué?
ROBERTO. –Y ese lugar, si puede saberse, ¿cuál es?
MARÍA (acariciándole a ROBERTO las orejas con sendas manos.). –¿Te importa algo, pequeña mofetita mía?
LUCÍA. –Haz el favor de hablar como una señorita, no como una chulapona insolente. ¡Y responde a tu tío como se merece!
MARÍA. –¿Ves, Brunillo, cómo le baila la dentadura?
BRUNO. –Lo veo y no lo creo.
EL MAYORDOMO. –¿Me acompañarán ustedes a la cocina a que les prepare sus bollitos para ese desayuno que sin duda será almuerzo?
BRUNO. –No nos metas prisa, alcachofo, que no anda el horno para bollos, ¿estás o estás?
EL MAYORDOMO. –En ese caso... yo me retiro.
LUCÍA. –Sí, ya iba siendo hora...

(EL MAYORDOMO abandona la habitación por la puerta del fondo a paso ligero.)

ROBERTO (enfático.) –Intrigantes sobrinos, sigo esperando vuestra inesperada respuesta. Decidme, ¿cuál es vuestro lugar en esta casa?
MARÍA (dudando.). –¿Nuestro lugar en esta casa? Pues nuestro lugar aquí, en esta casa que no es nuestra casa, está en el cubo de la basura, ¿dónde iba a estar? ¡Ja, ja!
BRUNO. –¡Dale fuerte, Reina del Gong, más fuerte!
LUCÍA (fuera de sí.) –¡Insolentes! Fuera de aquí.
MARÍA (sacándole la lengua a LUCÍA.). –¡Vieja loca, vieja bruja, miradle la dentadura!
LUCÍA (alzando el brazo.) –¡Basta ya, por Dios!
BRUNO. –¡Esa dentadura me mola mogollón, tía!
ROBERTO (comenzando a reírse.) –¡Estos críos son la pera!
LUCÍA. –¿Cómo dices tú?
ROBERTO. –¡La pera!
MARÍA. –¡Eso! ¡Dilo más alto, vamos!

(BRUNO y MARÍA marchan por la puerta del fondo, silbando “La Internacional” y a paso marcial, balanceando las carteras con suma brusquedad.)

ROBERTO. –No salgo de mi asombro... Juraría que recibieron una educación ejemplar, que se formaron bajo los astutos patrones de nuestra ejemplar sociedad, que fueron, por así decir, los típicos niños ejemplares de sociedad... Pero, por de pronto, como de la noche a la mañana, llego... y me encuentro con esto. Mamá, ¿qué está pasando en esta casa?
LUCÍA. –¡Ay! Tú que apenas por aquí estás es normal que nada sepas... Sí, por un lado está lo de Inés, que básicamente lo es todo... Y luego esa pareja de sinvergüenzas. ¡Menudos!
ROBERTO. –Carencia de desafíos.
LUCÍA. –¿De qué me hablas ahora?
ROBERTO. –Es eso, ¿qué iba a ser sino? Carencia de desafíos y nada más. ¿Qué edad tienen?
LUCÍA. –Ella quince. Bruno uno menos.
ROBERTO. –Ella tiene nombre, llámala María, por favor.
LUCÍA. –¡Ya lo sé que tiene nombre! Ella, tu querida sobrinita María, es mala. Y a su edad, una chica mala, ¡qué duda cabe!, será una futura mujer mala.
ROBERTO. –No hablaría tan alto... Bruno, en cambio, parece un títere al lado de su hermana. Está claro que aquí algo no cuaja... La última vez, hará medio año, se llevaban como el perro y el gato, nada más natural en una pareja de hermanos de una edad así. ¿No recuerdas cómo se agarraban del pelo, se revolcaban por tierra, se daban de golpes hasta la más espantosa moradura?
LUCÍA. –Eran unos salvajes, como su padre... y unos salvajes seguirán siendo.
ROBERTO. –Pero ahora eso ya no es así. ¿No ves cómo están más unidos que nunca?
LUCÍA. –A su manera no digo que no...

