26 de julio de 2008

PINTURA. Thomas Cole y su ciclo 'El curso del Imperio' (1833-1836)



- Tela I: Estado salvaje


La vida consiste en lo salvaje. Lo más vivo es lo salvaje. Aquello que todavía no ha sido sometido por el hombre, aquello cuya presencia nos renueva.

Henry David Thoreau

No es fácil escribir sobre pintura; en un terreno tan resbaladizo, tan poco dado a la caricia de la pluma, donde lo obvio y lo inane acostumbran ir de la mano antes de la caída, cualquier descripción se torna vana. Y luego están los lugares comunes, ese encadenado de tópicos donde las palabras, pretendiendo sustituir a las pinceladas, pretenden constituir ellas mismas forma y fondo. No, no es fácil escribir sobre pintura, y menos todavía sobre pintura de paisaje: las desgastadas palabras apenas pueden hacer nada por ocultar su impertinencia. Entonces, ¿para qué (d)escribir? ¡Bastaría con saber mirar! Pero, a día de hoy, ¿alguien sabe mirar? Y ¿qué es mirar?


- Tela II: Estado pastoral

Nacido en 1801 y muerto en 1848, británico de Bolton, pero que no tardaría en emigrar junto a sus padres al Nuevo Mundo para, una vez allí, ingresar en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania, Thomas Cole fue, por encima de todo, el más romántico de los paisajistas de su tiempo. Lo que no es decir mucho. El paisajista decimonónico, el romántico; dos términos que suelen confundir incluso al más atento de los observadores. Mas en efecto, la pintura del paisajista Cole es pintura romántica en estado puro: la transición del clasicismo al romanticismo se había dado en sus predecesores, Richard Wilson, John S. Cotman, el Viejo Crome: el genio de Cole, al descender de ellos, sólo podía dar el paso decisivo para abrazar un nuevo terreno y erigirse como tal.


- Tela III: Consumación

Sus dos grandes ciclos pictóricos, El curso del Imperio y El viaje de la vida, de cinco y cuatro pinturas respectivamente, sintetizan con ejemplar maestría su visión del oficio -y decimos del oficio, que nunca mejor dicho, pues sendos trabajos, no lo olvidemos, no fueron sino encargos, el primero para Luman Reed, hombre de negocios; el segundo para la American Art Union...-. Centraremos nuestra atención en el primero y más logrado de los mismos.


- Tela IV: Destrucción

El curso del Imperio, recorrido alegórico a través de las épocas, es, como El viaje de la vida, la historia de una derrota tiempo ha anunciada: una primavera amorosa seguida de un verano de nidos, de un otoño de hojas marchitas... antes de la fatal decadencia del frío inviernal: el invierno de la vida, de la civilización, de cualquier civilización. El invierno. Por su naturaleza melancólica, la pintura de Cole se aferra al juego de contrastes, prevaleciendo siempre la noche sobre el día, la calma sobre el tumulto, el naturaleza salvaje a la que todo retorna sobre la geometría de las formas ordenadas, medidas, esculpidas por la mano del hombre. Esta serenidad, este triunfo de la naturaleza sobre las futilidades humanas, a las que ni el mármol duro ni eterno podría librar de su propia y última miseria esencial, impregnan un pensamiento indudablemente romántico. Todo el ciclo del curso del Imperio habla por sí mismo, y nos habla de esto: la tragedia del hombre y, si se quiere, del mirar... porque la pintura de Cole es un canto a la vida, también lo es a la muerte.


- Tela V: Desolación

El ejemplo de Thomas Cole no murió con él. Tras sus pasos, un grupo de jóvenes entusiastas del maestro, los paisajistas de la "Escuela del Río Hudson", Albert Bierstadt, Frederick Edwin Church, Sanford Robinson Gifford, John Frederick Kensett, prolongarían cual respetables epígonos la estela dejada por el cometa Cole.


Sábado, 26 de julio de 2008

1 comentario:

Una sombra del pasado dijo...

Le felicito por la entrada y por el blog. Ya van quedando pocos refugios para el buen gusto. Maravillosa la pintrura de Cole; excelente y merecido el homenaje. Que su obra sea tan poco conocicda da buena muetra de cómo son los tiempos en los que vivimos, mas, por otra parte, ese desconocimiento le salva de las hordas y de sus pezuñas. La soledad de sus paisajes... las melancólicas ruinas... Noche y silencio...