30 de agosto de 2008

Comentarios sobre 'El Renacimiento', de Peter Burke


 
La primera característica que ofrece este ensayo radica en la cualidad sintética de sus contenidos, que sin reiteraciones ni excesos reduce un material obviamente dado a mayores dimensiones (que bien podría haberse extendido muy por encima de las 120 páginas que contiene); descripciones aparte, centrémonos en el texto.
 
A diferencia de las visiones de decenios anteriores (propensas a la idealización inconsecuente y al exceso retórico, p. ej. la de Giulio Carlo Argán), la de Burke (1937) nos ofrece una visión “objetiva” atendiendo a criterios razonados y matizados: ¿Existió en realidad un Renacimiento? Si lo describimos como una época de púrpura y oro... mi respuesta sería “no”. Si en cambio utilizamos el término, sin prejuicio de los logros conseguidos en la Edad Media... podremos considerarlo como un concepto organizativo que aún tiene utilidad... concluye la introducción, que delimita los claros propósitos que a continuación se desglosarán en tres puntos básicos: el primero y más satisfactorio referido al ámbito italiano, el segundo referido al extranjero, y el tercero, anterior a la breve conclusión, centrado en la desintegración del renacimiento. El autor, como bien indica en el título, generaliza el concepto de “Renacimiento” ampliándolo a todos los campos (culturales sobre todo -humanidades, literatura, música... y en especial arte-) pero sin hacer hincapié en apuntes específicos de carácter monográfico (por ello es una introducción que pretende extraer de lo ecuánime lo “objetivo”), aunque sin descartar los breves apuntes críticos, personalizando el discurso y otorgándole una mayor espesura conceptual que fluctúa de la lucidez a la indefinición, apenas en algún momento puntual.
 
Así, en el primer punto delimita la cronología entre las personalidades de los pintores Giotto (m. 1337) y Tintoretto (m. 1595), resaltando la arquitectura como la más representativa de las artes en cuanto se apropia del concepto “renacentista” (es decir la recuperación de las formas clásicas) con mayor propiedad conceptual, destacando así mismo la repercusión de los oscuros Diez libros de arquitectura, de Vitrubio; lo que no es sino una verdad a medias, ya que ni el concepto afectó a todos por igual, ni tampoco todos se aferraron a Vitrubio, puesto que el peso de la tradición seguía vigente (lo que no le pasa desapercibido a Burke, matizando que la cronología es variable y aproximativa). Por ende, el concepto de “imitación” es analizado como reconstrucción, que afectó también a la escultura y la pintura, y para ello propone tres ejemplos representativos de primera línea, a saber: 1) el Tempietto de San Pietro in Montorio de Bramante, a la arquitectura; 2) el Baco de Miguel Ángel, a la escultura; y 3) la versión de Botticelli de la Calumnia de Apeles a la pintura, ejemplo de reconstrucción a partir de las descripciones del escritor griego Luciano; descubrimiento sin precedentes será la perspectiva artificial en pintura, lo que modificará el punto de vista, haciendo de la pintura la menos afín al concepto clásico-renacentista, parte por el desconocimiento inicial de la pintura de época romana antigua, parte por un desarrollo que parte esencialmente de las fuentes escritas, lo que no supone un referente de la “objetividad” de la arquitectura o la escultura. La claridad expositiva de Burke se prolonga al humanismo y la literatura, que por lo demás siguen de cerca la evolución de las artes antes descritas (así el modelo literario de la Eneida de Virgilio será tomado como referente para la literatura, p. ej.) para concluir diciendo que fuera de Italia, el resurgimiento de la Antigüedad continuaba siendo una novedad.
 
En efecto y como ya es sabido, el renacimiento en el extranjero se desarrolla con retraso respecto a Italia, pero sin que ello suponga que, como comprende Burke, a diferencia de los italianos, que eran “activos”, los extranjeros fueran “pasivos”, “deudores” de Italia; y que tendrían que esperar a que los artistas italianos abandonasen Italia (la conciencia de la “individualidad” más acentuada que nunca) entre los años 1430-1520 para instalarse en Francia, España, Hungría o Inglaterra; el autor apunta que la probable razón de este abandono se debía a que los artistas no encontraban en Italia los empeños deseados. Para ratificar su tesis, Burke da a conocer varios ejemplos: de nuevo y simplificando, las influencias clásicas pesan, siguiendo la traza italiana aunque con las variaciones sustanciales inherentes al estilo de cada país. Más interés muestra el autor por la literatura, tiovivo de idas y venidas, centrándose en dos obras de fuerte impacto entonces más allá de fronteras: El cortesano de Castiglionte, sobre la construcción del yo, y que no tiene un estatus diferente al de los tratados arquitectónicos de Serlio y Palladio [sic], criterios sobre imitación incluidos; y Gargantúa de Rabelais, especie de contrapunto de la anterior y alarde de lo grotesco, pese a sus alusiones al mundo clásico.
 
El arco que marca el comienzo de la desintegración del renacimiento va de 1520 a 1630 y no puede contar con la palabra “Fin” para marcar un cierre, digamos, evidente. Burke destaca el “manierismo” como posible punto a partir del cual se llega a una “desintegración” que anuncia el devenir de otras tendencias. De esta culminación formal que encuentra en Miguel Ángel a su mejor representante, advierte el autor del desfase entre unos y otros, ya que el problema principal se deriva de que mientras que en la década de 1520 el Renacimiento en Italia era ya tardío, en cambio el movimiento estaba en sus inicios en Francia, España, Inglaterra y en Europa central y oriental. Más tarde apunta que a veces se considera al manierismo como un movimiento “antirrenacentista” o “contrarrenacentista”, pero tal vez sería más acertado describirlo como una fase tardía del Renacimiento... De este modo, antes que “periodo”, Burke se refiere al renacimiento como “movimiento”, siguiendo la estela dejada por Gombrich y Burckhardt.
 
En líneas generales, poco se le puede reprochar al autor, ya que su limitado estudio es de naturaleza sintética e introductoria y no pretende sino extraer de las particularidades más definidas “lo general”, mas rompiendo con la sempiterna idea del milagro cultural italiano: el movimiento renacentista es consecuencia de la Edad Media, y tanto o más medievales que renacentistas son los propios “renacentistas”, pues su pensamiento, cultura y juicio estético, no nace sino de su pasado próximo e inmediato.
 
Nos encontramos pues ante una obra significativa en el panorama ensayístico actual, cuyas mayores virtudes e innovaciones (con respecto al concepto anterior que se tenía del movimiento) estriban en la ya mencionada cualidad “objetiva”, selectiva, razonada y enemiga de divismos, frente al viejo, caduco y desgastado tópico.

Año 2005