(Pausa.)

ROBERTO. –Y por encima de todo ello, carencia de desafíos. Ninguno de los dos ha leído Moby Dick, ¿verdad?
LUCÍA. –¿Qué Moby Dick? Yo leía Moby Dick de noche, aunque a la luz del día hacía lo propio con Mujercitas. Pero esos lagartos, ¿qué sabrán de la lectura? Les das un libro y lo arrojan al fuego.
ROBERTO. –¿Has probado con el muy inflamable Manifiesto comunista?
LUCÍA. –Menos guasa.
ROBERTO. –Es sólo una idea... peregrina, nada más. ¿Los has mirado con detenimiento? Yo, por mi parte, los he mirado por de pronto y no los he encontrado. Porque ellos, realmente, no son así. Quizá la clave de todo esto esté en que ya han superado una etapa, y ahora se han metido de lleno en otra, y ésta, me temo, amenaza mayores tormentas...
LUCÍA. –Palabrería que nada me soluciona la tuya... Ésos... te diré lo que son: una pareja de malcriados, y nada más que eso. Y son mis nietos, sí, pero ¿crees que los siento míos? ¡Mírala a ella!
ROBERTO. –¿Cómo puedes decir algo así? Son unos diablillos juguetones que, es verdad, necesitarían de un buen maestro que les diera una buena lección con la que ilustrarles esa parte de su infiernillo que sin duda desconocen. Pero, ¿podemos combatir la ignorancia con nuestro desprecio? Yo diría que no, ¿y tú?
LUCÍA. –Es fácil hablar. Tú eres un soltero empedernido y no ves más que lo que ve un soltero empedernido... De vez en cuando pienso que si tú hubieras sido el padre de ésos, quizá nada de esto ocurriría... pero son los hijos de ése, y eso...
ROBERTO. –¡Alto, mujer! Son los hijos de Michel, en efecto, pero también lo son de Inés, mi hermana, una hembra en todo su esplendor que bien podría irrumpir con otro par de esos demonios. ¿O es que Inés no tiene parte de culpa en la desastrosa educación de sus diabólicos hijos?
LUCÍA. –¡Demonios! ¡Diablos! ¡Y un cuerno! Pero, ¿qué sabes tú de Inés como madre y educadora de esa pareja de lagartos?
ROBERTO. –Baso mi argumentación en la evidencia de que al César lo que es del César, y a la madre lo que es de la madre...
LUCÍA. –¡Inés! ¡Inés! ¡Inés! Es tan desgraciada...
ROBERTO. –¿Tú crees?
LUCÍA. –Sí.
ROBERTO. –Pues yo creo que te equivocas... aunque sólo sea un poco.
LUCÍA. –Si me equivocara sentiría que me equivoco, pero mi sensibilidad de mujer me dice a cada minuto del día que mi Inés está... ¿enferma? ¡Enferma del corazón!
ROBERTO. –Todos lo estamos. Incluso...

(LA CRIADA aparece por la puerta del fondo, bandeja en mano.)

LUCÍA. –Ya tardabas...
LA CRIADA. –Perdonará la señora, pero es que...
LUCÍA. –No, no me des explicaciones, no necesito, no quiero tus explicaciones...
ROBERTO (a LA CRIADA, como deslumbrado.) –¿Eres nueva?
LUCÍA. –Es nueva en ese sentido, pero a mis ojos ya no lo es. ¿Qué pasa?
ROBERTO. –No, nada.
LA CRIADA. –¿Les sirvo... o sirve la señora?
LUCÍA. –Trae eso, y vete. ¡Vamos!
LA CRIADA. –Sí, señora.
ROBERTO (pensativo.). –¿Cómo... te llamas?

(LA CRIADA asiente sin más y se marcha por donde ha entrado.)

ROBERTO. –¿Qué... le ocurre? ¡La has espantado!
LUCÍA (vertiendo el té en dos tazas.). –¿Con leche?
ROBERTO. –Sí... ¿No es anacrónico el trato que inflinges a tus sumisos empleados? ¿Cómo hacen para soportarte? ¡Yo no podría!
LUCÍA. –¿Azúcar?
ROBERTO. –Dos cucharaditas... No, mejor una y media. Dime, ¿cómo pueden aguantar toda esa altivez tuya tan señorial? ¿En qué época crees que estás, mamá?
LUCÍA (metiendo con gracia la cucharita en el azucarero.). –Olvídala, hazme el favor.
ROBERTO. –¿Cómo? No entiendo...
LUCÍA. –Ésa ya sabe que a mí no me engaña... Y le conviene mantener su trabajo aquí, ya que de lo contrario...
ROBERTO. –¿Qué, qué estás insinuando ahora?
LUCÍA. –Si tuviese una prueba consistente te lo diría. ¡Una pequeña prueba!
ROBERTO (tomando la taza.). –¿Una prueba... consistente? Entiendo.
LUCÍA. –¿De verdad?
ROBERTO. –Y es natural, ¿cuántos años tiene?
LUCÍA. –Veintidós o veintitrés, ¿por qué?
ROBERTO. –Está en la edad...
LUCÍA. –Eso mismo pensé yo al verla.
ROBERTO. –¡Y qué edad! Dime, ¿desde cuándo sospechas que entre Michel y ella hay... algo?
LUCÍA. –Juraría que desde el primer día. Él la contrató, ¿no es suficiente con eso?
ROBERTO. –¿Bromeas?

(Se escucha de fondo el sonido del timbre.)

LUCÍA. –¿Quién será ahora?

(EL MAYORDOMO aparece al poco por la puerta de la derecha. En su mano derecha lleva una carta que acto seguido entrega a LUCÍA.)

EL MAYORDOMO. –Para la señora.
LUCÍA. –Ya veo... ¿Qué... quién te la entregó?
EL MAYORDOMO. –Era un cartero nuevo, señora... un cartero al que jamás había visto antes... un cartero, a decir verdad, que parecía todo menos un cartero... parecía muy niño...
ROBERTO. –¿Desde cuándo Inés recibe correspondencia?
LUCÍA. –Desde este momento.
ROBERTO. –¡Qué extraño! ¿Tan controlada la tienes?
EL MAYORDOMO (con una sonrisa ambigua.). –Sí, muy, muy extraño. La señora nunca ha recibido correspondencia. Muy extraño.
LUCÍA (irritada.). –La señora nunca tuvo necesidad de recibirla, así que cállate.
EL MAYORDOMO. –Así es, señora, así es.
LUCÍA. –¡Y largo de aquí!

(EL MAYORDOMO se retira por la puerta de la izquierda.)

ROBERTO. –¡Qué extraño es todo esto!
LUCÍA (abriendo el sobre.). –No me asustes más, por favor.
ROBERTO. –Ese mayordomo, ¿es hombre de confianza?
LUCÍA. –No le queda más remedio si no quiere...
ROBERTO. –¿Qué dice la carta?
LUCÍA (violentada.). –¡Está cifrada!
ROBERTO. –No entiendo nada, ¿cómo que cifrada?
LUCÍA (se la pasa.). –Como que cifradísima, ni entiendo una coma.
ROBERTO. –Es verdad... Yo tampoco entiendo nada, pero aquí está la pista que puede llevarnos a resolver el misterio, por así decir.
LUCÍA. –¿Otra vez te estás riendo de mí?
ROBERTO. –¿Desde cuándo yo me río de ti? Porque, ¿tengo yo algún motivo para reírme de ti? Si lo hubiera tenido, que lo tuve, ya me hubiera reído, y a todo trapo. Pero no es cosa de un hijo reírse de su madre, de su amantísima y maternalísima madre, por muy irrisoria que a éste le resulte.
LUCÍA. –Deja de hablar así, ¡no lo soporto! Esa afectación tuya me saca de mis casillas... Y dame eso.

TELÓN


Nota cómica: la obra quedó inacabada como consecuencia de "una abrupta crisis creativa".


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